Coyuntura

¿Qué le pasó a Bachelet?

Michelle Bachelet se impuso en las elecciones presidenciales de 2006 porque expresaba una combinación de continuidad (con los gobiernos de la Concertación) y cambio (por su condición de mujer y su promesa de renovar el gabinete). Desde que asumió, sin embargo, diversos episodios no previstos provocaron una caída de su popularidad: las protestas estudiantiles, la caótica implementación del Transantiago y la indecisión en algunos temas claves la han forzado a implementar dos cambios de gabinete en menos de un año y medio de gobierno. El artículo sostiene que Bachelet, sin descuidar las señales de cambio, debe recuperar la esencia de la Concertación, la gestión eficiente de una economía social de mercado y el sólido respaldo de los partidos políticos que integran la coalición.

¿Qué le pasó a Bachelet?

Bachelet: cambio y continuidad

Como todo aquel que logra éxitos impresionantes al comienzo de su carrera, Michelle Bachelet corre el riesgo de que sus acciones posteriores no estén a la altura. ¿Qué foto podría entrar en los libros de historia que no fuera la de Bachelet, la primera mujer en alcanzar la Presidencia de Chile, poniéndose la banda presidencial por primera vez? ¿Podría algún evento de su cuatrienio superar el monumental registro de su toma de poder? La elección de Bachelet fue tanto una señal de cambio como un poderoso mensaje de continuidad. Ella pertenece a la misma coalición que ha estado en el poder desde el fin de la dictadura de Augusto Pinochet en 1990. Después de tres gobiernos concertacionistas consecutivos, Bachelet difícilmente podía buscar representar un cambio del modelo de gobierno. De hecho, su victoria constituyó un récord de continuidad: con su triunfo, la Concertación se convirtió en la más longeva de las coaliciones políticas en el poder en la historia democrática de Chile (Alcántara Sáez/Ruiz-Rodríguez; Funk; Navia 2006c; Siavelis). En América Latina, ese récord es solo superado por la Alianza Republicana Nacionalista (Arena), de El Salvador, que ha ganado cuatro elecciones presidenciales consecutivas desde 1989.

Desde el fin de la dictadura militar, Chile sólo ha tenido gobiernos concertacionistas, a tal punto que la coalición ya ha controlado La Moneda por más años de los que estuvo Pinochet en el poder. Adicionalmente, la coalición ha resultado victoriosa en las cinco contiendas parlamentarias realizadas desde 1989 y en las cuatro disputas municipales celebradas desde 1992 (Morales). Las encuestas han mostrado una tendencia sostenida del electorado a favor de la Concertación por sobre la oposición nucleada en la Alianza por Chile. Incluso hoy, las encuestas muestran que tres de los cuatro presidenciables con más posibilidades de alcanzar el poder en 2009 pertenecen también a la coalición oficialista.

El triunfo de Bachelet en enero de 2006, entonces, representó sin duda un cambio notable, en tanto llevó al poder a la primera presidenta de Chile. Pero también confirmó la enorme fortaleza electoral de la coalición centroizquierdista (Angell/Reig; Morales; Navia 2006a; Siavelis). Un precedente complejo

Como muestra el gráfico 1, los presidentes chilenos han gozado de una saludable popularidad desde el retorno de la democracia. Patricio Aylwin, comprensiblemente, inició su gobierno con altísimos niveles de aprobación. Aunque su popularidad cayó durante los siguientes cuatro años, se retiró con niveles de apoyo superiores a 50%. Su sucesor, Eduardo Frei, nunca logró revertir la tendencia a la baja y, pese a haber ganado con el porcentaje más alto de votos del Chile democrático, nunca pudo superar el 50% de popularidad. Durante la recesión económica de 1999, cuando terminaba su mandato, los niveles de aprobación de Frei cayeron a 28%, mientras que la desaprobación alcanzaba 45%. Ricardo Lagos, en cambio, fue de menos a más. Después de una disputada contienda electoral, comenzó su mandato con una aprobación inferior a 50%, pero lo terminó con niveles superiores a 60%. Apenas 20% de los chilenos desaprobaba su desempeño (Navia 2006b).

