Tema central

Postzapatismo. Identidades y culturas políticas juveniles y universitarias en México

Con la aparición del Movimiento #YoSoy132 en 2012, se hace evidente el desdibujamiento del zapatismo en las identidades políticas juveniles y estudiantiles en México. La nueva generación de activistas no buscó vincularse con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (ezln) ni reivindicó explícitamente la cultura política del zapatismo civil y urbano. Al mismo tiempo, en la medida en que el zapatismo anunció y marcó un giro en los formatos de la acción colectiva, que posteriormente se generalizaron en el ciclo abierto por los movimientos altermundistas, no dejan de encontrarse elementos de continuidad. Frente a la ausencia de otro referente articulador, el autor sugiere la posibilidad de hablar de un «escenario postzapatista».

Postzapatismo. Identidades y culturas políticas juveniles y universitarias en México

A mediados de 2005, el zapatismo lanzó –con la Sexta Declaración de la Selva Lacandona– la denominada «Otra Campaña», mediante la cual buscó una expansión del movimiento como un punto de articulación –«desde abajo y a la izquierda»– de las organizaciones políticas y sociales más combativas; de esa manera, se diferenciaba explícitamente del entonces candidato progresista a la Presidencia, Andrés Manuel López Obrador, cuya campaña parecía llevarlo a la victoria en las elecciones, dados los amplios apoyos sociales conseguidos. Pero el temprano fracaso y la disolución de hecho de esta iniciativa –y con ella, del proyecto de expansión y arraigo del llamado «zapatismo civil»– dejaron un vacío en la izquierda mexicana y provocaron la dispersión de una generación de militantes y simpatizantes surgidos en el ciclo expansivo e intensivo del zapatismo entre 1994 –año de la insurrección en Chiapas– y 2001.

El fracaso del proyecto de ampliar la influencia del zapatismo hacia otros territorios y sectores se vuelve más visible en tanto que, en 2012, la emergencia del movimiento #YoSoy132 sancionó un pasaje epocal y generacional en las culturas políticas juveniles. En esta nueva experiencia de movilización y politización estudiantil, se desvaneció definitivamente la centralidad del referente zapatista y se abrió una etapa que –amén de otras posibles definiciones que enfaticen sus rasgos novedosos– podemos llamar «postzapatista». Si bien, como siempre ocurre en la articulación entre continuidad y ruptura de todo proceso histórico, algunos principios y formas inaugurados por el zapatismo se mantienen y prolongan, hay que registrar que se diluyeron y volatilizaron la identidad y la referencia directa al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), que había sido una constante entre 1994 y 2001 y, aunque en forma menos extendida y profunda, hasta 2006.

A lo largo de las siguientes páginas desagregaremos esta hipótesis de la crisis histórica del zapatismo juvenil y estudiantil y su correlato: el hecho de que #YoSoy132 se colocó como parteaguas entre distintos momentos de la historia de los movimientos sociales y de las culturas políticas antisistémicas en México. Finalmente, la rápida evaporación de #YoSoy132 deja abierto un escenario que, en ausencia de otros referentes y de otros puntos de articulación, es oportuno definir como «postzapatista», para englobar así las tres tendencias que queremos destacar: el fin de la centralidad zapatista, su prolongamiento difuso y la ausencia de un nuevo paradigma.

I. Entre 1994 y 2001 con gran intensidad y amplitud, y hasta 2006 de forma más esporádica y laxa, los procesos de participación y politización juveniles, estudiantiles y, en particular, universitarios, estuvieron marcados por el sello de la estrella roja zapatista e inspirados por los comunicados y las palabras del Subcomandante Insurgente Marcos. Desde las primeras movilizaciones posteriores al levantamiento de 1994, toda una generación de estudiantes y jóvenes mexicanos se formó y forjó políticamente en el contexto de las iniciativas del EZLN o de acciones de solidaridad con las comunidades zapatistas. Podríamos llamarla, desde la óptica de los movimientos y las culturas políticas antisistémicas, la «década zapatista», una década corta o larga, según incluyamos o no los años 2001-2005, un periodo de transición marcado por el reflujo de las luchas y el ensimismamiento del EZLN, que empezó a modificar su relación con el escenario político nacional y su capacidad y voluntad de convocatoria e influencia social y política. Después de la Marcha del Color de la Tierra de 2001, los principales partidos políticos –incluida la mayoría del Partido de la Revolución Democrática (PRD)– desconocieron los Acuerdos de San Andrés, que daban forma a una serie de derechos y de ámbitos de ejercicio de la autonomía a los pueblos indígenas. El EZLN dio entonces por cerrada la vía del diálogo institucional, y con ella, la apertura hacia la «sociedad civil» y la táctica de las iniciativas y las movilizaciones públicas y de alcance mediático. De ese modo, el zapatismo se replegó, se volteó hacia adentro y optó por el silencio1.

