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Reflexiones sobre la política prefigurativa

¿Cómo concebir la lucha contra las opresiones y el sistema actual? Los defensores de la llamada «política prefigurativa» plantean que es necesario «anticipar» la nueva sociedad en nuestras prácticas actuales. Sin embargo, no existe una correlación uno a uno entre los métodos, la estrategia y las tácticas de un movimiento de oposición y aquellas del sistema socioeconómico y político que emerge de él y que debe garantizar nuevas formas de democracia, así como una reorganización radical del poder y, por ende, de la riqueza. Por eso es necesario (re)pensar el problema del poder, el Estado y la economía sin desechar la política estratégica y sin caer en formas utópicas de pensar el cambio social que a menudo postulan comunitarismos incompatibles con la emancipación.

Reflexiones sobre la política prefigurativa

¿Qué es la política prefigurativa?

El movimiento Occupy ha enarbolado la bandera de la «política prefigurativa», proclamando que apuntaba a prefigurar una sociedad futura igualitaria y democrática a través de la práctica de una democracia directa que acabe con las jerarquías y elimine los vicios de la democracia formal y representativa bajo el sistema capitalista. Sin embargo, estas ideas son anteriores al nacimiento de Occupy y continúan una tradición política de más de 50 años. Por desgracia, se desecha el agua de la tina, sucia por los vicios de la «difunta» democracia capitalista liberal y de la vieja izquierda burocrática, junto con el bebé: la política estratégica, la representación democrática y la centralización, indispensables para cualquier movimiento democrático, ya sea reformista o revolucionario.

Hasta la fecha, la explicación más minuciosa sobre la política prefigurativa ha sido la que elaboró Wini Breines, profesora de sociología y ex-activista de la Nueva Izquierda. Para Breines, la política prefigurativa gira alrededor de la «democracia participativa», entendida como una oposición sostenida a la organización jerárquica y centralizada, y requiere un movimiento que desarrolle y establezca relaciones y formas políticas que «prefiguren» la sociedad igualitaria y democrática que se aspira a crear1. Para Breines, la política prefigurativa está conectada de manera integral a la noción de comunidad, entendida como una red de relaciones más directas, más totales y más personales que las relaciones formales, abstractas e instrumentales que caracterizan el Estado y la sociedad contemporáneos. Estas nuevas relaciones mezclan las esferas pública y privada de la vida y se encarnarán en las contrainstituciones no capitalistas y comunitarias forjadas por el movimiento. Algo bastante significativo es que Breines contrapone la «política prefigurativa» a la «política estratégica», cuyos núcleos son el «pensamiento estratégico» y el compromiso de construir organizaciones formales para lograr grandes cambios estructurales en los órdenes social, económico y político2.

Muchas de las ideas y prácticas asociadas con la política prefigurativa han tenido un impacto positivo en la política de la izquierda de Estados Unidos desde los años 60. Por ejemplo, inspiraron el rechazo de la Nueva Izquierda hacia la rigidez burocrática, el dogmatismo, la política poco democrática y la bancarrota moral del Partido Comunista y de buena parte de la Vieja Izquierda, lo que aportó una bocanada de aire fresco a la política de protesta. Los partidarios contemporáneos de esta perspectiva ya no reaccionan contra la Vieja Izquierda, sino contra una democracia capitalista cada vez más plutocrática, que mantiene los rituales de una democracia política cada vez más desprovista de contenido. Es entendible su atracción por un experimento de autogestión local y democrático, y esta es bienvenida como un elemento esencial de buena práctica política, tanto para hoy como para una futura sociedad socialista. Las ideas de la política prefigurativa han ayudado, además, a inspirar y a radicalizar a miles de activistas que han inyectado sangre nueva a los movimientos anticapitalistas como Occupy.

¿Cómo se relacionan el movimiento de hoy y la sociedad del mañana?

Más allá de las cuestiones propuestas por Breines, debemos plantearnos hasta qué punto es válido el concepto de «política prefigurativa», en cuanto a la conexión que propone entre la naturaleza de un movimiento exitoso y el tipo de sistema político que emerge de él. La experiencia histórica muestra que los movimientos dirigidos de forma autoritaria y manipuladora no conducen a sociedades y sistemas políticos democráticos y abiertos. Las formas libertarias y democráticas de socialismo solo pueden provenir de movimientos controlados democráticamente desde la base.

