Coyuntura

Trumpismo: una minoría de masas

Donald Trump cuenta la historia de un pasado mítico, el de los Estados Unidos de los años 50, una nación pura, victoriosa, próspera y segura –y no menos jerárquica–. Con ese discurso logró congregar a una «minoría de masas» con ansias refundacionales. Por estos días se lo compara, incluso, con el populismo latinoamericano. Estas analogías ofrecen una puerta de acceso inesperada y atractiva a la política norteamericana, pero no para entender a Trump, sino para analizar las preocupaciones de quienes hacen la comparación. Mientras tanto, las instituciones que lo volvieron posible aparecen hoy dispuestas a salvar el país.

Trumpismo: una minoría de masas

Atribulados por cambios que no comprenden, agazapados en un rincón con sus armas listas para disparar contra la utopía cosmopolita que los oprime: la hipérbole que deforma a los votantes de Donald Trump monopoliza la atención de los análisis domésticos y globales sobre Estados Unidos en este momento de implosión de régimen. Ese votante, una secreción del imaginario modernista en su expedición angustiada a un mundo ajeno, la inspección a la mosca que rompió el espejo, está instalado en un tiempo muerto, dominante. Es el paisaje fijo, prudentemente instalado a los costados, para ocultar el espectáculo verdaderamente aterrador que lo rodea: no el del «fascismo americano» que Trump ha llevado al poder, sino el de las instituciones de la democracia norteamericana que lo hicieron posible y que hoy asoman, familiares y siniestras, dispuestas a ofrecer la salvación del país.

El movimiento que llevó a Trump a la Casa Blanca se conformó a partir de un rechazo a la creciente desigualdad del llamado «poder material» que hace que los ciudadanos perciban que no tienen un control efectivo sobre el destino de sus vidas y que la política democrática no ofrece un camino para recuperar ese control. Ese rechazo se expresó en un deseo iracundo de retorno mítico a los eeuu de los años 50 en tres imágenes claras: la de la superioridad extrapolítica de una causa nacional forjada alrededor de la Constitución y cuyo mensaje se consolidó alrededor del Tea Party en la última década; la de una fuerte homogeneidad social basada, paradójicamente, en el establecimiento de fuertes jerarquías internas: las de una «América blanca» y una defensa irrestricta de la libertad económica individual; y la perspectiva de una movilidad social ascendente asociada a los dos componentes previos. La renovación de las estructuras políticas que produjo esta combinación es una de las más formidables de la política norteamericana desde el New Deal y no se expresa solo en la figura de Trump: apenas 59 de los 237 diputados republicanos actuales estaban en el Congreso antes de 2008, un recambio inédito para la esclerosada dinámica local.1

Hasta ahí no hay elementos novedosos. Se trata de ideas que están en el corazón de los marcos ideológicos del Partido Republicano. Si el gobierno de Trump prospera, puede que su agenda de gobierno no sea tan distinta de la de otra administración republicana: un programa de reducción de impuestos para las corporaciones, el intento negociado por reducir el gasto público en los remanentes del Estado de Bienestar, la erosión progresiva de los mecanismos regulatorios del Estado en áreas como el medio ambiente, las relaciones laborales, la salud y la educación, y un intento por restringir la movilidad social y la circulación física de minorías diversas, en contraste con una mayor liberalidad en la circulación de los agentes económicos. Muchas de esas ideas son, además, nociones que de distintas formas circulan por las venas del Partido Demócrata, particularmente desde el comienzo de la Guerra Fría, pero con especial énfasis tras la profunda renovación que produjo el partido desde fines de los 80 y que se expresó en la llegada de Bill Clinton al poder en 1992.

El discurso revulsivo sobre la inmigración es un campo fértil para ver lo nuevo dentro de una larga tradición política nacional. Trump no inventó el miedo a los inmigrantes como instrumento de control político de la sociedad norteamericana. En su discurso al Congreso en 1995, por ejemplo, el presidente Clinton advirtió sobre los inmigrantes «que ocupan nuestros puestos de trabajo» y «demandan más gastos y mayores servicios del Estado», y defendió su gestión por haber sostenido «un mayor respeto por las leyes» y «haber reforzado las fronteras, incrementado el personal de seguridad y efectuado más deportaciones que las administraciones anteriores». Pero fue Obama quien, de hecho, llevó los números de deportados a su punto máximo histórico. Trump y el núcleo duro de supremacistas blancos que lo rodean acentúan más claramente que en el pasado el rol de este discurso en la producción de disciplinamiento social de dos formas: miedo entre los inmigrantes y beneficio negativo (beneficio de no ser inmigrante) en el resto de la sociedad. Algo novedoso, en todo caso, es el formidable despliegue legal y militar doméstico que Trump hereda de las gestiones de Obama y George Bush hijo.

