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Siria y el retorno de los zombis ¿De la «primavera árabe» al invierno islamista?

Cuatro años después del comienzo de la llamada «primavera árabe», Siria es sin duda la expresión depurada de todos los sueños y todos los reveses de la región: vía muerta de las revueltas, victoria simultánea de todas las contrarrevoluciones, campo de batalla de imperialismos enfrentados, sala de reanimación de los yihadismos radicales. Comprender el destino del mundo árabe exige abordar la cuestión de por qué no ha caído el régimen sirio, qué distintos modelos y fuerzas combaten allí y qué alternativas frente a la dictadura, las intervenciones multinacionales y el islamismo radical sobreviven todavía entre sus ruinas.

Siria y el retorno de los zombis / ¿De la «primavera árabe» al invierno islamista?

Casi cuatro años después de que se desencadenaran las revueltas y revoluciones que sacudieron el mundo árabe, la violencia, la guerra civil y el golpe de Estado parecen devolver a la región, de manera traumática o discreta, un aire conocido y familiar. Han vuelto o están volviendo las tres fuerzas siamesas que antes de 2011 condenaban a los pueblos al silencio, la miseria y la sumisión. Me refiero, naturalmente, a la dictadura, la intervención imperialista y el islamismo yihadista, contra cuya convergencia viciosa, de Túnez a Bahrein, se alzaron los jóvenes y excluidos –árabes o no, hombres y mujeres– durante la llamada «primavera árabe». Este retorno brutal induce la ilusión de una continuidad que, sin embargo, las revoluciones árabes realmente interrumpieron, introduciendo cambios profundos en las relaciones geopolíticas y en las propias dinámicas de lucha locales y regionales. Como he escrito a menudo, las tres fuerzas citadas pertenecen al pasado; están, de algún modo, ya muertas, y si siguen trágicamente presentes e investidas de poder, es porque los zombis pueden gobernar el mundo durante mucho tiempo y tanto mejor cuanto más muertos están. Pero, con independencia del mucho daño que puedan aún hacer, esas tres fuerzas –dictadura, imperialismo y yihadismo– son fuerzas zombis que tratan de someter un espacio profundamente modificado y que, por eso mismo, ocultan los cambios ya acaecidos.

El caso de Siria es proverbial en este sentido. Ningún otro país permite valorar mejor estas permanencias y cambios sobre un fondo de tragedia en el que la vieja relación orgánica entre dictadura, imperialismos y yihadismos revela y alimenta un nuevo orden geoestratégico o, como lo ha llamado la prestigiosa revista francesa Esprit, un «nuevo desorden global»1.

¿Por qué no cayó el régimen?

Han pasado cuatro años desde que, en la estela de Túnez y Egipto, una parte del pueblo sirio se levantó pacíficamente contra la dictadura hereditaria de la familia Asad, que gobierna Siria desde hace más de cuatro décadas. A las primeras manifestaciones, respondidas con fuego real, detenciones masivas y torturas, se fueron sumando más y más sirios, en un movimiento transversal que fue extendiéndose por todas las ciudades del país sin distinciones étnicas o religiosas. En agosto de 2011, y tras cinco meses de matanzas por parte del régimen, un grupo de desertores crea el Ejército Libre Sirio (ELS) con el propósito de defender a la población civil, organizada en torno de las Coordinadoras Locales, y derribar el régimen. Tras casi cuatro años de combates, más de 200.000 muertos, miles de desaparecidos y millones de refugiados y desplazados, la pregunta es: ¿por qué no ha caído y por qué no es previsible que caiga el régimen?

