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Occupy Moscú. Las protestas de 2011-2013 y la izquierda crítica

Rusia también tuvo sus «indignados», que se movilizaron contra el fraude y la corrupción tras las elecciones de fines de 2011. En las protestas participaron diversas corrientes político-ideológicas –liberales, izquierdistas y nacionalistas– y estuvo ausente el Partido Comunista de la Federación de Rusia, que hoy forma parte de la oposición tolerada. Escrito por un académico que participó de ese movimiento, este artículo retrata los avances, las tensiones y los límites de esas jornadas que el gobierno descalificó como «protestas de la gente bien» y que, pese a su masividad, no lograron atraer a capas más amplias de trabajadores.

Occupy Moscú. Las protestas de 2011-2013 y la izquierda crítica

A principios de la primera década de este siglo, el mundo se vio envuelto en una ola de protestas que, por su diversidad e interconexión, recordó los «agitados años 60» del siglo XX. Parecería que nada hubiera en común entre los islamistas de Egipto, los radicales de izquierda occidentales y los participantes de la protesta democrática en Moscú. No obstante, se habla por doquier de la «revolución de Facebook» (antes a nadie se le había ocurrido hablar de la «revolución de los teléfonos», si bien ese medio de comunicación desempeñó un papel importante en las revoluciones del siglo XX). Rusia no fue ajena a protestas contra el poder, en este caso motivadas por la denuncia de fraude en las elecciones para la Duma (Parlamento) de diciembre de 2011 y la corrupción, luego de una década marcada por el signo de Vladímir Putin. En ellas participaron diversas corrientes políticas, desde los liberales (como Solidaridad y el Partido de la Libertad Popular) hasta la izquierda (el Frente de Izquierda –la más popular de las organizaciones extraparlamentarias–, el Movimiento Socialista Ruso, etc.), pasando por las fuerzas nacionalistas (el movimiento Rusos –nacido sobre la base del Movimiento contra la Inmigración Ilegal–, el Movimiento Social Ruso y otros). «Rusia sin Putin» y «Por elecciones libres» eran los lemas principales. La protesta congregó a diferentes figuras como los socialistas Serguéi Udaltsov e Ilya Ponomarev, el socialdemócrata Gennady Gudkov, el liberal Boris Nemtsov, el nacionalista democrático Alekséi Navalny1 o el novelista Boris Akunin.

En la plaza Bolótnaia de Moscú, las palabras «Tahrir», «Maidán» (Plaza de la Independencia de Kiev) y «Occupy» eran sinónimos de una experiencia compartida. A pesar de la gran heterogeneidad de los movimientos de protesta internacionales, estos también fueron alcanzados por la globalización, lo que produce la sensación de que hay ciertos rasgos comunes entre ellos. Y lo principal en esa comunidad es el déficit de un programa social que precise lo que se quiere construir.

Las protestas en Moscú

El papel de Moscú en las protestas de los últimos años adquiere una singular relevancia porque el método de derrocar regímenes autoritarios mediante manifestaciones masivas (método de la revolución no violenta), ampliamente utilizado en la actualidad, fue perfeccionado por la oposición en la Unión Soviética durante la perestroika. Pero si la perestroika condujo, en efecto, a cambios cualitativos de la estructura social (lo que es característico de una revolución), a principios del siglo XXI quedó claro que ese método puede ser utilizado para cambiar un régimen sin que eso vaya acompañado de cambios estructurales (como se pudo observar en Georgia en 2003 o en Ucrania en 2004). Rusia, que hasta 2011 era una isla de estabilidad política, conoció más tarde manifestaciones masivas de oposición, y no es sorprendente que en ellas haya participado gente con experiencia de la etapa de la perestroika. Sin embargo, esa experiencia era aplicada en nuevas circunstancias originadas en un entorno global diferente. En efecto, se utilizaron plataformas como YouTube, la televisión alternativa y Facebook, un modelo aún rústico, pero modelo al fin, de democracia electrónica y herramienta eficaz de información rápida y «horizontal». Inmediatamente, tras las elecciones parlamentarias del 4 de diciembre de ese año, una parte de la población se sintió engañada y se puso de acuerdo para organizar protestas que reunieron a miles de personas.

