Tema central

Por una radicalidad realista

¿Cómo imaginar salidas al capitalismo actual? ¿Es posible trascender las constricciones de un sistema manejado por las corporaciones? Este artículo aborda el tema a partir de tres libros publicados en los últimos años: America Beyond Capitalism y What Then Must We Do?, ambos de Gar Alperovitz, y After Capitalism, de David Schweickart. Los debates dejan ver cómo, desde el centro mismo del capitalismo mundial, los trabajadores plantean respuestas que los autores proponen universalizar a partir de modelos aún en construcción.

Por una radicalidad realista

En su popular manual de economía publicado en 1948, Paul Samuelson señaló que «si hoy hiciéramos una pirámide de ingresos con los cubos de construcción de un niño, e hiciésemos que cada nivel correspondiese a 1.000 dólares, la cima sería mucho más alta que la Torre Eiffel, mientras que casi todos nosotros estaríamos a un metro del suelo». Hacia el final del siglo, el economista y Premio Nobel modificó su metáfora e incluyó en ella el monte Everest.La anécdota anterior es retomada en America Beyond Capitalism [Estados Unidos más allá del capitalismo], un libro de Gar Alperovitz1 que postula de manera clara y convincente las siguientes tesis: una gran desigualdad social es incompatible con una república sostenible y democrática; el statu quo neoliberal de las últimas tres décadas asegura una gran desigualdad social; resulta imposible regresar ahora a un Estado de Bienestar debido a la globalización y a la situación límite en materia ecológica; el socialismo de Estado es igualmente inaceptable, pero es posible lograr algo más justo y viable. Esta perspectiva, caracterizada por Alperovitz como una «comunidad pluralista», es definida en su último manifiesto, denominado What Then Must We Do? [¿Qué debemos hacer entonces?]2, como una combinación «[n]o solo [de] esfuerzos estabilizadores a escala comunitaria, sino también [de] cooperativas, empresas propiedad de los trabajadores, corporaciones vecinales, PyMEs independientes, empresas municipales, iniciativas de salud pública, nuevas formas de banca, inversión, energía regional, otras entidades y –en ciertas áreas– empresas públicas nacionales y capacidades conexas de planificación democrática».

Alperovitz es tal vez el economista político más accesible y relevante, y los dos libros mencionados constituyen quizás la declaración más accesible y relevante sobre las posibilidades de la economía política en nuestro tiempo. Desde luego, la obra señalada en último término dista de ser el Manifiesto comunista, lo cual probablemente no sea algo malo. Como la mayoría de los textos de Alperovitz, se trata de un trabajo escrito con el lenguaje informal proveniente de su etapa juvenil en el Medio Oeste estadounidense: está repleto de expresiones como «muy, muy esto» o «demasiado, demasiado aquello», así como de capítulos breves y coloquiales que concluyen con un «continuará» o «continuará (nuevamente)». El historiador de la cultura Warren Susman destacó una vez la figura de Eugene Victor Debs, un socialista típicamente estadounidense que, pese a su radicalidad política, logró canalizar la sensibilidad de sus compatriotas. Lo mismo podría decirse de Alperovitz.

En su edición de invierno de 2013, la revista Jacobin publicó un ensayo sobre las posibilidades socialistas que se titula «The Red and the Black»3. Allí, el editor Seth Ackerman escribe lo siguiente:Lo que estoy describiendo es, en cierto sentido, la culminación de una tendencia que se ha desarrollado durante siglos bajo el modo capitalista: la creciente separación entre la propiedad y el control [...]. Hacia la década de 1930, esta «propiedad privada socializada» se había convertido en la forma productiva dominante dentro del capitalismo estadounidense, como señalaron Adolf Berle y Gardiner Means en su libro The Modern Corporation and Private Property [...] ¿Cómo deben ser dirigidas en la práctica estas empresas socializadas? La respuesta completa a esta pregunta escapa claramente al alcance de un ensayo como el presente; la descripción minuciosa de los estatutos y reglamentos correspondientes a compañías imaginarias es exactamente el tipo de esquema al que hacía referencia Marx cuando ridiculizaba con razón «la receta de Comte para la cantina del futuro».