A lo largo de estos años, con las altas y bajas propias de las coyunturas, pero con la persistencia de la sedimentación en la cultura política, en la juventud urbana y particularmente en la universitaria, las referencias al EZLN fueron constantes y directas. Las formas de ser zapatistas eran variadas pero todas contenían elementos identitarios, estructurantes de culturas políticas que se ramificaban alrededor de un tronco común. Además del núcleo duro que alguna vez se aglutinó en el Frente Zapatista de Liberación Nacional (FZLN) y de agrupaciones claramente zapatistas y estudiantiles como Jóvenes en Resistencia Alternativa (JRA) o el Colectivo Estudiantil Metropolitano (CEM)2, también había grupos que asumían o mantenían denominaciones distintas (sociales, culturales o políticas; por ejemplo, anarquistas, socialistas, comunistas e inclusive perredistas) para los cuales el zapatismo constituía un referente cultural y una identidad política que podía ser primaria o secundaria, pero que raras veces estaba ausente. Un movimiento emblemático de la década zapatista fue la huelga en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) de 1999-20003. Entonces se pudo apreciar que, aun cuando solo algunos grupos de activistas eran militantes del FZLN, un zapatismo difuso –que era interpretado y vivido de diversas maneras– permeaba todo el movimiento, además de que fueron varios los contactos directos de los huelguistas con el EZLN y en varias ocasiones Marcos asumió posturas a lo largo del conflicto4.

Es sabido que, en medio del repliegue de los movimientos antisistémicos y la resubalternización provocada por el neoliberalismo, el zapatismo volvió a despertar en los imaginarios juveniles, tanto mexicano como mundial, ideales de rebeldía que se sumaban y a veces sustituían los símbolos del izquierdismo revolucionario clásico y contemporáneo. El radicalismo antisistémico de los años 90, que volvió a cobijar la emergencia de subjetividades políticas antagonistas, forjadas en el conflicto y proyectadas hacia horizontes emancipatorios, se moldeó en los marcos del zapatismo y adquirió una serie de características –defensa de la horizontalidad, rechazo a la toma del poder, uso intensivo de los medios de comunicación alternativos– cuyos ecos, como lo mencionaremos más adelante, siguen resonando en la actualidad. En estos años en los cuales el zapatismo era un sustantivo ideológico difuso y un ámbito privilegiado de formación militante, cinco adjetivos lo acompañaban, entrecruzándose y superponiéndose: se hablaba tanto de zapatismo civil como de zapatismo urbano, juvenil, estudiantil y universitario. Si bien no se distinguían en los discursos que circulaban en los ambientes militantes, se podía inferir que cada uno de los niveles contenía al siguiente, y los últimos dos, el estudiantil y el universitario, fueron una expresión particularmente viva y densa del zapatismo como nueva cultura política y nuevo cauce de formación y educación militante. Podemos entonces hablar de «generación zapatista», en tanto una entera generación de activistas y militantes se forjó al calor de las movilizaciones convocadas o inspiradas por el EZLN y asumió, de distintas maneras, una forma de ser zapatista.

La noción de «zapatismo civil» circuló ampliamente para diferenciar el carácter armado del EZLN de las movilizaciones pacíficas de sus simpatizantes. La expresión surgió de la boca del propio S.I. Marcos, quien en una célebre entrevista con Yvon Le Bot en 1997 planteó la idea del zapatismo como pretexto, indicando que, al lado del zapatismo armado, surgía lo que llamó «zapatismo civil» y un «zapatismo social», además de un «zapatismo internacional»5. La distinción entre «armado» y «civil» fue una fórmula de los primeros años en los cuales el S.I. Marcos y el EZLN abrieron el diálogo con la «señora sociedad civil», asumiendo con optimismo el apoyo de diversos sectores, respetando este pluralismo y confiando en las mediaciones hacia la esfera institucional, en particular en el PRD. Por otro lado, la organización interna del FZLN, la expresión más orgánica del zapatismo civil, se estructuró en función de «comités civiles de diálogo»6.

