Coyuntura

¿Un giro a la izquierda en Chile?

Michelle Bachelet tiene una segunda oportunidad para llevar adelante una serie de reformas que cambien la estructura social y de valores de Chile. A diferencia de lo que se veía en su primer mandato, la disposición social favorable a esos cambios se muestra más acentuada, especialmente entre los jóvenes. Con los datos del 15 de diciembre, ¿la derecha chilena se ha vuelto una «minoría sociológica»? ¿Llevará adelante Bachelet las transformaciones esperadas? La amplitud de los resultados ha generado condiciones políticas e institucionales con las que ningún otro presidente pudo contar en el Chile de la posdictadura.

¿Un giro a la izquierda en Chile?

La victoria de Michelle Bachelet el 15 de diciembre de 2013 –con 62% de los votos– sobre su oponente de la derecha chilena Evelyn Matthei fue contundente. Se trata de la más alta proporción obtenida por una candidatura presidencial en la historia reciente de Chile y de la primera reelección presidencial desde 1932 (con un periodo de diferencia, ya que en Chile no hay reelección sucesiva). Al mismo tiempo, se utilizó por primera vez en una elección presidencial y parlamentaria el sistema de voto voluntario con inscripción automática, que reemplazó el voto obligatorio con inscripción voluntaria vigente desde 1990. Este venía sufriendo un fuerte desgaste por el aumento de la no inscripción de los jóvenes (en 2010, 32% de los mayores de 18 años no estaba inscripto en los registros electorales) y un aumento de la abstención (que alcanzó 13% de los inscriptos en 2010). No obstante, la participación electoral disminuyó en 2013. La abstención alcanzó el 51% en la primera vuelta presidencial del 17 de noviembre y 59% el 15 de diciembre, en la segunda. En este marco, Bachelet obtuvo un mayor porcentaje final que en su primera elección en 2006 (lo que se explica por el derrumbe de la derecha), pero con menos votos (3,5 millones versus 3,7 millones).

Al cabo de los primeros cuatro años de gobierno de Bachelet (2006-2010), los chilenos mantenían una alta valoración de su persona, pero no le dieron la mayoría a su coalición ni a su candidato para la sucesión, el ex-presidente Eduardo Frei (1994-2000). No obstante, la han reelegido al terminar el periodo del centroderechista Sebastián Piñera. Cabe recordar que la tradición política chilena en materia de duración del periodo presidencial ha variado de los cinco años con reelección (entre 1833 y 1871) a los cinco años sin reelección –para disminuir el entonces intenso intervencionismo electoral del gobierno–, y luego a los seis años sin reelección fijados por la Constitución de 1925, mandato vigente hasta el golpe militar de 1973. En la Constitución pinochetista de 1980 estaba originalmente previsto que el periodo presidencial durase ocho años. Los pactos de transición de 1989 establecieron, no obstante, un primer periodo de cuatro años y luego una norma permanente de seis años. El Parlamento volvió a reducir en 2005 el mandato presidencial a cuatro años, para hacer coincidir las elecciones presidenciales y las parlamentarias y sus periodos respectivos de ejercicio, con excepción de los senadores, que duran ocho años en sus cargos (el Senado se renueva cada cuatro años por mitades). No se incluyó el mecanismo de reelección inmediata y se mantuvo la posibilidad de reelección una vez transcurrido un periodo presidencial completo.

A la luz de los resultados, ¿fue el gobierno de derecha moderada de Sebastián Piñera solo un paréntesis explicable por el desgaste de 20 años de gobierno de una misma fórmula política, la Concertación de centroizquierda cada vez más inmovilizada? ¿Está la derecha, con su 38% de los votos de 2013 (el porcentaje más bajo desde el 35% de 1993 y el 36% de 1970), distanciada de los valores y aspiraciones de la sociedad chilena contemporánea, lo que explicaría que en solo cuatro años perdiera 1,5 millón de votos? ¿Constituye definitivamente una minoría sociológica? Desde la salida de la dictadura de Augusto Pinochet en 1990, la coalición de dos partidos conservadores ha estado dominada por una corriente vinculada al integrismo religioso y a la defensa de las políticas de los economistas de la Escuela de Chicago. Estos dirigieron la escena político-económica chilena en las décadas de 1970 y 1980 y realizaron radicales reformas desreguladoras promercado. Más tarde esta corriente se transformó, bajo la denominación de Unión Demócrata Independiente (UDI), en la principal fuerza parlamentaria de la oposición a la Concertación y elaboró una propuesta centrada en la gestión de los asuntos cotidianos, reacia a las reformas democráticas. El otro partido conservador, bautizado Renovación Nacional (RN), permitió la coexistencia en su seno de adherentes al régimen de Pinochet y de una nueva generación, por mucho tiempo minoritaria, que se propuso construir una centroderecha democrática. A ella se adscribió Piñera en 1989 para iniciar, como senador por Santiago, un proyecto presidencial que tenía pocas posibilidades de desarrollo en su corriente de origen, la Democracia Cristiana (DC), a pesar de sus prácticas empresariales cuestionables y su pragmatismo a la hora de desarrollar su ambición presidencial, sin ataduras con la dictadura militar o con posturas culturales ultramontanas.

Se puede conjeturar que la sociedad chilena no es hoy conservadora ni comparte los valores de la derecha, y eso es lo que determinó la derrota, más que la gestión de Piñera en el gobierno. Este logró un crecimiento promedio de 5% del PIB, creó 800.000 empleos, realizó algunas reformas sociales como la ampliación del subsidio posnatal y la disminución del pago de cotizaciones de salud para los jubilados de menos ingresos, mientras endureció las condiciones carcelarias de los militares de más alta jerarquía condenados por violaciones a los derechos humanos. Pero la derecha, en medio de agrias disputas internas, perdió a más de un tercio de sus votantes.

En la Universidad de Santiago (con Ipsos), preguntamos a fines de octubre de 2013 a una muestra representativa de ciudadanos sobre una serie de valores sociales. Una gran mayoría (70%) opinó que hay que «reformar de manera importante» la sociedad. Los que además quieren «cambiarla totalmente» son más (18%) que los que creen que hay que «hacerle cambios menores» o «dejarla como está» (12%). Los factores que podrían ser constitutivos de un mundo mejor más mencionados son «igualdad», «respeto por el otro», «trabajo», «seguridad» y «respeto por los derechos humanos», ubicados lejos por sobre la «responsabilidad individual» o la «autoridad». Se observa además una opinión abrumadoramente mayoritaria en favor de la gestión pública de los servicios básicos y de la salud, las pensiones y la educación y en favor de que los recursos naturales (el cobre, el litio, el agua, la energía) sean exclusivamente de propiedad estatal. 33% está a favor del matrimonio igualitario y otro 31% está a favor del Acuerdo de Vida en Pareja, mientras solo 25% se opone a alguna de estas fórmulas. Apenas 14% se opone a cualquier forma de aborto. En estos temas, al cabo de cuatro años de gobierno, la coalición de derecha tuvo poco que decir. Los valores que prevalecen en la sociedad chilena no son los tradicionales del mundo conservador, precisamente los que la ex-ministra de Trabajo, Evelyn Matthei, defendió en esta elección, al punto de que durante esta campaña llegó a afirmar que, en caso de llegar al gobierno, «no haría nada contrario a la Biblia».