Opinión

Un voto árabe que muestra los límites de la democracia israelí


noviembre 2026

Netanyahu volvió a ser el más votado en Israel, pero su bloque quedó sin mayoría para gobernar. La oposición de Gadi Eisenkot tampoco la alcanza: depende de los partidos árabes, que lograron una movilización histórica. El líder opositor enfrenta un dilema: aceptar ese apoyo, romper con la exclusión de los árabes y desplazar a Netanyahu, o rechazarlo y dejar al país sin un gobierno posible.

<p>Un voto árabe que muestra los límites de la democracia israelí</p>
El líder opositor Gadi Eisenkot en la noche electoral. Getty Images News.

Los resultados oficiales de las elecciones israelíes fueron presentados al presidente Isaac Herzog el miércoles 4 de noviembre, una vez que la Comisión Electoral Central concluyó las últimas investigaciones sobre las irregularidades denunciadas. Mientras tanto, el Shin Bet –el servicio secreto interno israelí– analiza las denuncias de «intromisión extranjera» presentadas por el oficialismo del primer ministro Benjamin Netanyahu, que acusa a Qatar de haber transferido dinero a la población árabe palestina para que concurriese a las urnas. Diversos líderes de la oposición descartan esas denuncias como falsas. 

El proceso continuará con una ronda de consultas en la que los representantes de cada partido recomendarán al presidente Herzog qué miembro de la Knéset (Parlamento) debería recibir el encargo de formar gobierno. Una vez concluida, Herzog decidirá a quién encomendar esa tarea, teniendo en cuenta quién considera que tiene más posibilidades de reunir una mayoría parlamentaria. Si el primer seleccionado falla, se le dará la oportunidad a otro de los candidatos, y si este también fracasa en el intento, se convocará a nuevas elecciones en un plazo de 90 días.

La participación final fue de 77,9%, la más alta desde 1999, con 5.716.665 votos emitidos. Como viene ocurriendo, el panorama partidario es extremadamente fragmentado, pero los resultados finales dibujan tres bloques: el que respalda a Netanyahu, el bloque sionista opositor y, por último, los partidos «árabes» o judíos-árabes.

El primero suma 53 escaños: el partido de Netanyahu, el Likud [Consolidación], obtuvo 27; los dos partidos ultraortodoxos, Judaísmo Unido de la Torá -de los religiosos askenazíes- y Shas [Guardianes Sefardíes de la Torá], liderado por Aryeh Deri, consiguieron 7 y 6 respectivamente; y la extrema derecha religiosa y colona, que esta vez se presentó dividida, logró 7 escaños para Otzma Yehudit [Poder Judío], de Itamar Ben Gvir, y 6 para Sionismo Religioso, de Bezalel Smotrich; en ambos casos se trata de partidos liderados por ministros del actual gobierno.

El segundo reúne 48 escaños. Lo encabeza Yashar [Íntegro], el nuevo partido del exjefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot, con 21. Lo siguen B’Yachad [Juntos], la alianza de los ex-primeros ministros Naftali Bennett y Yair Lapid, con 12; Los Demócratas, fusión del Laborismo y Meretz [Vigor], ambos de centroizquierda, liderada por Yair Golan, con 8; e Yisrael Beiteinu [Israel, Nuestra Casa], la derecha laica y nacionalista de Avigdor Lieberman (antiguo aliado de Netanyahu y hoy su rival), con 7.

Por último, el tercer bloque, que representa sobre todo a los palestinos con ciudadanía israelí, suma 19 escaños: 11 para la Lista Conjunta (alianza del frente comunista judío-palestino Hadash [Frente Democrático por la Paz y la Igualdad], el nacionalista Ta’al [Movimiento Árabe para la Renovación] y el nacionalista palestino Balad [Asamblea Nacional Democrática]), y 8 para el islamista Ra’am [Lista Árabe Unida], de Mansour Abbas.

