Opinión

¿Puede una dosis de mercado salvar a la Revolución cubana?

Ni siquiera después de 52 años del triunfo de la Revolución, Cuba ha logrado hacer funcionar su economía planificada y dirigida centralmente. Los servicios sociales, alguna vez el orgullo de la Revolución, ya no son costeables y empeoran visiblemente. Entretanto, con la ineficiencia de la economía se corre el riesgo de que se produzca un progresivo distanciamiento entre el gobierno y el pueblo. La miseria está minando el pacto político que logró sostener al país durante décadas y lo fortaleció políticamente: ese pacto posrevolucionario entre la elite y el pueblo, que otorgaba lealtad política a cambio de independencia nacional, protección social y eliminación de la pobreza. Hoy está muriendo lentamente la generación que hizo la revolución y se benefició de ella. Y a la generación joven la actual economía planificada improductiva no le ofrece perspectivas de trabajo ni de consumo.

¿Puede una dosis de mercado salvar a la Revolución cubana?

Ni siquiera después de 52 años del triunfo de la Revolución, Cuba ha logrado hacer funcionar su economía planificada y dirigida centralmente. Los servicios sociales, alguna vez el orgullo de la Revolución, ya no son costeables y empeoran visiblemente. Entretanto, con la ineficiencia de la economía se corre el riesgo de que se produzca un progresivo distanciamiento entre el gobierno y el pueblo. La miseria está minando el pacto político que logró sostener al país durante décadas y lo fortaleció políticamente: ese pacto posrevolucionario entre la elite y el pueblo, que otorgaba lealtad política a cambio de independencia nacional, protección social y eliminación de la pobreza. Hoy está muriendo lentamente la generación que hizo la revolución y se benefició de ella. Y a la generación joven la actual economía planificada improductiva no le ofrece perspectivas de trabajo ni de consumo. Entretanto, bajo la superficie de la estabilidad política se está desarrollando un proceso de diferenciación de estructuras sociales que una vez fueron homogéneas. Esta evolución toca el nervio de la forma en que Cuba se ve a sí misma. Al fin y al cabo fue el propio Fidel Castro quien propagó como norma la célebre frase de Karl Marx que aparece en la Crítica del Programa de Gotha: “Cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades” (Castro 1973). Para la generación de la Revolución esta máxima debe haber tenido prácticamente el carácter de una garantía de identidad. Pero ha perdido su credibilidad. La sociedad, homogénea durante décadas, está derivando hacia una mayor diferenciación y desigualdad y, así, hacia una inestabilidad estructural. En este contexto se están poniendo en práctica reformas económicas de amplio alcance desde el verano de 2010. Si estas resultaran exitosas, el carácter del socialismo cubano cambiaría radicalmente. Por primera vez desde el fin de la Unión Soviética y del bloque de países socialistas, Cuba está transitando un camino de reformas que aspira a modificar de modo sostenible el modelo de economía administrada por el Estado y dirigida centralmente. Ya a principios de los años 90 se habían emprendido pasos más tímidos en esa dirección. En aquel momento la pérdida de las subvenciones soviéticas y de las relaciones económicas con los países del CAME (o COMECOM) llevaron, prácticamente de la noche a la mañana, a una caída de un tercio en el PIB cubano. El comercio exterior se redujo en un 80%. Las liberalizaciones, que en su momento resultaron comparativamente moderadas pero mostraron una vía de salida a la crisis, fueron revocadas nuevamente a fines de los 90 por razones ideológicas: el partido dibujó el fantasma del surgimiento de una nueva burguesía. A diferencia de lo que ocurre en la actualidad, la dirección cubana interpretaba esa crisis como consecuencia de la desaparición del bloque socialista; es decir, como algo inducido desde afuera. La crisis actual, por el contrario, es vista inconfundiblemente como consecuencia de la ineficiencia del modelo económico propio. Nadie lo dice más claro que el presidente Raúl Castro cuando alertó en su notable y más reciente discurso ante la Asamblea Nacional: “O cambiamos o nos hundimos”, añadiendo que Cuba tiene que rectificar los “errores” del actual modelo económico. Hoy se continúa a partir del punto en que las cosas se detuvieron en el Quinto Congreso del partido, pero las condiciones de partida, tras una década perdida, son claramente peores. El país está más desindustrializado, la productividad del trabajo ha bajado, la infraestructura se ha deteriorado. En los lineamientos de la política económica y social -el documento programático para el Sexto Congreso que se celebrará en abril- está nuevamente en discusión el balance entre los sectores estatal, cooperativo y privado. Al respecto no quedan dudas de que la reforma pretende salvar al socialismo, y no debilitarlo o erradicarlo. Se avanza allí en la ampliación del “trabajo por cuenta propia”: la privatización en la esfera de los oficios manuales y la pequeña empresa, así como en la producción y comercialización privada de alimentos en tierras arrendadas a largo plazo por el Estado, deben generar el