Sin embargo, Alperovitz realiza una descripción minuciosa de los estatutos y reglamentos pertenecientes a empresas en manos de trabajadores realmente existentes en todos los socialismos, ya sea que estén en Cleveland, Ohio o en el País Vasco. Su estudio de las experiencias socialistas y comunistas llevadas a cabo a mediados y finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI, sobre todo en las economías más avanzadas, ofrece una gran riqueza empírica y demuestra que los modelos analizados distan de ser la basura totalitaria delineada por los neoliberales y neoconservadores. No solo eso: en realidad, las experiencias en cuestión han logrado concretar muchos de los ideales invocados continuamente por estos sectores (igualdad de oportunidades, libertad individual, vida familiar estable, comunidad próspera y democracia genuina).

Alperovitz describe diversas variedades de socialismo, de las cuales la más conocida es la Corporación Mondragón. Se trata de una federación de cooperativas de trabajadores con sede en el País Vasco, que desarrolla su actividad en distintos sectores: finanzas, herramientas para cortar metales, refrigeradores, lavadoras, lavavajillas, plantas «llave en mano», cadenas de supermercados, investigación sobre el uso del espacio y uno de los principales institutos técnicos de España (Universidad de Mondragón). La corporación cuenta actualmente con más de 83.000 empleados y se enorgullece de tener una relación de 5 a 1 en promedio entre la remuneración de los ejecutivos y el salario más bajo. Mondragón es el motor económico de la región vasca y uno de los más importantes grupos empresariales de España. Alperovitz ha demostrado un particular interés en su fondo rotatorio de préstamos, un mecanismo que otorga capitales a nuevos emprendimientos cooperativos y que ahora está siendo replicado en Estados Unidos por redes que son propiedad de los trabajadores.

Vale la pena observar en profundidad los ejemplos que toma Alperovitz en EEUU, donde adquieren una inmensa variedad de formas y funciones. Su caso preferido es el de las Cooperativas Evergreen, a las que denomina «modelo Cleveland»; consiste en una organización tipo Mondragón, que actúa como una «comunidad pluralista» en un microcosmos. Comprendiendo que todos los niveles del gobierno ya están muy involucrados en el desarrollo económico y que difícilmente renuncien a esa prerrogativa en el futuro, Alperovitz le muestra al lector varios ejemplos positivos del «Estado emprendedor» en acción, donde la intervención gubernamental respalda a las cooperativas de trabajadores y consumidores, las empresas sociales y otras iniciativas que promueven el desarrollo territorial sin fines de lucro (y se oponen a los procesos de gentrificación). En Cleveland, por ejemplo, los fondos otorgados por la Sección 108 y la Iniciativa de Desarrollo Económico de Áreas Abandonadas (BEDI, por sus siglas en inglés) del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano (HUD) permitieron recuperar terrenos para que fueran utilizados en un invernadero; los Créditos Fiscales para Nuevos Mercados concedidos por el Departamento del Tesoro ayudaron a promover el sector de lavandería; los Certificados de Energía Renovable Solar de Ohio han jugado un papel importante dentro del área de instalaciones solares en el marco cooperativo; la tarea general es apoyada por los fondos proporcionados por el Programa de Estabilización de Vecindarios (NSP) de la ciudad de Cleveland y por los préstamos de capital de trabajo que ofrece la Administración de Desarrollo Económico (EDA) del Departamento de Comercio de EEUU.

Otros ejemplos incluyen el centro comercial de la calle 22 en Tampa (Florida): allí, el programa de Desarrollo Económico Comunitario perteneciente al Departamento de Salud y Servicios Humanos de EEUU ayudó a financiar una inversión de 759.000 dólares para suministrar alimentos saludables a un barrio en el cual no se vendían productos frescos. Ahora también hay cooperativas minoristas como la empresa REI, dedicada a la recreación al aire libre, y el grupo ferretero ACE, caracterizado por las compras en grandes volúmenes. Hay cooperativas de crédito, de atención sanitaria y de artistas, una que produce maquinaria de montaje con tecnología robótica de precisión en Madison (Wisconsin) e incluso una empresa de taxis gestionada por los trabajadores. El casi centenario Bank of North Dakota es el único banco de propiedad estatal en el país y es un ejemplo para otros estados que aún sufren los efectos del colapso financiero. La cooperativa Louisville Biodiesel convierte el aceite de cocina en un combustible no tóxico y poco contaminante para ómnibus escolares y granjas familiares. En Carolina del Norte, la Sandhills Farm-to-Table Cooperative suministra alimentos producidos localmente a 1.250 hogares «de la granja a la mesa». En Massachusetts, la Alliance to Develop Power ha establecido un mosaico de cooperativas de vivienda y otros emprendimientos democráticos, que totalizan un valor neto de más de 40 millones de dólares. En Austin (Texas), el programa Southwest Key cuenta con un presupuesto superior a los 74 millones de dólares y administra numerosas escuelas, programas de justicia juvenil y otros proyectos comunitarios y de desarrollo de la fuerza laboral. El pub y microcervecería Black Star Co-op también se encuentra en Austin. Pioneer Human Services, en Seattle (Washington), realiza un trabajo bastante similar al de Southwest Key. Mientras tanto, Greyston Bakery desempeña su tarea en Yonkers (Nueva York), donde ofrece alojamiento a pobres y a personas infectadas con VIH/sida, además de muchos otros servicios.

