Opinión

Odio, frustración y valores reaccionarios Jair Bolsonaro y la regresión política en Brasil

La gran performance del ultraderechista Jair Bolsonaro puede ser explicada por tres factores que actuaron de forma simultánea: el antipetismo (basado en el odio), el rechazo al sistema político (explicado por la frustración) y la consolidación cultural de valores conservadores en la sociedad brasileña. Ahora, Fernando Haddad debe desarrollar una estrategia que no solo logre sumar votos progresistas, sino que también consiga apoyos de sectores liberales y democráticos que se opongan al retroceso político que implicaría un triunfo de Bolsonaro.

Odio, frustración y valores reaccionarios / Jair Bolsonaro y la regresión política en Brasil

La gran performance del ultraderechista Jair Bolsonaro, el candidato del Partido Social Liberal (PSL), puede ser explicada por tres factores que actuaron de forma simultánea: el antipetismo (basado en el odio), el rechazo al sistema político (explicado por la frustración) y la consolidación cultural de valores conservadores en la sociedad brasileña.

El odio

Bolsonaro reactivó y capitalizó el «antipetismo» visceral de las clases altas y medias, pero lo llevó hasta los límites socioeconómicos de esas clases y capturó también a parte de los sectores populares. Bolsonaro se montó en el mismo sentimiento de protesta y odio que movilizó a una parte de la ciudadanía en junio de 2013. En ese contexto, las movilizaciones casi provocaron la derrota de Dilma Rousseff en los comicios de 2014 y dieron impulso al Poder Judicial y al Poder Legislativo para avanzar en un impeachment de dudosa legalidad. Ahora, Bolsonaro aglutinó para sí el rechazo al PT que otrora condensara el tradicional polo «tucano» (como se conoce al Partido de la Socialdemocracia Brasileña [PSDB], liderado históricamente por el ex-presidente Fernando Henrique Cardoso, ubicado en la centroderecha). Ese partido, que dirigió la ecuación política de los últimos 20 años, no logró capturar el voto antipetista. Su candidato, el «centrista» Geraldo Alckmin, solo obtuvo 6% de los votos (cuarto lugar), y el PSDB perdió 19 escaños en el Parlamento. Sin dudas, fue la peor elección en la historia del partido.

La frustración

En un marco de profunda frustración ciudadana con la clase política, Bolsonaro ha sido muy hábil en librarse de su pasado y construirse como el outsider que no es: fue diputado federal durante 27 años y estuvo afiliado al partido Progresistas (de derecha) durante 11 años de esos 27. Se trata del partido con mayor cantidad de cuadros procesados en la operación Lava Jato (cuyo principal blanco siempre fue el PT). Esta operación, sin embargo, atacó a todos los partidos que formaron parte del juego político desde el restablecimiento de la democracia a fines de la década de 1980. Los escándalos de corrupción alcanzaron al PT, al PSDB, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (ex-PMDB, el partido de Temer), a Demócratas (ex-Partido del Frente Liberal, el partido conservador más tradicional) y a muchos de los llamados «partidos fisiológicos» del centro pragmático, y produjeron un descrédito generalizado en la población en relación con la política. En un contexto de «son todos ladrones», «son todos iguales» o «solo trabajan en beneficio propio», el ex-capitán, con un estilo simplón y directo, pero con mucha astucia, logró despegarse de esa clase política y erigirse como una persona ajena a ese sistema corrompido, como un salvador del país. Sin dudas, el hecho de que no haya denuncias de corrupción fuertes contra él ha ayudado a fomentar esa imagen.

Los valores reaccionarios

Los valores de tolerancia y respeto a la diferencia y las políticas de inclusión social desarrolladas como producto de potentes reivindicaciones sociales concitaron la reacción de los grupos conservadores. En la retórica conservadora, las políticas positivas en relación con la raza, el género, el sexo y la condición socioeconómica fueron transformadas en «privilegios», en «paternalismo», en atentados contra la «familia», en políticas de fomento a personas que no quieren trabajar o que, según ellos, no se merecen la ayuda del Estado. A esta reacción conservadora se le debe sumar el creciente peso social y cultural de las iglesias evangélicas, que en Brasil están muy cerca de superar el número de fieles de la Iglesia católica. A pesar de su diversidad y de que no todos los fieles repiten en la política lo que sus dirigentes indican, el sector más activo y poderoso de los evangélicos resulta políticamente más conservador. Sus valores dialogan con el discurso de conservadorismo radical de Jair Bolsonaro: la apelación a la familia tradicional, el rechazo a los gays y a las uniones LGBTIQ y la lucha contra el aborto se suman a la noción de «meritocracia» derivada de la llamada «teología de la prosperidad», que atribuye al esfuerzo individual la razón del éxito en la vida. Tanto es así que el movimiento de mujeres #EleNão (#ÉlNo) –que protestaba contra estas ideas esgrimidas por Bolsonaro– le sirvió en la estrategia de campaña para atizar con imágenes y mensajes manipulados (fake news) los valores «de la izquierda» y contra la familia que este movimiento pregonaría. Lo cierto es que las posiciones de Bolsonaro constituyen una amenaza para los derechos de las mujeres, protagonistas de las principales movilizaciones callejeras realizadas en el contexto de la campaña electoral.

La guerra electoral

El bombardeo electoral de alta intensidad que las huestes de Bolsonaro desataron contra el candidato del PT, Fernando Haddad, consiguieron su objetivo. Durante los últimos 10 días previos a la elección, diversos mensajes con audios, videos y memes –la mayoría de ellos con fake news e información manipulada– circularon por redes sociales (especialmente por Whatsapp) y activaron el antipetismo y la reacción conservadora. Estos mensajes lograron neutralizar la presencia televisiva del resto de los candidatos y asestaron un golpe decisivo a Haddad y al PT que, tras una campaña mayoritariamente basada en propuestas programáticas (bajo el lema «paz y amor»), decidió ya muy tarde iniciar el contraataque contra Bolsonaro, quien tuvo mucho menos tiempo en las pantallas de televisión.

Hoy las bolsas suben y el dólar cae. Es la «euforia» del mercado en relación con la posibilidad de un gobierno que promete no tocar los intereses económicos de las elites brasileñas y que asegura que aplicará la «mano dura» para controlar las contradicciones sociales que las medidas de ajuste y retroceso de la protección social y laboral ya están generando en la población más pobre de Brasil.

En las próximas tres semanas se verá si es posible revertir la tendencia verificada desde el retorno de la democracia, que indica que quien gana el primer turno gana también el segundo. Bolsonaro ya dijo que seguirá su campaña del mismo modo. Haddad, por su parte, intenta desde el minuto uno agrupar al campo democrático y dar señales hacia el centro del espectro político para ganar apoyo de sectores democrático-liberales. Tendrá, al mismo tiempo, que atacar al candidato del PSL para intentar una «deconstrucción» de su figura en los medios, las redes y las calles. Y podrá finalmente debatir propuestas y programas frente a frente con Bolsonaro, quien aprovechó el atentado que sufrió a manos de una persona desequilibrada para huir de los debates televisivos y de la confrontación directa sobre políticas públicas. Dependerá del talento personal del petista y del empeño del campo democrático y popular evitar que Brasil se transforme en otro de los tristes casos de atraso político, social y cultural de la «onda fascistoide» del neoliberalismo global contemporáneo.