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A tu revolución le falta fresa

Muchos autores de izquierda subestiman, desprecian o consideran secundarias las luchas contra las opresiones que no son de clase, o insisten en que su superación depende apenas del fin del capitalismo. Otros solo admiten las reivindicaciones de LGBT, negros y feministas si tienen «recorte de clase» y acusan a los movimientos identitarios de reformistas, liberales o posmodernos. Tal vez sea hora de buscar en la literatura, la crónica y el testimonio lo que tantos teóricos marxistas han sido incapaces de entender.

A tu revolución le falta fresa

Yo soy débil, me aterra la edad, no puedo esperar diez o quince años a que ustedes recapaciten, por mucha confianza que tenga en que la Revolución terminará enmendando sus torpezas. Tengo 30 años. Me quedan otros veinte de vida útil, a lo sumo. (…) Si fuera un buen católico y creyera en otra vida no me importaba, pero el materialismo de ustedes se contagia, son demasiados años. La vida es esta, no hay otra. O en todo caso, a lo mejor es solo esta. ¿Tú me comprendes? Aquí no me quieren, para qué darle más vueltas a la noria, y a mí me gusta ser como soy, soltar unas cuantas plumas de vez en cuando. Chico, ¿a quién ofendo con eso, si son mis plumas?Senel Paz, «El lobo, el bosque y el hombre nuevo»1

No creo que haya un texto teórico capaz de explicarle a parte de la izquierda lo equivocada que está cuando desprecia, subestima o trata como secundaria toda forma de opresión que no sea de clase, mejor que el cuento «El lobo, el bosque y el hombre nuevo», del cubano Senel Paz. En la relación de Diego y David, llevada al cine en 1994 por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío en la premiada Fresa y chocolate, hay más enseñanzas sobre la crueldad y las injusticias que en cientos de páginas de lenguaje académico.

Estamos en Cuba, en 1979. David –el narrador–, un militante de la Unión de Jóvenes Comunistas que nació en una zona rural y emigró a la capital para estudiar en la universidad gracias a una beca del Estado, comienza una inesperada amistad con Diego, un maricón culto y demasiado crítico, al que conoce en el Coppelia, famosa heladería de La Habana donde Diego pide fresa, «habiendo chocolate». Pronto descubren que comparten su admiración por la obra de José Lezama Lima, también homosexual y autor icónico de la literatura cubana; que a David le gustan el teatro y los libros prohibidos, y que, además de a Lezama, Diego lee a Mario Vargas Llosa, «un reaccionario que habla mierdas de Cuba»2, pero cuya última novela David se muere por leer. Tanto que, para conseguirlo, luego de cambiar de un bolsillo a otro su carnet del Partido –para aclarar los tantos–, se anima a ir a la guarida del maricón. La historia de Diego y David, al llegar al cine y a la televisión, hizo que los cubanos se cuestionaran sus prejuicios sobre la homosexualidad. Fue algo revolucionario.

En el juego del adentro y el afuera de la Revolución, los maricones –«pájaros», en el lenguaje de La Habana– habían quedado del lado equivocado. «Nunca hemos creído que un homosexual pueda personificar las condiciones y los requisitos de conducta que nos permitan considerarlo un verdadero revolucionario», declaraba Fidel Castro en 1965, año de la creación de las Unidades Militares de Apoyo a la Producción (umap), a las que enviaron a los homosexuales y otros «disidentes» a cosechar la caña de azúcar. De la Cuba de entonces a la de hoy muchas cosas cambiaron –las umap cerraron, leyes que excluían a los gays de la docencia fueron anuladas por el Tribunal Supremo en 1975 y hasta Fidel pidió perdón–, como fueron cambiando, al mismo tiempo, en países capitalistas. En junio de 1969, la policía de Nueva York irrumpió en el Stonewall Inn, lo que dio lugar a la histórica revuelta de la que nació el orgullo gay. En Inglaterra y Gales, las relaciones sexuales entre dos hombres mayores de 21 años dejaron de ser ilegales recién en 1967. El artículo 175 del Código Penal alemán, que criminalizaba el sexo entre varones, continuó vigente del lado capitalista y del socialista hasta 1994, años después de la caída del Muro de Berlín.