Y lo que sí es inédito, y sobre lo que discurren estas líneas, es la forma que toma este programa, los realineamientos que produjo y seguirá produciendo y las consecuencias sobre el futuro político de eeuu. En lo que podría llamarse «fascismo americano», el movimiento de Trump constituye una «minoría de masas» que busca el retorno a un orden fundado en la ideología consagrada en la Constitución y sus derivados, definida como un sistema organizado en torno de la libertad individual y el derecho de propiedad (no siempre dicho, pero referido sobre todo a la esclavitud). Tal sistema está cimentado sobre una serie de derechos negativos que defienden al individuo frente al Estado. La llegada de Trump al poder se produce mediante mecanismos institucionales diseñados para la limitación del espacio público y la contención de quienes lo integran. Algunos de estos mecanismos, perfeccionados durante la última década, son de carácter instrumental: sobre todo, los nuevos requerimientos de identificación para votar que excluyen a minorías y sectores bajos de la escala social que no cumplen esos requisitos (contar con identificación oficial y que exista correspondencia entre la dirección que figura en el documento y la efectiva al momento de votar) y los rediseños de distrito (lo que se conoce como gerrymandering) que tornan la participación política local de esas minorías en algo crecientemente inútil. Otros de esos mecanismos se vinculan con la radical transformación de la esfera pública, sobre todo en dos planos: la participación irrestricta de las corporaciones en la financiación de la política, consagrada por la Suprema Corte en 2010 en el caso «Citizens United versus Federal Election Commission», que autoriza a las empresas a aportar fondos de manera ilimitada a las campañas electorales, y el paralelo desmantelamiento del poder de las organizaciones colectivas, particularmente los sindicatos.2

La condición de «minoría de masas» como rasgo básico de esta versión americana del fascismo es crucial para imaginar el futuro de Trump en dimensiones que ni este ni el círculo que lo rodea terminan de imaginar. En contradicción con la narrativa desesperada que utilizan los medios para describir a la base trumpista, en eeuu los más postergados no votaron a Trump, ya sea porque han sido expulsados de la esfera pública o simplemente se les ha impedido acceder a esta, ya sea porque votaron mayoritariamente al Partido Demócrata. Trump sí logró cierto apoyo sindical (obtuvo el mayor caudal de votos de familias sindicalizadas de un candidato republicano desde Ronald Reagan3), pero aun ese apoyo (de los trabajadores en mejor posición) fue sustancialmente menor que el que recibió Hillary Clinton. La obsesión de Trump por encontrar una masa de ciudadanos que lo apoyara en las calles durante su asunción presidencial –que, sin embargo, no se hicieron presentes– evidencia su herida narcisista y el legado estético de las multitudes fascistas que forman su imaginario y el de quienes lo rodean. Pero el sujeto político que Trump ha creado está mayormente recluido en su espacio familiar. Más allá de la estética de masas que el presidente anhela, su éxito se juega, en verdad, en lograr una efectiva desmovilización, acentuar la diferencia entre activistas radicalizados y ciudadanos excluidos y perfeccionar los mecanismos institucionales que tornen a la oposición en un actor políticamente irrelevante. Desigual y aislado, el individuo es el verdadero sujeto de la identidad política naciente.

