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Socialdemocracia y clases medias en Europa

La generalización del Estado de Bienestar en la posguerra europea fue en parte resultado de la convergencia en intereses y demandas de las clases medias y las clases trabajadoras, como consecuencia de las penalidades y escaseces de la guerra. Pero más tarde, en los años 60, el crecimiento económico y las demandas y expectativas de los más jóvenes agrietaron ese consenso, y la crisis de la década siguiente dio paso a una era neoliberal que acentuó las diferencias entre las clases medias y los trabajadores. Una salida progresista de la crisis actual, que mantenga el modelo europeo de bienestar, exige recrear una coalición social amplia, de clases medias y trabajadoras, como alternativa a la dualidad social del modelo conservador.

Socialdemocracia y clases medias en Europa

La formación del consenso socialdemócrata

«Hace tiempo, en 1945, casi toda la gente buena era muy pobre», escribía Muriel Spark al comienzo de su novela The Girls of Slender Means (1963), hablando de Gran Bretaña1. El panorama en el continente era aún peor, debido a la destrucción ocasionada por la guerra sobre el terreno y no solo desde el aire, como ocurriera en Gran Bretaña. Pero contradiciendo la perspectiva liberal sobre el manejo de la economía antes de la guerra, después de 1945 «en lugar de recortar sus gastos y presupuestos, los gobiernos los incrementaron». La consecuencia fue que, «menos de una década después de haber estado luchando para salir de los escombros, los europeos entraron, para su asombro y no sin cierta consternación, en la era de la opulencia»2.

Sin embargo,

el desembolso inicial de la mayoría de los gobiernos de la postguerra se dirigió sobre todo a la modernización de las infraestructuras –la construcción o mejora de carreteras, vías férreas, viviendas y fábricas–. En algunos países, el gasto de los consumidores se contuvo deliberadamente, lo que (…) tuvo como consecuencia que muchos percibieran los primeros años de la postguerra como una prolongación de los tiempos de penuria.3

No obstante, «en la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial, ante la escasez de fuerza de trabajo, la acción de los sindicatos y partidos obreros contribuyó decisivamente a la instauración de un gigantesco mercado interior para los productos industriales»4.

La hipótesis que cabe formular respecto al ascenso del modelo socialdemócrata de sociedad en la Europa de posguerra es que su punto de partida fue ante todo un extendido deseo de compensación por los sacrificios y penurias de la guerra, y después una fuerte igualación por abajo de las clases medias, que las aproximó en renta y condiciones de vida a las clases trabajadoras. Las diferencias sociales de estatus no podían enmascarar la evidencia de la pobreza compartida. Eso podría significar que en aquellos años existía una convergencia en términos de intereses y demandas entre las clases medias, las clases medias bajas y las clases trabajadoras. Ante esa coincidencia debían responder los gobiernos con políticas universales que desbordaban las divisorias de estatus y trataban de curar, en las palabras de Thomas H. Marshall en 1949, «la herida de la clase»5. Tenemos así unas circunstancias muy distintas de las que se han ido creando en Europa desde los años 80. Las ideas económicas dominantes no estaban obsesionadas por el déficit y la inflación, y el igualamiento por abajo no dejaba espacio para la brecha en política fiscal entre las clases medias más acomodadas y las clases medias bajas y trabajadoras. El resultado fue que, con cierta independencia del signo de los gobiernos, se introdujeron sin excepciones sistemas públicos y gratuitos de sanidad y educación y sistemas de pensiones públicas y protección social.

La coincidencia de intereses entre clases medias y clases trabajadoras fue, por otro lado, la base sociológica de la superación del obrerismo tradicional de los partidos socialdemócratas. El símbolo de esta transformación doctrinaria fue el Programa de Bad Godesberg (1959) de la socialdemocracia alemana, en el que se definió al Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD, por sus siglas en alemán) como «partido de todo el pueblo». El cambio no solo reflejaba el abandono de la idea de que la clase trabajadora industrial llegaría a ser mayoritaria, sino sobre todo la nueva idea de que se podían promover políticas que beneficiaban a la vez a la clase trabajadora y a las clases medias.

El fuerte y sostenido crecimiento de los salarios reales, tras años de escasez, supuso la expansión del mercado interno: la disminución del ahorro privado, una vez que los servicios públicos descargaban a las familias de la necesidad de prever gastos que antes recaían sobre ellas, liberó amplios recursos para el consumo. El Estado de Bienestar y el consumo, en un contexto de prosperidad económica, fueron así los rasgos complementarios de un modelo de sociedad cuyo apogeo fueron los años 60, en el que se puede hablar, de nuevo sin que la clave fuera el signo de los gobiernos, de una edad de oro de la socialdemocracia y de un consenso keynesiano: «Ahora todos somos keynesianos», en la expresión del malhadado presidente Richard Nixon.

El fin de la edad de oro

Los años 70 trajeron la crisis y el final del periodo de expansión de la posguerra. La erosión de la funcionalidad de las instituciones de Bretton Woods y el final del papel del dólar como moneda de reserva pueden haber sido los exponentes del fin de un ciclo, pero conviene subrayar otros factores que contribuyeron decisivamente a la crisis. Uno de ellos es también económico, aunque su origen fuera geopolítico: la decisión de los países árabes productores de petróleo de imponer una brutal subida del precio del barril como represalia por el apoyo de Europa y Estados Unidos a Israel durante la guerra del Yom Kipur, en 1973. La elevación de los costes de la energía puso fin a la dinámica de crecimiento económico de años anteriores. Se puede discutir si esta dinámica habría llegado en todo caso a su fin –o incluso si ya estaba agotada al comienzo de los años 70– por la dificultad de lograr, en una fase ya madura del ciclo, ganancias de productividad que permitieran mantener la competitividad a pesar de las subidas salariales. Pero lo indudable es que la «crisis del petróleo» supuso un decisivo punto de inflexión en la dinámica económica de la posguerra.

Hay otro factor que puede haber sido decisivo y que recobra actualidad a la vista de la movilización de los jóvenes de clase media en muchos países de América Latina, y en especial en Chile y Brasil. Mientras que el crecimiento económico, la aparición de servicios públicos universales y la expansión del consumo colmaban las aspiraciones de la generación que había vivido la guerra y la reconstrucción, la generación siguiente –la que ha dado en llamarse «Generación de 1968»– encontraba en los rasgos de la sociedad en que había crecido motivos de malestar y de protesta, que a posteriori podemos resumir en el rechazo del autoritarismo patriarcal del orden social, pero que en su momento tuvieron con frecuencia una expresión ideológica confusa y mal articulada.

  • 1. Ludolfo Paramio: miembro del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (csic) y del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset de Madrid. Es autor de La socialdemocracia maniatada (Libros de La Catarata, Madrid, 2012).Palabras claves: Estado de Bienestar, socialdemocracia, clases medias, crisis, desigualdades, Europa.. Hay edición en español: Las señoritas de escasos medios, Impedimenta, Madrid, 2011.
  • 2. Tony Judt: Postguerra: Una historia de Europa desde 1945, Taurus, Madrid, 2006, p. 476.
  • 3. Ibíd.
  • 4. Herman van der Wee: Prosperidad y crisis: reconstrucción, crecimiento y cambio, 1945-1980, Crítica, Barcelona, 1986, p. 274.
  • 5. Thomas H. Marshall: «Citizenship and Social Class» en T.H. Marshall: Class, Citizenship, and Social Development: Essays, Heinemann, Londres, 1964, pp. 65-122. [Hay edición en español: «Ciudadanía y clase social» en Revista Española de Investigaciones Sociológicas No 79, 1997, pp. 297-344].