What Then Must We Do? también aborda los casos más avanzados y exitosos vinculados a corporaciones de desarrollo comunitario, fideicomisos de vivienda y empresas con responsabilidad social. Alperovitz escribe acerca de varios de ellos: la New Community Corporation de Newark (Nueva Jersey), que cuenta con un patrimonio y un presupuesto operativo de 500 y 200 millones de dólares respectivamente, y ofrece servicios de guardería y supervisión extraescolar, un hogar de ancianos, centros médicos para personas de edad avanzada, una escuela de enfermería y un programa de acceso al empleo; la organización religiosa Bethel New Life de Chicago; y fideicomisos de vivienda como Champlain Housing Trust en Burlington (Vermont), en los que los beneficios del desarrollo no se utilizan para promover la construcción de más departamentos de alta gama, sino que priorizan el subsidio a los hogares de bajos y medianos ingresos. Dentro de este contexto, se revisa la historia de las corporaciones de beneficio como Ben & Jerry’s, que permiten que el dinero de los accionistas sea desembolsado tanto para buscar el lucro como para perseguir fines sociales (hasta hace poco, esto último estaba prohibido). También se incluye en la obra un breve debate sobre las formas corporativas de responsabilidad limitada con baja rentabilidad, organizaciones que promueven la creación de emprendimientos sociales en el nivel local y que han surgido en los estados de Illinois, Michigan, Utah, Wyoming, Vermont, Luisiana, Maine, Carolina del Norte y Rhode Island.

Lo más interesante surge al abordar los Programas de Propiedad Participada (PPP) con empleados accionistas y las empresas que son propiedad de los trabajadores. Alperovitz exhibe varios estudios cuyos resultados confirman que, en sus versiones más ambiciosas, las dos modalidades mencionadas suelen ser «más rentables, más competitivas y más eficientes» que sus tradicionales contrapartes. Esto no solo explicaría el respaldo proporcionado por personas como Ronald Reagan, William F. Buckley, Jesse Helms, Jack Kemp, George Will y Ron Paul, sino que también ayuda a comprender por qué algunos conservadores, como el filósofo Mortimer Adler y el economista Louis Kelso, ya promovían tales ideas en la década de 1950. A la hora de enumerar los éxitos en materia de PPP y empresas bajo propiedad total de los trabajadores, la lista actual incluye a Appleton Company (fabricante de productos de papel), W.L. Gore (responsable de la creación de las telas Gore-Tex), Hy-Vee (una cadena de supermercados), Lifetouch (una empresa de fotografías escolares) y la aerolínea Southwest Airlines. Hay muchos otros emprendimientos incipientes o ya consolidados con estructuras similares; aunque el tamaño y el volumen de beneficios son diversos, predominan las PyMEs. La participación de los empleados y los procesos de toma de decisiones muestran diferencias significativas en cada configuración, pero el estándar es más democrático que las alternativas convencionales: la tendencia se orienta a lograr más democracia, un número cada vez mayor de sindicatos aparecen en escena y la legislación propuesta de manera bipartidista sigue presionando para que se otorguen beneficios fiscales federales a las empresas con PPP que operan bajo el sistema de «una persona, un voto».

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Este catálogo de hechos y prototipos exitosos habla por sí solo. Pero Alperovitz insiste en que las iniciativas mencionadas constituyen una «prehistoria» de algo más radical: una infraestructura social que no forma parte del capitalismo corporativo, del socialismo estatal ni del Estado de Bienestar. En su libro Transcending Capitalism: Visions of a New Society in Modern American Thought, el historiador Howard Brick criticaba las elucubraciones poscapitalistas del siglo pasado, que no lograban definir cómo y cuándo se produciría la transición hacia la siguiente fase (a pesar de que se gastaba mucha tinta en explicar cuáles serían las características de esa nueva fase)4. El mérito del pensamiento de Alperovitz consiste en ser hegeliano y pragmático al mismo tiempo. Su mirada reconoce la capacidad de adaptación del presente sistema y tiene en cuenta simultáneamente los patrones de resistencia. Así, intenta predecir cómo y cuándo (esto último, como es lógico, con mucha menos certeza) actuarán esos agentes de resistencia para permitirnos salir del atolladero.