Ya desde un principio, el movimiento llevaba en sí los gérmenes de sus futuras contradicciones. Después de los primeros mítines del 4 de diciembre (una iniciativa de izquierdistas y nacionalistas) y de la movilización masiva del día posterior (una iniciativa de liberales y populistas), se planteó la cuestión de organizar un gran acto en la Plaza de la Revolución, cerca del Kremlin. Ante el poder, surgía la amenaza de un Maidán (como en Ucrania en 2004) o, incluso, de un Tahrir (como en Egipto en 2011).

Originariamente, el permiso para celebrar la concentración lo obtuvieron los representantes del Frente de Izquierda y de Solidaridad. Sin embargo, los líderes de la oposición liberal acordaron con las autoridades el traslado del mitin a la plaza Bolótnaia –la menos adecuada en todo sentido– y lanzaron así un desafío a los activistas de las organizaciones sociales; al mismo tiempo, estos líderes empezaron a ocupar la importante posición de intermediarios entre el poder y el movimiento social. De su lado estaban también los medios liberales de comunicación de masas. La emisora de radio Eco de Moscú convocaba a la gente a la plaza Bolótnaia. Quedaba así constituida la principal contradicción de los organizadores de los mítines: la que existía entre el reducido comité de organización y la amplia base militante, aunque solo juntos podían garantizar la movilización de miles de personas que le daban al movimiento un peso político que las autoridades no podían desconocer.

El 10 de diciembre se congregaron aún más manifestantes en la Plaza de la Revolución y marcharon a la plaza Bolótnaia pasando frente al Kremlin con las banderas desplegadas (esto estaba formalmente prohibido, pero en esa ocasión la policía no recibió la orden de reprimir). Lo interesante es que se formaron dos columnas de distinto color ideológico: la de izquierda (Frente de Izquierda y anarquistas) y la nacionalista.

La composición social de las masivas concentraciones no tardó en suscitar discusiones con el oficialismo. Los partidarios del presidente Putin intentaron asestar un golpe por izquierda a la oposición. Trataron de mostrar que aquello era una rebelión de los ricos, meros «caprichos de gente bien». Sin embargo, en el lugar de los acontecimientos había poca gente con ropa cara, o en cualquier caso, no saltaba a la vista. A la plaza marcharon sobre todo representantes de los sectores medios urbanos: intelectuales, empleados, pequeños burgueses y estudiantes.

Posteriormente, una parte de esos «convocados de diciembre» pasó a engrosar las filas de las bases militantes y empezó a participar en la vida de las organizaciones sociales y de las plataformas políticas electrónicas, mientras que otra parte se limitó a asistir ocasionalmente a las marchas. Hacia fines de 2012, la cantidad de organizaciones sociales había crecido y la movilización de masas había decaído. Pero esta ampliación de las bases militantes constituye un balance importante de los años 2012-2013, no siempre advertido a la luz de la declinación de la participación activa en las calles.

El carácter masivo del movimiento también es objeto de discusión. ¿Cuánta gente asistió a las protestas? Desde la tribuna, anunciaban una convocatoria de más de 100.000 personas. Hubo cálculos más precisos que, como regla general, arrojaban cifras sustancialmente menores. A decir verdad, mis cálculos sobre el terreno también me daban cifras más modestas que las deseadas por los románticos de la democracia. El 24 de diciembre calculé que en la plaza Sájarov había unas 35.000 personas; el 4 de febrero, en la plaza Bolótnaia, unas 25.000. De todas formas, decenas de miles de manifestantes no es poco (son divisiones enteras según la plantilla militar). Si estos lo hubieran deseado, habrían podido romper el cordón policial, tal como lo demuestran los acontecimientos del 6 de mayo de 2012, a los que nos referiremos más adelante. Pero no quisieron hacerlo. A pesar de que en el movimiento tuvieron un papel relevante organizaciones tales como el Frente de Izquierda, con un programa social detallado, el movimiento de Bolótnaia, tomado en conjunto, planteó desde un principio el reclamo en extremo moderado de celebrar nuevamente las elecciones parlamentarias. Contando con el apoyo masivo de personas de las más diversas opiniones, los veteranos del movimiento social temían ahora perderlo todo a causa de la escisión entre izquierdistas y derechistas.Ya en diciembre, el poder estaba claramente asustado ante las decenas de miles de «ciudadanos indignados». Y de pronto su número creció hasta centenares de miles que organizarían un Maidán, es decir, que utilizarían la metodología de una protesta callejera de larga duración, como lo había hecho la llamada «revolución naranja» en Ucrania en 2004. La campaña «antinaranja» no tardó en desplegarse. Los politólogos afines al oficialismo intentaron convencer a los ciudadanos de que la «revolución naranja» era más terrible que la conservación del régimen de Putin. El defecto de la «revolución naranja» (ambas palabras entre comillas) consiste en que su energía se disipa sin cristalizarse en un proyecto de cambio más estructurado. La propaganda oficial aseguraba a la gente que, tras las protestas no violentas, seguiría «Siria», es decir, la guerra civil. Así el poder advertía que estaba dispuesto a defenderse como el presidente sirio Bashar Al-Asad, es decir, sin escatimar recursos.

