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Occupy Moscú. Las protestas de 2011-2013 y la izquierda crítica

Rusia también tuvo sus «indignados», que se movilizaron contra el fraude y la corrupción tras las elecciones de fines de 2011. En las protestas participaron diversas corrientes político-ideológicas –liberales, izquierdistas y nacionalistas– y estuvo ausente el Partido Comunista de la Federación de Rusia, que hoy forma parte de la oposición tolerada. Escrito por un académico que participó de ese movimiento, este artículo retrata los avances, las tensiones y los límites de esas jornadas que el gobierno descalificó como «protestas de la gente bien» y que, pese a su masividad, no lograron atraer a capas más amplias de trabajadores.

Occupy Moscú. Las protestas de 2011-2013 y la izquierda crítica

A principios de la primera década de este siglo, el mundo se vio envuelto en una ola de protestas que, por su diversidad e interconexión, recordó los «agitados años 60» del siglo XX. Parecería que nada hubiera en común entre los islamistas de Egipto, los radicales de izquierda occidentales y los participantes de la protesta democrática en Moscú. No obstante, se habla por doquier de la «revolución de Facebook» (antes a nadie se le había ocurrido hablar de la «revolución de los teléfonos», si bien ese medio de comunicación desempeñó un papel importante en las revoluciones del siglo XX). Rusia no fue ajena a protestas contra el poder, en este caso motivadas por la denuncia de fraude en las elecciones para la Duma (Parlamento) de diciembre de 2011 y la corrupción, luego de una década marcada por el signo de Vladímir Putin. En ellas participaron diversas corrientes políticas, desde los liberales (como Solidaridad y el Partido de la Libertad Popular) hasta la izquierda (el Frente de Izquierda –la más popular de las organizaciones extraparlamentarias–, el Movimiento Socialista Ruso, etc.), pasando por las fuerzas nacionalistas (el movimiento Rusos –nacido sobre la base del Movimiento contra la Inmigración Ilegal–, el Movimiento Social Ruso y otros). «Rusia sin Putin» y «Por elecciones libres» eran los lemas principales. La protesta congregó a diferentes figuras como los socialistas Serguéi Udaltsov e Ilya Ponomarev, el socialdemócrata Gennady Gudkov, el liberal Boris Nemtsov, el nacionalista democrático Alekséi Navalny1 o el novelista Boris Akunin.

En la plaza Bolótnaia de Moscú, las palabras «Tahrir», «Maidán» (Plaza de la Independencia de Kiev) y «Occupy» eran sinónimos de una experiencia compartida. A pesar de la gran heterogeneidad de los movimientos de protesta internacionales, estos también fueron alcanzados por la globalización, lo que produce la sensación de que hay ciertos rasgos comunes entre ellos. Y lo principal en esa comunidad es el déficit de un programa social que precise lo que se quiere construir.

Las protestas en Moscú

El papel de Moscú en las protestas de los últimos años adquiere una singular relevancia porque el método de derrocar regímenes autoritarios mediante manifestaciones masivas (método de la revolución no violenta), ampliamente utilizado en la actualidad, fue perfeccionado por la oposición en la Unión Soviética durante la perestroika. Pero si la perestroika condujo, en efecto, a cambios cualitativos de la estructura social (lo que es característico de una revolución), a principios del siglo XXI quedó claro que ese método puede ser utilizado para cambiar un régimen sin que eso vaya acompañado de cambios estructurales (como se pudo observar en Georgia en 2003 o en Ucrania en 2004). Rusia, que hasta 2011 era una isla de estabilidad política, conoció más tarde manifestaciones masivas de oposición, y no es sorprendente que en ellas haya participado gente con experiencia de la etapa de la perestroika. Sin embargo, esa experiencia era aplicada en nuevas circunstancias originadas en un entorno global diferente. En efecto, se utilizaron plataformas como YouTube, la televisión alternativa y Facebook, un modelo aún rústico, pero modelo al fin, de democracia electrónica y herramienta eficaz de información rápida y «horizontal». Inmediatamente, tras las elecciones parlamentarias del 4 de diciembre de ese año, una parte de la población se sintió engañada y se puso de acuerdo para organizar protestas que reunieron a miles de personas.

Ya desde un principio, el movimiento llevaba en sí los gérmenes de sus futuras contradicciones. Después de los primeros mítines del 4 de diciembre (una iniciativa de izquierdistas y nacionalistas) y de la movilización masiva del día posterior (una iniciativa de liberales y populistas), se planteó la cuestión de organizar un gran acto en la Plaza de la Revolución, cerca del Kremlin. Ante el poder, surgía la amenaza de un Maidán (como en Ucrania en 2004) o, incluso, de un Tahrir (como en Egipto en 2011).

Originariamente, el permiso para celebrar la concentración lo obtuvieron los representantes del Frente de Izquierda y de Solidaridad. Sin embargo, los líderes de la oposición liberal acordaron con las autoridades el traslado del mitin a la plaza Bolótnaia –la menos adecuada en todo sentido– y lanzaron así un desafío a los activistas de las organizaciones sociales; al mismo tiempo, estos líderes empezaron a ocupar la importante posición de intermediarios entre el poder y el movimiento social. De su lado estaban también los medios liberales de comunicación de masas. La emisora de radio Eco de Moscú convocaba a la gente a la plaza Bolótnaia. Quedaba así constituida la principal contradicción de los organizadores de los mítines: la que existía entre el reducido comité de organización y la amplia base militante, aunque solo juntos podían garantizar la movilización de miles de personas que le daban al movimiento un peso político que las autoridades no podían desconocer.

El 10 de diciembre se congregaron aún más manifestantes en la Plaza de la Revolución y marcharon a la plaza Bolótnaia pasando frente al Kremlin con las banderas desplegadas (esto estaba formalmente prohibido, pero en esa ocasión la policía no recibió la orden de reprimir). Lo interesante es que se formaron dos columnas de distinto color ideológico: la de izquierda (Frente de Izquierda y anarquistas) y la nacionalista.

La composición social de las masivas concentraciones no tardó en suscitar discusiones con el oficialismo. Los partidarios del presidente Putin intentaron asestar un golpe por izquierda a la oposición. Trataron de mostrar que aquello era una rebelión de los ricos, meros «caprichos de gente bien». Sin embargo, en el lugar de los acontecimientos había poca gente con ropa cara, o en cualquier caso, no saltaba a la vista. A la plaza marcharon sobre todo representantes de los sectores medios urbanos: intelectuales, empleados, pequeños burgueses y estudiantes.

Posteriormente, una parte de esos «convocados de diciembre» pasó a engrosar las filas de las bases militantes y empezó a participar en la vida de las organizaciones sociales y de las plataformas políticas electrónicas, mientras que otra parte se limitó a asistir ocasionalmente a las marchas. Hacia fines de 2012, la cantidad de organizaciones sociales había crecido y la movilización de masas había decaído. Pero esta ampliación de las bases militantes constituye un balance importante de los años 2012-2013, no siempre advertido a la luz de la declinación de la participación activa en las calles.

  • 1. Navalny militó en el partido social-liberal Yábloko («Manzana») hasta 2007. Utiliza su popular blog para organizar reclamos en gran escala de los ciudadanos frente a los problemas de Rusia, principalmente relacionados con la corrupción. En 2012 encabezó el Partido Alianza Popular. Desde 2013 fue procesado por la justicia penal varias veces con diferentes pretextos y desde 2014 está bajo arresto. Suele referirse al partido Rusia Unida, de Putin, como el «partido de estafadores y ladrones».