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Por fin triunfan los malos La ilegalidad cool de las series de televisión

Las series de televisión rompen con lo políticamente correcto: abundan el sexo, las drogas y el alcohol, pero también todo tipo de bajezas. Al final de cada capítulo y de cada temporada, queda la sensación de que el mundo es el teatro de una gran conspiración política y empresarial contra los ciudadanos; de que el capitalismo y los gobiernos y los empresarios nos quieren robar y matar y no nos hemos dado cuenta. Donald Trump sería un mejor personaje de ficción que candidato presidencial: lo amaríamos en una serie, lo odiamos como político real. Las series cuentan los males del capitalismo sin el temor de que los televidentes se subleven.

Por fin triunfan los malos / La ilegalidad cool de las series de televisión

Las series de televisión son una nueva droga. Producen adicción. Lo hacen creer a uno, como televidente, muy inteligente y perteneciente a la cultura pop. Esto es así porque las series expresan esa crisis de representación política que habitamos y expresan el éxito de la representación mediática como nueva forma de la política. Por eso, las series son nuestro mejor relato de época, ahí están todas las claves para crear, pensar, imaginar y comunicar en nuestro tiempo.

Las series son el fenómeno audiovisual del siglo xxi que nos lleva, a los fanáticos, a sentirnos mundializados. En las series se expresa esa crisis de subjetividad que habita nuestro mundo, y ellas nos permiten imaginar un nuevo espacio de opinión pública cool y contracultural. Dicho de otra manera, las series son para los pop-cultos algo así como lo que son las telenovelas para los populares-folk. Los pop-cultos somos, más que hijos de la ilustración y la identidad, herederos de las simbologías pop y las fusiones de pantallas. Para nosotros, las series tipo Breaking Bad, Mad Men, Game of Thrones o House of Cards son nuestra coolture. El escritor, cinéfilo y director de cine Alberto Fuguet lo definió mejor al decir que «las series son una forma de vida. O si lo prefieren, la mejor droga del mundo».

Este ensayo parte de contar el fenómeno de las series, para luego adentrarse en esa moral ilegal o paralegal que celebramos al verlas.

El auge de las series

Twin Peaks (1990) fue la primera de todas; luego vinieron muchas, pero las más famosas son er (1994), Los Soprano (1999), The Wire (2002), Lost (2004) y Mad Men (2007), y la moda se consolidó con Breaking Bad (2008), Homeland (2011), Game of Thrones (2011), Black Mirror (2011), House of Cards (2013), Orange is the New Black (2013), Sense 8 (2015). Los latinos participamos con series más populares que pop, más de las pantallas clásicas de televisión que de las nuevas digitales, con productos como Los simuladores (2002), Ciudad de los hombres (2002), Mujeres asesinas (2005), Sin tetas no hay paraíso (2008) o Pablo Escobar: El patrón del mal (2012).

Con Twin Peaks, un director de culto como David Lynch pasa del cine a la televisión en abril de 1990 y ahí nace esta narrativa en forma de pastiche ajena a toda linealidad; un modo de relato que promueve la confusión y una sensación planificada de improvisación constante; un delirante juego de sentimentalidades al borde de la parodia; el abuso de escenas extrañas por el goce de extrañar. Y, en lo temático, se presentan asuntos aberrantes y sin moral; el humor raro, los freaks y la sobredosis de ironía sobre la realidad conspirativa de nuestros días. Así se da inicio a la adicción de las series.

Nueve años más tarde, llegó Los Soprano de David Chase y todo se confirmó: nacía una televisión que no nos habíamos imaginado, una serie que documenta la mafia del siglo xxi, esa del cinismo ambiguo; Tony Soprano es padre de familia, un gánster italonorteamericano de Nueva Jersey, y va al psiquiatra. Todo pasa, nadie moraliza. Mejor que cine, la televisión toma el reino de los contraculturales. Cinco años más tarde, Lost se convertiría en la más importante serie de adicción globalizada. Su creador, J.J. Abrams, documenta la lucha de los supervivientes del accidente del vuelo 815 de Oceanic por subsistir en una isla del Pacífico. Fue transmedial. Los fans crearon comunidad y la debatieron, la extendieron, la intervinieron. La cultura pop de las series se había creado, una nueva droga surgía en el siglo xxi.

Cuatro años después, la confirmación del fenómeno llegó con Breaking Bad, que cuenta cómo una persona común con poco éxito en su vida profesional y con dificultades en su vida familiar y emocional –como la mayoría de las personas– trata de mantener hasta el último minuto un proceder civilizado, pero no lo logra y finalmente se convierte en un delincuente profesional y meditabundo. Un personaje ambiguo y detestable, que hizo sentir muy inteligentes y cínicos a los consumidores de esta «droga». Walter White, el protagonista de Breaking Bad, fue elevado a la categoría de mejor actor del mundo. Sus fans llegaron a enterrarlo en un cementerio real.

Las series no son cine, tampoco televisión, son una experiencia audiovisual transversal que entra en secuencia con otros saberes, prácticas y referencias y que genera nuevas vivencias de lo pop en los universos digitales. Una experiencia mundializada y «transpantalla», que pone en secuencia todas las usanzas del audiovisual a la manera televisiva y que solo puede ser disfrutada por ciudadanos globalizados. Las series son el mejor audiovisual que reúne las herencias del cine pero se toma en serio la televisión, y por eso narra sobre la base de personajes y asume la serialidad como recurso, abordando asuntos que requieren del largo aliento televisivo.

Las adicciones producidas

Las series se caracterizan por estallar la moral del televidente clásico. Se abandona la moral conservadora de la televisión tradicional que promovía amor, familia, religión y propiedad. Ya los buenos no serán los policías o los periodistas; es más, ya no habrá buenos, los protagonistas viven al margen de la ley y expresan esa amargura del existencialismo pop que consiste en asumir que el capitalismo y la democracia son un fraude y que todos somos sobrevivientes de esta conspiración cósmica montada por Estados Unidos, los gobiernos cínicos, los empresarios desalmados y los políticos corruptos. Todo hiede menos nosotros, los individuos pensantes que nos hemos dado cuenta de que esta sociedad conspira contra nosotros. Por esta razón, estas series celebran personajes moralmente ambiguos, las temáticas son atrevidas, las estéticas son sublimes, permiten gozar lo prohibido y celebrar lo que está al margen de la ley.

Todo producto cultural inventa su propio público, y las series crean un televidente más allá del gusto construido por la industria cultural nacional para pasar a habitar los referentes mundializados, a pensar el sistema societal desde un existencialismo pop (sabemos que todo anda mal, nada se puede hacer, a no ser ensayar la crítica irónica y la producción de un estilo de vida que se ríe de la política en el consumo y el sarcasmo). Las series exigen como único requisito para su disfrute tener una cultura mundo, porque para verlas hay que saber de referencias globales, de cultura pop, y habitar el cinismo hipster.