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Siria y el retorno de los zombis ¿De la «primavera árabe» al invierno islamista?

Cuatro años después del comienzo de la llamada «primavera árabe», Siria es sin duda la expresión depurada de todos los sueños y todos los reveses de la región: vía muerta de las revueltas, victoria simultánea de todas las contrarrevoluciones, campo de batalla de imperialismos enfrentados, sala de reanimación de los yihadismos radicales. Comprender el destino del mundo árabe exige abordar la cuestión de por qué no ha caído el régimen sirio, qué distintos modelos y fuerzas combaten allí y qué alternativas frente a la dictadura, las intervenciones multinacionales y el islamismo radical sobreviven todavía entre sus ruinas.

Siria y el retorno de los zombis / ¿De la «primavera árabe» al invierno islamista?

Casi cuatro años después de que se desencadenaran las revueltas y revoluciones que sacudieron el mundo árabe, la violencia, la guerra civil y el golpe de Estado parecen devolver a la región, de manera traumática o discreta, un aire conocido y familiar. Han vuelto o están volviendo las tres fuerzas siamesas que antes de 2011 condenaban a los pueblos al silencio, la miseria y la sumisión. Me refiero, naturalmente, a la dictadura, la intervención imperialista y el islamismo yihadista, contra cuya convergencia viciosa, de Túnez a Bahrein, se alzaron los jóvenes y excluidos –árabes o no, hombres y mujeres– durante la llamada «primavera árabe». Este retorno brutal induce la ilusión de una continuidad que, sin embargo, las revoluciones árabes realmente interrumpieron, introduciendo cambios profundos en las relaciones geopolíticas y en las propias dinámicas de lucha locales y regionales. Como he escrito a menudo, las tres fuerzas citadas pertenecen al pasado; están, de algún modo, ya muertas, y si siguen trágicamente presentes e investidas de poder, es porque los zombis pueden gobernar el mundo durante mucho tiempo y tanto mejor cuanto más muertos están. Pero, con independencia del mucho daño que puedan aún hacer, esas tres fuerzas –dictadura, imperialismo y yihadismo– son fuerzas zombis que tratan de someter un espacio profundamente modificado y que, por eso mismo, ocultan los cambios ya acaecidos.

El caso de Siria es proverbial en este sentido. Ningún otro país permite valorar mejor estas permanencias y cambios sobre un fondo de tragedia en el que la vieja relación orgánica entre dictadura, imperialismos y yihadismos revela y alimenta un nuevo orden geoestratégico o, como lo ha llamado la prestigiosa revista francesa Esprit, un «nuevo desorden global»1.

¿Por qué no cayó el régimen?

Han pasado cuatro años desde que, en la estela de Túnez y Egipto, una parte del pueblo sirio se levantó pacíficamente contra la dictadura hereditaria de la familia Asad, que gobierna Siria desde hace más de cuatro décadas. A las primeras manifestaciones, respondidas con fuego real, detenciones masivas y torturas, se fueron sumando más y más sirios, en un movimiento transversal que fue extendiéndose por todas las ciudades del país sin distinciones étnicas o religiosas. En agosto de 2011, y tras cinco meses de matanzas por parte del régimen, un grupo de desertores crea el Ejército Libre Sirio (ELS) con el propósito de defender a la población civil, organizada en torno de las Coordinadoras Locales, y derribar el régimen. Tras casi cuatro años de combates, más de 200.000 muertos, miles de desaparecidos y millones de refugiados y desplazados, la pregunta es: ¿por qué no ha caído y por qué no es previsible que caiga el régimen?

