Opinión

Un golpe torpe, «un regalo de Dios»

El fallido intento de golpe de Estado en Turquía fue recibido por Erdogan como «un regalo de Dios». Las razones solo pueden explicarse por su ambición de perpetuidad y por los vaivenes de la historia turca.

Un golpe torpe, «un regalo de Dios»

De golpes de Estado saben bien los militares turcos. Protagonizaron cinco desde 1960, cuando por primera vez desde la proclamación de la República de Turquía en 1923 por Mustafa Kemal tomaron el poder el 27 de mayo y desplazaron al primer ministro Adnan Menderes Atatürk, quien luego fue acusado de traición y ejecutado. Ese primer periodo de gobierno militar bajo el mando del general Cemal Gursel quien asumió los roles de presidente y del primer ministro se extendió hasta 1965.

Los militares volvieron en 1971, el 12 de marzo, de forma más «blanda», mediante un memorándum presentado al entonces primer ministro Suleyman Demirel, en un contexto marcado por la recesión económica, la devaluación de la moneda, 80% de inflación anual y una innumerable cantidad de huelgas y manifestaciones de trabajadores, y ataques violentos por parte de grupos de la extrema derecha con el propósito de «restaurar el orden». Pero en aquella oportunidad no gobernaron en forma directa, sino que invitaron a civiles a formar sucesivos gabinetes que permanecieron bajo su vigilancia. Su intervención en la política interna no les impidió invadir el norte de Chipre tres años después, con el argumento de que sus connacionales en la isla estaban bajo amenaza de persecución por el gobierno militar grecochipriota, que había desplazado del poder al Arzobispo Makarios. 38% de la isla, donde se declaró una República no reconocida internacionalmente, permanece bajo ocupación militar turca.

Este golpe fue perpetrado por el general Kenan Evren el 12 de septiembre de 1980 para terminar con una profunda crisis política marcada por violentos enfrentamientos entre la izquierda y la derecha. Dicho golpe inauguró un largo periodo de persecuciones, ejecuciones y desapariciones de cientos de miles de ciudadanos turcos vivieron bajo la presidencia del mismo Evren hasta 1989.Durante su mandato se reformó la Constitución, que resultó aprobada por 90% de la población en el referéndum de 1982, lo que permitió a los militares publicitar su golpe como «popular». Pero la consecuencia más importante de este proceso golpista fue la designación de Turgut Ozal como primer ministro. Ozal fue el gran arquitecto de las reformas, el dirigente que liberalizó la economía turca y creó la oportunidad para la emergencia y el ascenso social de una clase de hombres de negocios del interior del país creyentes y conservadores, cuyo voto sería esencial en 1995 para la llegada al poder de Necmettin Erbakan, el fundador y líder del partido islámico Refah (Bienestar).

Nuevamente, como en 1971, los militares ensayaron un «golpe blando» contra el gobierno de Erbakan y le entregaron una serie de «recomendaciones». Aunque el primer ministro se vio forzado a aceptarlas, acabó presentando su renuncia. Sin tanques en las calles, sin instalarse en el gobierno, los militares se jactaron incluso de haber inventado el golpe «posmoderno», conforme al Zeitgeist o la moda intelectual de los tiempos de la transición pos-Guerra Fría. Su «blandura», sin embargo, tenía sus serios límites de tolerancia cuando se trataba de un partido cuyo éxito electoral, aun sin gozar de la mayoría absoluta, señalaba la pérdida de convicciones kemalistas. Así, un año después, en 1998, el partido Refah fue prohibido. A Erbakan se le prohibió el involucramiento en la política y muchos de sus seguidores, entre los cuales se encontraba un tal Recep Tayyip Erdogan fueron encarcelados.

En pocas palabras, en el siglo XX, más de la mitad de la historia de la República de Turquía fue escrita por golpes de Estado. En cada uno de estos episodios, los militares justificaron la toma de gobierno por la amenaza que sufrían los principios seculares sobre los cuales Atatürk («padre de los turcos») había fundado el Estado moderno. Actuaron como una poderosa corporación que terminó creyendo en su misión de guardianes del kemalismo y se transformó en el pilar más importante de lo que los expertos llaman «el Estado profundo», el verdadero poder sin que importe el signo ideológico del gobierno de turno. Pese a sus pretensiones, sus políticas y su accionar tenían poco y nada de democráticas. La ruptura con el neutralismo de Kemal y el ingreso a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para cumplir con su rol de vanguardia en la estrategia de Contención a la Unión Soviética no modificaron la situación. Durante la Guerra Fría, la OTAN no tuvo una cláusula democrática, de modo que los militares no debieron preocuparse demasiado por las críticas externas a su performance interna. Más aún, como segundo ejército más fuerte de la OTAN eran sus interlocutores preferidos por ser previsibles en sus acciones. De hecho, su membresía se suspendió solo por la invasión a Chipre pero duró poco: a Ronald Reagan le importaba poco y nada promocionar la democracia en un país aliado contra el Imperio del Mal.

En las primeras décadas de la puesta en marcha del proyecto de modernización y secularización de la identidad turca, la gran amenaza al proyecto kemalista provino de las otras nacionalidades, las «minorías», dentro del nuevamente creado estado territorial. En realidad, solo los kurdos eran un problema, pues los armenios, los asirios y los griegos ya habían sido aniquilados durante la Primera Guerra Mundial y el levantamiento kemalista en sucesivos genocidios. Si bien el propio Kemal había calificado de «hecho vergonzoso» el plan de exterminio de estos pueblos también se había encargado de oficializar una política de silenciamiento y negación para asegurarse de la apropiación de sus territorios ancestrales y sus bienes económicos. Cuando los kurdos se levantaron en 1925, se les aplicó la misma fórmula de represión, masacre y luego prohibición de considerarse étnicamente kurdos por ser caracterizados como «turcos de montaña». Por lo demás, la modernización implicaba concretamente la desvinculación de la identidad étnico-nacional de la religión y su separación de la gran comunidad musulmana, la Umma, que el Imperio Otomano había liderado por seis siglos, identificando al Sultán con el Califa, título y función política creado por los compañeros del Profeta luego de su muerte, y propiedad de los árabes hasta el ascenso al poder de los sucesivos pueblos turcos provenientes de Asia Central. La abolición del Califato en 1924, la adaptación del alfabeto latino, la creación de una Secretaría de Asuntos Religiosos y la prohibición de marcos externos de la tradición musulmana-otomana como el Fez para los hombres y, sobre todo, el velo para las mujeres fueron algunas de la iniciativas cuyo fin era desvincular Turquía del Medio Oriente para integrarla a Occidente.