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Por qué perduran los regímenes autoritarios

Según lo observado empíricamente, el equilibrio ideal para la supervivencia de las dictaduras se consigue al combinar una alta legitimación basada en la ideología o los resultados con una minimización de la represión «dura», un desarrollo de la represión «blanda» y un nivel medio de cooptación. Hoy son varios los regímenes que resisten la división binaria entre democracia y dictadura y tratan de lograr una combinación entre esos elementos para garantizar su supervivencia. El optimismo sobre una evolución lineal hacia democracias liberales que se desplegó tras la caída del Muro de Berlín hoy es parte de los deseos superficiales del pasado.

Por qué perduran los regímenes autoritarios

Las nuevas dictaduras

Cuando en 1951 Hannah Arendt escribió Los orígenes del totalitarismo, su libro aún estaba impregnado por el horror del extinto régimen nacionalsocialista y el apogeo del estalinismo. Una ideología de dominación diferenciada y el terrorismo se convirtieron en las características distintivas del tipo de régimen totalitario, que marcó de manera decisiva la historia de dominio y de guerras del corto siglo xx. Al igual que Carl Joachim Friedrich (su colega de la Universidad de Harvard), Arendt establecía una precisa distinción entre regímenes autoritarios y totalitarios. Según la pensadora alemana, el autoritarismo restringía la libertad, mientras que el totalitarismo la suprimía. El núcleo del totalitarismo como concepto radicaba en que los dominados quedaban bajo el arbitrio absoluto de quien ejercía el mando. Y ni siquiera se veía al Estado como principal detentor del poder. Arendt consideraba que eran más bien el partido, provisto de una concepción del mundo, y su líder quienes buscaban legitimar su dominación con una gran narrativa ideológica vinculada a la «sociedad sin clases», por un lado, o a la «superioridad de la propia raza y del propio pueblo», por el otro.

Desde un comienzo, el concepto y la teoría del totalitarismo exhibieron inconsistencias y analogías apresuradas. La equiparación implícita entre la idea prometeica de un «reino de la libertad» (Karl Marx) y la tenebrosa ideología nazi de aniquilamiento resultó problemática. Pese a que en la práctica los regímenes nazi y estalinista mostraban un terror paralelo con su Leviatán destructor de libertades y el asesinato en masa de judíos o los enemigos de clase, las diferencias seguían existiendo.

Durante la Guerra Fría, el concepto de totalitarismo se tornó aún más difuso desde el punto de vista analítico, ya que dentro de él comenzó a englobarse precipitadamente a todos los regímenes comunistas y a cada vez más dictaduras de otro tipo. Muchas veces, el término degeneró en un concepto utilizado como instrumento en la confrontación política. Sin embargo, en el siglo xx fueron pocos los regímenes verdaderamente totalitarios, más allá de que haya ejemplos claros como la Unión Soviética de 1929 a 1956, la Alemania nazi de 1934-1938 a 1945, parte de los satélites de Europa del Este durante los años 50, China desde comienzos de esa década hasta la muerte de Mao Zedong en 1976, el régimen genocida de Pol Pot en Camboya y el sistema totalitario norcoreano de la dinastía Kim. En los inicios del siglo xxi solo había quedado la República Popular Democrática de Corea. Los regímenes teocráticos islámicos en Irán y Arabia Saudita o el de los talibanes en Afganistán se mantuvieron como totalitarismos incompletos. Las doctrinas fundamentalistas, cuyos postulados controlan profundamente la vida de los fieles, carecen en definitiva de una estructura desarrollada del Estado capaz de traducir su reivindicación total en una realidad totalitaria.

