Opinión

Sacrificar a la reina para ganar la partida El diseño político del gobierno de Piñera

A pocas semanas de empezado el nuevo juego político, el gobierno chileno ya muestra su estrategia para asentarse en el poder de manera perdurable. Pese a no tener mayorías parlamentarias, podría conseguirlo si es razonablemente competente y no comete grandes errores. En principio, el gobierno deberá ser inteligente, elegir sus batallas y hacer concesiones. Piñera parece dispuesto a hacer jugadas riesgosas porque sabe que, en la política como en el ajedrez, a veces es necesario sacrificar a la reina para ganar la partida.

Sacrificar a la reina para ganar la partida / El diseño político del gobierno de Piñera

Las piezas ya están en movimiento y la dirección en que la se desplazan muestran lo que será esta segunda administración del presidente Sebastián Piñera. En el tablero se ubica una centroizquierda –ex Nueva Mayoría— más fragmentada que nunca y un Frente Amplio que, aunque más disciplinado, aún está aprendiendo a hacer política en las grandes ligas. Chile Vamos, por su parte, entiende que profundizar en sus divisiones internas sería un error, y pese a las tensiones que ya han salido a la luz, se mantiene unida.

El escenario es promisorio para el presidente Sebastián Piñera: ha aumentado su aprobación en las primeras semanas de gestión y, aún sin mayorías parlamentarias, tiene la posibilidad real de mantener suficiente respaldo ciudadano como para pavimentarle a la derecha una nueva victoria electoral en el futuro. Eso es lo que se juega. Si tiene un desempeño razonablemente competente y no comete grandes errores, lo logrará.

Por eso el gobierno tendrá más paciencia de la habitual, elegirá sus batallas y hará concesiones. Enfrentado a la actual situación, Piñera puede dar golpes de audacia aun en contra de los intereses de sus aliados, porque sabe que, en el ajedrez, a veces sacrificar a la reina es lo que se necesita para ganar la partida. Estas concesiones, sin embargo, serán selectivas. El gobierno va a trabajar para revertir los avances en autonomía personal y derechos sociales logrados en la administración Bachelet y que mantienen incómodos a muchos en la derecha.

En otras palabras, el diseño político del gobierno de Sebastián Piñera se basará en un tono dialogante, flexibilidad en las decisiones y un silencioso avance ideológico.

La reivindicación del consenso

La Concertación, coalición de centroizquierda que gobernó Chile durante veinte años desde el fin de la dictadura y que es admirada y elogiada en todo el mundo, se transformó en el blanco preferido de los ataques del Frente Amplio, la nueva fuerza política de izquierda. El rechazo a la «política de los consensos» que caracterizó a la transición de la dictadura a la democracia, fue tan efectivo que logró acomplejar a muchos por haber sido parte de la coalición más exitosa de Chile.

Con su astucia habitual, Piñera entendió que las críticas de la ciudadanía son a la injusticia del modelo, pero no al consenso como estilo político. Por eso, al prometer un gobierno dialogante consiguió un crucial apoyo electoral y, de paso, se apropió de un patrimonio político de la centroizquierda.

El componente flexibilidad de la estrategia le ha permitido a Piñera sortear coyunturas complejas y salir airoso, pese al malestar de algunos de sus partidarios.

El gobierno heredó un proyecto de ley de identidad de género en tramitación parlamentaria pero empantanado por la derecha y que no tenía contemplado apurar. Eso hasta que Hollywood hiciera cambiar los planes. Días antes de iniciar el gobierno, la película chilena «Una mujer fantástica», conmovedora historia una mujer transexual, ganaba el Óscar a mejor película extranjera. El revuelo fue inevitable. No solo era la primera cinta chilena en tener ese reconocimiento, sino que también su tratamiento de la transexualidad y la elegante dignidad del personaje que interpreta la actriz trans Daniela Vega, la hicieron noticia en todo el mundo. La presión por aprobar la ley fue entonces inevitable, y desató la batalla más dura entre conservadores y liberales dentro del oficialismo en lo que va de mandato. El presidente Piñera, que durante la campaña no era favorable a la ley, enfrentado a ese clima de opinión, cambió la jugada y zanjó la disputa a favor de los liberales, al resguardar el derecho de menores de edad a cambiar su nombre y sexo registral.

Piñera ha tenido que cambiar su jugada en otras oportunidades: retiró su nómina de candidatos para el directorio de la televisión pública y se echó atrás en el nombramiento de su hermano, Pablo Piñera, como Embajador ante Argentina. En el primer caso, su propuesta al Senado –solo hombres— no cumplía la nueva ley de paridad de género; en el segundo, se enfrentó a una avalancha de acusaciones de nepotismo desde la oposición, resistencia dentro de sus propios colaboradores, y la posibilidad que su decisión fuera considerada ilegal por la Contraloría. Si bien en estos casos no tuvo más remedio que retroceder, el gobierno acaba de darse cuenta que los costos de equivocarse no son tan altos y jugará con más libertad en el futuro.

La picota ideológica

«Nosotros no vendremos con retroexcavadora», repetía el candidato Piñera, para despejar así las aprensiones de muchos que veían en un gobierno de derecha una restauración conservadora. Y es cierto. El gobierno de la derecha no tendrá maquinaria pesada, pero solo porque no hay espacio político para eso. Lo que sí tiene es una silenciosa pero efectiva picota, que puede –de a poco— desmoronar algunas de las reformas y avances sociales que se lograron en el gobierno anterior.

Hace pocos días el Ministro de Salud modificó el protocolo de la Ley de Aborto en tres Causales para permitir que instituciones de salud privada puedan declararse objetoras de conciencia aun cuando reciban financiamiento del Estado. El cambio aumentó la cantidad de clínicas declaradas objetoras, y con ello limitó en la práctica el derecho de las mujeres a abortar. Pese a que el predecible revuelo político terminó en una interpelación al Ministro por parte de la Cámara de Diputados, lo cierto es que el nuevo decreto sigue ahí.

Por otra parte, en solo dos semanas el gobierno de Piñera retiró más de 400 reglamentos, bases de licitación, nombramientos, contrataciones, convenios y otros actos administrativos enviados entre 2017 y 2018 por el gobierno de Michelle Bachelet. Aunque es probable que estas acciones no signifiquen un cambio radical en las reglas del juego; aún quedan 4 años, y las estructuras de cemento, aun a fuerza de una simple picota, pueden caer.

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