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Recuperar la idea socialdemócrata

Recientemente se cumplieron 150 años del nacimiento del Partido Socialdemócrata de Alemania (spd). Pero además del aniversario –siempre una oportuna ocasión para la introspección–, es la actual crisis económica y financiera la que llama a una reflexión profunda y urgente sobre las ideas y las prácticas socialdemócratas. En este artículo, el autor convoca a recuperar la radicalidad de la socialdemocracia retomando de manera militante sus cinco grandes objetivos: igualdad, superación de la sociedad de clases, Estado social universal que asegure la inclusión, seguridad social y humana y predominio de las decisiones políticas democráticas frente al poder de la gran propiedad y los mercados.

Recuperar la idea socialdemócrata

Si un partido con 150 años de historia no se conforma con mantener «la vitalidad de siempre» y aspira a continuar su misión trascendente con un nuevo impulso, adaptado a las profundas transformaciones de la actualidad, debe estar preparado para cambiar a tiempo. Para ello no puede seguir el modelo del «cuasicristal», que depende de la percepción del observador para detectar algún punto de conexión en los muchos episodios divergentes a partir de los cuales se compone su práctica, a lo largo de las circunstancias cambiantes entre oposición y gobierno. En función de las necesidades, el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD, por sus siglas en alemán) ha realizado más de una gran innovación a través de su larga historia. Décadas de controversias condujeron desde la «sociedad socialista del futuro», promovida en los años fundacionales, hacia el «socialismo democrático» basado en los valores fundamentales, como proceso de reforma permanente al estilo del Programa de Godesberg1. La identidad partidaria posterior a Godesberg tuvo mucho que ver con la época dorada de la democracia social. Dicha experiencia se desarrolló durante las primeras tres décadas de posguerra, en las que los rasgos más horrorosos del viejo capitalismo –así se lo denominaba– parecían medianamente dominados después de la catástrofe sin precedentes que habían significado el fascismo y la Segunda Guerra Mundial. Más aún, por entonces casi todo indicaba que finalmente se pondría en marcha el tan anhelado proceso de avance lineal, que civilizaría cada vez más y mejor a la fiera desenfrenada para convertirla en el animal doméstico útil de una sociedad democrática. Por cierto, a diferencia de lo que señalaban algunos de los adversarios izquierdistas, este optimismo socialdemócrata nunca fue ciego. En todas sus plataformas, tanto en Alemania como en el resto de Europa, los partidos socialdemócratas siempre marcaban la necesidad de controlar democráticamente la propiedad de los grandes medios de producción y regular los mercados. De cualquier forma, poco a poco surgió una discrepancia entre este análisis de tono escéptico y una filosofía política práctica orientada a la armonía social, en cuyo marco se insertaron con firmeza y solidez –según parece– las promesas socialdemócratas de reforma.

Tras una lucha de década y media, que por momentos resultó encarnizada, apareció la muda ecológica del viejo partido obrero como respuesta frente a las grandes crisis ambientales y el fortalecimiento de los nuevos movimientos sociales a partir de los años 70. Sin embargo, en los últimos tiempos, el supuesto animal doméstico de la democracia social, el capitalismo amansado, comenzó a tirar con fuerza de su correa (que antes, siguiendo las aparentes leyes de hierro de la globalización, se había aflojado y debilitado por el desgaste gradual). Aunque el animal aún no ha logrado desembarazarse por completo del control, la peligrosa extensión de la correa ya ha socavado sensiblemente el bienestar y la seguridad de muchísima gente en el mundo, así como la paz social en Europa. Ante la necesidad de intentar una domesticación renovada y más eficaz, habida cuenta de las experiencias realizadas, el miedo a un fracaso total se ve alimentado por la irritante impotencia y una vacilación política incomprensible. Con sus «armas financieras de destrucción masiva» (Warren Buffett), el nuevo capitalismo de mercado ha acumulado un enorme potencial de aniquilación y al mismo tiempo ha generado una gran cantidad de dependencias. Son muchos los que ahora comienzan a preguntarse, incluso en los más altos niveles políticos, si las formas convencionales de gobierno aún permiten alcanzar una defensa exitosa y escapar de sus garras sin producir un total descalabro en la economía mundial. Mientras tanto, las embestidas ya han provocado una ola de indignación y resistencia en casi todos los países afectados, con una magnitud que no se registraba desde hacía mucho tiempo y con un especial ímpetu en Europa.

A la hora de domesticar el capitalismo salvaje –después de la catástrofe combinada causada por la crisis económica mundial, el fascismo europeo y la Segunda Guerra–, la democracia social fue el único proyecto histórico que resultó exitoso durante décadas. Sin embargo, nunca pudo concretarse de manera íntegra, ni siquiera en la época dorada que significaron los primeros 30 años de posguerra. Los mayores déficits existieron, sobre todo, en los ámbitos claves de la economía. Pero el proyecto impulsó notables avances en la mayoría de los países europeos, especialmente en el norte del continente. Incluso en Estados Unidos hubo dos olas de política parcialmente afín: por un lado, el New Deal, como respuesta a la crisis económica mundial de los años 30; por el otro, la Great Society del presidente Lyndon Johnson, como respuesta a las masivas protestas sociales efectuadas por sectores marginados en la década de 1960. Ellas llevaron mucho más que un mero soplo de democracia social, introduciendo importantes regulaciones en el sector financiero (que, en sus rasgos esenciales, volvieron a anularse cuando parecía que lo peor ya había pasado).

En las dos últimas décadas quedaron suprimidos algunos logros que parecían asentados y que figuraban en el haber histórico de la socialdemocracia, como seguridad, participación, igualdad social, movilidad y predominio de la democracia sobre el poder económico. Esto fue el resultado no solo de la gran crisis, sino también de los recortes previos dirigidos a evitarla. El proceso se desarrolló al principio de manera sigilosa, con pequeños pasos y en muchos frentes, pero sin grandes debates ni decisiones democráticas abiertas. De repente, debemos reconocer que nuestras sociedades se asemejan mucho a las de la época anterior a la socialdemocracia. Nuevamente se acentúa la división de clases en bloques, se eliminan las oportunidades de ascenso social y aumenta el riesgo de caer en la precariedad, mientras el contrapoder sindical se debilita y el Estado democrático tiene cada vez menos poder para imponer las reglas a la economía.

  • 1. Aprobado en 1959, suele considerarse el Programa de Godesberg como inicio del spd como partido popular impulsor de reformas sociales en lugar de un partido de los trabajadores influido por las teorías marxistas; en ese congreso, el partido abandonó los postulados vinculados al estatismo en favor de una economía social de mercado. Sobre el tema, v. Peter Von Oertzen: «El futuro del programa de Godesberg» en Nueva Sociedad No 7, 7-8/1973, disponible en www.nuso.org/upload/articulos/78_1.pdf [N. del E.].