El lenguaje utilizado por Alperovitz en este tema recuerda a veces la jerga de autoayuda, pero sigue siendo útil. Divide sus tácticas en cuatro categorías: la «reconstrucción evolutiva», que comprende todos los modelos examinados anteriormente; el «tablero de desarrollo en municipios y estados», que se centra en la propiedad de determinados fideicomisos de vivienda, servicios públicos, prestaciones de internet e inversiones en materia de sostenibilidad energética en los niveles estatal y local; las «transformaciones relacionadas con las crisis», un concepto genérico para la banca pública en los estados y a escala federal, según los lineamientos del Bank of North Dakota, así como para un sistema nacional público de salud (national single-payer health care system)5 y las «transformaciones relacionadas con las grandes crisis», que abarcan la nacionalización de industrias debilitadas pero cruciales y un eventual movimiento hacia «formas de propiedad pública, semipública o ejercida por empleados públicos en el plano nacional o regional, tipo TVA y similares» (TVA –Tennessee Valley Authority– es una empresa de energía de propiedad federal creada en 1933). En referencia a este punto, Alperovitz reúne una serie de analistas y documentos, que incluyen a Willem Buiter (economista jefe del Citigroup), a Adrian Wooldridge (de la revista The Economist), a Henry C. Simons (mentor de Milton Friedman) y un notable estudio global sobre el regreso de las empresas estatales, que apareció en abril de 2009 en la publicación Harvard International Review y muestra que muchas compañías públicas han demostrado ser «eficientes, incluso si se las compara con las privadas».

En After Capitalism, David Schweickart aborda las consecuencias teóricas y prácticas de este desarrollo. Al igual que Alperovitz, Schweickart proviene del Medio Oeste estadounidense (más precisamente de Cleveland, el lugar donde transcurren muchos de los ejemplos mencionados) y recurre a un lenguaje sencillo y apasionado para hablar de asuntos complejos en el campo de la economía política. Cabe señalar que en 2011, en el marco de una conferencia organizada por la Confederación Internacional de Asociaciones para el Pluralismo en Economía, se llevó a cabo un debate entre estos dos académicos –que está disponible en internet6–, que refleja perfectamente la sensibilidad mutua. Schweickart también ha dedicado buena parte de su vida adulta a construir y reconsiderar una alternativa integral frente al capitalismo corporativo, provista de rigurosidad teórica y aptitud práctica. Lo que lo distingue es su disposición a presentar un modelo, aun cuando reconoce las limitaciones y dificultades existentes. Schweickart muestra cómo podría generarse un programa político a partir de las empresas promovidas por Alperovitz.

Su programa de reformas aboga por:

a) el apoyo público a las cooperativas de trabajadores y las adquisiciones de empresas capitalistas;b) una legislación que conduzca a las empresas tradicionales hacia el reparto de beneficios y la democracia en el lugar de trabajo;c) una legislación que conceda a los trabajadores el derecho a adquirir sus empresas;d) una legislación que exija que las compañías rescatadas sean nacionalizadas y reorganizadas como propiedad de los trabajadores;e) la «democratización y rerregulación» de los bancos;f) la creación de bancos públicos;g) el reemplazo del impuesto sobre la renta de las sociedades por un impuesto sobre los bienes de capital;h) la «rerregulación de los flujos transnacionales de capital», con la Tasa Tobin como punto de partida;i) la reintroducción de una legislación con el gobierno como empleador de última instancia;j) la imposición de aranceles adecuados en el comercio «cuando los países involucrados muestran grandes disparidades en materia de regulaciones laborales y ambientales»;k) el otorgamiento de esos ingresos arancelarios a instituciones orientadas a los trabajadores, pertenecientes al ámbito privado o público, en los países pobres;l) el reemplazo del impuesto a la renta por un «impuesto al patrimonio»;m) una campaña con reformas financieras similares a las «tarjetas de crédito financiadas con fondos públicos» y las donaciones anónimas, según lo recomendado por Bruce Ackerman e Ian Ayres, profesores de la Facultad de Derecho de Yale.