Dictaduras en el siglo xxi

La tercera y larga ola democratizadora, que culminó a finales del siglo xx con el colapso del imperio soviético, modificó las condiciones nacionales e internacionales de dominación política. Con la excepción de los movimientos islámicos, que en algunos lugares se radicalizan, los grandes relatos ideológicos de hegemonía han ido desapareciendo. Debido a la globalización económica y comunicacional, el cierre hermético-autocrático de los espacios de dominación política se transformó poco a poco en una ficción anacrónica. La supremacía exigía cada vez más formas de legitimación que tuvieran en cuenta la libertad, la protección de los derechos humanos y la participación política. Surgieron nuevos modos de dominio autocrático, considerados desde el ámbito académico como autoritarismos electorales (es decir, autocracias con elecciones). Los comicios en cuestión se diferencian claramente de aquellos que se celebraban en el bloque socialista de la Europa del Este: en gran medida ya pertenecen al pasado esas votaciones con una participación de 99% del electorado, en las que los comunistas en el poder y sus partidos aliados obtenían a su vez 99% de los sufragios. En los regímenes autoritarios de África o Asia, hoy resulta mucho más difícil planificar los comicios con la seguridad que se tenía por entonces en el bloque de Europa del Este. Es cierto que hay manipulaciones, arreglos turbios y fraudes, pero las actuales elecciones ofrecen a la oposición una buena oportunidad para movilizarse, establecer alianzas y crear opinión pública en la esfera nacional e internacional. En el siglo xxi, el nuevo deseo autoritario de generar esquemas de democracia formal con un dejo de legitimidad hacia dentro y hacia fuera conlleva riesgos para quienes detentan el poder.

Los límites entre los prototipos de dictadura y democracia son cada vez menos claros. Ante la Rusia de Vladímir Putin (o de Boris Yeltsin), la Turquía de Recep Tayyip Erdoğan, los casos actuales de Ucrania, Venezuela, Filipinas y Singapur, y más allá de cualquier polémica encubierta, ¿quién puede determinar con precisión si se trata de autocracias o de democracias defectuosas? Desde las ciencias sociales, ahora se trata con mayor cuidado el tema, se evitan las tipologías categóricas y se intenta situar los regímenes existentes sobre un eje métrico entre el ideal de la democracia basada en el Estado de derecho y la dictadura «perfecta». Muchos sistemas políticos quedan así en un espacio intermedio y son catalogados desde el ámbito académico como «regímenes de la zona gris», que a su vez se subdividen en sistemas híbridos (Rusia), «democraduras» (Venezuela) o democracias defectuosas (Hungría). Su estabilidad es mayor a la que se supone, ya que a lo largo del tiempo no se desplazan hacia dictaduras cerradas ni hacia democracias abiertas y han encontrado desde hace años su propio equilibrio, sensible al contexto histórico y político. El hecho de que hoy Putin, Erdoğan o Viktor Orbán gocen de una mayor adhesión de la ciudadanía y del demos que la canciller de Alemania, una democracia con Estado de derecho, o que el actual presidente de la Quinta República Francesa, se explica como parte del acertijo posmoderno relacionado con las formas de dominación diferenciadas a escala global.

¿Cuán estables son las nuevas dictaduras?

Si se dividieran los sistemas políticos en tres clases, como autocracias, regímenes híbridos y democracias, hoy podrían identificarse unas 65 democracias y 45 autocracias abiertas entre los aproximadamente 200 países del mundo. La mayoría restante son regímenes híbridos en sus diferentes formas. ¿Cuál es en realidad la estabilidad de los sistemas políticos? ¿Cuál es la permanencia de las dictaduras? En la práctica, desde el punto de vista estadístico, las democracias han sido el sistema más estable en los últimos 60 años, seguidas por las dictaduras y luego las variantes híbridas. ¿En qué se basa esta relativa estabilidad de los regímenes dictatoriales? En un reciente proyecto llevado a cabo en el Centro de Investigación de Ciencias Sociales de Berlín (wzb, por sus siglas en alemán) llegamos a la conclusión de que en las dictaduras –y también en las modalidades híbridas–, la dominación se apoya sobre tres pilares: la legitimación, la represión y la cooptación.

La legitimación se nutre siempre de dos fuentes: una vinculada a lo normativo-ideológico y otra relacionada con los resultados. El antiliberalismo, el antiparlamentarismo, el racismo, el nacionalismo y los anacrónicos preceptos redentores de carácter religioso, pero también las visiones marxistas del futuro, pueden lograr que los dominados adhieran (al menos temporalmente) a las normas propuestas. De todos modos, a comienzos del siglo xxi, las ideologías fascistas y comunistas han perdido en gran medida su capacidad de persuasión. Quizás hoy habría que señalar las variantes de un islamismo político fundamentalista, que son capaces de crear un fuerte compromiso ideológico entre sus fieles. Sin embargo, dado que esas vertientes también han restringido derechos humanos fundamentales para alcanzar sus pretensiones de poder, sus fuentes de legitimación respaldadas en la promesa de salvación que encandila al mundo amenazan con agotarse a largo plazo en la realidad represiva. Debido a este autodeterioro normativo, los regímenes dictatoriales dependen particularmente de su balance en materia de economía, seguridad y orden, aunque una modernización económica y social demasiado rápida también implica un riesgo para las autocracias. Ello es así porque con esa evolución surgen capas medias, se organizan los trabajadores, crece la educación, se desarrolla la sociedad civil y aparecen discursos en los que se reivindica la participación política. Por cierto, esto no significa que se desemboque necesariamente en procesos exitosos de democratización, como proclama con optimismo la teoría de la modernización. Basta con ver lo ocurrido en diversos países como Singapur, la República Popular China o las petrodictaduras del Golfo. Estas últimas se limitan a contratar a semiesclavos del Sudeste asiático y evitan así el desafío de conformar una clase trabajadora local concientizada.

