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¿Por qué las caídas son cada vez mayores? Entre la codicia y el fraude

A partir de un comentario al libro Age of Greed: The Triumph of Finance and the Decline of America, 1970 to the Present (La era de la codicia. El triunfo de las finanzas y la decadencia de Estados Unidos, desde 1970 hasta el presente), de Jeff Madrick, los autores trazan una visión descarnada del largo proceso de debilitamiento estatal impulsado desde la era de Ronald Reagan. En el análisis, ponen de relieve el carácter destructivo de una economía impulsada por la «codicia desregulada» y cuestionan el papel de personajes como Alan Greenspan y su contribución al desastre actual.

¿Por qué las caídas son cada vez mayores? Entre la codicia y el fraude

Supongamos que alguien describe la siguiente situación: las principales instituciones financieras de Estados Unidos se extralimitaron. Crearon y vendieron instrumentos financieros sin anticipar los riesgos. Financiaron préstamos precarios en la búsqueda de beneficios en el corto plazo, sin atender a las señales de advertencia evidentes sobre la posible insolvencia de los deudores. Cuando se produjo la debacle, las financieras pidieron ayuda al gobierno y la obtuvieron a través de programas de emergencia y avales federales, es decir, fueron rescatadas exponiendo a la pérdida enormes sumas del erario. Luego, pasada la crisis, embistieron contra la intervención del gobierno y retomaron las mismas prácticas que la originaron.¿De qué año estamos hablando?

Por supuesto, una posibilidad es que nos estemos refiriendo al periodo 2008-2009, en el que vimos al Citigroup, al Bank of America y a otras instituciones bailar al ritmo del colapso, del que solo las rescataron enormes inyecciones de liquidez del erario. Los banqueros manifestaron su profundo agradecimiento declarando que eran víctimas de un ataque constante e injustificado y manifestando su descontento por las declaraciones (muy) ocasionales del presidente Barack Obama sobre el papel instrumental de Wall Street en la crisis.

Pero también podríamos estar refiriéndonos a 1991, el año en que hubo que pagar las consecuencias del sobredimensionamiento del mercado inmobiliario no residencial financiado por préstamos durante la década de 1980, lo que contribuyó al colapso del mercado de los bonos basura de alto rendimiento y condujo a muchos bancos –en particular, al Citibank– al borde del abismo. Solo la garantía federal de los depósitos bancarios impidió que se desatara una crisis mayor. O podríamos estar refiriéndonos a 1982-1983, los años en que la negligencia en el otorgamiento de préstamos a países latinoamericanos culminó en una crisis profunda que expuso a pérdidas a bancos muy importantes, como, de nuevo, el Citibank, crisis que si no se agravó fue debido a los generosos préstamos oficiales concedidos a países como México y Brasil, entre otros deudores. O podríamos estar refiriéndonos a 1970, el año en que la crisis que acompañó la quiebra de la compañía ferroviaria Penn Central puso a su principal banquero, el First National City –que más tarde pasaría a llamarse Citibank–, al borde de la bancarrota; solo los préstamos de emergencia de la Reserva Federal evitaron el desastre.

Es posible que ahora la imagen sea más definida. La gran crisis financiera de 2008-2009, cuyas consecuencias aún ensombrecen nuestra economía, a veces es presentada como un «cisne negro» o una «inundación del siglo», esto es, bajo la forma de un acontecimiento extraordinario e impredecible. Sin embargo, ha sido solo el más reciente de una serie recurrente de episodios caracterizados por la extralimitación del sector financiero, el salvataje con el dinero del erario y la posterior ingratitud de Wall Street. Y nada indica que este patrón vaya a modificarse.

Age of Greed: The Triumph of Finance and the Decline of America, 1970 to the Present (La era de la codicia. El triunfo de las finanzas y la decadencia de Estados Unidos, desde 1970 hasta el presente) de Jeff Madrick1 es una crónica tentativa del nacimiento y la persistencia de este modelo. No nos encontramos frente a una obra analítica, motivo por el cual, como explicaremos más adelante, su lectura en ocasiones se vuelve una experiencia frustrante. Por el contrario, se trata de un conjunto de viñetas, de viñetas fascinantes y a la vez, si se las toma en conjunto, profundamente perturbadoras, porque no solo sugieren que somos testigos de un ciclo iterativo, sino que el descalabro es cada vez mayor. Y como, al parecer, no se ha aprendido ninguna lección de la crisis de 2008, solo nos es dado especular qué tan grave será la próxima.

De lo primero que uno debe tomar nota sobre el ciclo de extralimitación financiera, crisis y rescate, es que no siempre funcionó de este modo. EEUU salió de la Gran Depresión con un sector financiero en extremo regulado, y durante unos 40 años estas regulaciones fueron suficientes para mantener la actividad bancaria en un ámbito seguro y aburrido. Y por un tiempo –con el recuerdo aún vivo de las quiebras de bancos en 1930– a la mayoría le parecía bien así. Pero en el curso de las décadas de 1970 y 1980, tanto el consenso político a favor de un sistema bancario regulado como la estructura que otorgaba seguridad al sistema bancario empezaron a desarmarse. La primera mitad del libro describe cómo ocurrió esto sirviéndose de los perfiles de una serie de personalidades.

En cierto modo Madrick transita aquí un terreno ya explorado. Describe el desconcierto económico imperante en la década de 1970, cuando el país quedó paralizado por la estanflación. Como él señala, Richard Nixon y Gerald Ford –al igual que los republicanos en la actualidad– no responsabilizaron por los problemas de la economía a los verdaderos culpables, sino a la intervención estatal. Madrick hace hincapié en un aspecto clave que en muchas ocasiones se pasa por alto o no se comprende bien hasta el día de hoy: la inflación vertiginosa de la década de 1970 no echó raíces en un problema genérico de «gigantismo estatal» (big government), sino en acontecimientos ante todo circunstanciales –las sacudidas en el precio del petróleo y el pobre rendimiento de los cultivos–, cuyos efectos se extendieron a toda la economía a través de la indexación de precios y salarios. Según Madrick, sin embargo, la modificación continua en las políticas del Tesoro y la Reserva Federal (recuérdese el control sobre precios y salarios) durante las administraciones de Nixon, Ford y Carter llevó a los ciudadanos a perder la confianza en la eficacia del gobierno y preparó el terreno para la aceptación de los mensajes antiestatales de Milton Friedman y Ronald Reagan.

Si bien a nuestro entender hubo motivos más profundos para el ascenso de Reagan, Madrick está en lo cierto cuando afirma que la tensión económica de la década de 1970 abrió las puertas a la política reaganiana. Tal como lo describe, la capacidad impresionante de Reagan para el ejercicio del doble discurso y la falacia oportuna fue lo que le permitió, como portavoz de intereses corporativos, convencer a una sociedad crédula de que «el Estado se había convertido en el principal obstáculo para la realización personal». En el que probablemente sea el mejor capítulo del libro, Madrick relata con ironía cómo Reagan, bajo la fachada del moralista, hizo de la codicia y el individualismo sin límites no solo comportamientos aceptables, sino objetos encomiables para la mentalidad estadounidense.

  • 1. Knopf, Nueva York, 2011.