Sin embargo, aunque forjar una sociedad igualitaria y democrática requiere de un movimiento con las mismas características generales, no puede haber una correlación de uno a uno entre los métodos, la estrategia y las tácticas de un movimiento de oposición y aquellas del sistema socioeconómico y político que emerge de él. La «buena sociedad» asume una distribución igualitaria de recursos y de poder que permite la resolución de las diferencias de modo pacífico y democrático. Por el contrario, la sociedad de hoy se caracteriza por la amplia disparidad de poder y recursos entre los gobernantes y quienes los enfrentan, y por gobernantes de los que no se puede esperar que acepten de buen grado la derrota ni siquiera cuando se trata de reformas, y menos aún que entreguen pacíficamente su poder sobre la sociedad, por lo que tarde o temprano movilizarán su poderío para oponerse violentamente a un posible cambio social radical. También es verdad que cuanto más favorece a los insurgentes la relación de fuerzas existente, menos probable es que los gobernantes opongan resistencia. Pero lejos de favorecer el pacifismo o la no violencia, este argumento refuerza la probabilidad de que un movimiento de oposición tenga que enfrentar la violencia, incluso la violencia armada, y es necesario que esté preparado para lidiar con ella.De por sí, un movimiento tal también debe tener en cuenta los tipos de violencia que pueden ser considerados compatibles o más compatibles con su política emancipadora desde abajo. Por ejemplo, tomemos el terror. Como señalaron muchas veces V.I. Lenin y otros líderes socialistas, el uso de tácticas terroristas tiende a reemplazar la organización de una lucha colectiva de masas por un acto individual de autosacrificio. Al mismo tiempo, con frecuencia el terror tiende a convertir deliberadamente en blanco a transeúntes civiles tomados al azar, una táctica que es tanto política como moralmente inaceptable, porque envía el mensaje político de que las víctimas civiles tomadas al azar son parte del enemigo en igual medida que el sistema opresivo, sus líderes y los agentes represivos. Una objeción similar se aplica a los gobiernos revolucionarios que, al enfrentar resistencia contrarrevolucionaria, reprimen a las personas por quiénes son (por ejemplo, por pertenecer a una clase) en vez de por lo que hacen (por ejemplo, tomar las armas contra el gobierno revolucionario)3. Esto no significa que no pueda surgir en el curso de una lucha revolucionaria una cantidad de casos «duros», tanto antes como después del derrocamiento del «antiguo régimen». Como consecuencia de la revolución de octubre de 1917 en Rusia, por ejemplo, fue necesario enfrentar cuestiones difíciles, como qué hacer con la familia real rusa, incluidos los niños, cuya mera existencia era fuente de legitimidad y punto convocante para una contrarrevolución, o decidir si los revolucionarios debían tomar rehenes en respuesta a la misma acción por parte de sus enemigos. Ciertas tácticas pueden, por su misma naturaleza, ser la antítesis de la política y la moral revolucionarias (por ejemplo, el uso de armamento nuclear), o pueden traer como consecuencia una inmediata ventaja práctica o militar de corto plazo (por ejemplo, el robo de bancos o el asesinato de prisioneros) pero, al mismo tiempo, producir un gran daño político a la causa de la revolución. No obstante, el hecho de que existan muchas situaciones complicadas e imposibles de anticipar que quizás haya que solucionar rápidamente, en el «fragor de la batalla», no invalida la necesidad de un marco que estipule lo que es aceptable y lo que no4.Como en el caso de la violencia, y en contraste con la «buena sociedad» que busca prefigurar, el movimiento de oposición opera dentro de una democracia capitalista, o aun en sistemas totalitarios o dictatoriales, donde la existencia de marcadas desigualdades de poder requiere a menudo que los gobernados engañen a los gobernantes. Cuanto más débiles son los oprimidos, más deben apoyarse en el engaño a sus opresores, como lo hicieron los esclavos negros en EEUU o los judíos en la Europa ocupada por los nazis. Por supuesto, hay límites morales y políticos para el uso del engaño. Un ejemplo de esto es el intento de engañar a los gobernantes que, involuntariamente, termina en un engaño también para los oprimidos. Es el caso de los líderes que durante las huelgas evitan debatir abiertamente las dudas y los temores de los trabajadores para impedir que los empleadores usen este conocimiento para resistirse con más rigor y por más tiempo a sus demandas. Estas son otras consideraciones no prefigurativas que un movimiento de oposición debe tener en cuenta.

¿Es posible una democracia genuina sin representación, jerarquía y centralización?

Es interesante que la definición de «democracia participativa» de Breines enfatice su oposición a la jerarquía y la centralización. La «democracia participativa» de tipo no jerárquico y descentralizado puede funcionar razonablemente bien solo en los tipos de organización más simples, como la comuna local. Pero tan pronto se vuelve necesario coordinar varias unidades locales de autogobierno, se pone en juego inevitablemente la representación formal, y con ella, la jerarquía. En este sentido, vale la pena echar un vistazo a las instituciones que se consideran ejemplos clásicos de democracia «informal y directa», establecidas por la Comuna de París y los soviets rusos (antes de que perdieran su carácter democrático durante la guerra civil de 1918-1920). Para asegurar el carácter representativo, en estos casos se establecieron claros mecanismos «formales» para la elección y la revocación de los delegados. En los soviets rusos antes de 1918, estos procedimientos formales incluyeron elecciones multipartidarias cada tres meses, junto con mecanismos que aseguraran que el derecho de revocación pudiese ejercerse en cualquier momento. También se adoptaron medios formales para asegurar que las diferencias de opinión locales estuvieran representadas en los cuerpos superiores de decisión (una característica que contradice la idea extendida de que estas instituciones eran ejemplos de democracia «directa no representativa»). Así, los delegados elegidos por los soviets locales siguieron representando a sus electores en cuerpos superiores. Claramente, había una jerarquía. Estos delegados, junto con los principales elementos de los soviets o consejos, jugaban inevitablemente un papel político más destacado que los miembros rasos. Pero la cuestión no es, ni era, la existencia de una jerarquía o su destrucción. La cuestión es, y era, que la existencia de esta jerarquía sea algo abierto y que su funcionamiento sea explícito (en lugar de oculto y manipulador), desarrollando el tipo de mecanismos democráticos para controlarla y, cuando sea necesario, reemplazando a aquellos que se encuentran en la cima.