Los empleados públicos fueron movilizados con el fin de reunir varios miles de personas en los mítines «antinaranjas». Sin embargo, era claro que la gente que acudía obligada a la concentración en apoyo del presidente no constituía una barrera al movimiento opositor y, en gran medida, simpatizaba con este. Para prevenir el peligro que esto implicaba, se implementó la práctica de otorgar pases para ser admitido en los mítines a favor de Putin.

Tras la manifestación de diciembre, el presidente Dmitri Medvédev2 anunció algunas concesiones, la más importante de las cuales era la flexibilización del régimen de registro de los partidos políticos. Como se supo pronto, esas concesiones quedaron mayormente en palabras. No obstante, el movimiento social de diciembre adquiría cada vez más fuerza y no podía contentarse con esas pequeñas conquistas, cuando lo que reclamaba era un conjunto más amplio de demandas: nuevas elecciones parlamentarias basadas en condiciones más equitativas para la oposición, liberación de los presos políticos y, en el colmo del atrevimiento, la renuncia de Putin. Más conciliadores, los liberales del Comité de Organización llevaron a la tribuna al ex-ministro de Finanzas de Putin, Alekséi Kudrin, y a la periodista Ksenia Sobchak, quienes propusieron un acuerdo mutuamente ventajoso con el poder. En la agenda del día apareció la cuestión de la negociación y, por consiguiente, de quién tendría derecho a representar a aquella masa de miles de personas. Más aún, era posible pasar a la creación de una estructura de oposición amplia (aunque no diera cabida a todos), que combinara reclamos democráticos y sociales y de defensa de derechos.

Después del 10 de diciembre se constituyeron dos centros en el movimiento: el reducido Comité de Organización, con claro predominio de los liberales, y el Grupo de Iniciativa, donde estaba representado el conjunto más grande de activistas. Entre los meses de diciembre y enero tuvo lugar un fuerte debate en el seno del Grupo de Iniciativa respecto a cuál sería el devenir del movimiento: una reunión de «estrellas» que hablaban con el poder en nombre del pueblo o un instrumento del movimiento ciudadano de base. Los intentos de utilizar los medios electrónicos para la elección de líderes no prosperaron lo suficiente. Además, era evidente que las «estrellas» promocionadas por la televisión en los años 90 y en el primer decenio de este siglo tenían una clara ventaja sobre los activistas de los movimientos sociales, cuya actividad, con escasas excepciones, era silenciada. En cualquier caso, era claro que el movimiento no estaba preparado para aceptar la legitimidad del voto por parte de un círculo indefinido de habitantes de Rusia respecto a la cuestión de quién podía hablar en nombre de los manifestantes.

Esta experiencia fue prácticamente ignorada por el Comité de Organización, incluso cuando, en busca de legitimidad, realizó en octubre de 2012 elecciones para el Consejo de Coordinación de la oposición. El ala izquierda del movimiento criticó el esquema de las elecciones, insistiendo en que estas debían hacerse no entre «estrellas», sino entre plataformas. Cuando las propuestas de la izquierda fueron ignoradas, el Foro de Fuerzas de Izquierda (amplia coalición de la que forma parte el Frente de Izquierda) llamó a no participar en esa elección y declaró que las fuerzas de izquierda se desentendían de las decisiones que se tomaran.

