Coyuntura

Poder presidencial y liderazgo político bajo la presión de la movilización de la opinión pública y la ciudadanía

La seguidilla de elecciones realizadas en América Latina dejó como saldo positivo la consolidación del voto popular como el dispositivo básico para dotar de legitimidad a los gobernantes. Sin embargo, es posible observar también profundos cambios en las formas de representación: los nuevos liderazgos de popularidad, sustentados en una relación directa pero virtual con la opinión pública, protagonizaron los procesos electorales y lograron subordinar a los partidos políticos. Una vez en el gobierno, estos liderazgos suelen concentrar el poder en sus manos y prescindir de la deliberación y el debate en el espacio público. Pero su fortaleza es también su debilidad, ya que su legitimidad depende de una ciudadanía cada vez más autónoma y cambiante.

Poder presidencial y liderazgo político bajo la presión de la movilización de la opinión pública y la ciudadanía

La evolución de las democracias latinoamericanas plantea desafíos para la interpretación política. Las elecciones realizadas durante los dos últimos años, y las que todavía están pendientes hasta fin de 2006, en la mayoría de los casos de renovación presidencial, ilustran la consolidación de los recursos democráticos básicos y de la legitimidad. Los comicios presidenciales, con su componente de dramatización de la competencia, han reavivado la politización y, en consecuencia, canalizado la conflictividad, que en varios países había tenido efectos desestabilizantes. Los resabios del autoritarismo militar y del hegemonismo político, así como el explosivo descontento social derivado de las políticas neoliberales, se han procesado preservando la democracia en su dispositivo básico: la decisión por el voto popular. Respetando la expresión ciudadana, también se ha registrado un giro político significativo, en algunos casos hacia la izquierda reformista y en otros hacia posiciones más radicalizadas o de pretensión refundacional, como en Venezuela y Bolivia. La vocación democrática está, entonces, afincada en el hecho de que ni corporaciones poderosas, ni vanguardias políticas, ni líderes emergentes pueden sustraerse al ritual democrático elemental. Al mismo tiempo, el tipo de régimen político democrático que se esboza tiene ciertas características distintivas y plantea dilemas muy diferentes de los que se presumían en los tiempos de la primavera democrática de los años 80.

Este artículo analiza los cambios en la dinámica política que han sucedido, y en parte son una respuesta, a una extendida crisis de representación. En muchos casos, los partidos políticos se han desagregado y, en otros, su rol tradicional se ha debilitado. Los líderes de popularidad, sustentados en una relación directa, pero con frecuencia virtual con la ciudadanía, aparecen cada vez más como organizadores de la competencia política y ponen a los aparatos partidarios a su servicio. A la vez, la representación legal e institucional –los parlamentos, los gobernantes, los propios partidos y hasta la justicia– funciona en un contexto de ampliación del espacio público. Esto hace que la reproducción y el cuestionamiento de la legitimidad sean continuos. Ante ese panorama, la consagración electoral puede tornarse, en algunos casos, insuficiente para ejercer el poder. En efecto, las encuestas que configuran la opinión pública, así como los estallidos populares y ciudadanos que se valen de la acción y la presión directa sobre las autoridades y los representantes, forman parte del escenario político latinoamericano de nuestros días. La arena pública en la que se desenvuelven las sociedades de siglo XX, particularmente en América Latina, comprende también nuevas formas de agrupamiento y organización popular y ciudadana que, en lugar de «encuadrar» a las masas, articulan la presencia de un número de líderes con la representación –virtual– de la audiencia y de la opinión.

Las elecciones presidenciales

Las elecciones realizadas y las que vendrán son reveladoras de los cambios acaecidos en la vida política institucional e indican, también, una transformación del clima político. Estos procesos electorales, que en su mayoría comenzaron en los 80, confirman la mayor implantación del principio democrático, al menos en su expresión primera y elemental, que es el voto como sustento del poder legítimo. La fuerza del voto puede ser considerada como la afirmación del principio de la voluntad ciudadana en detrimento de los poderes corporativos, tanto sindical como militar o de negocios. Esa ola se ha visto favorecida por el debilitamiento de los canales tradicionales –incluidos los partidos políticos– y ha traído grandes novedades: en Uruguay, por primera vez en un siglo y medio, accedió al poder un líder que no proviene de los partidos tradicionales; en Chile, también por primera vez, una mujer llegó por voto directo a la Presidencia; en Bolivia triunfó Evo Morales, un candidato de vocación revolucionaria, de tradición indígena, que consiguió un apoyo mayoritario y distribuido nacionalmente que atempera, en lo inmediato, los conflictos regionales que amenazaban la unidad nacional. En Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva obtuvo la reelección, y en Venezuela se aproxima una contienda muy significativa, con buenas posibilidades para el presidente Hugo Chávez.

Las elecciones presidenciales ilustran, y a la vez absorben parcialmente, la crisis de representación política que se ha extendido en las sociedades latinoamericanas. Constituyen escenas políticas en las que la lucha por la diferenciación obliga a la renovación de las identidades y, con frecuencia, da lugar a la emergencia de nuevas candidaturas y agrupamientos políticos, que profundizan el debilitamiento de los partidos políticos tradicionales.

Debe notarse que el perfeccionamiento del presidencialismo a través de la supresión de los colegios electorales ha permitido reforzar la autoridad política presidencial y hacer de las elecciones pugnas atractivas, que reconfortan la autoridad de los ganadores. Fue lo que sucedió en Argentina con la reforma constitucional de 1994, recientemente en Bolivia y hace años en Brasil, donde el reclamo de «Direitas ja» acompañó la transición política de los 80.

Las elecciones presidenciales, donde se pone en juego el poder, han reavivado la politización en sociedades en las que cundían el escepticismo y la desesperanza, provocados, en algunos casos, por el estancamiento económico y el incremento de la pobreza, la exclusión y las desigualdades. Claro que, al mismo tiempo, la dramatización de las elecciones en condiciones de libertad política ha incrementado la incertidumbre, sobre lo cual hay un debate latente, y en parte pendiente, entre los analistas políticos.Las elecciones han sido un recurso pacificador frente a las crisis políticas y han permitido superar, al menos transitoriamente, fracturas que la autoridad política y el orden público no lograban resolver. El referéndum revocatorio realizado en Venezuela el 15 de agosto de 2004 permitió recomponer la autoridad de Hugo Chávez. En el mismo sentido, las elecciones presidenciales de diciembre de 2005 en Bolivia alejaron al país de los enfrentamientos entre grupos sociales y regionales. En Argentina, el gobierno transitorio que asumió luego de la crisis de fines de 2001 pudo consolidarse cuando, ante la protesta social, adelantó la fecha de los comicios presidenciales y la entrega del mando a un sucesor con mayor legitimidad popular.