¿Y qué ocurre con la centralización? Históricamente, en el caso de EEUU, las cortes y los gobiernos federales han sido más receptivos a las demandas populares y protectores más confiables de los derechos civiles individuales y de las libertades civiles que las cortes y los gobiernos locales y estaduales. Lo mismo se aplica en general a los gobiernos nacionales europeos cuando se los compara con las unidades políticas feudales más pequeñas a las que reemplazaron. En muchas oportunidades, los esfuerzos de los movimientos centralizados –por ejemplo la Marcha a Washington de 1963 o las gigantescas movilizaciones nacionales contra la Guerra de Vietnam– fueron más eficaces en lograr sus objetivos y en empoderar a la gente de lo que hubieran sido si la centralización no hubiese tenido lugar5. Una «buena sociedad» en el aspecto ecológico también requeriría esfuerzos centralizados para implementar prioridades económicas y para coordinar con eficacia la producción y la distribución entre los diferentes sectores de la economía, para evitar la duplicación del esfuerzo y el despilfarro de recursos preciosos, con su efecto dañino en la calidad de vida. Por ejemplo, la producción de una fábrica es con frecuencia insumo de otra firma, y esto debe ser coordinado por alguna entidad más abarcadora, y los servicios de agua y electricidad requieren redes extensas para funcionar eficientemente y evitar el derroche de recursos. Lo mismo se aplica a la operación de los ferrocarriles, el medio de transporte de larga distancia más sensato en términos ecológicos. Si bien es verdad que una sociedad autogestionada requeriría por definición un grado sustancial de toma de decisiones en el nivel local, la verdadera cuestión no sería la centralización misma, sino el tipo de relación que existe entre la tropa y los líderes, y si se implementan medidas para asegurar que las instituciones y los esfuerzos centralizados indispensables estén sujetos a controles desde la base que sean tanto democráticos como racionales en el uso de recursos relativamente escasos.

Es paradójico que los defensores de la «democracia participativa» terminen con frecuencia defendiendo una concepción muy estrecha de democracia. Dado que la democracia participativa se opone a la delegación de funciones, esto suele conducir a largas discusiones sobre temas triviales, desplazando discusiones de mayor relevancia política. En este sentido, la práctica democrática a veces se reduce a decidir democráticamente quién hará la limpieza o quién traerá la pizza. Una sociedad democrática depende sobre todo de una población plenamente politizada, que esté totalmente consciente de que la política afecta a todos porque se trata en última instancia del poder de decidir sobre las prioridades para la sociedad en su conjunto. Una organización de oposición que actúe de acuerdo con una perspectiva así de politizada sería lo que Lenin llamaba un «tribuno popular», que reacciona ante «toda manifestación de arbitrariedad de opresión, dondequiera que se produzca y cualquiera que sea el sector o la clase social a que afecte; (…) que sabe aprovechar el hecho más pequeño para exponer ante todos sus convicciones socialistas y sus reivindicaciones democráticas»6. Es esta amplia politización autónoma de una sociedad, es decir, el reemplazo creciente de la pasividad y la apatía por la discusión y la actividad pública, lo que crearía el clima político general que es conducente al control democrático de los líderes.

La actual despolitización generalizada de la población no va a reducirse gracias a una política «desde lo local» obsesionada por minucias administrativas. La gente debe involucrarse en la política en los lugares donde trabaja y estudia –esa es la piedra fundamental de la democracia real y sustancial–, pero su compromiso debe inspirarse en una visión política más amplia que sea tanto de alcance nacional como internacional. Una fábrica autogestionada está limitada por políticas que inevitablemente son de alcance nacional, como las que atañen a la acumulación, el consumo, los salarios y los servicios sociales. Una economía basada en unidades locales completamente autogestionadas y autónomas, sin una planificación democrática nacional guiada por una discusión de prioridades nacional y meticulosa, reintroduciría inevitablemente muchos de los vicios del capitalismo, tales como la competencia descontrolada y una creciente desigualdad, dada la disparidad en la capitalización, en el progreso tecnológico y en la importancia estratégica de las diversas plantas e industrias.