Es notorio que el Partido Comunista de la Federación de Rusia (PCFR) prácticamente se abstuvo de estas protestas. Sus militantes participaron en los mítines, pero el líder del partido, Guennadi Ziugánov, se desligó de ellos. En verdad, el PCFR ya era muy dependiente de la política de Putin: Ziugánov solo se atrevía a criticar a los ministros y algunos aspectos de la política de Putin y Medvédev. Hace tiempo que las elecciones en Rusia se convirtieron en un ritual de confirmación del candidato del «partido del poder», en el que los demás juegan el papel de la fachada democrática. La «oposición de Su Majestad» puede hacer agitación, pero sin criticar al candidato principal. Y el PCFR es parte de la oposición legal. Pero por otro lado, Ziugánov buscaba ganar como electores a una buena parte de quienes protestaban, evitando criticar a Putin directamente. Con este fin, invitó a Serguéi Udaltsov a su campaña presidencial de 2012. Udaltsov aceptó jugar este rol para tener acceso a la televisión, donde pudo expresar abiertamente sus ideas durante unos minutos en el aire. Sin embargo, desde 2012 Udaltsov se transformó en el político de izquierda más conocido fuera del sistema Putin3.

Lo que ocurrió en el campo de las protestas fue una disputa entre un modelo activista y un modelo populista (caudillista) de movimiento, y esto condujo a una crisis más seria. Los participantes de los mítines de diciembre se hacían con mayor frecuencia la pregunta: «¿Por qué los que están en la tribuna hablan en nuestro nombre?». No es un secreto que en Rusia los políticos liberales, después de los años 90, tienen una imagen muy negativa. Además, la izquierda y los nacionalistas se profesan también mutua antipatía (eso entorpeció, asimismo, el funcionamiento del Grupo de Iniciativa y acabó con los intentos de desarrollar su estructura organizativa común). Cualquier alteración del equilibrio entre los sectores ideológicos, así como entre los activistas con posiciones más definidas y aquellos recién iniciados que pedían «no ser agobiados por la ideología», causaba fuertes altercados. Como resultado, la organización de los mítines empezó a provocar la indignación de las bases y la desmovilización de aquellos que se oponían al poder, pero también a los oradores en las tribunas. Por lo demás, los oradores no decían nada especialmente interesante y no tardaron en fastidiar a los intelectuales.

Los líderes de la oposición fueron invitados a una reunión con Medvédev, reunión que sin embargo fue un patente fracaso, no solo por la falta de deseo del gobierno de arribar a algún tipo de acuerdo, sino también porque los interlocutores del presidente en las conversaciones no representaban al movimiento y empezaron a plantear iniciativas no consensuadas previamente con las bases y completamente ingenuas, como la de extender el mandato de Medvédev como forma de evitar el regreso de Putin a la jefatura del Estado.

En ese momento ya estaba claro que el movimiento se debilitaba, puesto que sus reclamos habían perdido vigencia y dejado de suscitar interés. Ante todo, porque tenían un carácter elitista y estaban alejados de los intereses sociales de amplias capas de la población. Ahora bien, el planteamiento de demandas sociales (y no solo políticas) podía dividir el movimiento, y a esa disyuntiva se enfrentó este en la primavera de 2012.

Enfrentamiento en la plaza y enfrentamiento de ideas

En ese momento transcurría la «campaña preelectoral» de Putin para regresar al sillón presidencial, lo que no era más que un procedimiento ritual, con el resultado sabido de antemano: todo el aparato burocrático de las comisiones electorales, que había sido acusado de fraude, quedó inmune, y las denuncias no fueron objetivamente investigadas. El cambio de presidente, de Medvédev a Putin, servía de pretexto para terminar la campaña opositora con un final efectista. Después de una manifestación masiva organizada para el 6 de mayo, la víspera de la toma de posesión de Putin, el movimiento podía tomarse vacaciones de verano y, en ese lapso, ordenar su estructura y elaborar nuevos reclamos más atractivos para la sociedad.

