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¿Responsables del temor? Medios y sentimiento de inseguridad en América Latina

Tanto desde los gobiernos como desde la sociedad, se acusa a los medios de comunicación de incidir en el incremento del sentimiento de inseguridad en varios países de la región. Los estudios, por su parte, nos muestran que los medios impactan en el temor, pero no de modo homogéneo en toda la población, ni todos los géneros lo hacen de igual modo; en paralelo, el panorama mediático está cambiando velozmente. En este contexto, retomar los ejes del debate sobre la recepción de los relatos mediáticos sobre la inseguridad a partir de estudios de países anglosajones y latinoamericanos puede ayudar a cuestionar mitos, considerar realidades y matices y, de ese modo, contribuir a la necesaria discusión sobre el rol de los medios.

¿Responsables del temor? Medios y sentimiento de inseguridad en América Latina

Introducción

El sentimiento de inseguridad está extendido en toda América Latina y el Caribe. Desde hace al menos una década, se ubica como la primera o segunda preocupación en todos los países, a pesar de que existen entre ellos enormes diferencias en las tasas de homicidio y de otros delitos. Un elemento común es que los medios de comunicación –específicamente, la televisión– son señalados como uno de los responsables de la creciente inquietud. Se sostiene que exageran en la enunciación de las noticias policiales, que tienen intereses o intenciones en generar miedo, que son sensacionalistas.

Es cierto que en los últimos diez años hubo un aumento (en cantidad y espacio) de la representación mediática del delito, tanto en los medios gráficos como audiovisuales. El crecimiento cuantitativo fue acompañado por una transición cualitativa; la noticia policial tradicional se ha convertido en «noticia de inseguridad» y adquiere nuevas características: generalización («todos estamos en riesgo siempre y en cualquier lado»), fragmentación (un relato episódico de cada hecho, sin el contexto ni las causas generales), una creciente centralidad en las víctimas –frente a la cual el debate sobre la criminalidad adquiere una fuerte emocionalidad–, una figura que se repite como objeto de temor –el delincuente joven, varón y pobre– y la apelación a «olas o modas delictivas» (un tipo de delito que parece en cada momento ser el más frecuente; en general, cuando se confronta con los datos objetivos, no suele haber variado mucho en su ocurrencia, por lo cual el objetivo parece ser generar impacto en la audiencia en tanto «novedad»). En los periódicos, estas noticias han abandonado su lugar tradicional en la sección policial y se expanden a todas las restantes secciones, en particular a las páginas políticas o a las de sociedad. Este cambio en el sistema de representación del delito retroalimenta la intensa sensibilidad social frente al tema.

Pero más allá de las acusaciones generales, no sabemos a ciencia cierta de qué modo y sobre quiénes influyen los medios. Más aún, hay evidencias de que una mayor cantidad de noticias de inseguridad puede generar aburrimiento en lugar de miedo, y de que la audiencia sigue los casos policiales como si fueran una ficción dramática, o al menos, que las fronteras entre ficción y no ficción se desdibujan y se conforma un género híbrido, el «infoentretenimiento». Elucidar el efecto de la televisión en las personas no es tarea simple: a pesar de ello, en los últimos años ha crecido el interés por el campo, en particular en los países anglosajones y en menor medida en nuestra región. A la luz de las investigaciones existentes, se pone en cuestión que las noticias de inseguridad generen solo temor en todos los casos.

En la bibliografía anglosajona hay distintos ejes de discusión. Se compara el impacto de las noticias policiales nacionales contra las locales, las variaciones en relación con su frecuencia y la atención de la audiencia. Se discuten asimismo los distintos efectos en relación con el soporte (gráfico, audiovisual o digital) y los géneros televisivos que tratan el crimen (series de ficción, noticieros, reality shows de policías). Las experiencias previas cuentan: no es el mismo el impacto de una noticia en quienes tuvieron alguna experiencia con el delito que entre quienes no la tuvieron. La habitual falta de «cierre» de los casos importa: una noticia dura un breve lapso, pero su eventual esclarecimiento y procesamiento judicial tienen un tiempo más largo, por lo cual, cuando esto sucede, ya ha dejado de ser noticia y la misma opinión pública conmovida por el caso no llega a darse por enterada. La falta de cierre de los casos incide en la sensación de que nada o casi nada se esclarece y de que la mayoría de los delitos quedan impunes.

En América Latina, la situación es particular por la conjunción de dos procesos: uno propio, las altas tasas de delito, y otro global, los cambios en el lugar y la materialidad de los medios de comunicación. Así, la preocupación por la inseguridad es más relevante que en los países centrales, y la experiencia con el delito, más cercana y más frecuente. Esto gravita en que el nivel de cuestionamiento a los medios de parte de los gobiernos y de los especialistas por su impacto en el temor sea mayor, a lo que se suma que las representaciones tienden a ser realmente sensacionalistas, conservadoras y en algunas naciones y medios, lisa y llanamente macabras. Amén de lo anterior, se agrega en ciertos países la polarización entre medios oficialistas y opositores: allí la información sobre inseguridad entra dentro de las controversias y los cuestionamientos sobre los modos de informar. Por ese motivo, sin extrapolar los resultados de los estudios anglosajones a nuestra región, los tomaremos como punto de partida y los relacionaremos con los estudios latinoamericanos. El objetivo no es reafirmar ni negar el impacto de los medios, sino plantear cinco ejes de debate que contribuyan a justipreciar su incidencia actual en el sentimiento de inseguridad.

Los medios mutaron velozmente: aún no conocemos el impacto del nuevo paradigma tecnológico

En los últimos diez años, los cambios en los medios han sido tan vertiginosos que las investigaciones académicas y de mercado sobre el tema han quedado rezagadas frente a la velocidad del fenómeno. El resultado es que sabemos poco del impacto del actual panorama, caracterizado por la pérdida de una agenda común entre medios y público debido a la multiplicación de la oferta, a audiencias multitasking –esto es, que están expuestas a una variedad de medios al mismo tiempo–, periódicos que dejaron de ser portadores de primicias pero reforzaron su lugar como formadores de opinión, y una televisión más segmentada entre públicos diferentes. A esto se suma el crecimiento de los medios virtuales, con noticias que cambian minuto a minuto en los portales, lo que lleva a un consumo de la información más ecléctico y veloz. Estamos, sin dudas, ante un nuevo consumidor multimediático, receptor de diferentes medios por un lado, y a la vez productor de información que circula por los dispositivos tecnológicos y que disputa con el periodismo profesional su tradicional monopolio de la veracidad sobre los hechos.