Make it Great

Esa identidad está en su lema original: «Make America Great Again». El efecto es extravagante, más poderoso que lo que su simpleza indica. Trump narra la historia de un pasado mítico, el de los eeuu de los años 50, una nación pura, victoriosa y mundial, ideológica y moral en su anclaje constitucional, próspera, segura e imaginariamente irreversible. Por sobre todas las cosas, una historia articulada en el sutil lenguaje de la jerarquía extrapolítica de la raza sobre la cual descansa el orden mayor e inamovible de la propiedad. Ahí, «Make America Great Again» se escucha como «Make America White Again», y «Law and Order» se entiende como la vigilancia del Estado militarizado sobre los cuerpos negros en tanto puente de acero para la libertad de los blancos, una tradición que arranca con el formidable aparato policial y discursivo desplegado desde fines de 1600 para prevenir la fuga de negros, una de las mayores fuentes de preocupación en las colonias del Sur aun antes de que la nación naciera.4

Pero la escatología refundacional demanda una crítica voraz a todo lo que alejó a eeuu de ese pasado grandioso: las guerras que no se ganaron y los militares que ya no pelean para ganar, los diarios que ya no reflejan la verdad, las empresas que llevan sus puestos de trabajo al exterior, los políticos que han abandonado a su comunidad. Y he ahí la paradoja que hace inteligible la confrontación de Trump con el statu quo que viene a rescatar: solo es posible refundar las bases de legitimidad de un orden mediante un ataque frontal a sus elites. Los primeros meses de Trump no se tratan de una acción sistémica de resultados esperables, ni de un acuerdo a espaldas del público, sino de la refundación de un orden.

La relación de Trump con la prensa, y en particular su pelea con el diario The New York Times, sirve como ejemplo de esta dinámica, no tanto por su importancia como por lo que esa confrontación revela. El New York Times, como cualquier diario de trayectoria y prestigio, es un medio que habla desde el poder. Su discursividad circula por dos carriles bien definidos que tienen muy poco que ver con la crítica o el apoyo a un gobierno. En uno de esos carriles están sus interlocutores, sean aliados o adversarios: el Partido Demócrata, Trump, las agencias de inteligencia, los otros medios, los escritores, aquellos con los que comparte o discute el futuro del país. Es decir, mucho más que «los que mandan», la categoría más tenue con la que el sociólogo José Luis de Imaz describía a un poder nunca consolidado en Argentina; en este caso se trata del mundo de un poder establecido y extendido que se percibe, muchas veces con razón, aun por encima de la competencia política. Por el otro carril, su otra audiencia, la del mundo ajeno, aquel al que van los periodistas del Times: profesionales a mitad de camino entre el representante del diario y el etnógrafo, enviados a recoger información sobre esa realidad distante que no deja de extrañar e interesar, para horrorizarse o para celebrarlo, ya sea el votante de Trump en Michigan o el inmigrante mexicano a punto de ser deportado. Trump fue quien vio esa distancia infranqueable para el New York Times, brecha que él zanjó con los instrumentos que mejor maneja: los de Twitter, la prensa amarilla y su experiencia en los círculos de la autoayuda financiera.5 En su único momento verdaderamente populista, Trump produjo un escenario político nuevo: presentó a la elite como una oligarquía. «The failing New York Times», el decadente New York Times, como se refiere el presidente al diario, es una acusación in toto al viejo orden. O mejor dicho, es tanto una descripción del diario como una denuncia contra las bases de legitimidad de aquel orden que Trump apuesta a reconstruir.