La fórmula «zapatismo urbano», que se usaba en ambientes militantes, figura explícitamente en un breve texto de John Holloway en el cual, por medio de la idea de resonancia –tomada de un discurso del S.I. Marcos–, plantea la extensión de una forma zapatista de hacer política, polarmente antitética a la del izquierdismo clásico, antipartidaria, antivanguardista y contraria a la toma del poder, comunitaria y consejista, cuyo desafío central es «el desafío de la autonomía»7. Además de los colectivos zapatistas europeos, inspirados por el autonomismo italiano, no casualmente fue en la Argentina rebelde e insurrecta de los piqueteros y las asambleas barriales del 19 y 20 de diciembre de 2001 y de las fábricas recuperadas donde la irradiación del referente zapatista fue acompañada de una reflexión más profunda sobre el ser zapatista en las selvas metropolitanas8. II. La aparición del movimiento #YoSoy132 alrededor de las elecciones presidenciales de 2012 marca una ruptura y una discontinuidad con el pasado. El movimiento se origina en las protestas de estudiantes de la Universidad Iberoamericana (una de las más caras del país) contra la parcialidad informativa de las grandes cadenas (Grupo Televisa y Televisión Azteca) en favor del postulante del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Enrique Peña Nieto. El 11 de mayo de ese año, varios estudiantes recibieron al candidato con máscaras del ex-presidente Carlos Salinas de Gortari (símbolo de la era neoliberal) y pancartas alusivas a la represión en San Salvador Atenco, ocurrida seis años antes. Varios estudiantes increparon a la entonces nueva cara del PRI (partido que, tras haber sido desplazado en 2000 del poder que ocupó por siete décadas, se alistaba para retornar a la Presidencia). Las protestas fueron filmadas con teléfonos celulares y circularon ampliamente en las redes sociales. 131 universitarios filmaron un video en el que mostraban sus credenciales para refutar la acusación del PRI de que eran «falsos estudiantes» y utilizaron las etiquetas (hashtags) #yotambiénsoy131 y #somosmásde131, hasta que derivó en #YoSoy132, que sintetizó a todos los nuevos adherentes. Así se constituyó un enorme movimiento social contra los grandes medios y el candidato del PRI, que incluyó movilizaciones, cerco a algunas cadenas, campañas por el «voto informado», plataformas contra el fraude y otras formas de acción colectiva.

Entretanto, la coyuntura electoral fue el contexto de la parábola rápidamente descendente de La Otra Campaña, cuando no prosperó el intento de federar, detrás del liderazgo del S.I. Marcos, distintas experiencias de lucha a lo largo y a lo ancho de México. Del mismo modo que el Congreso Nacional Indígena en el mundo campesindio, La Otra Campaña trataba de vertebrar y articular las numerosas expresiones de resistencia que sostenían, inspirados en el zapatismo, los más diversos colectivos urbanos, general y tendencialmente juveniles y universitarios o en los cuales la presencia juvenil era significativa. En este sentido, la propuesta de la Sexta Declaración venía a sustituir y rebasar al FZLN –que, en efecto, fue disuelto inmediatamente–, en un intento de ampliar y consolidar el campo del zapatismo civil, no solo como brazo político del EZLN sino como una organización con fuerza y empuje propios –cualidades que el FZLN nunca tuvo, por decisión del mismo EZLN–. El resultado de esta iniciativa es conocido. Después de un arranque prometedor, en el cual La Otra Campaña logró abrir un diálogo entre múltiples y diversas experiencias de lucha9, el cálculo equivocado y la intempestividad de una campaña simultánea y declaradamente contrapuesta a la de López Obrador y la coalición que lo apoyaba condujeron primero al aislamiento, posteriormente a la marginalidad y, finalmente, a la disolución de prácticamente toda forma de zapatismo civil organizado. Si bien esto no significó la desaparición de una herencia cultural del zapatismo de la cual subsisten referencias difusas, en 2006 se cierra un ciclo histórico. El vacío que La Otra Campaña quería llenar quedó desocupado y el proyecto de una federación que revirtiera el carácter grupuscular de las izquierdas anticapitalistas mexicanas se quedó solo en las letras de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona.

La emergencia del movimiento #YoSoy132 puede explicarse, entre otras cosas, a partir de la caracterización de la coyuntura de 2012 en comparación con la de 2006. En 2006, el escenario político estaba en ebullición y el campo opositor ofrecía dos opciones reales de militancia –el movimiento obradorista y La Otra Campaña zapatista–, que sostenían e impulsaban, con apuestas estratégicas distintas y con diversos alcances de masas, una embestida antineoliberal en sintonía con los empujes que, en otras partes de América Latina, habían logrado producir un cambio de época, modificando sustancialmente la correlación de fuerzas a favor del campo popular. La candidatura progresista de López Obrador era el centro de todo el proceso, a punto tal que, desafortunadamente, la misma Otra Campaña se adelantó a los tiempos y, asumiendo que ya había ganado, lo declaró prematuramente el enemigo principal y apostó a diferenciarse hacia la izquierda, empecinándose en denunciar las miserias del candidato y sus aliados antes de asegurarse de que fueran derrotadas las derechas neoliberales y conservadoras.

Después vino el fraude electoral, y de la supuesta victoria progresista que abriría el camino institucional, con todas sus aristas conservadoras, se pasó a la movilización democrática en defensa del voto. Pero La Otra Campaña, aun reconociendo el fraude, descalificó esta movilización y no quiso ver, entre las mediaciones y los intereses partidarios, genuinos procesos de indignación popular que se agrupaban detrás del liderazgo carismático de López Obrador, amén de sus alianzas y de los círculos partidarios que lo rodeaban.