Las razones son numerosas y se entrecruzan en una membranosa realidad compuesta de muchos niveles articulados. Enumeraremos por separado algunas de ellas, internas y externas, insistiendo en la necesidad de reunirlas en una totalidad orgánica:a) Como bien recuerda el marxista libanés Gilbert Achcar, el régimen de los Asad, al igual que la Libia de Muamar Kadafi, es un Estado «patrimonial» en el que el aparato del Estado y, por lo tanto, el ejército «nacional», son inseparables, desde su mismo nacimiento, de la familia o clan gobernantes2. Esto explica que, al contrario de lo que ocurrió en Túnez o en Egipto, una parte considerable de las Fuerzas Armadas haya permanecido leal al régimen.

b) No menos importante es lo que –siguiendo a Leila Nachawati3– podríamos llamar «aprendizaje del terror», en el sentido de que, tras el derrocamiento popular de Zine El Abidine Ben Ali y Hosni Mubarak, Bashar al Asad aprendió la lección y decidió aplicar, como su padre en 1982 en Hama, una represión salvaje y sin concesiones. El resultado fue el asesinato, encarcelamiento o exilio, en los primeros meses, de varias generaciones de potenciales líderes y militantes democráticos. Este vacío de liderazgo, en condiciones de guerra sin piedad, ha conducido a una radicalización y despolitización crecientes del movimiento revolucionario ciudadano.

c) Las vacilaciones o el apoyo al régimen de algunos sectores urbanos, identificados al mismo tiempo por sus intereses de clase y su pertenencia religiosa (alauitas y cristianos, sobre todo), asustados primero por la inestabilidad y en seguida por la deriva «sectaria» que el propio régimen alentó –con propaganda y represión selectiva– como instrumentos de supervivencia4.

Estas son las principales razones internas. En cuanto a las externas, se vinculan, en todo caso, con la fabricación de lo que Yassin al Haj Saleh, escritor, activista y ex-prisionero del régimen, ha definido certeramente como «una sociedad-bomba», es decir, un orden político y social en el que no se puede tocar nada sin que todo salte por los aires5. Para eso, el régimen asadiano contaba con la colaboración «objetiva» de un equilibrio geoestratégico regional que todas las partes –rivales entre sí– preferían no alterar. Cuando se habla de geopolítica, y más aún en esta zona del mundo, desde la izquierda tendemos a reducir todas las causas concomitantes de conflicto a la disputa por los recursos energéticos y, más concretamente, por el petróleo y el gas. Un análisis que deje a un lado estos factores sería no solo incompleto, sino totalmente erróneo. Pero no hay que olvidar tampoco la acumulación y sedimentación de conflictos puramente históricos heredados, como recuerda bien Olivier Roy al hablar del Estado Islámico (EI), de la descomposición del Imperio Otomano y del plan colonial europeo consecutivo: «Los territorios hoy en crisis son los del antiguo Imperio Otomano: no el Magreb ni Egipto sino Siria, Palestina e Iraq. Se trata de una zona volcánica en el sentido casi geológico del término: construida sobre un conjunto de fallas sísmicas y que experimenta hoy una evolución de fondo»6. Sobre este volcán, la familia Asad fabricó meticulosamente su sociedad-bomba, de manera que cualquier cambio interno tuviese inmediatas repercusiones regionales e internacionales.

A partir de este presupuesto, podemos enumerar algunas de las causas externas de la permanencia del régimen tras estos años de conflicto armado:

a) La reacción inmediata y enérgica del llamado «eje chiita» del que forma parte la dictadura siria (Irán, Iraq, Hezbolá), al que se sumó desde el principio, por intereses concretos en la región y prestigios ajedrecísticos neoimperiales, la Rusia de Vladímir Putin. Sin el asesoramiento, las armas y los soldados de sus aliados, Bashar al Asad habría sucumbido en pocos meses.

b) La falta de apoyo internacional a los rebeldes del ELS por parte de un Occidente más interesado en proteger a Israel que en derribar a un enemigo «cómodo», preferible en todo caso a cualquier otra alternativa imaginable (un gobierno realmente democrático o un régimen teocrático fanático). La izquierda antiimperialista internacional, por su parte, renunció a toda solidaridad con los luchadores democráticos cuando no apoyó, desde gobiernos «progresistas» en América Latina, a la dictadura siria y sus aliados.

c) La intervención contradictoria y compleja de las monarquías del Golfo y de Turquía (con sus propias fracturas internas), que han financiado a las fuerzas yihadistas que ahora combaten, ayudando de esa manera a desplazar y debilitar la resistencia democrática y justificando tanto la propaganda oficial como la existencia misma del régimen asadiano.

d) La «debilidad endémica» de la oposición en el exilio, según palabras de la que fue su portavoz hasta agosto de 2012, Bassma Kodmani, incapaz de «construir instituciones alternativas que inspiren confianza ni de convertirse en un interlocutor creíble»7. El Consejo Nacional Sirio («la oposición de hotel de cinco estrellas») no ha sabido representar a los sirios que luchaban sobre el terreno ni ganarse tampoco el respeto y el apoyo de sus escurridizos e hipócritas «amigos» internacionales.

