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Paradigmas de una inevitable y conflictiva relación

Aunque las relaciones entre vecinos siempre son difíciles, México y Estados Unidos han mantenido durante más de un siglo un vínculo signado por el pragmatismo, que ha mejorado notablemente a partir de la integración económica iniciada en los 90. A pesar de ello, algunas cuestiones hacen difícil avanzar en una integración más profunda, al estilo de la Unión Europea: la política migratoria estadounidense, que incluye la construcción de un muro fronterizo, y la resistencia mexicana a fortalecer las políticas conjuntas en materia de defensa son dos factores importantes. En ambos países hay sectores aislacionistas e integracionistas y de la disputa entre ellos depende el futuro de la relación.

Paradigmas de una inevitable y conflictiva relación

Los zigzags de la historia

Las relaciones entre vecinos siempre son complejas. Sin embargo, cuando las diferencias son grandes, las fricciones, los conflictos y las percepciones equivocadas se vuelven difíciles de sobrellevar y manejar. Un elemento constante de las relaciones entre México y Estados Unidos, presente prácticamente desde que ambas existen como naciones, es la desconfianza: a partir de 1830, México «sospechó» que su vecino estaba detrás de los independentistas de Texas; en 1847, al confirmarse esta apreciación, estalló la guerra, que le costó a México los dos millones de kilómetros cuadrados que conforman los actuales estados de Texas, Nuevo México, Arizona y California. El miedo mexicano, entonces, se centra en la ambición expansionista e imperial de EEUU. Como señaló el presidente James Polk el 5 de diciembre de 1848 al Congreso estadounidense:

(…) los territorios recientemente adquiridos, sobre los cuales se extienden ahora nuestra jurisdicción exclusiva y nuestro dominio, constituyen una comarca de más de la mitad de la extensión que poseían los Estados Unidos antes de su adquisición. Si se excluye a Oregón de ese cálculo, quedarán todavía dentro de los límites de Texas, Nuevo México y California, 851.598 millas cuadradas. (...) Es casi una extensión de territorio tan grande como toda Europa, excluyendo solamente a Rusia. El Mississippi, que era anteriormente la frontera de nuestro país, es ahora solamente el centro.

Como se ve, la visión estadounidense es otra: el territorio se obtuvo en una guerra y después se confirmó mediante una «compra», o pago de compensación, para dejar sellada la operación. En general, EEUU desconfía de México, de sus instituciones, de su gobierno y de su estructura social, y señala la ineficacia, la corrupción y la incapacidad de su economía para retener a la población. Ciertamente, en esas desconfianzas mutuas, históricas, cada parte tiene sobradas razones para sospechar de la otra. Durante el siglo XIX, estas percepciones en parte se confirmaron y en parte se dejaron atrás. Entre 1880 y 1910, la dictadura mexicana mantuvo relaciones estables con el poderoso vecino. Después, cuando estalló la revolución, Washington solo reconoció al nuevo gobierno tras largas y arduas negociaciones. Fue en 1923, y el reconocimiento se logró a condición de no aplicar los artículos «nacionalistas» de la Constitución mexicana, para no afectar las propiedades estadounidenses –en particular las relacionadas con el petróleo–. Después, en 1938, el presidente Lázaro Cárdenas expropió el petróleo, lo que desató un conflicto que se transformó en cooperación estratégica con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Durante este periodo, entre 1939 y 1946, se entablaron buenas relaciones de cooperación mutua. Más tarde, durante la Guerra Fría, predominaron relaciones pragmáticas que, por momentos, incluyeron conflictos: México, por ejemplo, no compartió la política de EEUU hacia Cuba. En general, puede afirmarse que, durante el largo periodo del régimen de la Revolución Mexicana (1917-2000), ambos gobiernos fueron pragmáticos; siempre mantuvieron negociaciones bajo la mesa. Hubo, desde luego, un inevitable zigzag, que dependió de los gobernantes de turno en cada país y de los acontecimientos internos y externos. En los últimos cincos años, sin embargo, las encuestas demuestran que la opinión positiva de los mexicanos hacia su vecino ha descendido de 68% a 36%. Esto se explica por el cambio de prioridades de la política del presidente George W. Bush y el fracaso de muchas iniciativas del gobierno de México, sobre todo en los temas migratorios. A ello se suma el hecho de que la opinión pública mexicana no ve positivamente la acción militar de EEUU en Iraq. Del mismo modo, el cambio de las prioridades estadounidenses de seguridad nacional –que incluye la cuestión migratoria como parte de sus preocupaciones– genera un rechazo en la opinión pública mexicana que dificulta la capacidad de negociación del gobierno.

El comercio, valor estratégico

Entre 1989 y 1990, México y EEUU iniciaron las negociaciones para el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Tlcan). Desde aquel momento, ambos países pasaron del paradigma de la desconfianza, de vecinos incomprensibles y lejanos, a la búsqueda de entendimientos. Comenzaron a acentuarse los elementos y los intereses en común, más que las diferencias. Desde el inicio del gobierno de Carlos Salinas de Gortari, en 1988, hasta la actualidad, se vive un largo periodo de buenas relaciones. Durante estos 18 años, México fue gobernado por una «tecnocracia neoliberal», mientras que en EEUU alternaron presidentes republicanos y demócratas: George Bush (1989-1993), William Clinton (1993-2001) y George W. Bush (2001 hasta hoy). Se trata, en suma, de un periodo dorado de la relación bilateral, a pesar de los inevitables conflictos derivados de la cercanía, los problemas socioeconómicos y políticos de México y la estrategia post-11 de septiembre de EEUU, que no es bien vista por su vecino. Pese a ello, la relación es buena, solo comparable con la que se vivió durante la larga dictadura de Porfirio Díaz y, más brevemente, durante la Segunda Guerra Mundial.

En México, desde la revolución de 1910, los sucesivos gobiernos habían mantenido una «sana distancia» con EEUU, ya que no concordaban con las políticas anticomunistas de la Guerra Fría y desarrollaron una especie de autonomía aislacionista, que por momentos generó grandes fricciones. A la superpotencia, por supuesto, no le agradó la disidencia frente a Cuba y el tercermundismo retórico de algunos presidentes mexicanos, en particular de Luis Echeverría (1970-1976) y José López Portillo (1976-1982); la búsqueda de soluciones negociadas en Centroamérica tampoco fue bien vista. Pero desde los 80, la crisis de la deuda y el envejecimiento del régimen de la revolución abrieron la puerta a la transformación de la economía mexicana –nacionalista, aislada y estatizada– y dieron impulso al proceso de democratización. La apertura económica –cuyo símbolo fue el ingreso al GATT en 1986 y la firma del Tlcan en 1993– ha transformado la relación de forma muy profunda. La dependencia comercial es casi total de parte de México: 85% de su comercio se realiza con Estados Unidos. De todos modos, es necesario señalar que, según los economistas, esta dependencia económica se hubiera dado igual sin el Tlcan, como consecuencia de una relación inercial e inevitable. Por eso, parece difícil reorientar el mercado sin una transformación estructural de la economía mexicana que –pese al discurso oficial que siempre ha hablado de la «diversificación del comercio» con Europa, Asia y América Latina– hoy resulta imposible de realizar.