Pero la situación en el país siguió un curso diferente. El 6 de mayo las autoridades «relanzaron» el movimiento al colocar cordones policiales que cortaban el paso a una manifestación autorizada. Las autoridades empujaron a los manifestantes hacia el estrecho espacio del sendero que hay entre el parque y el canal, lo que provocó un apretujón masivo. A juzgar por el hecho de que el jefe de la policía moscovita, Vladímir Kolokóltsev, recibió poco después el cargo de ministro del Interior, no puede hablarse de falta de profesionalismo, sino de cumplimiento de una orden precisa. La provocación tuvo éxito: la víspera de la toma de posesión de Putin en Moscú estuvo signada por enfrentamientos masivos entre activistas civiles y la policía, y los medios de comunicación oficiales declararon que la verdadera intención de la oposición era desbaratar la ceremonia y, prácticamente, realizar un golpe de Estado.

Sin embargo, resultó que el cordón policial no podía aguantar el empuje siquiera de una pequeña masa de manifestantes. Si lo hubieran querido, en efecto, estos podrían haber alcanzado el objetivo de irrumpir en el Kremlin, pero nunca se lo propusieron. La policía, una vez repuesta del primer susto, se lanzó al ataque y empezó a golpear a los manifestantes y a detener a quienes se defendían.

El violento accionar de las autoridades desató una nueva ola de indignación y un nuevo giro en la campaña de la oposición. El movimiento comenzó a realizar pequeñas «ocupaciones» en las que se perfeccionaron los métodos de la democracia activista. Eso acrecentó sustancialmente el papel de las bases. Sin embargo, las «ocupaciones» en el centro de Moscú reprodujeron los puntos débiles tanto de las «ocupaciones» occidentales como del movimiento de la plaza Bolótnaia. Los participantes del movimiento hablaban y discutían mucho, pero no elaboraron ningún plan de acción en contra de un poder que se fortalecía y que, después del 6 de mayo, había pasado a la represión política. Las «ocupaciones» moscovitas tenían inspiración y un espíritu romántico de lucha, pero no un programa. Y los manifestantes eran regularmente expulsados de las plazas ocupadas.

Los acontecimientos del 6 de mayo se desencadenaron en un momento en que el movimiento aún conservaba su potencial pero no había adquirido nuevos significados, y por eso este quedó condenado a su ulterior desaparición. No obstante, las autoridades, provocando el enfrentamiento, le dieron al núcleo activista del movimiento mayor firmeza. Los «presos de Bolótnaia» podían ser prácticamente cualquier manifestante que se hallara en la zona de ataque de la policía. Así, la lucha por la liberación de los nuevos presos políticos se convirtió en una causa importante para los activistas. Ahora ya no era posible «dispersarse sin más» hasta el próximo levantamiento social.

Sin embargo, la merma en la masividad del movimiento era inevitable ante la ausencia de demandas movilizadoras. Los líderes públicos del movimiento facilitaron esa merma, ya que prefirieron un esquema de organización caudillista. Como ya había demostrado la experiencia de principios de los años 90, esa estructura es buena cuando se produce un aflujo rápido de las masas hacia la oposición y los participantes están dispuestos a apoyar con entusiasmo a los líderes. Pero en condiciones de retroceso, cuando los participantes ocasionales ya se desmovilizan, la base del movimiento tiene una relación cada vez más escéptica con los líderes. Los veteranos de las marchas de protesta se cansaron de los discursos monótonos, tras los cuales se ocultaba o bien el liberalismo arruinado de los años 90 o bien el deseo de disimular los desacuerdos en el amplio frente opositor.La ruptura organizativa que siguió a los acontecimientos de mayo pasó al plano ideológico. Ya la siguiente marcha del 12 de junio se realizó por los bulevares de Moscú y no por las calles (tal fue la exigencia de las autoridades), lo que estrechó el espacio para la protesta. Esa circunstancia hizo que la oposición marchara en dos columnas separadas, la de la izquierda y la de la derecha, poniendo de relieve que el movimiento de masas opositor unía fuerzas muy diversas. Para unos, el sueño máximo era un golpe en la cúpula que devolviera el país a los años 90, cuando gobernaba Boris Yeltsin; para otros, lo más importante era la unión de los objetivos democráticos y los sociales. Había también un tercer grupo, los nacionalistas, que marcharon en la columna de la derecha.

