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¿Por qué América Latina es tan desigual? Tentativas de explicación desde una perspectiva inusual

Pese a las mejoras registradas durante los últimos años, América Latina sigue siendo, de acuerdo con los indicadores, la región más desigual del mundo. Esto ha dado lugar a la llamada «paradoja latinoamericana», caracterizada por la convergencia tenaz entre democracia y desigualdad. En un intento de desentrañar el origen de la paradoja, el artículo utiliza algunas categorías figuracionales de Norbert Elias para el estudio del caso argentino, lo que permite integrar la dimensión del afecto al análisis social, en una perspectiva poco corriente y prometedora en términos analíticos y políticos.

¿Por qué América Latina es tan desigual? Tentativas de explicación desde una perspectiva inusual

Las sociedades latinoamericanas se caracterizan por tener las mayores tasas de desigualdad del mundo. En los últimos años se registró una modesta mejora de estos índices, pero el de inequidad siguió siendo más de 60% superior al de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), a pesar del boom económico registrado a lo largo de una década. Si se toma el coeficiente de Gini como punto de referencia, la desigualdad actual se ha acercado al nivel observado a comienzos de los años 1980, tanto en los países de actividad principalmente agrícola como en los que muestran un desarrollo industrial1. Aunque las tasas de pobreza disminuyeron claramente en la última década, el 15% de la población que logró salir de esa situación suele llevar una existencia situada apenas por encima del umbral mínimo y sufre el riesgo constante de una nueva caída social en la mayoría de los países. Mientras tanto, la décima parte más rica ya concentra hasta 50% de los ingresos nacionales2. La inequidad extrema no solo se manifiesta en términos de ingreso y patrimonio, sino que también se refleja en un dispar acceso a la tierra y a bienes públicos esenciales como la educación, la salud o la seguridad social. Dentro de este marco las mujeres, los niños, los ancianos y los integrantes de determinados grupos étnicos resultan particularmente desfavorecidos3. Esta desigualdad constituye, en América Latina, un tema estructural, dado que el acceso a las posiciones y los bienes sociales disponibles o deseables ofrece limitaciones de carácter permanente que atraviesan las generaciones y se han consolidado, desde fines del siglo XIX hasta la actualidad, en un nivel superior al promedio internacional4.

La persistencia de estas desigualdades sociales extremas es llamativa, sobre todo porque a lo largo de su cambiante historia la región aplicó distintos modelos de desarrollo económico, vivió diferentes experiencias democráticas y, por momentos, también elaboró instancias asociadas a un régimen de bienestar. La situación supone una dura prueba para la política y las ciencias sociales, ya que contradice importantes argumentos esgrimidos por los estudiosos de ambos campos. En efecto, se suele afirmar desde la teoría que la democracia va acompañada a largo plazo de una mejora en las posibilidades de participación social5. Esto se interpreta a menudo como una promesa: si el mercado genera desigualdad a través de su eficiencia económica, la democracia crea igualdad política y jurídica y, en definitiva, justicia social6. La «paradoja latinoamericana»7, caracterizada por la convergencia tenaz entre democracia y alta desigualdad social incluso en etapas de prosperidad económica, es atribuida hasta hoy por muchos analistas a los déficits y «defectos» políticos e institucionales, como así también a la insuficiente dotación de recursos destinados al Estado de Bienestar. Sin embargo, ninguna de estas hipótesis puede confirmarse empíricamente de manera fehaciente8. Ocurre que la desigualdad, la pobreza y el sistema electoral parecen configurar un singular «triángulo latinoamericano»9 en el que la democracia liberal, en lugar de promover la participación social, legitima la inequidad y es legitimada por ella. Si se tiene en cuenta este aspecto, la desigualdad social ya no aparece solamente como un déficit de la democracia, la estructura institucional y el Estado de Bienestar, sino que al mismo tiempo representa una expresión institucionalizada y –a juzgar por su persistencia– muy exitosa de dominación política.

En este escenario, cabe preguntarse cómo hacen las elites y los sectores de la política para perpetuar o incluso fomentar la desigualdad social a pesar de la aparente presión redistributiva ejercida en el marco democrático. Esta perspectiva analítica exige conocer profundamente el contexto específico y buscar una apertura empírica adecuada para poder percibir la lógica propia de cada país, más allá de las experiencias de Europa occidental y Estados Unidos. Es necesario realizar un análisis social descentrado, con categorías e indicadores que sean capaces de superar la visión eurocéntrica pero que, al mismo tiempo, permitan establecer mediciones empíricas precisas y comparaciones sistemáticas. Recurriendo al modelo figuracional de Norbert Elias, el siguiente aporte intenta desarrollar una herramienta metodológica para dicha perspectiva.