Si bien la situación económica ayuda a explicar algunos de los altibajos en los niveles de aprobación presidencial, otras variables también cuentan. Aylwin gozó de una «luna de miel» producida por el reencuentro de los chilenos con la democracia. Su buen gobierno ayudó, aunque no lo suficiente como para sostener los niveles de aprobación cercanos a 70% que registró apenas asumió el poder (Cavallo 1998; Otano; Rojo). En el caso de Frei, el apoyo a su gobierno no se movió a la par del crecimiento económico. Cuando la economía crecía más rápido, en 1995 y 1996, su aprobación cayó. Luego, la crisis económica de 1999 y el final de su mandato generaron una nueva caída en su popularidad. Con Lagos, en cambio, la aprobación presidencial pareció moverse en simultáneo con el crecimiento económico. Cuando la economía crecía poco, en 2000 y 2001, su popularidad estaba estancada. Pero cuando el país comenzó a experimentar un vigoroso crecimiento, su aprobación también se incrementó, hasta llegar a niveles inéditos desde comienzos de los 90 (Navia 2006b). Durante su primer año en el poder, Bachelet vio caer rápidamente sus niveles de aprobación. Si bien la economía pudo haber tenido algo que ver (el crecimiento en 2006 fue de solo 4%), otros factores explican mucho mejor esta situación. En 2007, pese a que la economía se recuperó y cerrará el año con un crecimiento cercano a 6%, la popularidad de la presidenta siguió cayendo. Naturalmente, no son buenas noticias para Bachelet. Si su aprobación sigue disminuyendo pese a que la economía se expande, las expectativas de que su popularidad pueda mejorar en un contexto más adverso, como el que se espera para fines de 2008, son comprensiblemente menores. Algunos errores iniciales: el primer gabinete

Al comenzar su mandato, Bachelet cometió una serie de errores derivados de su necesidad de demostrar que, al ser la primera mujer en llegar a La Moneda, el suyo sería un gobierno diferente. Se trató, en general, de errores de gestación propia. Como suele suceder en el tenis, los primeros errores de Bachelet han sido «no forzados».

El origen de estas equivocaciones puede rastrearse hasta la campaña electoral, durante la cual la candidata había improvisado una serie de promesas que terminaron resultando bastante costosas. Bachelet insistió en que su gobierno impondría la paridad de género en el gabinete, es decir, igual número de hombres que de mujeres. Adicionalmente, prometió que habría caras nuevas en los ministerios, que en su gobierno nadie iba a «repetir el plato». El suyo, dijo, sería el gobierno del recambio y de las mujeres en el poder.

La presidenta mantuvo estas dos promesas al formar su primer gabinete. Y entonces, además de balancear los nombramientos con integrantes de los cuatro partidos que componen la Concertación, tuvo que superponer dos criterios adicionales: igual número de hombres y mujeres, y pocas caras repetidas. Esas promesas complicaban en exceso la ya compleja tarea de nombrar a un gabinete en una coalición multipartidista. Su promesa de paridad de género debía ser extensiva al interior de los partidos. Por ejemplo, la mitad de sus ministros socialistas debían ser mujeres; Bachelet no podía designar solo hombres de la Democracia Cristiana y solo mujeres socialistas. Y además, como prometió que nadie repetiría el plato, tenía que buscar nombres nuevos. Pero como la participación de mujeres en el gobierno se había incrementado en años recientes, muchas de las candidatas naturales a ocupar un cargo en el gabinete ya habían desempeñado funciones de importancia. La promesa de buscar caras nuevas se había hecho extensiva a las mujeres y entonces el número de mujeres experimentadas se volvió particularmente reducido.