Desde su agitada toma de posesión, el gobierno de Felipe Calderón, para atrincherarse en búsqueda de la legitimidad perdida, lanzó la tristemente famosa «guerra contra el narco», que no solo le proporcionó al gobierno una plataforma defensiva, sino que le permitió desplazar totalmente el debate neoliberalismo-antineoliberalismo-posneoliberalismo, ahogándolo en la sangre de una guerra civil que se constituyó en el tema y el problema central y reconfiguró el escenario nacional y la correlación de fuerzas que lo define. En este contexto de luchas defensivas, no solo de derechos humanos sino también socioambientales y laborales10, y a pesar de mantenerse en pie e inclusive de avanzar en la organización de su movimiento, López Obrador no alcanzó a constituirse en una alternativa susceptible de alcanzar la mayoría relativa necesaria para ganar las elecciones. El obradorismo no despertaba ni despierta grandes entusiasmos en el sector juvenil y universitario, aun cuando existen sectores que se adhirieron y se mantienen en o alrededor del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), la organización que reúne a los simpatizantes de López Obrador y que actualmente busca constituirse en partido político con vistas a las elecciones de medio término de 2015.

Aun cuando en sus inicios contó con una significativa y entusiasta participación juvenil y universitaria, tampoco el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, encabezado por Javier Sicilia en defensa de las víctimas de la violencia armada, logró ser una alternativa para activar y politizar a una generación que, a diferencia de la del Consejo Estudiantil Universitario y del cardenismo entre 1986 y 1988 y la del zapatismo y las huelgas de la UNAM, no había vivido experiencias propias o que sintiera como tales. Ya desde 2001, después de la Marcha del Color de la Tierra y sobre todo por el contragolpe anímico de la agridulce huelga de la UNAM de 1999-2000, la militancia y la participación de los jóvenes universitarios había tendido a disminuir.

Así que el movimiento #YoSoy132 nació insertándose en este impasse histórico y en el vacío de identidades y referentes políticos.

III. El #YoSoy132 se presentó repentinamente como un acontecimiento espectacular incrustado en una coyuntura crucial, y se legitimó y se mostró como políticamente correcto por ser juvenil, espontáneo, desinteresado en el poder, con un tinte educado y de clase media y, más aún, apartidista en una república partidocrática en pleno proceso electoral. Además, puso en el centro de su dinámica y su capacidad de convocatoria las redes sociales y fue inmediatamente asociado a una serie de movimientos recientes («primavera árabe», indignados españoles, Occupy Wall Street), lo que lo colocó en la cresta de una oleada mundial11.

En otro artículo sintetizamos la trayectoria del movimiento #YoSoy132 y esbozamos algunos elementos para su caracterización12; en esta oportunidad, vamos a centrar la atención en un aspecto específico: el #YoSoy132 como manifestación del fin del ciclo de la generación zapatista y como inicio de una etapa postzapatista de movilización y politización juvenil y universitaria.

En efecto, un cierre de época, como cualquier corte histórico, puede reconocerse y apreciarse plenamente solo a partir de la apertura de otro proceso, evidenciando la discontinuidad sin perder de vista la continuidad. La etapa inaugurada por el movimiento #YoSoy132 supera, incorpora y volatiliza la experiencia del zapatismo universitario. Las nociones de volatilización o sublimación –tomadas en préstamo de la química– son las que mejor expresan el pasaje de la identidad zapatista de una forma concreta y sólida a una evanescente, gaseosa y difusa. Esgrimiré brevemente, a modo de demostración, dos tesis contrapuestas que articulan la idea anterior. La primera es que el #YoSoy132 no es zapatista; la segunda es que, de alguna manera, secundariamente, sí lo es.

El #YoSoy132 no fue zapatista en tanto no hay una filiación, una herencia ni una referencia directa al EZLN ni al zapatismo en general. Sin duda, existió simpatía y profundo respeto por las comunidades autónomas en territorio zapatista y se consideraba que el movimiento era parte importante de las resistencias actualmente en curso en México. Tampoco se negó la relevancia del levantamiento de 1994 ni la trascendencia del EZLN a escala nacional e internacional como un acontecimiento fundamental de la historia de los movimientos antisistémicos tras la caída del Muro de Berlín. Al mismo tiempo, justamente en este tipo de reconocimientos se nota que una de las dimensiones relevantes de la irrupción del zapatismo –su versión civil, urbana y juvenil– no tiene continuidad histórica directa ni aparece en el escenario en el que se mueve y piensa el #YoSoy132.