Política prefigurativa versus política estratégica

Involucrarse en lo que Breines llamó «pensamiento estratégico» y «política estratégica» no es, si tomamos en serio el cambio social, un tema de preferencia política, sino un mandato que nos impone la dura realidad política, y esto incluye lo que hace el bando conservador –del que no podemos esperar que sea estúpido o insensato– para impedir cualquier cambio que afecte negativamente sus intereses. La realidad política presenta una gran cantidad de dificultades y opciones que vuelven a plantear continuamente la eterna cuestión de qué es lo que se debe hacer, involucrando los objetivos perseguidos y las estrategias y tácticas para lograrlos. La acción política es una habilidad, e incluso un arte, abierta a todos aquellos que estén interesados y que quieran trabajar para mejorar su práctica política. A medida que los movimientos crecen, es inevitable que enfrenten las mentiras y la propaganda de los gobernantes para debilitarlos, dividirlos y confundirlos, además de la vigilancia, las provocaciones y la represión del gobierno. Los aliados potenciales están continuamente sujetos a la atracción del racismo y el nacionalismo, que se alimentan de divisiones objetivas reales de la sociedad y que no pueden reducirse a ideas simplistas acerca de la «falsa conciencia» o a teorías conspirativas.

Con frecuencia, las mejores respuestas frente a estos obstáculos están lejos de ser obvias y requieren planes y tareas tácticos y estratégicos para los que las prácticas organizacionales de movimientos prefigurativos como Occupy han resultado inadecuadas. Estas tareas requerirían, como mínimo, la elección democrática de los cuerpos representativos con derecho a revocación inmediata, para desarrollar el análisis político y los planes de acción táctica/estratégica que luego deben presentarse al movimiento en su totalidad para la discusión, aprobación, enmienda o rechazo. La concepción de «democracia directa» de Occupy también ha tendido a limitar sus acciones a lugares determinados y a reclutar gente con tiempo ilimitado para militar e incluso para obsesionarse con el proceso. Un modelo representativo democrático preocupado por el desarrollo de elecciones democráticas significativas, que prioricen lo que es importante, es un requisito fundamental para la acción política estratégica; también ampliaría el reclutamiento para incluir a la gran mayoría de las personas, que tienen obligaciones familiares y laborales. La extraordinaria respuesta positiva que Occupy recibió de grandes estratos de la población dio la oportunidad de reclutar a decenas de miles de activistas que podrían haberse reunido en cientos de lugares y elegido representantes para planear, elaborar estrategias y coordinar entre sí acciones en los niveles local, estadual y nacional.

Desafortunadamente, esta estrategia política amplia no se ve favorecida por la tendencia común entre parte de la izquierda post-Occupy a remarcar las situaciones de privilegio, y a acusarse mutuamente de racismo, sexismo, homofobia, transfobia y susceptibilidades varias respecto a la imagen corporal, entre otras cosas, sin ninguna consideración sobre cómo construir un movimiento que abogue por una política de solidaridad con los oprimidos (si uno es herido, somos heridos todos). Es la política de una «secta» pura (para usar la terminología del teórico político de izquierda Sheldon Wolin), en contraposición a la de aquellos que abogan por una política de solidaridad7.

El enfoque de «política estratégica» de izquierda sostiene que a veces podemos tener la suerte de involucrarnos en formas superiores de lucha, que son aquellas que tienen implicancias sistémicas profundas y que politizan temas de debate público concernientes a la sociedad en su totalidad, que antes estaban fuera del dominio de la discusión y el control sociales. Entre los ejemplos de estas formas superiores estaba la campaña «Una persona, un voto» que el Comité Coordinador Estudiantil No Violento (SNCC, por sus siglas en inglés) lideró en el sur de EEUU en la década de 1960, y la exitosa campaña de mediados del siglo XIX para limitar la jornada laboral a diez horas, que Karl Marx proclamó como «la primera vez en que, a plena luz del día, la economía política de la clase media sucumbió ante la política económica de la clase trabajadora». En su defensa de lo que llama «diversidad de las formas de acción», Raúl Zibechi sostiene que la afirmación de que hay «formas superiores de lucha» es una manera de menospreciar o rechazar otras luchas como si fueran «inferiores» (en un sentido peyorativo). Zibechi también confunde la idea de «formas superiores de lucha» con cuestiones estratégicas como la elección entre el camino electoral y la lucha armada8.

Una consecuencia importante del rechazo de la política prefigurativa hacia el «pensamiento estratégico» es su concepción de la causalidad histórica, que se concentra en temas de representación y jerarquía a expensas de un panorama más amplio de las raíces sociales de los fenómenos políticos. Por ejemplo, los exponentes de esta corriente explican la persistencia del reformismo en sindicatos y partidos de izquierda –un tema que los preocupa– como resultado de la centralización jerárquica del liderazgo, en lugar de verlo como resultado de una relación dialéctica entre el liderazgo burocrático de esas instituciones y la conciencia de la clase popular y trabajadora, que a su vez es influenciada por los cambios en las condiciones materiales. Los análisis serios sobre la naturaleza del reformismo son intrínsecos al «pensamiento estratégico» y a la «política estratégica», y los movimientos los ignoran a su propio riesgo.

