Opinión

¿Reencuentro latinoamericano? La política exterior del nuevo gobierno de Michelle Bachelet

Michelle Bachelet asumió hoy su segundo mandato como presidenta de una de las naciones más prósperas de América Latina, con un ingreso per cápita cercano a los 20.000 dólares. Además de enfrentar la necesidad de satisfacer grandes demandas ciudadanas y mantener los niveles de crecimiento económico, Bachelet asumirá dos grandes desafíos en materia de política exterior: recuperar el espacio perdido en América Latina y crear un nuevo liderazgo latinoamericano como miembro del Consejo de Seguridad de la ONU.

¿Reencuentro latinoamericano? La política exterior del nuevo gobierno de Michelle Bachelet

Hoy, el día en que asumió su segundo mandato presidencial Michelle Bachelet, es una fecha clave para el destino de una de las naciones más prósperas de América Latina. Con un ingreso per cápita cercano a los 20.000 dólares, Chile se avizora como uno de los primeros países de la región en alcanzar índices de desarrollo económico similares a los de Portugal, Grecia y España. Sin embargo, las manifestaciones sociales que recientemente exigieron una mejor distribución de la riqueza y cambios estructurales en el sistema político, educativo y energético, así como en el ámbito de la salud, colocan en el foco de atención del gobierno de Bachelet la necesidad de satisfacer grandes demandas ciudadanas, manteniendo al mismo tiempo un manejo económico y fiscal que no perjudique la continuidad del crecimiento económico que, según diversos organismos, podría comenzar a moderarse. Las expectativas internas de una población cada vez más empoderada para que se cumplan aquellas aspiraciones son altas. La presión por lograr, en un corto plazo, los objetivos trazados por la propia mandataria y por la amplia y diversa coalición de partidos políticos que la apoya (la denominada “Nueva Mayoría”, que abarca desde la Democracia Cristiana hasta el Partido Comunista) también es de una fuerza sólo asimilable al período de recuperación democrática vivida a partir de fines de la década de 1980. Cabe preguntarse si este escenario de expectativas y presión será de exclusivo dominio de la política doméstica. La respuesta es no. Las exigencias por recuperar un espacio perdido en el ámbito latinoamericano para la política externa de Chile son también de una necesidad –guardando las proporciones de la actual coyuntura internacional y regional- y de una dimensión parecida a lo que se denominó, a principios de la década de 1990, “la reinserción internacional” de Chile después de 17 años de una dictadura militar marcada por el aislamiento respecto de la comunidad internacional. Los desafíos de la nueva administración Bachelet en el ámbito de la política exterior son de un alcance no sólo político sino también de integración concreta a un espacio regional latinoamericano diverso pero homogéneo en sus necesidades y sus demandas sociales y económicas. Una de las críticas más comunes a la hora de hacer una evaluación de la política exterior de Chile desde el retorno de la democracia es que el país ha estado ausente de la realidad regional al priorizar, por ejemplo, tratados y acuerdos comerciales con países o bloques extra regionales sin estrechar lazos más estratégicos y políticos con los países latinoamericanos. Esta crítica fue particularmente notable durante la administración del presidente saliente, Sebastián Piñera. Corresponde entonces preguntarse cuáles serían las herramientas de las que dispone la ex directora de ONU Mujeres y su canciller designado, Heraldo Muñoz, para encaminar la política exterior de Chile hacia la región. Los desafíos son variados. Sin perjuicio del lugar prominente que tendrán los temas vecinales, convendrá abordar tales materias desde una perspectiva política y de integración, y no centrar la reflexión exclusivamente en los asuntos limítrofes. Si bien la implementación de la sentencia de La Haya sobre el diferendo entre Perú y Chile y la demanda interpuesta en la misma corte por Bolivia ocuparán gran parte de la agenda del nuevo gobierno, cabe apreciar el desenvolvimiento internacional del país desde un enfoque integral, multidimensional y de largo plazo por sobre las valoraciones coyunturales. Dos materias, aparte de las señaladas, debieran tener una atención prioritaria del gobierno, de manera de concebir la actividad exterior del país desde una aproximación estratégica, que consolide su plena inserción en el ámbito regional e internacional: la participación de Chile en instancias regionales de integración y concertación política –como la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC)- y en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (período 2014-2015), el órgano más relevante del multilateralismo global. Es cierto que en la región existen algunas incertidumbres (por ejemplo, las intensas movilizaciones en Brasil y Venezuela y las turbulencias económicas que vive Argentina) y que las diferentes instancias de integración en marcha muchas veces demuestran la fragmentación que exhibe la región en múltiples ámbitos. Las iniciativas regionales de integración dan cuenta de las distintas apreciaciones de los países sobre la amplitud, contenidos y objetivos de la integración regional, como es el caso del regionalismo cerrado que promueve la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), impulsada por Venezuela, y la fuertemente economicista y abierta Alianza del Pacífico, compuesta por Chile, Colombia, México y Perú. De uno y otro lado de estas iniciativas las críticas mutuas no han sido pocas. Entonces, un interés prioritario debiera ser propiciar el apoyo de una integración regional inclusiva y coherente, que promueva el trabajo colectivo respetando las diferencias de cada país. Es necesario superar la formación de ejes y alianzas antagónicas y buscar en cambio los objetivos e intereses comunes en materia de desarrollo e inserción internacional, particularmente al considerar el interés chileno de constituirse como puente hacia la región de Asia Pacífico. No debe olvidarse tampoco que los productos chilenos de mayor elaboración se exportan a América Latina. Mediante la integración, más que perder atributos de soberanía, los actores incrementan sus competencias para incidir en las grandes decisiones globales. Además, un vuelco hacia la región puede servir como acicate de las relaciones vecinales para pasar a asumirlas como un tema político, que debiera formar parte de una agenda global de integración. Respecto de la participación de Chile en el Consejo de Seguridad, cabe anotar que este país dispondrá entre 2014 y 2015 de una herramienta concreta y efectiva para canalizar iniciativas, tanto nacionales como regionales, que muestren a Chile como un actor proactivo de la agenda de paz y seguridad internacionales. Un ejemplo de aquello sería retomar el protagonismo latinoamericano en torno al único tema geográfico del Consejo que atañe al hemisferio, Haití. Dada la nueva fase de consolidación y de retirada de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH), prevista para 2016, será preciso liderar dentro del Consejo propuestas que apunten a encaminar un proceso de paz integral en la nación caribeña. Esta etapa requiere también asumir nuevas responsabilidades que se enmarcan dentro de un esfuerzo que va más allá de lo estrictamente vinculado a la esfera de la seguridad. Chile podría asumir un rol coordinador y catalizador de los contribuyentes latinoamericanos en la búsqueda de mecanismos y respuestas duraderas a los desafíos que plantea la paz en la isla, por cuanto el éxito o fracaso de la MINUSTAH será no solamente responsabilidad de Haití y de las Naciones Unidas, sino también latinoamericana. Desde una perspectiva regional, y pese a las diferencias existentes, es necesario afinar posiciones con los países de la región con los cuales se coincide durante estos dos años en el Consejo de Seguridad, Argentina y Venezuela. El Consejo es una tribuna internacional que permite a sus miembros proponer acciones que puedan ser un aporte a la prevención y tratamiento de situaciones de post-conflicto. Sin duda, la participación del país allí es una circunstancia invalorable para elevar el prestigio nacional de Chile como un país activo y comprometido con los grandes desafíos de la realidad internacional actual.

*Analista político y académico chileno, especialista en asuntos internacionales. **Analista político y diplomático chileno, ex asistente especial del representante del Secretario General de Naciones Unidas en Haití.

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