Crónica

Rumbo al norte. En el Río Grande, la crisis migratoria también se alimenta de niños

Decenas de miles de menores de América Central intentan cruzar la frontera hacia los Estados Unidos huyendo de la violencia y la pobreza en sus países. El problema de las migraciones de niños, que ya desvela a Europa, ahora también atraviesa la campaña electoral del Congreso estadounidense.

Rumbo al norte. En el Río Grande, la crisis migratoria también se alimenta de niños

El Valle de Sula es un fértil valle en Honduras que se extiende hacia la costa caribeña. En sus laderas crece el bosque seco tropical y en el valle inferior están los mejores suelos, de donde brotan bananas, caña de azúcar, palmeras, cereales y cítricos. A su vez, desde hace ya algunos años se están abriendo paso las llamadas maquiladoras, fábricas textiles de dueños estadounidenses o chinos que son las responsables de una gran parte de la actividad económica de este país pobre, por lo que habitantes de toda Honduras acuden en masa a San Pedro Tula y sus suburbios en búsqueda de trabajo.

¿Un idilio económico? Todo lo contrario. Los puestos de trabajo son muy escasos. Las esperanzas de una vida mejor son brutalmente destrozadas. El desarraigo y la falta de perspectivas, así como el peso del pasado han hecho surgir una espiral de pobreza y violencia extremas que ha transformado a San Pedro Sula en la ciudad más peligrosa del mundo. El riesgo de sufrir una muerte violenta es mayor que en Bagdad o Kabul. La tasa de homicidios, con 96,4 casos por cada 100.000 habitantes en el año 2013, es la más alta del mundo, y no caben dudas de que esta cifra volverá a aumentar este año, como todos los años. Las ciudades populosas de países vecinos como Guatemala y El Salvador no presentan guarismos mucho mejores.

Es por ello que la mayoría de los niños centroamericanos que migran proviene de Honduras, Guatemala y El Salvador. Tras un largo y peligroso viaje a través de México, decenas de miles de ellos cruzan ilegalmente la frontera con Estados Unidos, con la esperanza de no ser enviados de vuelta.

En el Congreso de Estados Unidos se ha desatado una disputa en torno al trato que debe darse a los inmigrantes menores de edad. En noviembre hay elecciones parlamentarias y este tema dominará la campaña electoral. El presidente Barack Obama favorece una postura más laxa, mientras que la mayoría de los republicanos está férreamente en contra. Es la gran pulseada entre apertura y aislamiento, que hoy tiene lugar en cada rincón del mundo donde la pobreza limita con la riqueza; la paz, con la violencia, a la vera del Río Grande o a orillas de Mediterráneo. Los republicanos estadounidenses son de los qu opinan que se pueden poner fronteras en un mundo en movimiento. El presidente Obama desea, haciendo una ponderación quizá más realista de la actualidad, encarrilar ordenadamente la afluencia de personas que de todas maneras no se puede detener.

América Central está desacoplada del boom

Es muy poco probable que el presidente de Estados Unidos tenga cargo de conciencia, lo cual sería pertinente. Que un lugar tan próspero como San Pedro Sula y que, en suma, toda América Central se hunda en la violencia y la pobreza y no haya podido sacar ningún provecho del boom vivido por América Latina en los años recientes es algo que se relaciona estrechamente con la política seguida por Estados Unidos en el pasado.

En las décadas de 1970 y 1980 América Central fue escenario de cruentas guerras subsidiarias entre los bloques. Estados Unidos, en paranoia constante por la formación de una segunda Cuba comunista en lo que ellos mismos definieron como su patio trasero, se esforzaron mucho por apoyar regímenes y dictaduras que prometían sofocar agitaciones social-revolucionarias. En la década de 1950, un gobierno reformador fue derrocado en Guatemala por medio de un golpe que contó con apoyo de la CIA, lo cual trajo como consecuencia una guerra civil que duró décadas. En El Salvador, los estadounidenses entrenaban a miembros de escuadrones de la muerte que asesinaban militantes de izquierda y a todo aquel a quien consideraran de izquierda. En Nicaragua, el gobierno revolucionario sandinista fue combatido duramente por Washington; el país sufrió un bloqueo y los puertos fueron minados. En Honduras, país vecino, se concentraban los Contras, combatientes de derecha apoyados por Estados Unidos.

Todo esto cimentó en América Central una herencia de violencia que ha abarcado a generaciones. Tampoco los tratados de paz y ni los procesos de democratización de la década de 1990 pudieron lograr que una vida humana valiese algo en Honduras o El Salvador. Simultáneamente se omitieron reformas necesarias, mientras la región se aferra a estructuras poscoloniales, feudales e improductivas. La superación del pasado comienza a encararse trabajosamente, cuando se la encara. Los otrora victimarios fijan en parte la política actual o manejan los hilos detrás de escena.

Decenas de miles de centroamericanos huyeron hacia Estados Unidos ya durante las guerras civiles, y en ciudades populosas como Washington y Los Ángeles surgieron guetos de latinos con bandas delictivas juveniles como la “mara Salvatrucha” o la “mara 18”. Algunos de los miembros de estas bandas fueron detenidos y deportados a América Central: a países con los que esos jóvenes socializados en los Estados Unidos no tenían vínculos y donde no se les ofrecían oportunidades. Así fue como muchos ingresaron en la única rama floreciente de la economía: el narcotráfico. De un tiempo a esta parte, las maras, nombre con el que se identifican las incursiones predatorias de las hormigas guerreras, se han convertido en un factor de poder en los países centroamericanos. Aterrorizan a poblaciones enteras.

Los jóvenes que crecen en una barriada pobre de San Pedro Sula no tienen en verdad ninguna chance de escapar de la violencia. De alguna manera, se nace ligado a la mara, dice el activista hondureño por los derechos humanos Donny Reyes. Las bandas delictivas de jóvenes están mejor organizadas que el Estado y la Policía, y sus ingresos son enormes, ya que hacen el trabajo sucio para los narcotraficantes.

Estas bandas, las pandillas, viven un cruel código de honor en el que asesinar es el único método válido para hacerse respetar. Si se pide ser aceptado en una de ellas, uno tiene que soportar, para iniciarse, descomunales golpizas, mientras que las mujeres son violadas.

Después les entregan un arma y el encargo de arrebatar teléfonos celulares o bien de robar a transeúntes o incluso matarlos. Los signos de pertenencia son tatuajes extravagantes que representan el pervertido sistema de valores de las maras. En algunas bandas se tatúan una lágrima bajo el párpado por cada persona asesinada.