Desorden global

Este conjunto articulado de causas internas y externas no solo ha acabado por prolongar la supervivencia de la dictadura siria; esa supervivencia, a su vez, ha revelado y activado el mencionado «nuevo desorden global». Se podrán compartir o no acercamientos concretos a algunos conflictos regionales, pero es difícil negar los dos presupuestos que, a juicio de los colaboradores de Esprit, explican este «desorden» cuya expresión más evidente son la situación de Ucrania y la del Oriente Próximo. Esos dos presupuestos son: a) la decadencia rapidísima de la hegemonía estadounidense (y, desde luego, europea), que habría durado apenas una generación (1989-2003) y que no habría sobrevivido al aventurerismo criminal de George W. Bush en Iraq; y b) la incapacidad de las llamadas «potencias emergentes» (en torno del grupo BRICS) para ofrecer alternativas, tanto en el plano –digamos– civilizatorio como en el puramente pragmático de la resolución global de conflictos. La globalización económica, cuyas «crisis» muy destructivas para las poblaciones han obligado, en todo caso, a acuerdos y negociaciones entre Estados capitalistas, no ha ido acompañada de una globalización política capaz de evitar o amortiguar los conflictos, ni siquiera de manera «injusta», como ocurría bajo el fenecido sistema de bloques en el siglo pasado.

Entre la «decadencia» estadounidense y la falta de alternativas, ningún acontecimiento ha acelerado y revelado mejor ambos procesos que las fracasadas revoluciones árabes y el surgimiento desde su seno –el de su fracaso– del EI, una «organización militar» y no solo «terrorista» –por recordar las declaraciones recientes de un responsable del Pentágono– que no cuenta con el patrocinio o apoyo de ningún Estado, que básicamente se autofinancia y que se ha hecho fuerte justamente allí donde la ausencia de Estado (resultado de invasiones extranjeras o dictaduras criminales) acelera la fermentación de sangrientos impulsos de inmediatez comunitaria.

En todo caso, la aceptación de estos dos presupuestos muy ajustados, a mi juicio, a la realidad excluye de cualquier análisis geopolítico sensato tanto a los que, desde la derecha, siguen justificando y alentando el papel «humanitario» y «estabilizador» de Estados Unidos contra los «Estados canallas» como a los que, desde la izquierda, siguen leyendo cada situación como el resultado de un plan de Washington, y frente a ese plan siempre victorioso, ven en Rusia, China o Irán (¡o en la Siria de Bashar al Asad!) un potencial más desinteresado o más emancipatorio.

El llamado Estado Islámico (Daesh por su acrónimo en árabe) es el resultado, sin duda, del doble caos de Iraq y Siria o, si se quiere, de la doble «ocupación» de estos dos países. El grupo encabezado por el «califa» Abu Bakr al Baghdadi, escisión de Al Qaeda, nació de entre los escombros del Iraq invadido, ocupado y destruido por EEUU y se extendió luego a la Siria invadida, ocupada y destruida por Al Assad. A la hora de analizar rápidamente su papel, su influencia en el curso de los acontecimientos y su destino, conviene recordar de entrada, en efecto, que su existencia misma revela esta perversa convergencia, característica de la región, entre dictaduras e intervenciones externas.