Los partidos de la coalición saliente de Netanyahu, que tenían 64 de los 120 escaños de la Knéset, quedan ahora con 53. Dentro de ese bloque, el Likud perdió 16% de sus bancas (pasó de 32 a 27) y Shas, casi la mitad, pasando de 11 a 6. En cambio, sus aliados de la extrema derecha nacional religiosa, que encabeza la colonización de Cisjordania, prácticamente conservaron su peso: el controvertido ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, y el ministro de Finanzas y «gobernador» de los asentamientos, Bezalel Smotrich, que en 2022 se habían presentado en una alianza conjunta, compitieron esta vez por separado y sumaron entre ambos 13 escaños, solo uno menos que entonces.

Los partidos de mayoría árabe, entre los que figura el árabe-judío Hadash, prácticamente duplicaron su representación, de 10 a 19 escaños. La centroizquierda sionista también creció: Los Demócratas pasaron de 4 a 8 escaños. Aun así, quedaron lejos de los 15 que había prometido Golan, y serían un socio menor en un eventual gobierno post-Netanyahu.

No termina hasta que termina

Luego de los cuatro años más turbulentos en la historia de Israel (que empezaron con el intento de reforma judicial, transcurrieron con la falla de seguridad y la masacre del 7 de octubre y concluyeron con el genocidio en Gaza y la construcción récord de asentamientos en Cisjordania), Netanyahu –líder indiscutido del Likud desde hace dos décadas– volvió a ser el candidato más votado por un considerable margen (por sexta vez en las últimas siete elecciones), para continuar como la opción de liderazgo preferida para una importante parte de la población israelí.

Netanyahu ganó las elecciones israelíes pero quedó en minoría para conformar gobierno frente a una potencial coalición opositora. Para conseguir mayoría, esta necesita el apoyo de los partidos árabes. En cualquier caso, tanto el bloque liderado por Netanyahu como el bloque de la oposición son casi en su totalidad sionistas de derecha que se oponen a un Estado palestino y apoyan diversos grados de ocupación, colonización, limpieza étnica y anexión de Cisjordania y Gaza (solo Los Demócratas disienten parcialmente en cómo abordar estos temas). 

Como principal líder opositor, Eisenkot no se decide entre posicionarse ligeramente más al centro o a la derecha de Netanyahu; condena la actual escalada del terrorismo de los colonos en Cisjordania, pero aun así apoya los asentamientos. Los otros dos líderes principales de su bloque, Bennett y Lieberman, son auténticos extremistas de derecha que no desentonarían en absoluto en el actual gabinete de Netanyahu (ambos ya formaron parte de sus gabinetes) y ambos se definen como favorables a la colonización de Palestina: Bennett fue director general del Consejo Yesha, que agrupa a los asentamientos judíos de Cisjordania, mientras que Lieberman vive en uno de ellos, Nokdim.

Desde hace meses, se pronosticaba que el bloque sionista de la oposición, liderado por Eisenkot, obtendría alrededor de 54 escaños, mientras que el bloque de Netanyahu obtendría entre 49 y 51. El resultado es justo lo opuesto: el bloque gobernante se queda con 53 escaños y la oposición con 48. Sin embargo, Netanyahu necesita ampliar sus alianzas para continuar en el cargo: precisa al menos otros 8 escaños para formar una coalición de 61 miembros. En cambio, el bloque opositor sionista precisa otros 13 diputados para sumar a sus partidos aliados, y si cumple sus compromisos de campaña deberá excluir a Netanyahu, a los ultraortodoxos y a los partidos árabes de una coalición en su objetivo de lograr un nuevo gobierno. Si sumara a los partidos árabes, podría construir de inmediato una mayoría para desplazar a Netanyahu del poder.

En este marco, el incombustible «Bibi» Netanyahu, como así también importantes miembros de los principales partidos opositores (entre ellos, Bennett y Lieberman) han conseguido deslegitimar la participación de partidos árabes argumentando que no son sionistas y poseen una agenda oculta para destruir al Estado de Israel desde adentro, logrando que gran parte del arco político se rija por políticas supremacistas que buscan desconocer el voto árabe. 

Hay dos salidas posibles. La primera, que los opositores sionistas cierren una alianza con los partidos árabes. La segunda, que Netanyahu convenza a diputados del bloque opositor de cambiar de bando y sumarse a su gobierno, como hicieron en las últimas décadas Ehud Barak, Tzipi Livni y Benny Gantz, a costa de su credibilidad y de su carrera política. Si no ocurre ninguna de las dos, Israel terminará convocando nuevas elecciones en los próximos meses. 