Las posibilidades de sobrevivir en esa confrontación son limitadas por definición. No porque esto sea una revolución, sino porque, justamente, ahí se juega la supervivencia de un orden. Cierto, el enfrentamiento de Trump con las agencias de inteligencia y militares puede licuarse en el ábaco de las asignaciones presupuestarias y el concierto del complejo militar-industrial. La irrupción de un escenario de confrontación militar internacional puede ayudar a hacer ese proceso aún más rápido.6 La impresión de los que, como yo, creen que las batallas ideológicas son disputas sobre las bases materiales del poder es que el final de esa pelea por construir un futuro anclado en un pasado ideal está lejos de ser claro o favorable para Trump. Las probabilidades de que las instituciones acechadas «salven» a eeuu de la amenaza de Trump son tan altas como las de que Trump acomode su estrategia para convertirse en un líder efectivo de esas elites. Y ambas posibilidades son preocupantes.Esa encrucijada trágica entre Trump y las fuerzas que pueden salvar la democracia de la que este surgió es el verdadero ethos nacional. En los años 60, Seymour «Marty» Lipset presentó una tipología política que iluminaba el bajo fondo del denominado «excepcionalismo americano» mucho más certeramente que el libro que escribió con ese título 30 años después. En su análisis del macartismo como versión del autoritarismo vernáculo (un movimiento que hoy sin duda asimilaría con el del trumpismo), el sociólogo, fundador del neoconservadurismo y al mismo tiempo asesor del think tank que nutrió de ideas al clintonismo dentro del Partido Demócrata, destacaba que lo singular de eeuu no fue solo que, a diferencia de otros movimientos autoritarios, el macartismo hubiera fracasado. Lo distintivo, y aquello que tornaba el sistema político más estable, es que las fuerzas que derrotaron al macartismo no fueron sus víctimas sino las elites económicas y los conservadores7. Algo no dicho en su texto y tan relevante entonces como ahora: se trató de las mismas fuerzas que generaron el espacio para su crecimiento y las mismas que absorbieron bajo un formato institucional y organizado el mandato del terror como herramienta para control social, desmantelamiento del movimiento obrero y repliegue del Estado que caracterizó a eeuu después del New Deal. Si la analogía es válida para imaginar una «salida institucional» a la crisis generada por el ascenso de Trump, las razones para preocuparse por esa salida aumentan. (Torcuato Di Tella me relató alguna vez su primer encuentro con Lipset en la Universidad de Columbia en los 50 cuando este aún no había abandonado del todo su sólida base marxista en el funcionalismo, pero empezaba a trabajar en su obra fundamental sobre los atributos de los ciudadanos proclives a opciones políticas autoritarias. Di Tella era apenas un estudiante que le declaró a Lipset su deseo de entender –y desterrar– al peronismo. Lipset, a tono con la época en la que el populismo se leía como una desviación de clase bajo el lente de Karl Marx, lo mandó a leer El dieciocho Brumario. La recomendación tuvo un efecto limitado, pero la obsesión de Di Tella transformó la investigación de Lipset, quien luego entabló trato con Gino Germani y trabajó in extenso sobre la base social del peronismo como uno de los ejemplos que demostraban el efecto desestabilizador de las modernizaciones truncadas en la subjetividad política de la clase trabajadora. Aquella asociación temprana del peronismo con los trabajadores manipulados por un demagogo, que tomó forma quizás fundacional en las charlas de Di Tella con Lipset, es aún hoy el discutible marco explicativo con el que se analiza cualquier fenómeno de masas, incluida la llegada de Trump al poder).

El Moloch populista

Los repetidos análisis de Trump bajo la lupa de los populismos latinoamericanos, las comparaciones con una variedad meliflua de procesos políticos que van desde el chavismo a Augusto Pinochet y desde Alberto Fujimori al peronismo, ofrecen una puerta de acceso inesperada y atractiva a la política norteamericana: no para entender a Trump, sino para analizar las preocupaciones de quienes hacen la comparación. Por una vez, al menos, las referencias al peronismo en particular no son solo derivado de la vocación autorreferencial argentina, y por una vez también, su utilidad es mayor que la de alimentar una cultura nacional en permanente y antropofágica expansión. (Las referencias a Trump como un nuevo Perón también son un salto al vacío imaginario en el que la ucronía es más válida que la analogía: la figura perfecta sería la de un hombre del gobierno de la Década Infame –régimen que dirigió Argentina entre 1930 y 1943– que en algún momento luego de 1942 decide lanzar su candidatura presidencial para evitar la llegada de una revolución social. Quizás alguien como Alberto Barceló, el líder conservador que gobernó el popular municipio de Avellaneda entre 1909 y los años 1930 y que emergió entre las filas oficiales para denunciar la candidatura mediocre de Robustiano Patrón Costas –el candidato que efectivamente postuló el régimen– y la afectación cosmopolita de Carlos Saavedra Lamas –canciller histórico que se convirtió en blanco de sectores nacionalistas–. Barceló debía lograr de esta manera producir una profunda renovación dentro de la coalición oficial, rescatarla y evitar así la llegada de Perón, que en este abuso retórico sería Bernie Sanders. Dicho de otro modo: Trump no es quien viene desde afuera a romper el régimen, sino el que surge desde adentro para refundarlo).