Ya en la década de 1990, el filósofo y arabista Olivier Roy escandalizó al mundo académico y político al anunciar «el fin del islam político». Años después, las revoluciones árabes parecieron confirmar este pronóstico. Los estallidos populares replicados desde Túnez hasta Bahrein no solo no fueron activados por los islamistas moderados, en la órbita de los Hermanos Musulmanes, sino que dejaron fuera de juego, tras la muerte real de Osama Bin Laden, a los seguidores de la franquicia Al Qaeda: de las entrañas del mundo árabe, en este «deshielo de la Guerra Fría», surgió una sociedad inesperada compuesta de activistas democráticos y jóvenes blogueros a los que los medios de comunicación occidentales, habitualmente tan islamofóbicos, convirtieron durante unos pocos meses en protagonistas y epónimos del cambio regional. No se trataba solo de una permuta de clichés. Desde el territorio mismo de las luchas populares, algunos sensatos analistas de izquierdas señalaban y celebraban esta revelación. Así lo hizo, por ejemplo, Khaled Saghiya, entonces redactor jefe del progresista periódico libanés Al Akhbar, el 1 de marzo de 2011, dos semanas antes de que comenzara la intifada siria. En un artículo titulado de manera elocuente «No hay sitio para Bin Laden», Saghiya decía que «en un periodo muy concreto, la organización [Al Qaeda] vino a llenar un terrible vacío político en medio de montañas de sometimiento y humillación», pero que ahora las revoluciones árabes la hacían completamente inútil, y ello por dos motivos: porque las protestas populares venían a acabar con las dictaduras que justificaban su existencia y porque convertían al propio islamismo moderado en un inevitable interlocutor del imperialismo occidental8.

¿Un invierno islamista?

La evolución posterior de los acontecimientos requiere explicación, pero no invalida la tesis de Saghiya ni autoriza a hablar –como se hace a derecha e izquierda– de sustitución de la «primavera árabe» por un «invierno islamista». De entrada, hay que recordar que en ninguno de los países donde la intifada popular derrocó a los dictadores hay hoy un gobierno islamista. Pero hay que recordar a continuación que si ni en Túnez ni en Egipto ni en Libia gobiernan los Hermanos Musulmanes (o su rama local) es porque –paradójicamente– es la contrarrevolución, y no la revolución, la que ha triunfado. Digamos que había dos proyectos contrarrevolucionarios en la región, uno más «democrático», apoyado por el neootomanismo turco de Recep Tayyip Erdoğan (con la colaboración de Qatar), y otro más «clásico», diseñado y sostenido por Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos (e Israel). Los golpes de Estado de Abdelfatah Al Sisi en Egipto, de Jalifa Hafter en Libia y el golpe de Estado homeopático de Béji Caïd Essebsi en Túnez han derrotado el proyecto turco-qatarí, que parecía triunfante aún en 2012, y «reactualizado» el viejo formato de dominio regional: dictaduras que amordazan la voz de las poblaciones (y del islam democrático) y se justifican frente a (y alimentan) el terrorismo yihadista. La actividad de Ansar al Beit en el Sinaí egipcio (donde hay una pequeña guerra civil)9 y de Ansar Charia en Bengasi (Libia) y el monte Chambi (Túnez) está directamente relacionada con el fracaso de las revoluciones y el triunfo de la intervención saudita emiratí (e israelí) sobre la intervención neootomana. En esta pugna, EEUU, renuente a involucrarse en nuevas aventuras, siempre ha ido un poco a remolque, y si la victoria provisional de su aliado turco lo llevó a dialogar con los Hermanos Musulmanes y sus ramas locales (Ennahda, por ejemplo, en Túnez), la victoria final de su aliado saudita lo lleva a dialogar ahora con los nuevos dictadores o protodictadores. Para los que van por todas partes con su regla de medir antiimperialismos y tratan de ceñir una realidad compleja con sus lechos de Procusto, hay que recordar que la dictadura egipcia es al mismo tiempo amiga de Arabia Saudita y de Siria, enemigos entre sí, y que a los «laicos» de Nida Tounes, partido que reúne a los flecos muy vivos del ancien regime y que derrotó a Ennahda en las elecciones del 23 de octubre de 2014 en Túnez, los financian los sauditas y los emiratíes.

En Siria, la revolución, que nunca llegó a derrocar al dictador, se vio pillada desde el principio entre estas mismas paredes: una dictadura feroz interesada en radicalizar e islamizar la rebelión para inhabilitarla desde dentro y desde fuera. Abundando en la complejidad fluidísima del «nuevo desorden mundial», hay que añadir que aquí, como en Iraq, las fracturas son mucho más enrevesadas: al conflicto entre Arabia Saudita y Turquía/Qatar (puntualmente aliados) se añade el conflicto entre Arabia Saudita e Irán, «cómplices» a la fuerza en Iraq frente al EI, pero enfrentados ahora en Yemen, donde Arabia Saudita ha intervenido militarmente para apoyar al gobierno «sunnita» de Hadi mientras Irán apoya a los hutíes, una tribu de mayoría zaidí –una corriente del chiismo–.

