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¿Qué hay de nuevo, viejo? Una mirada sobre sobre los cambios en la participación juvenil

Muchos adultos, sobre todo ex-militantes, critican a las nuevas generaciones por su supuesta falta de compromiso. Aquí se sostiene que, antes de formular cuestionamientos sentenciosos, conviene poner las cosas en contexto:los profundos cambios políticos, económicos y culturales de las últimas décadas transformaron los modos de participación juvenil. Lo que antes era visto como un espacio de sacrificio, utopías y disciplina se percibe hoy como un lugar de diálogo cara a cara, una posibilidadde obtener resultados concretos donde entran también el juego y la diversión.

¿Qué hay de nuevo, viejo? Una mirada sobre sobre los cambios en la participación juvenil

Los cambios y su contexto

Recurrentemente, tanto en los medios de comunicación como en círculos partidarios o politizados, asistimos al momento en que el tópico de rigor es caracterizar a las nuevas generaciones como apáticas e indiferentes. Y, con frecuencia, quienes sostienen estas críticas son adultos ex-militantes, que desarrollaron en su juventud alguna clase de militancia social o política, en los epopéyicos y mitificados años 60 y 70. Frente a tales expresiones, no carentes de carga moral y vocación sentenciosa, es oportuno ejercitar un análisis que dé cuenta de los contextos en que se han socializado unas y otras juventudes, para ponerle coordenadas al asunto y evitar comparaciones en abstracto o ahistóricas. Y para introducirnos en la cuestión de los cambios en la participación juvenil en las últimas décadas, es necesario hacer un poco de historia, porque la historia aporta perspectiva y ayuda a construir sentidos.

¿Cuáles eran las claves político-culturales de los años 60 y 70? Proponemos como centrales las figuras del cambio como transformación de la realidad y la voluntad como expresión de participación en la determinación de las decisiones, como motor y dirección de esa transformación. Inscriptas, por otra parte, en un contexto de fuerte radicalización política e ideológica, consecuencia de la disputa socialismo-capitalismo y de los procesos de descolonización y de liberación nacional (con Argelia, Vietnam y Cuba como paradigmas). Esta tríada define con toda claridad las características que asumía la participación política por esos años: la voluntad como motor de cambios radicales. La política era la voluntad. Y era, además, transformadora.

Además, hay una dimensión generacional que emerge y muestra la presencia protagónica de los jóvenes, quienes, al calor de una mayor autonomía, fueron ampliando su círculo de injerencia y apropiándose gradualmente, en primer lugar, de las decisiones pertinentes a los hechos de su propia vida. Ello fue posible, en gran medida, gracias a la construcción del Estado de Bienestar de posguerra, que les permitió disponer de mayor tiempo para sí mismos, a la vez que se ampliaron los espacios que operaban como ámbitos de encuentro de pares (la escuela, la universidad). Pero, también, porque les posibilitó decidir, en tanto jóvenes trabajadores, sobre sus propios ingresos, antes destinados al sostenimiento familiar. Y aquello que comienza con disputas generacionales en la familia se proyecta gradualmente y termina por abarcar otros campos y demandas. «Poco a poco, se generaliza el rechazo a lo instituido. La lucha contra el autoritarismo y la injusticia va extendiéndose en imaginarios círculos concéntricos: de la familia al sistema escolar, al mundo del trabajo y, finalmente, a la lucha política por la transformación del mundo» (Balardini 2000). De este modo, produce la excepcionalidad de los años 60: el cruce entre la puja generacional y la radicalización política e ideológica, circunstancia que se expresa en el especial protagonismo social, cultural y político de aquellos jóvenes, y que atraviesa y desafía las geografías.

Se trata de un tiempo en que los jóvenes rompen con el mundo de los padres (y con sus propios padres) y esto se ve reflejado en la política: sus referencias son sus pares, otros jóvenes que producen una nueva institucionalidad (nuevas dirigencias y organizaciones surgen aquí y allá), o bien son sus «abuelos» (Marx, Lenin, Mao, Perón, Fanon y Marcuse, entre otros). No hay «padres» que operen como referentes políticos de esta generación.

Sin embargo, los hechos no deben asimilarse a un «juvenilismo», en el sentido de una moda juvenil ausente de plataformas de ideas. Éstas, al contrario, tuvieron fuerte presencia y se fueron constituyendo como argamasa simbólica de una época. Como señala Beatriz Sarlo, «la guerrilla de los años 70, o la radicalización política, no es una aventura del sentimiento. Esa densidad ideológica es la que hay que restituir para extirpar la idea de que era una aventura juvenil».

En un texto de época, Daniel Bell señala aquello que considera el mayor de los males de su tiempo (principios de los años 70): una ampliación de demandas políticas que incluye un nuevo menú, con apetencias de servicios que mejoren la «calidad de vida» en el corazón mismo de los países capitalistas, demandas que erosionan la economía con exigencias que ponen en jaque la tasa de ganancia del capital y que, para Bell, resultan contradictorias con el desarrollo de la economía capitalista misma. Y advierte en su crítica que la política (la voluntad) es la que tracciona a la economía, y que esta circunstancia habría de generar una crisis importante. Esta formulación, expresada en el contexto de los países centrales, tendrá su correlato en la tesis sobre el «exceso de democracia», que intenta dar cuenta de la situación en los países periféricos.

Con el Estado interpelado, y en ocasiones instrumentado, por los sectores populares que exigen respuestas a sus necesidades y sus reclamos de justicia, los sectores del capital interpretan la crisis estatal que sobreviene –y sus efectos de gobernabilidad– como producto de una «sobrecarga de demandas» que debe cesar (Balardini 2000). La puja de intereses inherente a la crisis tuvo su desenlace con una salida por derecha, vía reformas liberales desarticuladoras de un Estado de Bienestar que hacía agua por todos lados, apoyada en una feroz represión y proscripción, desatadas en el marco de sucesivos golpes de Estado, bajo el paraguas de la Doctrina de la Seguridad Nacional, y con el norte puesto en los informes sobre la «crisis de gobernabilidad» producidos por Crozier y Huntington para la Comisión Trilateral. Se responde así a la movilización social y política buscando cerrar un periodo de auge de demandas y luchas populares en América Latina.

En la etapa que sobreviene, se aceleran los cambios destinados a modificar las condiciones de la esfera de la producción –mediante la robotización, la informatización y nuevos modelos de gestión– con la consiguiente disminución del número de empleos y la reducción de los salarios. La exigencia de mayores aumentos en la productividad aparece acompañada por el temor a la pérdida del empleo y la reducción de las luchas por los derechos sociales y laborales.