Desde fines de los años 40 y hasta hoy, las ciencias sociales y el discurso político norteamericano recurren a la figura del peronismo para alertar sobre las tendencias autoritarias nacionales. La referencia es al mismo tiempo vaga y precisa y se dirige a aquellas identidades que puedan caracterizarse por un fuerte liderazgo personal, una crítica a las instituciones vigentes, una mayor intervención del gobierno en la economía y un rol dominante de los sindicatos en la política. La recurrencia en la sociología funcionalista norteamericana es tal y tan superflua que en 1974 Eldon Kenworthy sostuvo que, como categoría de análisis, el peronismo (y uno se ve tentado a extender el juicio al populismo en general) se convirtió en una pieza clave de cualquier teoría global, «el pequeño caso que, amoldado a los requerimientos de la teoría, imparte un aura de universalidad» a preocupaciones fuertemente locales.8

Entre otras cosas, la referencia insistente al populismo latinoamericano oscurece las características profundamente nativas del fenómeno Trump. Pero sobre todo, revela la definición estrecha de democracia política que manejan quienes usan esa figura. Como bien señala Thea Riofrancos en una de las mejores críticas al abuso de las referencias al populismo, «acentuar las instituciones y las normas como la esencia de la ‘democracia’ es una definición que tiene una historia, y es una historia que arranca por negar otras definiciones más radicales de ese concepto»9. Aplastar dentro de una misma definición (populismo, Trump, peronismo, político latinoamericano) cualquier fenómeno que ofrezca resistencia a las instituciones disuelve de inmediato el hecho básico de que, al menos en sus casos históricos (peronismo en Argentina, varguismo en Brasil y cardenismo en México), los populismos latinoamericanos de los años 30 y 40 se montaron sobre la expansión de derechos sociales y económicos y no en su limitación, surgieron de la mano de la consolidación de organizaciones colectivas y no sobre su desmantelamiento, y encararon un fuerte proceso de regulación de la vida social y económica, no su total liberalización.

El núcleo duro de la adscripción a estos populismos fue la certeza de millones de individuos postergados de que podían obtener mediante la organización colectiva y la pertenencia a una identidad mayor el mismo poder que otros detentaban individualmente en la sociedad a la hora de decidir no solo sus propios intereses, sino los rasgos fundamentales de la sociedad. Que analistas varios, mayormente vinculados al Partido Demócrata, imaginen que el fenómeno de Trump puede ser leído como populismo latinoamericano no solo es disparatado, sino que también bloquea la posibilidad de ver dinámicas democráticas más radicales como el verdadero espacio para una oposición novedosa.

Puesto de otro modo, Wisconsin es a Trump lo que la localidad platense de Berisso fue al peronismo: son las cunas de las que emergieron y en las que se pueden leer sus rasgos distintivos y opuestos. Desde 2009, el Partido Republicano experimentó en ese estado con los rasgos fundamentales de una renovación política aun antes de que nadie imaginara que la lideraría Trump: una drástica eliminación del poder de negociación de los sindicatos, una apuesta por el financiamiento privado de la política para contrarrestar el anclaje sindical del Partido Demócrata (Trump fue, justamente, uno de los que financiaron al gobernador Scott Walker en la campaña para permanecer en el poder ante el pedido demócrata de removerlo), el rediseño de distritos electorales y la sanción de nuevas exigencias para votar señaladas anteriormente, que recién este año fueron revocadas por la Justicia con el argumento de que, efectivamente, marginan de forma casi exclusiva a votantes demócratas. Nada de lo que ocurre hoy fue súbito e inesperado: cuando el Partido Demócrata perdió el referéndum que había promovido y demostró que no había podido movilizar su propia base sindical, quedó claro que el Partido Republicano estaba comenzando algo nuevo. «Es hora de limitar el poder de los sindicatos, y en eso espero poder ser la fuente de inspiración para muchos otros líderes», dijo Walker luego de su victoria. (En esa época, escribí un artículo para Página/12 en esta misma línea que se titulaba «Wisconsin, la pelea de fondo». No fue la única nota en ese tono, pero la reacción mayoritaria del Partido Demócrata ante el evento fue que se trataba de una dinámica encapsulada y que en la elección general los trabajadores no tendrían otra opción que volver al Partido Demócrata. En 2012, Obama ganó su reelección con cuatro puntos menos que en 2008 y Hillary Clinton perdió por menos de un punto. Había en esa negación demócrata una mirada estática de la política muy distinta de la del promedio de cualquier lector de diarios latinoamericano, mucho más dispuesto a registrar transformaciones, y quizás por eso, a realizarlas10).