El mundo avanzó a ambos lados de la Cortina de Hierro, pero el dogmatismo de algunas corrientes de izquierda les impide procesar esos cambios y actualizar sus teorías oxidadas para que pongan los pies en el siglo xxi. Ya no dicen que un gay no puede ser un revolucionario, ni pretenden mandarnos a cortar caña de azúcar para hacernos hombres, pero no aceptan que reivindicar derechos civiles para lgbt –y para negros, mujeres y otros oprimidos– sea parte de la lucha por un mundo más justo. Aún hoy, algunos dicen que el matrimonio igualitario es una «reivindicación burguesa», que las «pautas identitarias» son «funcionales al capital», que el activismo gay es producto del pinkmoney, que solo se puede luchar contra la homofobia o la transfobia si es «con perspectiva de clase», que esas opresiones solo acabarán con el fin del capitalismo –y que el capitalismo las produjo– y que los derechos lgbt en Israel son «pinkwashing sionista» –concepto que combina antisemitismo y homofobia3–, entre otras barbaridades.

En un artículo reciente4, publicado por la Corriente Socialista de los Trabajadores –agrupación trotskista brasileña seguidora de Nahuel Moreno–, Diego Vitello y Priscila Guedes usan la dicotomía «posmodernismo versus marxismo» para un debate sobre representatividad identitaria lleno de clichés sobre la inutilidad de toda lucha que no sea de clases. Como ejemplo, usan la elección, en 2016, en San Pablo, del concejal Fernando Holiday, un joven negro y gay del Movimiento Brasil Libre, grupo financiado por empresarios y partidos de derecha que apoyó el impeachment de Dilma Rousseff. Pero Holiday, a pesar de ser negro y gay, tiene posiciones racistas y homofóbicas. No es «posmoderno» –ni siquiera en la acepción usada por ellos–, no participa de movimientos identitarios y, claro, no es «marxista», ni siquiera liberal.

En su artículo, los autores hacen una caricatura de lo que llaman «posmodernismo», que asocian al activismo feminista, negro, lgbt, etc., «sin perspectiva de clase», que no refleja la forma de pensar de la mayoría de los activistas de esos movimientos. Dicen que, para los «posmodernos», los negros deben luchar apenas por los negros, los lgbt por los lgbt, las mujeres por las mujeres, etc., mientras que «para los marxistas, no es posible superar las opresiones sin luchar para derrotar este sistema». El artículo es una colección de falacias, pero, conociendo sus orígenes teóricos, es un avance. En 1969, cuando estaba preso en Perú, Nahuel Moreno escribió Moral bolche o espontaneísta5, «un programa moral» para la educación de los militantes que parece del Opus Dei. Allí, Moreno habla de «la decadencia del imperio romano, con sus orgías, sus emperadores ‘marido de todas las mujeres y mujer de todos los maridos de la corte’» –referencia más que obvia a la homosexualidad– y lamenta que muchos militantes provienen de una sociedad en quiebra, nauseabunda, con padres separados que se meten los cuernos, con amigos o conocidos que relatan orgías sexuales reales o imaginarias, con películas que se solazan en describir todas las variantes de perversión sexual, con la lectura diaria de la cantidad de marihuana o ácido lisérgico que consume la juventud norteamericana o europea, con películas pornográficas japonesas o suecas que superan todo lo hecho en la guerra por los franceses o alemanes, con pederastas o lesbianas, con crimen o asaltos varios.

  • 1.

    Bruno Bimbi: es periodista, doctor en Letras / Estudios del Lenguaje por la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro y activista gay. Es autor del libro Matrimonio igualitario (Planeta, Buenos Aires, 2010; en portugués: Casamento igualitário, Garamond, Río de Janeiro, 2013), corresponsal de Todo Noticias (tn) en Brasil y editor del blog Tod@s. Se desempeña como coordinador político y legislativo en el gabinete del diputado brasileño Jean Wyllys. También es tesorero de la ejecutiva estadual del Partido Socialismo y Libertad (psol) en Río de Janeiro. Twitter: <@bbimbi>.Palabras claves: identidad, izquierda, lgbt, marxismo, populismo.. En Jonathan Dettman: El lobo, el bosque y el hombre nuevo. Una versión anotada para el estudiante de literatura, Northern Arizona University, Flagstaff, 2006, p. 32.

  • 2.

    Ibíd., p. 12.

  • 3.

    No me extiendo aquí sobre ese tema, que ocupará un capítulo de un próximo libro.

  • 4.

    D. Vitello y P. Guedes: «Sobre Fernando Holiday e o debate da representatividade», 4/1/2017, disponible en http://cstpsol.com/home/index.php/2017/01/14/sobre-fernando-holiday-e-o-debate-da-representatividade/.

  • 5.

    N. Moreno: La moral y la actividad revolucionaria, Perspectiva, Bogotá, 1988.