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Postzapatismo. Identidades y culturas políticas juveniles y universitarias en México

Con la aparición del Movimiento #YoSoy132 en 2012, se hace evidente el desdibujamiento del zapatismo en las identidades políticas juveniles y estudiantiles en México. La nueva generación de activistas no buscó vincularse con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (ezln) ni reivindicó explícitamente la cultura política del zapatismo civil y urbano. Al mismo tiempo, en la medida en que el zapatismo anunció y marcó un giro en los formatos de la acción colectiva, que posteriormente se generalizaron en el ciclo abierto por los movimientos altermundistas, no dejan de encontrarse elementos de continuidad. Frente a la ausencia de otro referente articulador, el autor sugiere la posibilidad de hablar de un «escenario postzapatista».

Postzapatismo. Identidades y culturas políticas juveniles y universitarias en México

A mediados de 2005, el zapatismo lanzó –con la Sexta Declaración de la Selva Lacandona– la denominada «Otra Campaña», mediante la cual buscó una expansión del movimiento como un punto de articulación –«desde abajo y a la izquierda»– de las organizaciones políticas y sociales más combativas; de esa manera, se diferenciaba explícitamente del entonces candidato progresista a la Presidencia, Andrés Manuel López Obrador, cuya campaña parecía llevarlo a la victoria en las elecciones, dados los amplios apoyos sociales conseguidos. Pero el temprano fracaso y la disolución de hecho de esta iniciativa –y con ella, del proyecto de expansión y arraigo del llamado «zapatismo civil»– dejaron un vacío en la izquierda mexicana y provocaron la dispersión de una generación de militantes y simpatizantes surgidos en el ciclo expansivo e intensivo del zapatismo entre 1994 –año de la insurrección en Chiapas– y 2001.

El fracaso del proyecto de ampliar la influencia del zapatismo hacia otros territorios y sectores se vuelve más visible en tanto que, en 2012, la emergencia del movimiento #YoSoy132 sancionó un pasaje epocal y generacional en las culturas políticas juveniles. En esta nueva experiencia de movilización y politización estudiantil, se desvaneció definitivamente la centralidad del referente zapatista y se abrió una etapa que –amén de otras posibles definiciones que enfaticen sus rasgos novedosos– podemos llamar «postzapatista». Si bien, como siempre ocurre en la articulación entre continuidad y ruptura de todo proceso histórico, algunos principios y formas inaugurados por el zapatismo se mantienen y prolongan, hay que registrar que se diluyeron y volatilizaron la identidad y la referencia directa al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), que había sido una constante entre 1994 y 2001 y, aunque en forma menos extendida y profunda, hasta 2006.

A lo largo de las siguientes páginas desagregaremos esta hipótesis de la crisis histórica del zapatismo juvenil y estudiantil y su correlato: el hecho de que #YoSoy132 se colocó como parteaguas entre distintos momentos de la historia de los movimientos sociales y de las culturas políticas antisistémicas en México. Finalmente, la rápida evaporación de #YoSoy132 deja abierto un escenario que, en ausencia de otros referentes y de otros puntos de articulación, es oportuno definir como «postzapatista», para englobar así las tres tendencias que queremos destacar: el fin de la centralidad zapatista, su prolongamiento difuso y la ausencia de un nuevo paradigma.

I. Entre 1994 y 2001 con gran intensidad y amplitud, y hasta 2006 de forma más esporádica y laxa, los procesos de participación y politización juveniles, estudiantiles y, en particular, universitarios, estuvieron marcados por el sello de la estrella roja zapatista e inspirados por los comunicados y las palabras del Subcomandante Insurgente Marcos. Desde las primeras movilizaciones posteriores al levantamiento de 1994, toda una generación de estudiantes y jóvenes mexicanos se formó y forjó políticamente en el contexto de las iniciativas del EZLN o de acciones de solidaridad con las comunidades zapatistas. Podríamos llamarla, desde la óptica de los movimientos y las culturas políticas antisistémicas, la «década zapatista», una década corta o larga, según incluyamos o no los años 2001-2005, un periodo de transición marcado por el reflujo de las luchas y el ensimismamiento del EZLN, que empezó a modificar su relación con el escenario político nacional y su capacidad y voluntad de convocatoria e influencia social y política. Después de la Marcha del Color de la Tierra de 2001, los principales partidos políticos –incluida la mayoría del Partido de la Revolución Democrática (PRD)– desconocieron los Acuerdos de San Andrés, que daban forma a una serie de derechos y de ámbitos de ejercicio de la autonomía a los pueblos indígenas. El EZLN dio entonces por cerrada la vía del diálogo institucional, y con ella, la apertura hacia la «sociedad civil» y la táctica de las iniciativas y las movilizaciones públicas y de alcance mediático. De ese modo, el zapatismo se replegó, se volteó hacia adentro y optó por el silencio1.

