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¿Pueden sobrevivir las democracias sociales en el Sur globalizado?

La democracia social supone que los mercados no regulados generan niveles inaceptables de desigualdad, sufrimiento e injusticia, por lo que es necesaria una acción estatal democráticamente dirigida que redistribuya el producto y genere una sociedad más equitativa. Pero para lograr este objetivo, los países del Tercer Mundo no necesariamente deberían seguir el modelo clásico europeo. Este artículo analiza cuatro experiencias exitosas (Chile desde 1990, Costa Rica, la isla Mauricio y el estado indio de Kerala), evalúa las condiciones necesarias para la construcción de este tipo de régimen y concluye que la democracia social es posible, aunque desde luego no inevitable, en la periferia global.

¿Pueden sobrevivir las democracias sociales en el Sur globalizado?

La democracia social supone que los mercados no regulados generan niveles inaceptables de desigualdad, sufrimiento e injusticia, por lo que es necesaria una acción estatal democráticamente dirigida que redistribuya el producto y genere una sociedad más equitativa. Pero para lograr este objetivo, los países del Tercer Mundo no necesariamente deberían seguir el modelo clásico europeo. Este artículo analiza cuatro experiencias exitosas (Chile desde 1990, Costa Rica, la isla Mauricio y el estado indio de Kerala), evalúa las condiciones necesarias para la construcción de este tipo de régimen y concluye que la democracia social es posible, aunque desde luego no inevitable, en la periferia global.

Para resultar exitosas, las democracias sociales del Sur globalizado deben dirigir su curso hacia una sociedad sin pobreza o exclusión social, evitando dos utopías actuales. La primera es la fantasía neoliberal: el mercado autorregulado. Para citar las perspicaces palabras de Karl Polanyi en La gran transformación, este camino «puede resultar en la demolición de la sociedad», en tanto la humanidad sería «despojada de la cobertura protectora de las instituciones sociales». La segunda utopía, característica de algunas tendencias dentro del movimiento por la justicia global, impulsa la «desconexión» y la «relocalización» como estrategias «postcrecimiento» para lograr la sustentabilidad ambiental, una democracia de bases amplias y una comunidad genuina. En contraste, la democracia social constituye lo que Milovan Djilas, un comunista yugoslavo desilusionado, llamó con aprobación una «sociedad imperfecta». Djilas advirtió que la búsqueda de la perfección conduce al despotismo; sería mucho mejor, entonces, optar por sociedades siempre «imperfectas» –como las escandinavas–, que se esfuerzan pragmáticamente para reconciliar la libertad, la igualdad y la comunidad con las demandas de una economía de mercado.

Los defensores del mercado autorregulado han visto recientemente erosionada su hegemonía ideológica, aunque todavía son muy influyentes. Esa erosión se hizo evidente a fines de los 90, con las declaraciones de economistas como Joseph Stiglitz, ex-economista jefe del Banco Mundial, y el ex-abogado defensor de la «terapia de shock» Jeffrey Sachs. También quedó de manifiesto en la «fatiga de reformas» neoliberal en los países en vías de desarrollo, y en la crítica creciente a las prescripciones neoliberales, especialmente en América Latina. Tras esta pérdida de confianza subyace un hecho irrefutable: las reformas orientadas al mercado en la periferia mundial han producido resultados decepcionantes, y a menudo destructivos.

La segunda utopía propone la «desconexión» del capitalismo global. Sus defensores rechazan los esfuerzos por reformar la gobernanza global, alegando que los pueblos en vías de desarrollo no pueden mejorar su bienestar dentro del capitalismo. Los promotores del «postcrecimiento» o «de-crecimiento» apuntan acertadamente a los impactos destructivos sobre el ambiente del consumismo exacerbado y la expansión económica no regulada. Pero, al igual que los partidarios de la «relocalización», claman por un futuro poco realista: comunidades autosuficientes y la reducción, o incluso la eliminación, del comercio de larga distancia. No reconocen que el crecimiento económico de los países pobres puede incrementar su bienestar. Más aún, dicen poco o nada acerca de la manera en que se generarían los fondos necesarios para comprar bienes escasos en el ámbito local, o de qué forma las comunidades podrían hacer respetar los límites a las dimensiones de las empresas o al comercio de larga distancia.

Pero si los movimientos progresistas del mundo en vías de desarrollo resisten la seducción de las utopías irrealizables, ¿qué camino queda? En particular, ¿qué probabilidad de emergencia y supervivencia tienen los regímenes de democracia social, que reconcilien las exigencias de lograr el crecimiento a través de los mercados globalizados con una democracia genuina e igualdad social? Para responder esta pregunta, llevamos a cabo un análisis comparativo de cuatro casos: Kerala (un estado de la India), Costa Rica, Mauricio y Chile desde 1990. Estos regímenes de democracia social han sobrevivido por muchos años y han alcanzado registros excepcionales de desarrollo socioeconómico, en comparación con otros países de su misma región, o con otros estados del mismo país.

Estos cuatro casos no agotan la lista. En verdad, otros países de la periferia mundial han visto interrumpido su progreso social-democrático como resultado de luchas civiles de origen étnico (como Sri Lanka desde 1977), golpes de Estado (Uruguay en 1973), decadencia económica (como la Jamaica de Michael Manley), populismo y corrupción (como Venezuela en los 70 y los 80). En cambio, el Partido Comunista de la India (Marxista) ha conducido, no en el discurso, sino en la práctica, un régimen social-democrático en Bengala occidental durante 29 años. Desde 2000, una reacción extendida contra las prescripciones del libre mercado en América Latina ha llevado al poder a la izquierda democrática o cuasi democrática en varios países que suman más de las tres cuartas partes de la población de la región: Brasil, Argentina, Venezuela, Ecuador, Uruguay, Bolivia y Chile. Con excepción del populismo de izquierda de Venezuela, el caótico Ecuador y el caso de Bolivia, que recién empieza a ser puesto a prueba, los gobiernos del resto de los países han dado muestras de avanzar hacia la democracia social. Lo que une a todos estos gobiernos no es la doctrina socialista, sino la idea de que las fallidas prescripciones neoliberales deberían ser reemplazadas por políticas igualitarias y en muchos casos nacionalistas, combinadas con un papel económico central del Estado. Entre tanto, en Asia oriental la intensa competencia electoral, los movimientos populares bien organizados y la crisis económica de 1997-1998 han empujado a los gobiernos de Taiwán, Corea del Sur y el resto de los países en dirección a la democracia social. Nuestros cuatro casos esperanzadores, en consecuencia, no pueden ser interpretados como excepciones solitarias en el marco de un Sur global neoliberal.