No se puede olvidar la relación ambigua de todos los actores de la región con el EI: la escasa beligerancia de Bashar al Asad, como demuestran los selectivos bombardeos que castigan a la población civil pero «perdonan» los cuarteles yihadistas (notorio es el caso de la ciudad de Raqqa en manos del EI); o la financiación saudita directa e indirecta de los grupos yihadistas en Siria; o su instrumentalización por parte de Irán, que alimentó las divisiones sectarias desde 2003 en apoyo al gobierno chiita y proiraní de Bagdad. Como bien demuestran los trabajos del periodista Karlos Zurutuza, uno de los mejores conocedores de la región, acusar a EEUU de haber «creado» el EI solo puede ser fruto de la ignorancia o el fanatismo ideológico10. El EI es un «comodín» que utilizan todos, incluido EEUU, para defender intereses contrapuestos, siempre en contra de los pueblos y su soberanía.Pero el EI existe y tiene su propia agenda. Es el resultado de la derrota de las revoluciones y del caos violento generalizado, pero también, como indica provocativamente Roy, de una crisis nihilista global. Como lo demuestran el hecho de que 25% de sus componentes «internacionalistas» sean conversos (procedentes de Australia, Francia e Inglaterra) y el insólito apoyo de jóvenes ingleses no musulmanes, el crecimiento del EI hay que asociarlo asimismo a «la fascinación por la pura violencia, como en el caso de los narcos mexicanos o de los jóvenes del Columbine» y a un «anticulturalismo beligerante», universalista y rebelde, que encuentra además una poderosa levadura en el exhibicionismo multimedia. «El EI –apunta Roy– es la única causa [rebelde] que hay hoy en el mercado». Dejar fuera esta dimensión antropológica, que integra juventud, consumo fallido, contracción identitaria, crisis global y moda, es condenarse a no entender nada de lo que ocurre en la región y, peor, renunciar a intervenir de manera exitosa contra el yihadismo fascista11. Esta dimensión antropológica, de hecho, invita a relativizar el fenómeno. La fuerza con que parece volver –junto con las dictaduras y las intervenciones imperialistas– el islamismo radical no debe hacer olvidar las diferencias respecto del pasado. En medio del fracaso revolucionario, en dos países destrozados por la violencia de los «ocupantes» (interiores y exteriores), el EI, en realidad con pocos combatientes pero provisto de muchas armas y mucho dinero, «independiente» del juego de las potencias regionales y convertido en la única posible fuente de poder «viril» y victoria militar, ha sabido intuir el error de Al Qaeda, invirtiendo su dinámica posmoderna para reterritorializar la lucha. Todos los indicios apuntan a un retroceso militar y propagandístico12, pero es necesario señalar que su rápido avance es inseparable del definitivo fracaso del nacionalismo árabe, incapaz ya de sobrevivir a las fallidas revoluciones árabes. Como bien explicaba el escritor sirio Ibrahim Hamidi en el periódico Al Hayat, no deja de ser paradójico y revelador el hecho de que esos nacionalismos acabaran aceptando y defendiendo las fronteras establecidas por los acuerdos coloniales Sykes-Picot de 1916, mientras que el EI las ha disuelto de hecho, al menos las que separan Siria de Iraq13. La «descentralización» del poder es un peligro, por lo demás, que justificaría a su vez el acuerdo frente al EI entre potencias occidentales y regionales enfrentadas en otras peleas territoriales y que, mientras combaten unidas el yihadismo sunnita, tratan de zaparse recíprocamente el suelo bajo los pies.