Política prefigurativa y revolución: cómo escapar a los dilemas del cambio radical

Para muchos teóricos de la política prefigurativa, los problemas que presenta la política revolucionaria pueden desaparecer simplemente redefiniéndolos de modo tal que dejen de existir. Con solo desearlo, los interrogantes sobre la relación entre la reforma y la revolución desaparecen, si se redefine la revolución de tal modo que ya no involucre el derrocamiento real del sistema capitalista a través de un conjunto de acontecimientos discretos y de vida relativamente corta. Como afirma John Holloway, un científico social irlandés que dicta clases en México y es uno de los mejores exponentes de la política prefigurativa, en su libro Agrietar el capitalismo, «el reemplazo revolucionario de un sistema por otro es tanto imposible como indeseable»; para este autor, la única manera posible de concebir la revolución es como un proceso en el que se intercalan la creación, la expansión y la multiplicación de grietas9; cita ejemplos como el de los zapatistas en el estado mexicano de Chiapas y en Argentina, la recuperación de fábricas en bancarrota abandonadas por sus dueños por parte de los trabajadores. Los «estrategas de izquierda» también aprecian la autoorganización y el potencial emancipador de la ocupación de plantas y del autogobierno de la comunidad, pero al mismo tiempo subrayan las limitaciones de estas luchas importantes, si bien defensivas. Para sobrevivir, las fábricas ocupadas tienen que funcionar dentro del contexto económico y político de la sociedad capitalista, en particular bajo la presión de un sistema competitivo y caótico, que tarde o temprano las obliga a hacer muchas concesiones y a no respetar la autogestión de los trabajadores. Por esta razón no pueden «prefigurar» la sociedad futura, aunque pueden, al menos inicialmente, fortalecer la independencia y la autoconfianza de los trabajadores involucrados en esas luchas.

Problemas similares se ven en las comunidades autónomas de Chiapas lideradas por el Subcomandante Marcos y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Mientras que el gobierno mexicano ha decidido, quizás en aras de la estabilidad política, permitir la continuidad de las comunidades autónomas del EZLN en la Selva Lacandona –uno de los lugares más pobres y aislados del país–, estas comunidades siguen estando sujetas a las mismas intensas presiones del capitalismo. El veterano intelectual de izquierda latinoamericano Guillermo Almeyra señala que todavía están inmersas en el mercado, durante la mayor parte del año se ven obligadas a vender su fuerza de trabajo, a comprar herramientas, fertilizantes y productos agrícolas que no están disponibles en las zonas zapatistas, a comprar o intercambiar sus productos en los mercados urbanos que se encuentran fuera de su propia región, e incluso a recurrir a los sistemas de salud y educación oficiales10.

Sin embargo, para Holloway estos movimientos son las «grietas» cuya ampliación llevará a la revolución. De este modo, la revolución es para él una cuestión de movimiento, de dirección, pero no una ruptura. Según sus palabras, «lo que importa es el movimiento. La posibilidad de las grietas está en su movimiento»11; aquí se hace eco de la perspectiva de Edward Bernstein y del evolucionismo de la socialdemocracia clásica, salvo que Holloway apoya claramente un evolucionismo de la lucha, mientras que el ala «revisionista» de la socialdemocracia clásica ponía el acento en el desarrollo inevitable de una mayoría política electoral que tomaría el Estado y finalmente introduciría el socialismo12.

Aunque suene paradójico, la idea de Holloway de la revolución como una evolución a través de la lucha es central también en el pensamiento de los anarquistas revolucionarios como el antropólogo David Graeber. Si bien, por un lado, Graeber asume una actitud que se autoproclama como radical y sostiene la idea de la «diversidad de tácticas», que les da a pequeñas minorías de activistas el derecho a romper ventanas y participar en otras actividades destructivas similares13 –aun contra los expresos deseos de los patrocinadores y de la inmensa mayoría de los participantes en las manifestaciones–, por otro lado, al igual que Holloway, rechaza la idea de una «ruptura neta», es decir, el derrocamiento revolucionario del sistema capitalista. Esto se observa en sus especulaciones sobre lo que podría haber pasado si los anarquistas españoles hubiesen ganado en 1937. «España –escribe Graeber– habría terminado en una situación similar a la de Chiapas, en un empate entre las facciones anarquistas y las antianarquistas, que se habría inclinado en favor de los anarquistas solo después de un arduo y prolongado esfuerzo por ganarse a sus hijos [los de los estatistas], lo que podría haberse logrado creando una vida más visiblemente libre, placentera, bella, segura, relajada y gratificante en las secciones sin Estado»14.

