Coyuntura

¿Ruptura de un proceso?

El incremento mundial de los precios de los alimentos impacta sobre todo en los países importadores netos, entre ellos Haití. En los últimos meses, el más pobre de los países latinoamericanos vivió una serie de revueltas callejeras, un intento de toma del Palacio Nacional y, finalmente, la salida del primer ministro. La inflación amenaza la precaria estabilidad política alcanzada, demuestra las dificultades de un gobierno que no supo cómo enfrentar la crisis y obliga a la comunidad internacional a replantear su estrategia: Haití –argumenta el artículo– no debe ser visto como un país integrado al sistema internacional, que vende y compra alimentos, sino como una nación con serias limitaciones económicas que necesita comenzar a construir un Estado y desarrollar una política de autosuficiencia alimentaria y energética.

¿Ruptura de un proceso?

Hace ocho años, varias decenas de agricultores de arroz decidieron que no aguantaban más la vida en Haití. Reunieron sus magros ahorros, compraron un cayuco (un barco precario) y se dirigieron con sus familias hacia las islas Turcas y Caicos. El cayuco se hundió antes de llegar a destino y los 60 pasajeros murieron. Pocas semanas atrás, otra embarcación, que también llevaba a un grupo de haitianos desesperados por el hambre, naufragó a 30 millas de la costa y se cobró la vida de las 20 personas que viajaban en ella. Casi una década de diferencia y un destino común. La pobreza y las migraciones no son novedades en Haití. Tampoco lo es la deficiencia alimentaria, un problema que comenzó años atrás, en buena medida como resultado de la rápida liberalización que impusieron en los 90 los programas de ajuste estructural del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM). Aunque el problema es antiguo, en los últimos meses una combinación de factores empujó a Haití, junto con otros países de la región, a una crisis todavía más profunda. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) estima que, como resultado del incremento de los precios internacionales de los alimentos, 100 millones de personas se hundirán en la pobreza, en un tsunami silencioso que generará un retroceso de una década en el desarrollo humano.

En Haití, la crisis supone un gran paso atrás en el proceso de estabilización y consolidación de la paz que se inició en 2004. En abril de este año hubo revueltas violentas en todo el país y una parálisis generalizada y, finalmente, se produjo la destitución del primer ministro. Haití cayó en el caos; ni el gobierno ni la misión de las Naciones Unidas (Minustah) pudieron parar la crisis, en la que murieron cuatro haitianos y un policía nigeriano de la ONU.

Los motivos de la crisis

La crisis mundial de alimentos es resultado de una combinación de factores. El precio del maíz y del trigo se incrementó entre 30% y 130% en los últimos años. El valor del arroz se duplicó (o triplicó, según distintas fuentes) desde enero de 2008. La combinación entre un aumento de la demanda y una oferta menos abundante afectó a decenas de países importadores netos de alimentos. El crecimiento de la población mundial y el mayor consumo en países emergentes como China y la India han contribuido a esta situación.

Pero también existen otras causas. Las tierras cultivables dedicadas a los biocombustibles, las malas cosechas en varios países y la disminución de la agricultura por los altos precios de los fertilizantes han contribuido a la reducción de la oferta. A esto se suma la volatilidad de los mercados internacionales, el dólar débil y la decisión de muchos inversores de refugiarse en bienes tangibles como los cereales ante la crisis financiera hipotecaria. Todos estos factores contribuyeron, directa o indirectamente, al aumento del precio de los alimentos. El resultado es que millones de personas en el mundo se sumarán a los 854 millones que ya padecen hambre y malnutrición.

Si bien la coyuntura actual ha generado revueltas más o menos violentas en varios países, el incremento de los precios era una tendencia ya visible desde hacía tiempo, que enmascara problemas más profundos y complejos. Muchos países, entre ellos Haití y varios africanos, no son autosuficientes en términos alimentarios. En estos casos, el más mínimo aumento de los precios encarece las importaciones, que deben ser sostenidas con presupuestos estatales muy debilitados y endeudados. Ya en 2000 la situación alimentaria de Haití era insostenible por la falta de divisas para comprar los productos en el exterior, principalmente en Estados Unidos. La crisis alimentaria, entonces, no es un hecho circunstancial, sino una tendencia estructural, pues parece muy difícil que los precios bajen en el mediano plazo.

Hambruna clorex y galletas de barro

En Haití, las manifestaciones comenzaron en el sur del país, en Les Cayes, y se extendieron a otras grandes ciudades, como Puerto Príncipe. A los pocos días, las manifestaciones públicas contra el hambre ya eran denominadas «hambruna clorex», en referencia a la sensación de lejía en el estómago producida por la falta de alimentos. El aumento de los precios está haciendo la vida aún más difícil para el 56% de los haitianos que vive en la pobreza extrema y el 76% que vive con menos de 2 dólares diarios. En este contexto, más y más gente tiene que comer las populares galletas hechas con un poco de aceite, sal y barro. Estas galletas no son tampoco una novedad en Haití, pero la noticia fue publicada en los medios internacionales y generó una gran conmoción. «Cuando no hay nada más que comer, todavía queda el barro: es como decir que Haití no ha terminado su descenso al infierno», se escandalizó la prensa internacional. En ciertas zonas rurales, algunas familias sobreviven vendiendo barro para los productores de galletas de la capital. El Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas distribuye 800.000 comidas al día en Haití y estima que la actual crisis lo obligará a duplicar esa cifra.

Los fenómenos globales tienen efectos particulares en países como Haití, por su baja producción nacional y su dependencia de las importaciones. Las políticas de apertura y liberalización emprendidas en los años anteriores inundaron los mercados locales de arroz barato importado y destrozaron vastos sectores de la economía. Hoy, la producción nacional de arroz alcanza a cubrir apenas 20% de la demanda interna. En cuanto al resto de los alimentos, Haití tiene que importar más de 50% del total. De hecho, entre 25% y 30% del presupuesto nacional está dedicado a la importación de productos alimenticios. Solo las importaciones de arroz implican unos 270 millones de dólares al año.

EEUU le vende 200.000 toneladas de arroz a Haití, que es el cuarto receptor de las exportaciones norteamericanas de este producto detrás de Japón, México y Canadá. Al ser Haití un mercado importante para las exportaciones de arroz estadounidense, existen pocos incentivos, desde Washington y desde la comunidad internacional, para favorecer la agricultura nacional, la producción y la soberanía alimentaria. En cambio, el reciente tratado firmado con EEUU –Haitian Hemispheric Opportunity Through Partnership Encouragement Act (HOPE)– apunta a reorientar la producción de Haití al sector textil mediante el aprovechamiento de la mano de obra barata y la promesa de crear miles de empleos. Un gobierno paralizado