Mientras tanto, Netanyahu seguiría siendo primer ministro interino al frente de una minoría en la Knéset, lo que podría permitir a la mayoría de la oposición aprobar legislación clave, incluyendo la creación de una Comisión Estatal de Investigación sobre las fallas que condujeron al 7 de octubre, una posibilidad que el actual primer ministro ha rechazado durante tres años.

¿La única democracia en Oriente Medio o apartheid de diseño?

Para la diáspora judía proisraelí, los votantes árabes de Israel son motivo de orgullo, una prueba de que el país es una democracia plena y de que las acusaciones de apartheid son falsas; para muchos judíos israelíes, en cambio, estos votantes encarnan una amenaza a la seguridad nacional. Lo que no admite mucha discusión es que unos 5,7 millones de israelíes votaron para decidir no solo su futuro, sino también el de más de 5 millones de palestinos –2.000.000 en Gaza, 400.000 en Jerusalén Este y 3.000.000 en Cisjordania– cuyo territorio Israel ocupa militarmente desde hace 59 de sus 78 años de existencia, en una ocupación que ya no es transitoria, sino permanente. Cisjordania es especialmente pertinente para ilustrar la existencia de un apartheid: 500.000 colonos judíos con derechos de privilegio y libertad de movimiento deciden el devenir de tres millones de árabes palestinos con derechos reducidos e imposibilidad de moverse libremente en un territorio palestino ocupado y colonizado por cientos de asentamientos.

A la vez, la nueva Knéset se asemeja en demasía a la que se retira en cuanto a la cuestión palestina: un sólido bloque de cerca de 80% de los diputados se ha manifestado contra un Estado palestino. En este último punto, no hay mucha diferencia entre el oficialismo y gran parte de la oposición. Incluso cuando Eisenkot denunció la rampante violencia de los colonos judíos contra palestinos en Cisjordania, justificó su posición explicando que los ataques «dañan el asentamiento en Judea y Samaria (término religioso judío para Cisjordania) y la seguridad nacional», sin mencionar las iniquidades contra los palestinos.

A propósito de la situación, es pertinente recordar la anécdota que un antiguo periodista israelí gustaba de relatar años atrás: durante una reunión de consulta con líderes palestinos, un participante se le acercó y le preguntó si él era sionista. El escritor de algunos de los mejores artículos sobre el liderazgo palestino en los años 90 y 2000 contestó: «Yo soy sionista, pero un sionista moderado». Todos los palestinos presentes comenzaron a reír, mientras el avezado comunicador israelí quedaba sorprendido con la reacción, hasta que el mismo palestino que había hecho la pregunta se acercó hacia él y le contestó sonriente: «Yo soy terrorista, pero un terrorista moderado».

Los partidos árabes israelíes o palestinos dentro de Israel resultaron victoriosos en los últimos comicios, pero es difícil prever qué impacto tendrá esto en la política israelí a corto plazo. Se registró una participación inédita del electorado árabe israelí: según estimaciones preliminares, rondó el 80%, frente a 53,2% de 2022. La experiencia con los patrones de votación de los árabes israelíes indica que acuden masivamente a las urnas cuando algo los afecta directamente, y son más apáticos ante los asuntos públicos más amplios. El ejemplo más claro es la muy alta participación árabe israelí en las elecciones municipales. Todo indica que los árabes israelíes votaron masivamente contra el gobierno de Netanyahu, el más virulento en su lenguaje y en sus acciones hacia la minoría palestina dentro de Israel, y el que ejerció una violencia extrema contra los palestinos de Gaza y Cisjordania.

La voluntad de la mayoría es lo que dicta la política y la mayoría israelí ha dicho su palabra. Un importante sector de la población israelí pretende desarrollar un horizonte nuevo a partir de dos opuestos contradictorios: defender la democracia junto a la descalificación de los deseos del 20% de los ciudadanos del país. Quienes necesitan despertar son los votantes que quieren aquí una democracia liberal y creen que pueden trasladar sus votos desde un bloque populista y mesiánico a uno opositor, si solo les prometen una satisfactoria administración dentro de una alianza sionista basada en la exclusión de los árabes. No obstante, dentro de una lucha asimétrica que pretende desbancar a un líder (Netanyahu) que conoce a su pueblo –y sus miedos– como pocos, la única oportunidad es crear alianzas nuevas. Pero, en lugar de eso, se deslegitima la única alianza capaz de producir un cambio: la de árabes y judíos israelíes.