Al redefinir la revolución como un incremento progresivo de «grietas» en la sociedad, la política prefigurativa de Holloway niega la centralidad del Estado y el carácter clave del poder del Estado en el proceso. Como él mismo lo expresó en un trabajo anterior, «podemos cambiar el mundo sin tomar el poder». Y al negar el poder del Estado, Holloway puede evitar las realidades del poder. Por ejemplo, el hecho de que el Estado tolere «grietas» en la medida en que no amenacen su poder y el del capitalismo. Para Holloway, este problema simplemente no existe. Los mismos ejemplos que elige para ilustrar su visión son muy reveladores: el movimiento zapatista y su comunidad autónoma en la Selva Lacandona, un centro social en Edimburgo, Escocia, o una rave en Berlín15. El simple hecho de que presente estos casos como encarnaciones del mismo potencial revolucionario revela su falta de consideración por el poder. Esto se vuelve aún más evidente con solo tener en cuenta el ejemplo de las comunidades zapatistas en Chiapas. En la medida en que representen –o hayan representado– una amenaza para el Estado mexicano, pueden verse como parte de una dinámica análoga a lo que en el marxismo clásico se conoce como «poder dual»: en situaciones revolucionarias que tienen lugar en los modernos Estados-nación capitalistas, la dicotomía entre los núcleos de poder revolucionario y el poder de la clase gobernante con la cual están en conflicto.

Para Holloway, y también para Graeber, que ve asimismo el zapatista como un modelo que se puede aplicar en todas partes, incluida la España de la Guerra Civil de la década de 1930, este estado de «poder dual» podría prolongarse indefinidamente, y los zapatistas podrían sobrevivir en sus comunidades y servir como ejemplo que se repita indefinidamente en otros lugares. Sin embargo, pasa por alto el hecho de que las comunidades zapatistas sobreviven en tanto y en cuanto el Estado mexicano está dispuesto a convivir, por razones de política coyuntural, con bolsones de poder que quedan fuera de su control, en lo que a los ojos del Estado son áreas de importancia política y económica marginal. Pero aun si los zapatistas se convirtieran en una amenaza concreta para el Estado mexicano, la dinámica de poder dual que esto generaría no sobreviviría por mucho tiempo, sin ir más lejos porque afectaría severamente la predecibilidad y la seguridad que el capitalismo moderno requiere para funcionar. Esto conduce necesariamente a consideraciones de represión, respuesta a la represión, etc., más allá de los deseos de Holloway.

Finalmente, la postura adoptada por la política prefigurativa respecto del Estado la lleva a descartar, como en el caso de Occupy, la necesidad de hacer demandas políticas al gobierno, una herramienta esencial para movilizar y unificar los diversos movimientos que pueden emerger en un ambiente multirracial y multicultural como el de EEUU16.

¿Buscar una comunidad o construir solidaridad?

Los movimientos sociales generan camaradería y la experiencia estimulante y apasionante de participar en una lucha común para lograr el cambio social. Esto, sin embargo, es diferente de lo que Breines describió como la búsqueda por parte de la Nueva Izquierda prefigurativa de una comunidad «para unir las esferas públicas y privadas de la vida». Si lo que Breines tiene en mente es reducir la alienación o eliminar el desfase «normal» en las democracias parlamentarias capitalistas entre lo que los políticos realmente piensan y sus discursos contradictorios frente a distintas personas, estos serían cambios bienvenidos. Pero si lo que Breines sugiere implica la abolición de la privacidad personal en pos de alguna concepción del socialismo estilo colmena «comunitarista», sería entonces un planteo muy reaccionario17. La Nueva Izquierda británica de los años 50, que precedió a la Nueva Izquierda estadounidense de los años 60, se caracterizó por un tipo similar de «comunitarismo». E.P. Thompson lo criticó porque en su opinión representaba una vuelta a la «vieja, estrecha y claustrofóbica comunidad, que estaba basada en la triste igualdad de la adversidad», y sostuvo que la noción de privacidad familiar y el sentido de comunidad no eran mutualmente excluyentes. Como contraargumento frente a la nueva versión claustrofóbica de la comunidad impulsada por la Nueva Izquierda, propuso que «si [la comunidad] surge en la presente generación, será mucho más rica y compleja, con mucha más insistencia en la variedad y con mayor libertad de movimiento y de elección»18.

Jane Jacobs, quien revolucionó el campo de los estudios urbanos con su clásico Muerte y vida de las grandes ciudades, criticó con énfasis la planificación orientada hacia la creación de un «estar juntos», el cual, escribió, requería personas con «similitudes básicas en cuanto a estándares, valores y antecedentes» y demandaba de ellos una «formidable cuota de autocontrol y tacto»19. Jacobs concluía que el tipo de planificación residencial que, para el contacto entre los vecinos, «depende de una acción personal de compartir de este tipo, y que la cultiva, a menudo funciona socialmente, e incluso en forma parcial, para personas autoseleccionadas de clase media-alta. Soluciona problemas simples de un tipo de población simple. (…) Sin embargo, fracasa aun en sus propios términos con cualquier otro tipo de población». Jacobs insistía en los límites claros entre los espacios públicos y privados y abogaba por usos urbanos diversos y combinados para fortalecer vecindarios que se componen principalmente de extraños, es decir, de gente que «no se conoce de manera privada e íntima, y a quienes, en la mayoría de los casos, no les interesa conocerse de esa manera», pero que, a través de la creación de esos usos urbanos diversos y combinados –cuadras cortas, aceras anchas y otros métodos indirectos que estimulan una vida en las calles rica y activa– puede comportarse en formas notablemente cooperativas20.