En los documentos elaborados por el #YoSoy132 no aparecen, en efecto, rastros de un vínculo real ni ideal fuerte con el EZLN. Confirma esta distancia, que parece ser más histórica que política, la percepción y la imagen de los zapatistas que se translucen en las entrevistas realizadas por Gloria Muñoz y el equipo de Desinformémonos –quienes vienen directamente de y siguen adscribiéndose a La Otra Campaña–, donde los estudiantes mencionan solo una vez a los zapatistas en relación con las luchas autonómicas, junto a Cherán y Ostula –movimientos de organización de policías comunitarias en zonas indígenas–13 y la única alusión a La Otra Campaña es su inclusión en una lista de grupos potencialmente cercanos, junto con grupos anarquistas, socialistas y comunistas14. Estas menciones enumeran luchas próximas y posibles aliados, es decir, marcan una cercanía pero establecen una distancia, una diferencia. El #YoSoy132 no es ni se define como zapatista; reconoce y respeta al EZLN –al que visualiza como un movimiento indígena y comunitario y como una referencia histórica–, pero ni siquiera lo coloca jerárquicamente en la cima de una lista de aliados naturales o de ejemplos de lucha.

Tampoco en las reuniones y asambleas posteriores a los comunicados del EZLN de enero y febrero de 2013, donde el propio Marcos aludió en forma positiva y elogiosa en una posdata al movimiento #YoSoy132 y posteriormente volvió a mencionarlo en otro texto titulado «Ellos y nosotros»15, se notó algún giro que implicara un reconocimiento o un acercamiento mayor hacia el zapatismo o un interés en la anunciada reactivación de La Otra Campaña, ahora bajo el nombre de La Sexta.

Asistimos por lo tanto a un redimensionamiento del zapatismo que da cuenta de su reducción a la dimensión indígena comunitaria y de su repliegue de los vastos ámbitos urbanos, y particularmente estudiantiles, en los cuales en el pasado estaba firmemente plantado. Por otro lado –y este es un punto central de nuestra argumentación–, los integrantes del #YoSoy132 no reconocieron la existencia en el México actual de un zapatismo juvenil, urbano y civil, ya que este desapareció o se redujo a expresiones mínimas, políticamente imperceptibles, sin aparente capacidad expansiva ni de renovación generacional.

En la fisonomía múltiple y pluralista del #YoSoy132 no apareció una vertiente explícita o declaradamente zapatista. En un interesante ejercicio analítico sobre la configuración interna del movimiento, César Enrique Pineda –quien, por cierto, viene de una larga trayectoria de militancia en el zapatismo urbano y juvenil, como fundador y dirigente de JRA– distingue ocho posiciones políticas, entre las cuales figuran la liberal-progresista, la obradorista, los grupos de orientación socialista revolucionaria, los «indignados» y otras más16. Señala con acierto que «aunque en el ambiente se percibe una amplia simpatía con los pueblos indios y sus luchas, lo cierto es que las posiciones autonomistas y libertarias son reducidas o minoritarias» y no influyen en la orientación del movimiento, lo cual contrasta con el pasado reciente. La mayoría de los jóvenes de #YoSoy132 parecen adscribirse en efecto a esta macroidentidad que desde hace unos años se define como «indignados», un conjunto variado de expresiones de resistencia y protesta frente al estado actual de las sociedades capitalistas contemporáneas, sin referentes ideológicos ni organizacionales claros, a veces contradictorias y en general desconfiadas frente a toda mediación política o liderazgo17.

Por otra parte, el mismo autor, quien fue además activista del movimiento, formula una crítica al extremo horizontalismo y asambleísmo, no solo por la vertiginosa rotación de los portavoces sino por un pluralismo radical que asumía un archipiélago de grupos y corrientes, ninguno capaz de volverse hegemónico ni de plantearse alianzas estables en esa dirección. En efecto, la fragmentación interna fue y es vicio y virtud del #YoSoy132. La autonomía de las asambleas permitió operar con libertad, mostrando un dinamismo impresionante que hubiera sido frenado por la construcción de consenso y unanimidad18; pero al mismo tiempo, como señala Pineda, esto se transformó en «descoordinada polifonía de la pluralidad de asambleas» y «pulverización del mensaje público».

En este contexto se pueden entender los enfrentamientos del 1º de diciembre de 2012, en ocasión de la toma de posesión del presidente Peña Nieto, en los cuales, además de la desmedida represión policiaca y de las evidentes provocaciones de los infiltrados, hubo un relativamente inédito desborde de violencia por parte de algunos grupos de estudiantes. Más allá de la explícita militancia anarquista de algunos, otros simplemente manifestaron su rabia e indignación por medio de la confrontación con la policía, además de mediante la destrucción y el saqueo de algunas tiendas. En este episodio se notó claramente la falta de coordinación y de contención política dentro del movimiento, y la espontaneidad que suele ser virtuosa también cobijó actos censurables y contraproducentes.

En el pasado reciente, esto no solía ocurrir o era contenido y limitado a su mínima expresión. En el campo de la politización juvenil y estudiantil, la disolución del referente zapatista y la falta de presencia de la izquierda institucional no son compensadas por una difusión de la cultura política y la disciplina de la cual son portadores los grupúsculos de izquierda revolucionaria, los cuales aprovecharon el vacío pero no pudieron ocupar un espacio tan amplio. El protagonismo y la visibilidad de los grupos anarquistas o de franjas anarquizantes son el reflejo de este vacío y de la pérdida de horizontes políticos, y no una tendencia o un giro epocal como sugiere, por ejemplo, Richard Day, quien teoriza y exalta el ascenso del anarquismo en los que llama «nuevos-nuevos movimientos sociales»19.