No hay posibilidad alguna de imaginar a Trump y a su asesor estrella de la Alt-Right Steve Bannon11 en el poder sin la implosión callada del Partido Demócrata como instrumento de acción colectiva. Ni hay modo de imaginar una salida distinta de la radicalización de Trump o de su institucionalización sin una profunda reformulación del Partido Demócrata o el surgimiento de otra alternativa. Enfrentados al fenómeno presuntamente inesperado del triunfo de Trump, buena parte de los líderes partidarios depositan sus esperanzas en el escenario (nada improbable en una coyuntura volátil) de que escándalos como la relación de Trump con el gobierno ruso provoquen una crisis terminal en su gobierno. Es más fácil reavivar el miedo ancestral a la amenaza rusa que revisar la crisis de representatividad terminal que los acosa y la pérdida de un proyecto de país significativamente distinto. Una crisis republicana que se produzca antes de una renovación demócrata podría garantizar la continuidad de la elite partidaria actual que sobrevive a caballo de esta crisis, y que se reforzó pírricamente en su esfuerzo por aplastar a Bernie Sanders. Liderazgos emergentes como el de Yvanna Cancela (joven senadora estadual de Nevada) y otros de la nueva camada generacional pueden ser el comienzo de una renovación o el grupo que les dé nuevos aires a las viejas estructuras. Como un fenómeno político que engloba a todo eeuu, la figura de Trump encierra, en su potencial éxito o su eventual fracaso, un microcosmos de las limitaciones estrechas de la política norteamericana y de las potencialidades siempre a punto de estallar.

  • 1.

    Andrew Taylor: «GOP Struggles with Shift from Opposition Party to Governing» en AP, 6/3/2017.

  • 2.

    Sobre este proceso y la forma en que afectó la relación entre los trabajadores y la política, v. el excelente trabajo de Jane F. McAlevey: No Shortcuts: Organizing for Power in the New Gilded Age, Oxford University Press, Nueva York, 2016.

  • 3.

    Noam Scheiber, Maggie Haberman y Glenn Thursh: «Trump’s Inroads in Union Ranks Have Labor Leaders Scrambling» en The New York Times, 17/2/2017, p. 12.

  • 4.

    Martín Plot hace una interesante lectura de la frase, situándola dentro de su caracterización del movimiento liderado por Trump como «voluntarista». Ed Baptist sostiene que la vigilancia a los negros siempre fue más allá de garantizar la esclavitud o la explotación económica y se vinculaba a la necesidad de garantizar y reproducir jerarquías domésticas y una noción de «libertad negativa» a favor de los blancos. M. Plot: «Elecciones y regímenes políticos» en Temas y Debates No 32, 2016; E. Baptist: «Creating White Freedom by Hunting Enslaved Africans», inédito, septiembre de 2016.

  • 5.

    Para una discusión sobre este rasgo en particular de Trump, v. la interesante reflexión de Daniel Fridman: «Candidatos ricos, votantes pobres» en La Nación, 31/12/2016.

  • 6.

    El aumento de los gastos en defensa impulsado por Trump en su propuesta de presupuesto nacional, entre otras cosas, parece buscar ese objetivo inmediato.

  • 7.

    S. Lipset: Political Man: The Social Bases of Politics, Johns Hopkins University Press, Baltimore, 1960, p. 172.

  • 8.

    Eldon Kenworthy: The Function of the Littleknown Case in Theory Formation: Or What Peronism Wasn’t, Cornell University, Latin American Studies Program, Ithaca, 1974.

  • 9.

    Thea Riofrancos: «Democracy Without the People» en N+1 Magazine, 6/2/2017.

  • 10.

    E. Semán: «Wisconsin, la pelea de fondo» en Página/12, 20/2/2011.

  • 11.

    11. Sobre este tema, v. Laura Raim: «La derecha ‘alternativa’ que agita a Estados Unidos» en Nueva Sociedad No 267, 1-2/2017, disponible en www.nuso.org