Los números para una coalición de gobierno que incluya a partidos sionistas opuestos a Netanyahu junto a los árabes israelíes están ahí al alcance de la mano; con ella se podría formar un gobierno que realmente demuestre el espíritu democrático de Israel. Muchos israelíes afirman que el pueblo quiere unidad y se ha generado una gran cantidad de entusiasmo bajo la idea de que la oposición sionista y los partidos palestinos puedan formar un gobierno para deshacerse de Netanyahu, pero primero la oposición sionista debe decidir si es más importante el racismo contra los árabes o expulsar a un líder iliberal.

En un principio, Eisenkot, Bennett y Lieberman dijeron que solo formarían un gobierno completamente «sionista». Exigirles a los líderes opositores que «revisen su racismo» no es fundamentalmente diferente que pedírselo a Netanyahu, Ben-Gvir o Smotrich. Pero incluso si cedieran y aceptaran la unión transitoria para combatir un mal mayor, ¿qué condiciones exigirían a los partidos árabes? ¿Serán exigencias que ninguno de ellos pueda aceptar, o priorizarán la colaboración y los intereses conjuntos? Sin duda, dado que los partidos árabes israelíes son ahora quienes deciden quién gobierna, tienen derecho a exigir avances sustanciales para los palestinos si apoyan al bloque de oposición sionista en el gobierno. 

¿Qué probabilidades hay de que Gadi Eisenkot (creador de la Doctrina Dahiya, la cual sostiene que hay que atacar infraestructura y objetivos civiles para doblegar a las organizaciones terroristas), Naftali Bennett (quien afirmó: «He matado a muchos árabes en mi vida y no hay nada de malo en ello») y Avigdor Lieberman (quien propuso un plan de intercambio territorial que supondría que muchos ciudadanos árabes de Israel perdieran su ciudadanía israelí) renuncien a sus postulados nacionales para obtener el apoyo de los partidos árabes, solo para deshacerse de Netanyahu? La verdadera pregunta que se impone es: ¿preferirán las políticas de separación, la ideología y el tribalismo antes que su aversión hacia Netanyahu?

Y si no, ¿veremos a los partidos palestinos unirse a un gobierno sionista duro que continúe la colonización de Cisjordania, la ocupación de 65% de Gaza –junto con la obstaculización del arribo de ayuda humanitaria– incluso si se frena parte del terrorismo de los colonos? ¿Uno que mantenga la limpieza étnica del sur del Líbano y el sudoeste de Siria?

Mientras tanto, Donald Trump –que respaldó abiertamente la reelección de Netanyahu y luego se atribuyó el mérito de un resultado mejor de lo esperado– estaría impulsando, según la prensa estadounidense e israelí, un gobierno de unidad nacional entre Netanyahu y los partidos sionistas ajenos a la extrema derecha. Todo indica que busca varios objetivos a la vez: dejar a los partidos árabes fuera de cualquier coalición, recomponer la imagen de Netanyahu (y de Israel) y, posiblemente, lanzar una nueva ofensiva contra Irán. Este último propósito es muy pertinente, pues la guerra puede llegar a impulsar un gobierno de unidad bajo el pretexto de la emergencia nacional. Eisenkot, por ahora, rechaza sumarse a un gobierno encabezado por Netanyahu, incluso si se lo pidiera el propio Trump.