Así, los códigos de comportamiento político están en plena reconfiguración y redefinición y apenas se pueden percibir algunas tendencias, que parecen apuntar hacia una diáspora en la cual pueden proliferar, en medio de muchas manifestaciones creativas, varias derivas, entre las cuales están los excesos de violencia callejera y un déficit de coordinación política.

IV. El diagnóstico duro de la desaparición o el desdibujamiento de la identidad y la cultura política zapatista juvenil y universitaria remite a la ausencia de formas explícitas y organizadas, aunque, al mismo tiempo, haya que matizar el argumento, en la medida en que reconocer la volatilización de este zapatismo no implica afirmar su simple desaparición, sino plantear una suerte de difuminación de su legado histórico, que abre la posibilidad de traducirlo o prolongarlo bajo otras formas y denominaciones.

En efecto, en la difusión de formas que el EZLN inauguró y de las cuales fue pionero, en el #YoSoy132 aparecen expresiones zapatistas no nominales ni identitarias, resonancias que evocan el zapatismo sin remitir explícitamente a él.

El #YoSoy132 fue parte de un proceso mundial, de un ciclo de movimientos inaugurado simbólicamente por el propio levantamiento en Chiapas en 1994, con su capacidad de irradiación simbólica, y por la creación de una tupida red de apoyo, que pasó por el altermundismo y sigue, en tiempos más recientes, con los llamados «indignados» en diversas partes del globo.

En este sentido, podemos afirmar que el #YoSoy132 fue zapatista sin serlo, en la medida en que respondió a un patrón que se gesta como intento de superación de formas históricas de los movimientos sociopolíticos del siglo XX. Podríamos decir, en forma sintética, que se trata de una influencia difusa de ciertas figuras introducidas por el zapatismo –por ejemplo, en referencia al poder, la democracia y la horizontalidad– que tiende a repolitizar a los llamados «nuevos movimientos sociales» post-68; reactivar el antagonismo a contrapelo de la subalternidad sembrada y cosechada por el neoliberalismo; agregar alcance y proyección antisistémica y global a las demandas identitarias y culturales; combinar reivindicaciones materiales y postmaterialistas; alzar la mira de la crítica social; asumir la globalización como marco político e innovar en las formas discursivas y organizativas, rebasando los moldes clásicos de las izquierdas mundiales y recurriendo a modalidades horizontales e incluyentes, exaltando la espontaneidad, la creatividad y el pluralismo. A este marco general, que abarca los últimos 20 años en forma esporádica pero recurrente y tendencialmente creciente, hay que agregar la novedad de internet y de la difusión de formas de comunicación horizontales, de las cuales el zapatismo fue pionero, y de las redes sociales en los últimos años.

Sin la pretensión de dar cuenta de estas transformaciones ocurridas y en curso en el terreno de las formas de la acción colectiva, y en particular de los movimientos sociales, que son y serán objeto de un vasto debate político y académico, hay que reconocer que el #YoSoy132 fue parte de este amplio proceso, en continuidad más que en ruptura respecto del zapatismo.

Y, para abonar a la tesis de la prolongación, hay que subrayar que tanto los límites como los alcances del movimiento #YoSoy132 pueden leerse en esta clave, es decir, valorando o mostrando las contradicciones propias de la forma multitud, para usar esta fórmula polémica que evoca el autonomismo, una de las traducciones teóricas más acabadas del zapatismo urbano. Por ejemplo, la vertiginosa rotación de los portavoces, la exaltación de lo mediático y el sobredimensionamiento de la capacidad de convocatoria por medio de las redes sociales. O, para poner otro ejemplo, la capacidad de convocatoria amplia y transversal, aunque coyuntural, que va de la mano del carácter apartidista del movimiento, que le confiere un valor ético vinculado a la explícita negación de la voluntad de ocupar espacios y ámbitos de poder institucional.

Si bien decíamos anteriormente que no se encontraban, en los documentos elaborados por el #YoSoy132, referencias textuales o explícitas al zapatismo, al mismo tiempo resultan notables las evocaciones y resonancias literarias. En su documento más elaborado y más conocido, presentado el 26 de julio de 2012, en uno de los actos más relevantes del movimiento, el llamado «cerco a la cadena Televisa», y titulado «Por la democratización de los medios de comunicación», se pueden observar inflexiones literarias de inequívoca inspiración zapatista.