Sin intentarlo de manera explícita, Jacobs está sugiriendo la noción de solidaridad –la ayuda y el apoyo mutuos entre extraños que objetivamente pertenecen a y se identifican con una «comunidad imaginada» de trabajadores–. Entonces la solidaridad puede convertirse en un valor hegemónico que se expresa tanto en piquetes como en las relaciones diarias entre vecinos y en la vida en las calles. Así, el anonimato inherente a la vida urbana no es idéntico a la impersonalidad ni implica necesariamente insensibilidad, indiferencia o falta de humanidad hacia los demás ciudadanos.

Críticas al utopismo y a la política prefigurativa

¿Se relaciona esta crítica de la «política prefigurativa» con la crítica al utopismo que desarrollaron Marx y Engels? Sí y no.

Sí, porque rechaza la construcción de esquemas sobre cómo puede verse la sociedad futura y la presunción de que hay una correspondencia de uno a uno entre la estrategias y las tácticas adoptadas para luchar contra la explotación y la opresión –incluido el derecho de los oprimidos a recurrir a la fuerza y a la violencia– y aquellas utilizadas por la sociedad futura.

No, porque el devenir procapitalista de la socialdemocracia y el desastre homicida del estalinismo que Marx y Engels no previeron nos han forzado a extraer las lecciones de estos grandes fracasos de la izquierda para evitar su repetición en el futuro. La recurrencia de tendencias antidemocráticas y burocráticas en los movimientos socialistas y comunistas no prueba la «ley de hierro de la oligarquía», fatalista y ahistórica, esbozada por Robert Michels (1876-1936) en su libro Los partidos políticos y basada en un estudio de caso de las prácticas burocráticas del Partido Socialdemócrata de Alemania; tampoco justifica los argumentos «prefigurativos» contra la organización formal. Pero sí hace más urgente la identificación de características específicas de la organización política que obstaculizan el camino de la democracia, como la falta de transparencia de los liderazgos políticos, la prohibición de tendencias y facciones y la perpetuación de los líderes existentes.

De la misma manera, no se pueden atribuir los problemas económicos de las sociedades estalinistas al socialismo, sino a la naturaleza específica de la sociedad de clase estalinista. Sin embargo, la derecha ha tenido éxito, tanto ideológica como políticamente, al asignar el fracaso del comunismo soviético a la ausencia de cualquier alternativa socialista al capitalismo, como lo sugería el muy difundido eslogan de Margaret Thatcher «No hay alternativa» (TINA, por sus siglas en inglés). Esta provocación de la derecha ha sido expresada en términos generales y abstractos, así como en una cantidad de ideas específicas, como la de que la competencia es la única fuente de incentivos para promover entre trabajadores y gerentes el interés individual, la responsabilidad y la eficiencia, factores ausentes en las economías de tipo soviético; o que solo el capitalismo puede proveer la chispa para la innovación a través de mecanismos tales como el concepto schumpeteriano de «destrucción creativa»21; o que la planificación económica para la sociedad en su conjunto es, como sostuvo Friedrich Hayek, estructuralmente inviable22.

Hay una amplia literatura socialista y marxista que muestra las muchas maneras en que la competencia y el capitalismo erosionan la motivación, la responsabilidad y la eficiencia de los trabajadores, y cómo los desechos del sistema y el uso irresponsable de los recursos están acercando al mundo al desastre ecológico. Pero esto no equivale a mostrar, como lo han tratado de hacer otros analistas socialistas, de qué manera una sociedad planificada democrática y autogestionada podría evitar muchos de esos problemas. Sostener en términos generales que una sociedad socialista controlada realmente por los trabajadores y con una planificación democrática no enfrentaría los problemas y contradicciones que aquejaron a las sociedades de tipo soviético resulta demasiado abstracto. Para abordar estas cuestiones, es preciso modificar la clásica advertencia marxista contra la elaboración de bocetos detallados de la sociedad futura, aunque en general sea apropiada.

Conclusión

La tarea actual es construir un movimiento para luchar contra la explotación y la opresión, para que las personas puedan ser verdaderamente libres de crear sus propias vidas e instituciones, ahora y mañana, y no involucrarse en la política «prefigurativa», ya sea en términos de nuestra política, estrategia y tácticas actuales o para determinar de antemano la naturaleza de la futura sociedad. Es probable que las cuestiones críticas de la sociedad futura no involucren la creación deliberada de comunidad –lo que es de alguna manera una contradicción en términos– y menos aún un estilo de vida cultural específico, o la eliminación de la jerarquía, sino la viabilidad institucional y la sustentabilidad ecológica de un socialismo que sea verdaderamente democrático.

La política prefigurativa se desarrolló en gran medida como reacción frente a los fracasos de la izquierda del pasado. Sin embargo, esos fracasos históricos no prueban la validez de los abordajes románticos, irracionales o utópicos del cambio social, ni justifican el intento «prefigurativo» de rodear, en lugar de enfrentar, los problemas de la organización democrática. Sin embargo, demuestran la necesidad de un nuevo comienzo en el que tomemos como base las perspectivas revolucionarias de lo mejor de la tradición del Iluminismo23.