Las razones son numerosas y se entrecruzan en una membranosa realidad compuesta de muchos niveles articulados. Enumeraremos por separado algunas de ellas, internas y externas, insistiendo en la necesidad de reunirlas en una totalidad orgánica:a) Como bien recuerda el marxista libanés Gilbert Achcar, el régimen de los Asad, al igual que la Libia de Muamar Kadafi, es un Estado «patrimonial» en el que el aparato del Estado y, por lo tanto, el ejército «nacional», son inseparables, desde su mismo nacimiento, de la familia o clan gobernantes2. Esto explica que, al contrario de lo que ocurrió en Túnez o en Egipto, una parte considerable de las Fuerzas Armadas haya permanecido leal al régimen.

b) No menos importante es lo que –siguiendo a Leila Nachawati3– podríamos llamar «aprendizaje del terror», en el sentido de que, tras el derrocamiento popular de Zine El Abidine Ben Ali y Hosni Mubarak, Bashar al Asad aprendió la lección y decidió aplicar, como su padre en 1982 en Hama, una represión salvaje y sin concesiones. El resultado fue el asesinato, encarcelamiento o exilio, en los primeros meses, de varias generaciones de potenciales líderes y militantes democráticos. Este vacío de liderazgo, en condiciones de guerra sin piedad, ha conducido a una radicalización y despolitización crecientes del movimiento revolucionario ciudadano.

c) Las vacilaciones o el apoyo al régimen de algunos sectores urbanos, identificados al mismo tiempo por sus intereses de clase y su pertenencia religiosa (alauitas y cristianos, sobre todo), asustados primero por la inestabilidad y en seguida por la deriva «sectaria» que el propio régimen alentó –con propaganda y represión selectiva– como instrumentos de supervivencia4.

Estas son las principales razones internas. En cuanto a las externas, se vinculan, en todo caso, con la fabricación de lo que Yassin al Haj Saleh, escritor, activista y ex-prisionero del régimen, ha definido certeramente como «una sociedad-bomba», es decir, un orden político y social en el que no se puede tocar nada sin que todo salte por los aires5. Para eso, el régimen asadiano contaba con la colaboración «objetiva» de un equilibrio geoestratégico regional que todas las partes –rivales entre sí– preferían no alterar. Cuando se habla de geopolítica, y más aún en esta zona del mundo, desde la izquierda tendemos a reducir todas las causas concomitantes de conflicto a la disputa por los recursos energéticos y, más concretamente, por el petróleo y el gas. Un análisis que deje a un lado estos factores sería no solo incompleto, sino totalmente erróneo. Pero no hay que olvidar tampoco la acumulación y sedimentación de conflictos puramente históricos heredados, como recuerda bien Olivier Roy al hablar del Estado Islámico (EI), de la descomposición del Imperio Otomano y del plan colonial europeo consecutivo: «Los territorios hoy en crisis son los del antiguo Imperio Otomano: no el Magreb ni Egipto sino Siria, Palestina e Iraq. Se trata de una zona volcánica en el sentido casi geológico del término: construida sobre un conjunto de fallas sísmicas y que experimenta hoy una evolución de fondo»6. Sobre este volcán, la familia Asad fabricó meticulosamente su sociedad-bomba, de manera que cualquier cambio interno tuviese inmediatas repercusiones regionales e internacionales.

  • 1. V. los artículos del dossier «Le nouveau désordre mondial» en Esprit 8-9/2014.
  • 2. G. Achcar: Le peuple veut. Exploration radicale des soulèvements arabes, Sindbad / Actes Sud, París, 2013.
  • 3. L. Nachawati: «Quedan 18.000 civiles atrapados en el campo de Yarmuk, unos 3.500 de ellos son niños» en El Diario, 5/4/2015, disponible en www.eldiario.es/desalambre/Quedan-civiles-atrapados-Yarmuk-ninos_0_374112887.html.
  • 4. Bassam Haddad: «As Syria Free-Falls… A Return to the Basics: Some Structural Causes (Part 2)» en Jadaliyya, 30/10/2012.
  • 5. Yassin al Haj Saleh: «Un año de la revolución imposible» en Rebelión, 14/3/2012.
  • 6. Catherine Calvet, entrevista a Olivier Roy: «Le jihad est aujourd’hui la seule cause sur le marché» en Libération, 3/10/2014.