En todo caso, la alianza contra el EI encabezada por EEUU, al igual que el acuerdo sunnita frente a los hutíes en Yemen14, solo puede empeorar las cosas. Como bien recordaba un comunicado de las Bases de Apoyo a la Revolución Siria, contrarias a los bombardeos «aliados» y a cualquier otra intervención extranjera, «de nada sirve acabar con el EI si no se acaba también con Bashar al Asad», dos tareas que, en cualquier caso, solo pueden acometer con éxito las «propias fuerzas populares» de la región15. Esa es también la posición del ya citado Yassin al Haj Saleh, quien afirma tajantemente –en un artículo que vale la pena leer completo–:

en resumen, el EI es un problema securitario y más aún un problema político y más aún un problema intelectual. Combatirlo eficazmente exige sin duda una dimensión militar, y es eso exactamente lo que los opositores al régimen han hecho antes que cualquier otra fuerza. Tiene también una dimensión política asociada al derrocamiento del criminal régimen sirio y al establecimiento de un orden justo en Siria. Y tiene un componente intelectual asociado al pensamiento musulmán, que debe arrancar el islam de las manos de Daech y del «daechismo».16

La esperanza kurda

Como decía al principio, dictaduras, imperialismos y yihadismos van todos juntos en el mismo paquete y no se puede combatir uno sin combatir los tres. Y si, tras la ruptura revolucionaria de 2011, parecen volver los tres de la mano, como si nada hubiera ocurrido, no se pueden ignorar ni los cambios profundos que se han producido en el nivel geoestratégico, en el que alianzas cada vez más volátiles iluminan las dificultades y la decadencia de EEUU, ni la apertura de nuevas fracturas internas, algunas muy reaccionarias, pero otras repentinamente preñadas de potencialidades emancipatorias. El EI, que es en realidad una fuerza vieja que ha expulsado de la historia a los provectos nacionalismos árabes y a la propia vieja izquierda (invito a leer a Hicham Bustani17 y a Elias Khoury18), ha rejuvenecido, por el contrario, la causa de los kurdos. El asedio y la defensa victoriosa de Kobane, en el Kurdistán sirio, ha venido a iluminar una lucha en general olvidada –o instrumentalizada– por todos los actores y, desde luego, perseguida por los nacionalismos árabe, turco e iraní, y solo comprendida a regañadientes por los revolucionarios democráticos sirios.

No podrá haber nunca democracia en el mundo árabe mientras exista el sionismo israelí y, al mismo tiempo, sin el reconocimiento del principio de autodeterminación de sus minorías étnicas y culturales –el caso de los amazigh y de los kurdos es el más evidente–. Como escribía hace poco,

geopolítica no es sobrevolar los mapas con una regla de medir «antiimperialismos» sino negociar siempre con algún diablo sabiendo que estamos cayendo en una trampa, pero tratando de que el diablo también tropiece mientras tratamos de conquistar un poco de libertad y de salvar vidas. La maldición de los pueblos sometidos y que luchan por sacudirse el yugo –los kurdos, los palestinos y tantos otros– es que se pasan la historia cayendo de una trampa a otra.19

No podemos ser excesivamente optimistas, pero la lucha de los kurdos contra el régimen sirio –que negó siempre su existencia– y contra el EI ha abierto, incluso entre los férreos barrotes de la geopolítica regional y a pesar de la envenenada y ambigua ayuda estadounidense, un margen de contingencia liberadora.

Por un lado, en el marco de la guerra civil siria, la región kurda de Rojova lleva muchos meses desarrollando un modelo de gestión democrática –laica e igualitaria– que se propone como ejemplo para todos los pueblos de la región. Vale la pena leer, en este sentido, los artículos de Zurutuza y Manuel Martorell20. Por otro lado, en el nivel geoestratégico, la lucha de Kobane ha unido a todos los kurdos (incluidos los iraquíes, utilizados en el pasado muchas veces por Turquía contra el Partido de los Trabajadores del Kurdistán –PKK– de Abdullah Öcalan y poco amistosos con el Partido de la Unión Democrática sirio) y ha obligado a todos los actores de la región, entre ellos al propio ELS, a reconocer la causa kurda como parte inalienable de cualquier solución futura para el Próximo Oriente. Por decirlo de alguna manera, la otra cara del EI (uno de los zombis que tratan de someter la zona) son los kurdos, cuya autodeterminación es inseparable de la derrota de todos los otros muertos vivientes –dictaduras patrimoniales o neopatrimoniales e intervenciones imperialistas multinacionales– que quieren hacer creer que en los últimos tres años no ha ocurrido nada en esta parte del mundo.