En segundo lugar, las autocracias se apoyan en la represión, que puede adoptar diferentes formas e intensidades. Aunque existe una transición gradual, en nuestro proyecto de investigación («¿Por qué sobreviven las dictaduras?») distinguimos entre represión «blanda» y «dura». Mientras la primera apunta sobre todo a restringir los derechos políticos (como la libertad de reunión, de expresión, de prensa o de ejercicio de la profesión), la segunda se dirige fundamentalmente al núcleo de los derechos humanos (como el derecho a la vida, la integridad física y la libertad individual). La experiencia empírica muestra que ante una amenaza al statu quo, las elites dominantes autoritarias suelen reaccionar con una mayor represión, aunque es muy improbable que esta acción por sí sola logre estabilizar de forma duradera un régimen político. En tales casos, la pérdida de legitimidad es alta: el aumento de la represión logra incrementar el poder de intimidación, pero disminuye al mismo tiempo la legitimación y, con ella, la aprobación del pueblo. La represión dura resulta costosa y socava a largo plazo los fundamentos de la dominación política. Si se considera el periodo que hemos estudiado, comprendido entre 1950 y 2008, la variante «blanda» ha demostrado ser estadísticamente el elemento más exitoso de estabilización en cientos de dictaduras.

El tercer pilar de la dominación es la cooptación, a través de la cual las elites autocráticas logran que actores y grupos influyentes situados por fuera del propio núcleo se comprometan con la dictadura. Por lo general, esos actores estratégicos provienen de sectores económicos, del aparato de seguridad y de la esfera militar. A cambio de su lealtad, suelen recibir cargos, privilegios políticos, recursos y concesiones económicas. Los instrumentos utilizados en estos casos son la corrupción, el clientelismo y las redes patrimoniales.

Sin embargo, los recursos disponibles limitan la duración y el grado de colaboración «comprada» que exhiben amplios grupos hacia el régimen. En nuestro análisis mostramos que los quiebres en uno de los tres pilares de dominación pueden compensarse temporalmente mediante la afirmación de los otros, pero hay situaciones particulares en las que las grietas surgidas en un pilar sobrecargan los restantes. Es entonces cuando se abren espacios para la protesta, que –en caso de masificarse– puede provocar la caída de todo el sistema. Empero, nada asegura que eso conduzca al Estado de derecho y a la democracia, como demuestran los numerosos procesos fallidos de transformación en Europa oriental, en Asia central o en la «primavera árabe».

Hay una sobrestimación del efecto estabilizador de la cooptación. Según lo observado, como promedio estadístico, el equilibrio ideal para la supervivencia de las dictaduras se logra al combinar una alta legitimación basada en la ideología o los resultados con una minimización de la represión «dura», un desarrollo de la represión «blanda» y un nivel medio de cooptación. Singapur es el país que más se aproxima a ese punto y China se encamina claramente hacia allí. Pero incluso hay regímenes híbridos, como la Rusia de Putin, que no están tan lejos de ese equilibrio.

La tesis de Francis Fukuyama sobre la victoria irreversible de la democracia (1991) demostró ser una expresión de deseo superficial. Por ejemplo, la ambiciosa visión asociada a la exportación occidental de la democracia fracasó estrepitosamente en el cambio de régimen en Afganistán, en Iraq y en Libia. Las sociedades libres de Occidente, de Oriente y del Sur seguirán viviendo con dictaduras y deberán negociar con ellas. No hay recetas que garanticen el éxito. Las disputas son inevitables, y aún no se ha inventado ningún polígono mágico que una valores, intereses, derechos humanos, economía, democracia y estabilidad. Por lo tanto, deberemos lidiar con las dictaduras recurriendo a esforzadas negociaciones, con la paciencia necesaria para atravesar duros obstáculos y con un pragmatismo basado en nuestros valores.