  • 1. W. Breines: The Great Refusal: Community and Organization in the New Left: 1962-1968, Praeger, Nueva York, 1982.
  • 2. Ibíd., pp. 6-7.
  • 3. La represión es un tema diferente (si bien relacionado) de la supresión de las relaciones sociales, que involucra necesariamente medidas basadas en la clase, tales como la confiscación de fábricas y latifundios. Un ejemplo del tipo de represión al que se alude arriba es el de los «castigos categóricos» que el gobierno de Lenin aplicó contra los campesinos, estuvieran o no involucrados en una resistencia activa contra el gobierno, en la lucha contra la rebelión «verde» en la región de Tambov en 1920. Ver mi libro Before Stalinism. The Rise and Fall of Soviet Democracy, Verso Books, Nueva York, 1990, pp. 122-123.
  • 4. Vale la pena destacar en este contexto que durante la lucha guerrillera contra la dictadura de Batista en la Cuba de los años 50, el Movimiento 26 de Julio desarrolló reglas estrictas para controlar el comportamiento de los soldados rebeldes. Por ejemplo, tenían que pagar al contado cualquier producto que obtuvieran de los residentes de la zona, estaba totalmente prohibido el abuso físico de los prisioneros y se castigaba con severidad cualquier caso de acoso sexual contra las mujeres campesinas.
  • 5. Es cierto que había transgresiones a la democracia en esas manifestaciones, como la censura al discurso de John Lewis en la Marcha de Washington en 1963. Pero el discurso de Lewis habría sido censurado también si se hubiera pronunciado en una manifestación local de menos de 20.000 (en lugar de 200.000) personas en Washington dc.
  • 6. V.I. Lenin: «Política tradeunionista y política socialdemócrata» en Qué hacer [1902] en Archivo V.I. Lenin, Marxist Internet Archive - Sección en español, www.marxistsfr.org/espanol/lenin/obras/index.htm.
  • 7. Agradezco a Lance Selfa sus perspicaces comentarios al respecto.
  • 8. R. Zibechi: «Sobre la ‘forma superior de lucha’» en Rebelión, 30/11/2013, http://rebelion.org/noticia.php?id=177552.
  • 9. J. Holloway: Crack Capitalism, Pluto Press, Londres, 2010, p. 11. [Hay edición en español: Agrietar el capitalismo. El hacer contra el trabajo, Herramienta, Buenos Aires, 2011].
  • 10. G. Almeyra: «Los vaivenes de los movimientos sociales en México» en osal - Observatorio Social de América Latina año ix No 24, 10/2008, p. 92, disponible en http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/osal/osal24/05almeyra.pdf.
  • 11. J. Holloway: ob. cit., p. 72, énfasis del original.
  • 12. Agradezco a Adaner Usmani sus comentarios sobre este tema.
  • 13. D. Graeber: Revolutions in Reverse. Essays in Politics, Violence, Art and Imagination, MinorCompositions, Londres, 2011, pp. 17 y 26-29.
  • 14. Ibíd., pp. 28-29.
  • 15. Ibíd., pp. 51 y 63.
  • 16. Para una discusión más detallada de este tema, v. mi artículo «The Art of Demanding» en Jacobin, 7/9/2012.
  • 17. Para una discusión profunda del «comunitarismo» como una variedad de «socialismo desde arriba», v. Hal Draper: «The Two Souls of Socialism» en H. Draper y E. Haberkern (ed. e intr.): Socialism From Below, Essays Selected, Humanities Press, Nueva Jersey, 1992, pp. 26-27.
  • 18. E.P. Thompson: «Commitment in Politics» en Universities & Left Review vol 53 No 6, 1959, p. 53.
  • 19. Jane Jacobs (1916-2006) fue una activista urbana que lideró la resistencia exitosa al plan de la ciudad de Nueva York de construir una autopista a través de Greenwich Village, que hubiese destruido una buena parte del vecindario. Más tarde se mudó a Toronto para impedir que sus hijos fuesen reclutados para luchar en la Guerra de Vietnam.
  • 20. J. Jacobs: The Death and Life of Great American Cities, Vintage Books, Nueva York, 1961, pp. 65, 55 y 54, énfasis del original. [Hay edición en español: Muerte y vida de las grandes ciudades, Península, Madrid, 1973].
  • 21. Joseph Schumpeter (1883-1950) fue un economista austriaco-norteamericano que sostenía que el rol disruptivo de los emprendedores individuales era indispensable para el crecimiento económico.
  • 22. Friedrich Hayek (1899-1992) fue un economista de derecha nacido en Viena que afirmaba que la falta de información volvía inviable la planificación global de la totalidad de la economía, y que solo el mecanismo de precios de los «mercados libres» era capaz de asignar los recursos en forma razonable.
  • 23. Para una discusión reveladora sobre las diversas tendencias del pensamiento iluminista, v. Jonathan Israel: A Revolution of the Mind. Radical Enlightment and the Intellectual Origins of Modern Democracy, Princeton University Press, Princeton-Oxford, 2010.