  • 1. V. los artículos del dossier «Le nouveau désordre mondial» en Esprit 8-9/2014.
  • 2. G. Achcar: Le peuple veut. Exploration radicale des soulèvements arabes, Sindbad / Actes Sud, París, 2013.
  • 3. L. Nachawati: «Quedan 18.000 civiles atrapados en el campo de Yarmuk, unos 3.500 de ellos son niños» en El Diario, 5/4/2015, disponible en www.eldiario.es/desalambre/Quedan-civiles-atrapados-Yarmuk-ninos_0_374112887.html.
  • 4. Bassam Haddad: «As Syria Free-Falls… A Return to the Basics: Some Structural Causes (Part 2)» en Jadaliyya, 30/10/2012.
  • 5. Yassin al Haj Saleh: «Un año de la revolución imposible» en Rebelión, 14/3/2012.
  • 6. Catherine Calvet, entrevista a Olivier Roy: «Le jihad est aujourd’hui la seule cause sur le marché» en Libération, 3/10/2014.
  • 7. Françoise Feugas: «Syrie, trois ans et demi de conflits, et maintenant?» en Orientxxi, 7/11/2014.
  • 8. K. Saghiya: «No hay sitio para Ben Laden» en Rebelión, 3/5/2011.
  • 9. Constanza Spocci: «Cos’è Ansar Al Beit e perché in Egitto non si parla delle decapitazioni» en Nawart, 1/3/2015.
  • 10. Una amplia selección de artículos y entrevistas de Zurutuza pueden encontrarse en Rebelión, www.rebelion.org/mostrar.php?tipo=5&id=Karlos%20Zurutuza&inicio=0.
  • 11. Marion Cocquet: «Pour lutter contre la tentation djihadiste, il faut dégonfler la bulle imaginaire qui l’entoure», entrevista a Olivier Roy en Le Point, 16/11/2014.
  • 12. Manuel Martorell: «Comienza el declive del Estado Islámico» en Cuarto Poder, 15/11/2014.
  • 13. I. Hamidi: «Retroceso de la Siria unida y avance de los emiratos guerreros» (en árabe), Al Hayat, disponible en http://alhayat.com/Articles/5665430/%D8%AA%D9%82%D9%87%D9%82%D8%B1-.
  • 14. «Hutí» era originalmente el nombre de un clan o tribu del Yemen cuyo nombre adoptó más tarde un grupo rebelde armado (Ansar-Allah) en homenaje a su líder, Husseis Badredin al Houthi, lo que explica que se hable hoy de «movimiento huti». Muchos de ellos, pero no todos, pertenecen a la corriente chiita del zaidismo, lo que favorece la simplificación interesada de un conflicto «sectario» cuando, en realidad, la guerra en Yemen traduce un conflicto territorial, económico y tribal.
  • 15. «srbs Statement Against us Airstrikes on Syria and Iraq» en Tahrir-icn, https://tahriricn.wordpress.com/2014/09/24/srbs-statement-against-us-airstrikes-on-syria-and-iraq/.
  • 16. Yassin al Haj Saleh: «Trois niveaux d’action sont nécessaires pour faire face à Daech», blog del autor, 7/9//2014, www.yassinhs.com/2014/09/07/trois-niveaux-daction-sont-necessaires-pour-faire-face-a-daech/.
  • 17. H. Bustani: «Dissonances of the Arab Left» en Radical Philosophy. Philosophical Journal of the Independent Left, 3-4/2014.
  • 18. E. Khouri: «Sobre Daesh y sus hermanas» en Entretierras, 15/10/2014.
  • 19. S. Alba Rico: «Kobane y la izquierda: un dilema» en Diagonal Global, 15/11/2014.
  • 20. Se pueden encontrar varios artículos de Zurutuza en Rebelión, www.rebelion.org/mostrar.php?tipo=5&id=Karlos%20Zurutuza&inicio=0 y de Martorell en Cuarto Poder, www.cuartopoder.es/terramedia/.