Schweickart reconoce que ni siquiera la aplicación de este agresivo programa implicaría el advenimiento de una democracia económica real. Sería un capitalismo «más suave y moderado», pero la mayoría de las personas y comunidades seguiría estando a merced de los especuladores capitalistas y la hipermovilidad de los flujos de capital. Luego Schweickart plantea tres escenarios «revolucionarios», en los cuales el poder de Wall Street se derrumbaría de una vez y para siempre. Los primeros dos suponen un colapso financiero catastrófico.

El tercer escenario, sin embargo, vislumbra una transición relativamente libre de crisis, que invoca la famosa propuesta realizada en 1976 por Rudolf Meidner, economista jefe de la mayor federación sindical de Suecia y cofundador del Estado de Bienestar en ese país. (En «The Red and the Black», Ackerman también analiza el Plan Meidner). De acuerdo con el Plan Meidner, todas las empresas con más de 50 empleados estaban obligadas a emitir nuevas acciones cada año –equivalentes a 20% de sus ganancias– y a entregarlas a un «fondo de asalariados»; de este modo, una vez trascurridos alrededor de 35 años, el grueso de las compañías sería propiedad mayoritaria de los trabajadores. Según lo previsto por el esquema, la emisión anual de los nuevos títulos se acumularía hasta interrumpir sin costo alguno el desarrollo habitual del presupuesto operativo y de inversión. No sorprende entonces que Suecia haya sufrido una fuerte reacción empresarial frente al plan, que condujo a un verdadero vaciamiento del proyecto y a la primera caída en la historia del Partido Socialdemócrata Sueco, surgido como principal referente político en la época de la Gran Depresión.

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La suerte corrida por el Plan Meidner debe servir como advertencia. En tiempos en los que un presidente demócrata promueve recortes a la seguridad social en medio de una recesión de seis años y la participación sindical se encuentra en niveles mínimos, la perspectiva de Schweickart puede ser considerada como una utopía. Sin embargo, si se toma como guía la larga historia de la humanidad, hay buenas razones para creer que el ave fénix resurgirá de sus cenizas. La Organización de las Naciones Unidas proclamó 2012 como el «Año Internacional de las Cooperativas», alentando a los gobiernos a subsidiar empresas que están bajo la propiedad o el control de los trabajadores. Y las alianzas mundiales (el acuerdo marco celebrado entre Mondragón y el sindicato norteamericano United Steelworkers, la Cumbre Internacional de Cooperativas, etc.) podrían iniciar un camino de solidaridad entre los sindicatos tradicionales y las nuevas estructuras progresistas.

Aún quedan enormes desafíos. Debemos analizar los potenciales conflictos entre el pleno empleo o las políticas de ingresos básicos y la estabilidad de precios, o entre la burocracia y la eficiencia (como hizo Meidner en sus últimos años7). Debemos fortalecer la resistencia transnacional frente al capital multinacional, siguiendo los lineamientos del Foro Social Mundial y la «marea rosa» en América Latina. Sobre todo, debemos despertar a la gente de su actual estado de apatía y cinismo. Gar Alperovitz y David Schweickart, entre otros pensadores y activistas, ya iluminan el camino.

  • 1. America Beyond Capitalism: Reclaiming Our Wealth, Our Liberty, and Our Democracy, Wiley, Hoboken, 2006.
  • 2. What Then Must We Do? Straight Talk About the Next American Revolution, Chelsea Green Publishing, White River Junction, 2013.
  • 3. S. Ackerman: «The Red and the Black» en Jacobin No 9, invierno de 2013, disponible en http://jacobinmag.com/2012/12/the-red-and-the-black/.
  • 4. Cornell University Press, Ithaca, 2006.
  • 5. Se refiere a un sistema, como el canadiense, en el cual el Estado asume la responsabilidad exclusiva del financiamiento del sistema de salud excluyendo a las compañías de seguros [N. del E.].
  • 6. «Podcast: Talking about Workplace, Community Democracy, Climate Change and Sustainability with David Schweickart» en Gar Alperovitz, www.garalperovitz.com/2012/04/icape/, 26/4/2012.
  • 7. R. Meidner: «Why Did the Swedish Model Fail?» en Socialist Register vol. 29, 1993, disponible en http://socialistregister.com/index.php/srv/article/view/5630/2528#.Uegr453fPct.