Cuando llegamos estaba el mundo y éramos un pueblo con hambre y con siglos de opresión. Éramos cúmulo de descontento, éramos fraudes electorales sin revolución, éramos Chiapas y 500 años sin nombre levantados en armas, éramos Aguas Blancas y el pueblo en la tierra asesinado, éramos crisis y deudas ajenas, manos sin trabajo, éramos huelga, barricadas aplastadas, Atenco y Oaxaca, mujeres violadas y asesinadas, víctimas de la represión. Éramos trabajo de esclavos, familias migrantes, infancia calcinada, cuerpos en puentes colgados, víctimas del terrorismo de Estado, moneda de cambio en una campaña, asesinato como libre mercado. Éramos silencio, éramos dolor, éramos opresión. Quisieron quitárnoslo todo y solo perdimos el miedo. Ya no seremos más una voz silenciada. Venimos aquí con nuestros cuerpos que gritan: ¡¡¡Ya basta!!!20

V. Entre la segunda mitad de 2012 y lo que va de 2014, se fue evaporando la articulación alcanzada con el movimiento #YoSoy132, cuya energía y creatividad se diluyó en manifestaciones siempre teñidas de rabia y frustración y siempre blanco de la represión y la criminalización.

Al mismo tiempo, la propuesta del EZLN de convocar a la Escuelita Zapatista, a la cual asistieron centenares de jóvenes mexicanos y de otras nacionalidades, hizo vislumbrar la posibilidad de reconstruir una corriente explícitamente zapatista en el ámbito urbano. No obstante, desde el título del extenso comunicado que anunció en 2013 la iniciativa de la Escuelita –«Ellos y nosotros»–, se subraya un repliegue identitario y se diseña una raya de demarcación que hace particularmente restrictivo el «nosotros» y muy amplio el «ellos»21. Así que, al margen del indiscutible éxito de esta iniciativa, que volvió a hacer visibles la solidez y los logros de la autonomía indígena, habrá que ver cuáles y cuántos jóvenes mexicanos no solo serán solidarios con las comunidades zapatistas, sino que encontrarán allí –ya sea militando orgánicamente o acompañando con mayor o menor cercanía– un cauce y una senda para proyectar sus visiones alternativas del mundo y sus esfuerzos para cambiarlo. De todas formas, la posible reaparición del zapatismo urbano, juvenil y estudiantil no puede revertir el hecho consumado del fin del ciclo histórico de su centralidad y solo eventualmente podrá contrastar las tendencias del actual escenario postzapatista, donde se observa la ausencia de referentes y catalizadores políticos y la presencia de un número estable de grupos y colectivos militantes de muy diversa filiación ideológica, por una parte, y una masa importante de jóvenes dispuestos a formas de participación esporádicas e inorgánicas, ligadas a coyunturas y convocatorias específicas, por la otra.

Mientras tanto, las clases subalternas mexicanas se enfrascan cotidianamente en luchas sociales y políticas marcadas por su carácter defensivo, el antagonismo de eventuales brotes locales de rebelión y la búsqueda desesperada de ámbitos parciales y relativos de autonomía, como trincheras de organización y autodeterminación desde las cuales hacer frente a una etapa de clara y flagrante ofensiva de las clases dominantes.

En este contexto, con el recuerdo del movimiento #YoSoy132 y esperando una nueva coyuntura crítica, una nueva oportunidad para ser protagonistas, está viviendo sus arduas experiencias de politización la generación postzapatista.