cambio. Paralelamente a ello se discute la descentralización de decisiones y componentes presupuestarios en provincias y municipios. La distribución de tierras está en marcha desde hace más de dos años. Como medidas adicionales se fortalecerá al sector cooperativo y se reducirán amplias subvenciones sociales (la libreta de racionamiento, los comedores obreros, etc.). La mayor parte de la economía seguirá organizada según criterios de planificación y los principales medios de producción seguirán siendo propiedad del Estado. El leitmotiv de las reformas es el adiós al Estado paternalista. El objetivo de esa agenda es tan simple como hipotético: la fuerza laboral “liberada” en el sector estatal debe hacer bajar los costos salariales; la productividad extremadamente baja en las empresas estatales debe crecer. El sector privado que se creará, así como las cooperativas, deberá absorber la fuerza laboral y mejorar la oferta de servicios y mercancías. Mediante el pago de impuestos los nuevos empresarios deberán contribuir al mejoramiento de las finanzas estatales. En la agricultura las medidas deberán llevar a la rápida elevación de la producción para, al mismo tiempo, sustituir la importación de productos agropecuarios (la cuota de importación de Cuba se halla entre 70 y 80%) y darle así al Estado mayor libertad de movimiento desde el punto de vista financiero. Los pasos emprendidos bajo la divisa de la desestatización afectan primero el mercado laboral. Son medidas radicales y se están poniendo en práctica rápidamente. Para el 1º de abril de 2011 deben ser “liberados” medio millón de empleados en el sector estatal, para 2015 la cifra debe llegar a 1,3 millones. En vista de una población laboralmente activa de 4,9 millones de personas la reforma tiene dimensiones gigantescas. Frente a ello hay un sector privado que, según cifras oficiales, apenas ocupa a 144.000 cubanos. Esta cifra ha aumentado ya en 80.000 desde septiembre como consecuencia de las nuevas posibilidades de trabajar de forma independiente. Pero una buena parte de ellos no son más que legalizaciones de actividades que hasta ahora se efectuaban en el mercado negro. Hasta para los expertos cubanos no está claro dónde habrá de colocarse el futuro ejército de personas en busca de trabajo. Consideran muy estrecha la lista de las 178 actividades en las que se puede solicitar una licencia para ejercer el trabajo por cuenta propia y exigen la ampliación a profesiones más modernas y académicas. Se debate, además, la necesidad de un paquete adicional vinculado a la creación de un sector industrial y de pequeñas empresas operativos (líneas de crédito, regulaciones sobre impuestos y cuotas sociales, disposiciones sobre importaciones, etc.). La relevancia de este asunto tan central para el éxito del proyecto reformador está ausente en el documento. Parece que ciertas resistencias internas son las responsables de ello, según dejó claro Raúl Castro en el discurso de diciembre mencionado al instar a los escépticos en el partido y en la dirección política a cambiar de mentalidad o renunciar a sus cargos. Además de la mentalidad obstinada en bloquear las reformas que existe en la burocracia partidista y estatal, el mayor problema para una puesta en práctica exitosa de las medidas esbozadas podría hallarse no en su radicalidad sino en la falta de preparación de la población. Durante décadas los cubanos se han acostumbrado a ser atendidos desde la cuna hasta la tumba por un Estado paternalista que reclamaba siempre disciplina revolucionaria en respuesta. No se demandaba iniciativa y responsabilidad propias, o se desconfiaba de ellas. Y ahora, de la noche a la mañana, muchos de ellos deben convertirse en empresarios independientes. Es por eso que los cubanos, por el momento, no parecen saber a ciencia cierta si deben alegrarse por las reformas o temerlas. Hay que esperar para saber si la población está dispuesta a – y en condiciones de – aportar también en circunstancias legales su competencia organizativa y su talento de improvisación demostrados en el mercado negro. No es seguro que los incentivos existentes hasta ahora alcancen para generar la dinámica deseada y salvar así a la Revolución o lo que queda de ella. Puede suceder también que la irresponsabilidad burocrática y la preponderancia del control político ahoguen la iniciativa y la disposición a arriesgarse, ambas necesarias para el éxito de las medidas. En cualquier caso, el proceso de reformas iniciado ofrece dimensiones que lo hacen comparable a los inicios de la reforma en China o Vietnam. Cuba se dirige, al igual que estos modelos asiáticos, por el camino de una reforma bajo estricto control del partido. Al mismo tiempo se destaca que no se copiará ningún modelo sino que se buscará un camino propio hacia el nuevo orden. En este marco, el alerta de Fidel Castro en 2005, cuando dijo que la Revolución solo puede ser vencida desde adentro, resulta cada vez más profético,. Para evitarlo y vencer la actual crisis se necesita de parte del actual liderazgo cubano fantasía, valor y confianza en la propia población. ¿Acaso no fueron esas las premisas para el éxito de la revolución en 1959?

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