Dilemas nacionales

El buen resultado de los partidos palestinos plantea un dilema para el Estado judío. Si los árabes israelíes comienzan a ejercer mayor influencia en la política israelí, serán tratados como enemigos jurados por los extremistas judíos y como traidores por los fundamentalistas palestinos de Cisjordania y Gaza. Y a medida que la población palestina siga creciendo, al tiempo que la israelí probablemente se reduzca debido a la caída del crecimiento demográfico en las sociedades más ricas, la disminución de la inmigración hacia Israel y el aumento de la emigración, el sionismo se enfrentará cada vez más a una contradicción: ser un Estado judío y ser un Estado democrático solo resulta compatible -al menos en el territorio propiamente israelí, demarcado por la Línea Verde- mientras exista una mayoría demográfica judía. Por eso, varios líderes de la derecha israelí están sugiriendo que el verdadero problema es que los palestinos con ciudadanía israelí tengan el mismo derecho a voto que un israelí judío y que en el futuro se debe limitar esa situación si ellos no se comprometen a jurar lealtad al Estado judío –y a actuar de acuerdo con ese juramento–. 

Está por verse hacia dónde conducirá todo esto. Puede impulsar en algunos sectores de la sociedad judía israelí una lucha conjunta con los palestinos contra la supremacía, tanto dentro de Israel como en Cisjordania y Gaza, ya sea en busca de «dos Estados para dos pueblos» o de «un Estado único para todos». O puede desembocar, por el contrario, en una limpieza étnica en Israel y Palestina para asegurar una mayoría judía absoluta y permanente.

Las primeras señales llegaron de los partidos árabes. En la ronda de consultas con el presidente Herzog, que concluyó el jueves 5 de noviembre, Eisenkot recibió la recomendación de 67 diputados, frente a 46 de Netanyahu, gracias al respaldo de los dos partidos árabes: Ra’am, de Mansour Abbas, y la Lista Conjunta, que lo decidió por unanimidad, aunque admitió que no había sido una decisión fácil, ya que el bloque de Eisenkot no ha mostrado voluntad de enfrentar la incitación contra los ciudadanos árabes. Las recomendaciones no obligan a ningún partido a sumarse a una coalición, pero dejan a Eisenkot en posición de recibir el encargo de formar gobierno. Los partidos árabes, además, le allanaron el camino: Ahmad Tibi, de la Lista Conjunta, ofreció apoyar un gobierno alternativo desde fuera de la coalición, y Abbas declaró que Ra’am respalda el desarme total de Hamás, una de las condiciones que Eisenkot fijó para integrar su gobierno. Aun así, Herzog le preguntó a Abbas si consideraba a Hamás una organización terrorista, una pregunta que, según la prensa israelí, no formuló a otros líderes en las consultas. Los partidos árabes ya dieron su paso. La decisión ahora es de Eisenkot.

Esto refuerza la conclusión de que en estas elecciones los votantes árabes israelíes les ofrecieron a los judíos israelíes una opción de salvación. Mientras tanto, podemos recordar la parábola conocida como «Dos barcos y un helicóptero»: un hombre profundamente religioso rechaza varios intentos de rescate ante una inminente inundación, y a cada persona que acude a rescatarlo le explica que ha sido un fiel practicante toda la vida y que Dios va a salvarlo. Finalmente se ahoga en la inundación, y cuando está cara a cara con Dios, le pregunta por qué no fue salvado, a pesar de haber cumplido todos los preceptos. Entonces Dios le responde que él fue quien envió a los rescatadores que el hombre rechazó: «Te envié mucha ayuda, pero te negaste a aceptarla».

Los votantes árabes israelíes desean la integración, junto con una mejora de su situación económica y de seguridad dentro del Estado de Israel, pero al mismo tiempo en su mayoría se consideran palestinos, situación que resulta inconveniente para muchos israelíes. Israel se encuentra en una encrucijada: si gira hacia la derecha nuevamente, será devorado por su propia intolerancia; es decir, una situación ya transitada. Pero si vira hacia el lado opuesto, probando una nueva alternativa, quizás con el tiempo se convierta en un país normal con una sociedad multiétnica.

Si es que es posible rescatar al pueblo de Israel de sus propias políticas de separación y privilegio, primero es preciso salvar al Estado de Israel (y también a los palestinos) del dominio de Netanyahu. Un gobierno de «unidad» con alguien que engulle a sus socios no es una opción en absoluto. Unas nuevas elecciones serían un suicidio. Un gobierno con el apoyo de la población árabe es la única opción posible, simplemente porque es una tontería hacer siempre lo mismo y esperar un resultado diferente.

Artículos Relacionados

Newsletter

Suscribase al newsletter

Democracia y política en América Latina