  • 1. Los caracoles y las juntas de buen gobierno –instituciones de autogobierno local en la región de Chiapas– serán desde 2003 las expresiones del repliegue y de una laboriosa pero tendencialmente exitosa construcción de la autonomía en los hechos. Antes de la reaparición en la escena política nacional, con la Sexta Declaración de la Selva Lacandona y el arranque de La Otra Campaña en 2005, solo habrá espacio para una salida pública en buena medida autorreferencial: la campaña «20 y 10, El Fuego y la Palabra», realizada en 2003, que conmemoraba los diez años del levantamiento y los 20 de la fundación del ezln.
  • 2. jra surgió en 2001 a partir de la fusión de diversos colectivos universitarios; el cem, por su parte, acentuó su vínculo con el zapatismo a partir de La Otra Campaña. En un inicio, la participación juvenil y el primer acercamiento al ezln fueron protagonizados por estudiantes ligados al Consejo Estudiantil Universitario (ceu), muchos de los cuales también eran cercanos al cardenismo y al prd y se alejaron definitivamente del zapatismo en coincidencia con la llegada del prd al gobierno del df en 1997 y con la decisión del fzln –en su fundación– de no aceptar la doble militancia.
  • 3. Sobre la huelga –que comenzó contra la propuesta de introducir cuotas (aranceles) y que derivó en un gran movimiento con resonancia nacional–, existen varios textos pero ninguno aborda explícitamente el papel y el lugar del zapatismo. V., por ejemplo, Hortensia Moreno y Carlos Amador: unam: la huelga del fin del mundo, Planeta, México, 1999; María Rosas: Plebeyas batallas, Era, México, 2001; José Enrique González Ruiz et al.: Enseñanzas de la juventud rebelde del movimiento estudiantil popular, 1999-2005, uacm, México, df, 2008; y, más recientemente, aavv: Huelga: la rebelión de los paristas, La Guillotina, México, df, 2011.
  • 4. En la primera etapa de la huelga, los militantes del Frente Zapatista actuaron por separado; solo posteriormente, por convocatoria explicita del S.I. Marcos, se reagruparon, cuando ya la polarización entre «moderados» y «ultras» había perjudicado las dinámicas asamblearias, el proceso de toma de decisiones y, con ello, la imagen del Consejo General de Huelga.
  • 5. Y. Le Bot: Subcomandante Marcos: el sueño zapatista, Plaza y Janés, México, 1997.
  • 6. Todavía en noviembre de 2005, en el «Comunicado del Comité Clandestino Revolucionario Indígena sobre la disolución del fzln», se afirma que se abre una nueva etapa del zapatismo civil, lo que confirma el uso «oficial» de esta denominación.
  • 7. J. Holloway: «Zapatismo Urbano» en Humboldt Journal of Social Relations vol. 29 No 1, 2005, pp. 168-179. Aunque no tenga referencias explícitas al zapatismo urbano, v. tb. J. Holloway, Fernando Matamoros y Sergio Tischler: Zapatismo. Reflexión teórica y subjetividades emergentes, buap/Herramienta, Buenos Aires, 2008.
  • 8. Una reflexión emblemática y ejemplar sobre el zapatismo urbano puede encontrarse en Colectivo Situaciones: «El silencio de los caracoles» en Rebeldía No 13, 11/2003.
  • 9. Sobre este periodo, v. las relatorías de los encuentros en la selva en Rebeldía No 33, 29/7/2005; No 34, 28/8/2005 y No 35, 28/9/2005; disponibles en http://revistarebeldia.org/.
  • 10. V. los balances de los años 2010 y 2011 en M. Modonesi, Lucio Oliver, Fernando Munguía Galeana y Mariana López de la Vega: «Balance de la conflictualidad en México en 2010» en osal No 29, 5/2011 y M. Modonesi, L. Oliver, F. Munguía y M. López: «México 2011: violencia y resistencia» en osal Nº 31, 5/2012.
  • 11. Una contribución importante en esta dirección es el libro coordinado por Gloria Muñoz y Desinformémonos: #YoSoy132. Voces del movimiento (Bola de Cristal, México, 2011), que tiene la virtud de dejar hablar a los protagonistas, por medio de entrevistas muy interesantes y reveladoras, como el diálogo con Luis Hernández Navarro y Adolfo Gilly.
  • 12. Luz Estrello y M. Modonesi: «El #YoSoy132 y las elecciones en México. Instantáneas de una imposición anunciada y del movimiento que la desafió» en osal No 32, 11/2012.
  • 13. G. Muñoz y Desinformémonos: ob. cit., p. 140.
  • 14. Ibíd., p. 159.
  • 15. «Apagando el fuego con gasolina (posdatas a la carta gráfica)» en Enlace zapatista, http://enlacezapatista.ezln.org.mx/2013/01/12/apagando-el-fuego-con-gasolina-posdatas-a-la-carta-grafica/, 11/1/2013.
  • 16. C.E. Pineda: «#YoSoy132: corte de caja» en Rebelión, www.rebelion.org/noticia.php?id=157285, 8/10/2012.
  • 17. Como contraparte, señala Pineda que, en los momentos álgidos del #YoSoy132, este sector amplio y difuso sobredimensionó el papel de las redes sociales y la mediatización del movimiento.
  • 18. Dicho sea de paso, estos son legados de la cultura política zapatista, extraídos de las prácticas comunitarias que sirvieron para democratizar las formas de organización política en los años 90, pero que también mostraron muchos límites al trasladarse a otros ámbitos urbanos.
  • 19. R.J.F. Day: Gramsci è morto. Dall’egemonia all’affinità, Eleuthera, Milán, 2008.
  • 20. #YoSoy132: «Discurso íntegro por Cerco de 24 hrs a Televisa», 27/7/2012, disponible en www.codigotlaxcala.com/especiales/yosoy132-discurso-integro-por-cerco-de-24-hrs-a-televis/pdf.
  • 21. El texto contiene partes accesibles solo por medio de una clave que fue distribuida a las personas consideradas de confianza, lo que refuerza las fronteras del «nosotros». En relación con la amplitud del «ellos», el énfasis crítico –como en 2006– fue claramente dirigido hacia el campo progresista (intelectuales incluidos y particularmente denostados) y, especialmente, a su principal dirigente, López Obrador, y su partido, Morena. («Ellos y nosotros. i.- Las (sin) razones de arriba», enero de 2013, http://enlacezapatista.ezln.org.mx/2013/01/20/ellos-y-nosotros-i-las-sin-razones-de-arriba/).