Las condiciones de un análisis social descentrado

Hasta hoy, el análisis social occidental se basa mayormente en dos relatos. Por un lado, está la comprensión eurocéntrica del desarrollo como proceso evolutivo lineal, que apunta a alcanzar un objetivo abstracto, proyectado en el futuro y medido en función de las experiencias europeas. Allí convergen la prosperidad económica, el desarrollo de una democracia liberal y el equilibrio del Estado de Bienestar social enmarcado en la época moderna de Europa y EEUU. Este universalismo de «one multiple repeated history»10 ha recibido numerosas críticas11, pero esas mismas críticas ofrecen un escaso sustento empírico y tienden a ser poco comparables e inexactas desde el punto de vista metodológico.

Estrechamente vinculado a esta idea de progreso se encuentra el segundo relato, androcéntrico y liberal, que concibe al individuo como un maximizador racional de los beneficios y la libertad, cuya presencia es fundamental para las instituciones y el desarrollo de la sociedad12. A partir de Platón, la mirada de la actuación humana osciló entre la pasión –inconstante y frecuentemente desmesurada– y la razón –muchas veces ineficaz–; sin embargo, desde fines del siglo XVI pudieron observarse dos tendencias: la revalorización del «control racional» como una virtud que debe internalizarse y el desarrollo de la categoría correspondiente al interés individual. La razón estaba llamada a apaciguar y transformar las fuerzas destructivas y beligerantes de la pasión. Así fue como la filosofía europea del Estado relegó lentamente las pasiones de la codicia (por el poder), la avaricia, el afán de lucro, las apetencias sexuales y de otro tipo como momentos de desarrollo social determinantes de la acción y, en cambio, legitimó las instancias del interés. Estas nuevas normas de comportamiento prometían la previsibilidad, es decir, el dominio del carácter imprevisible propio del ser humano. Las pasiones desenfrenadas se convirtieron en intereses restringidos, que sopesan de manera cada vez más estratégica una actuación social y le otorgan al mismo tiempo la posibilidad de ser evaluada13.

  • 1. Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal): Panorama social de América Latina 2010, onu, Santiago de Chile, noviembre de 2010; Luis López-Calva y Nora Lustig: Declining Inequality in Latin America. A Decade of Progress?, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud) y Brookings Institution Press, Nueva York-Washington, dc, 2010.
  • 2. Cepal: Panorama social de América Latina 2010, cit.; Cepal: Panorama social de América Latina 2011, onu, Santiago de Chile, noviembre de 2011.
  • 3. Humberto López y Guillermo Perry: «Inequality in Latin America: Determinants and Consequences», World Bank Policy Research Paper No 4.504, Washington, dc, 2008; Branko Milanovic y Rafael Muñoz de Bustillo: «La desigualdad en la distribución de la renta en América Latina: situación, evolución y factores explicativos» en América Latina Hoy No 48, 2008, pp. 15-42.
  • 4. John Coatsworth: «Inequality, Institutions and Economic Growth in Latin America» en Journal of Latin American Studies vol. 40, 2008, pp. 545-569; Ewout Frankema: Has Latin America Always Been Unequal? A Comparative Study of Asset and Income Inequality in the Long Twentieth Century, Brill, Leiden-Boston, 2009.
  • 5. Peter H. Lindert: Growing Public. Social Spending and Economic Growth since the Eighteenth Century, 2 vols., Cambridge University Press, Cambridge, 2004.
  • 6. Thomas H. Marshall: Class, Citizenship and Social Development, University of Chicago Press, Chicago, 1977.
  • 7. Hans-Jürgen Burchardt: «The Latin American Paradox: Convergence of Political Participation and Social Exclusion» en Internationale Politik und Gesellschaft No 3/2010, pp. 40-51.
  • 8. Cepal: Panorama social de América Latina 2011, cit.; Stephen Haggard y Robert Kaufman: Development, Democracy, and Welfare States. Latin America, East Asia, and Eastern Europe, Princeton University Press, Princeton-Oxford, 2008; Ingrid Wehr y H.-J. Burchardt: Soziale Ungleichheiten in Lateinamerika - Neue Perspektiven auf Wirtschaft, Politik und Umwelt, Nomos, Baden-Baden, 2011.
  • 9. pnud: La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos, Alfaguara, Buenos Aires, 2004.
  • 10. Peter Taylor: Modernities: A Geohistorical Interpretation, Polity Press, Cambridge, 1999.
  • 11. Arturo Escobar: Encountering Development. The Making and Unmaking of the Third World, Princeton University Press, Princeton, 1995; Gayatri Chakravorty Spivak y Sarah Harasym (eds.): The Post-Colonial Critic. Interviews, Strategies, Dialogues, Routledge, Nueva York-Londres, 1990.
  • 12. Max Weber: Economía y sociedad. Esbozo de sociología comprensiva, Fondo de Cultura Económica, México, 1964.
  • 13. Albert Otto Hirschman: The Passions and the Interests: Political Arguments for Capitalism Before Its Triumph, Princeton University Press, Princeton, 1977.