A lo largo de estos años, con las altas y bajas propias de las coyunturas, pero con la persistencia de la sedimentación en la cultura política, en la juventud urbana y particularmente en la universitaria, las referencias al EZLN fueron constantes y directas. Las formas de ser zapatistas eran variadas pero todas contenían elementos identitarios, estructurantes de culturas políticas que se ramificaban alrededor de un tronco común. Además del núcleo duro que alguna vez se aglutinó en el Frente Zapatista de Liberación Nacional (FZLN) y de agrupaciones claramente zapatistas y estudiantiles como Jóvenes en Resistencia Alternativa (JRA) o el Colectivo Estudiantil Metropolitano (CEM)2, también había grupos que asumían o mantenían denominaciones distintas (sociales, culturales o políticas; por ejemplo, anarquistas, socialistas, comunistas e inclusive perredistas) para los cuales el zapatismo constituía un referente cultural y una identidad política que podía ser primaria o secundaria, pero que raras veces estaba ausente. Un movimiento emblemático de la década zapatista fue la huelga en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) de 1999-20003. Entonces se pudo apreciar que, aun cuando solo algunos grupos de activistas eran militantes del FZLN, un zapatismo difuso –que era interpretado y vivido de diversas maneras– permeaba todo el movimiento, además de que fueron varios los contactos directos de los huelguistas con el EZLN y en varias ocasiones Marcos asumió posturas a lo largo del conflicto4.

Es sabido que, en medio del repliegue de los movimientos antisistémicos y la resubalternización provocada por el neoliberalismo, el zapatismo volvió a despertar en los imaginarios juveniles, tanto mexicano como mundial, ideales de rebeldía que se sumaban y a veces sustituían los símbolos del izquierdismo revolucionario clásico y contemporáneo. El radicalismo antisistémico de los años 90, que volvió a cobijar la emergencia de subjetividades políticas antagonistas, forjadas en el conflicto y proyectadas hacia horizontes emancipatorios, se moldeó en los marcos del zapatismo y adquirió una serie de características –defensa de la horizontalidad, rechazo a la toma del poder, uso intensivo de los medios de comunicación alternativos– cuyos ecos, como lo mencionaremos más adelante, siguen resonando en la actualidad. En estos años en los cuales el zapatismo era un sustantivo ideológico difuso y un ámbito privilegiado de formación militante, cinco adjetivos lo acompañaban, entrecruzándose y superponiéndose: se hablaba tanto de zapatismo civil como de zapatismo urbano, juvenil, estudiantil y universitario. Si bien no se distinguían en los discursos que circulaban en los ambientes militantes, se podía inferir que cada uno de los niveles contenía al siguiente, y los últimos dos, el estudiantil y el universitario, fueron una expresión particularmente viva y densa del zapatismo como nueva cultura política y nuevo cauce de formación y educación militante. Podemos entonces hablar de «generación zapatista», en tanto una entera generación de activistas y militantes se forjó al calor de las movilizaciones convocadas o inspiradas por el EZLN y asumió, de distintas maneras, una forma de ser zapatista.

  • 1. Los caracoles y las juntas de buen gobierno –instituciones de autogobierno local en la región de Chiapas– serán desde 2003 las expresiones del repliegue y de una laboriosa pero tendencialmente exitosa construcción de la autonomía en los hechos. Antes de la reaparición en la escena política nacional, con la Sexta Declaración de la Selva Lacandona y el arranque de La Otra Campaña en 2005, solo habrá espacio para una salida pública en buena medida autorreferencial: la campaña «20 y 10, El Fuego y la Palabra», realizada en 2003, que conmemoraba los diez años del levantamiento y los 20 de la fundación del ezln.
  • 2. jra surgió en 2001 a partir de la fusión de diversos colectivos universitarios; el cem, por su parte, acentuó su vínculo con el zapatismo a partir de La Otra Campaña. En un inicio, la participación juvenil y el primer acercamiento al ezln fueron protagonizados por estudiantes ligados al Consejo Estudiantil Universitario (ceu), muchos de los cuales también eran cercanos al cardenismo y al prd y se alejaron definitivamente del zapatismo en coincidencia con la llegada del prd al gobierno del df en 1997 y con la decisión del fzln –en su fundación– de no aceptar la doble militancia.
  • 3. Sobre la huelga –que comenzó contra la propuesta de introducir cuotas (aranceles) y que derivó en un gran movimiento con resonancia nacional–, existen varios textos pero ninguno aborda explícitamente el papel y el lugar del zapatismo. V., por ejemplo, Hortensia Moreno y Carlos Amador: unam: la huelga del fin del mundo, Planeta, México, 1999; María Rosas: Plebeyas batallas, Era, México, 2001; José Enrique González Ruiz et al.: Enseñanzas de la juventud rebelde del movimiento estudiantil popular, 1999-2005, uacm, México, df, 2008; y, más recientemente, aavv: Huelga: la rebelión de los paristas, La Guillotina, México, df, 2011.
  • 4. En la primera etapa de la huelga, los militantes del Frente Zapatista actuaron por separado; solo posteriormente, por convocatoria explicita del S.I. Marcos, se reagruparon, cuando ya la polarización entre «moderados» y «ultras» había perjudicado las dinámicas asamblearias, el proceso de toma de decisiones y, con ello, la imagen del Consejo General de Huelga.