La unidad de derechistas e izquierdistas se veía justificada por las condiciones de la campaña electoral, cuyo lema era «Todos contra Putin», consigna que ya entonces despertaba el descontento de una parte considerable de los activistas de organizaciones sociales y de los participantes de base. Después de las elecciones presidenciales del 4 de marzo de 2012, para los rusos corrientes el tema electoral pasó a un segundo plano en medio de los habituales problemas sociales, que seguían agravándose y acentuándose sobre el fondo de los anuncios de Putin acerca de la «superación de la crisis económica». Por desgracia, esa temática social casi no halló eco en los discursos de los mítines de primavera. El distanciamiento respecto a las necesidades sociales de la población debilitó a la oposición de la plaza Bolótnaia. Incluso en el Frente de Izquierda la idea de la reorientación del movimiento de todas las fuerzas democráticas se instauró con gran esfuerzo. Udaltsov, el más conocido de sus líderes, consideró largo tiempo que «lo principal es Putin» y que su caída resolvería de una vez un sinnúmero de problemas.

La situación empezó a cambiar luego del 6 de mayo. En la manifestación de ese día había muchas banderas rojas, el aspecto de los acontecimientos era revolucionario, pero no hubo discursos desde las tribunas. A finales de mayo, tras prolongados debates acerca de las «ocupaciones», se fortaleció la tendencia del ala izquierda a plantear, en nombre de todo el movimiento democrático, reclamos sociales próximos a los trabajadores. Esto coincidió con el movimiento en sentido opuesto de la corriente liberal. Si el régimen atropella nuestros derechos (sea con el arresto de los más pobres o las extorsiones comerciales a los más ricos) y la calle sigue organizando mítines sin control, ¿no será hora de crear un órgano directivo democráticamente elegido con demócratas (liberales) conocidos a la cabeza? De esta manera, simultáneamente a la idea de proponer un paquete de reclamos sociales, surgieron los proyectos «Manifiesto de Rusia libre» (documento programático) y la idea de crear el Consejo de Coordinación como órgano rector.

En las conversaciones del 5 de junio relativas al proyecto «Manifiesto de Rusia libre», los miembros del Frente de Izquierda propusieron agregar al texto el paquete de reclamos sociales y coordinar con precisión los objetivos políticos y sociales del movimiento. Pero los liberales se opusieron categóricamente a la inclusión de una agenda social, y ese fue un error que muchos comprendieron ya el 12 de junio. Desde luego, el ala izquierda se sintió decepcionada ante semejante obstinación por parte de sus aliados. El 8 de junio, en una conferencia de prensa de los representantes de las organizaciones del Foro de Fuerzas de Izquierda, se habló de la necesidad de que la oposición planteara en forma urgente un paquete de reclamos sociales y se afirmó que si los liberales se negaban a colaborar en la lucha social, quedarían aislados.

Tras cierta discusión, el Foro de Fuerzas de Izquierda acordó una lista de reclamos sociales:

-prohibición temporal del nuevo programa de privatización de sectores estratégicos y empresas científicas y científico-productivas;-nacionalización de los monopolios naturales (gas, electricidad); -derogación de la Ley Federal Nº 83 (ley neoliberal sobre la financiación de las instituciones sociales); prohibición legal de privatizar o comercializar cualquier institución del ámbito social (escuelas, hospitales, museos, etc.);-prohibición temporal de aumentar cargos municipales, tarifas de monopolios naturales, combustible y medicamentos;-restauración de la libertad sindical y del derecho de huelga; prohibición legal de la práctica de la «subcontratación laboral»; revisión rigurosa del Código Laboral existente y de la Ley de Sindicatos, que limita los derechos de los trabajadores;-revisión de los Códigos Urbano y Forestal existentes; prohibición absoluta de construcción en zonas verdes y de reducción de superficie de parques, reservas naturales, bosques y reservorios acuíferos;-prohibición de elevar la edad jubilatoria y reclamo de una jubilación superior al salario mínimo real (aproximadamente de unos 500 dólares por mes)4.

Estos reclamos tenían un carácter defensivo, lo que es natural en las condiciones de atropello de los derechos sociales en una Rusia que, cada vez más, se asemeja a los países del Tercer Mundo. Para comenzar, es preciso detener la doctrina neoliberal de que el Estado debe «liberarse» de las obligaciones sociales. Como el Comité de Organización no ratificó los reclamos sociales, se decidió poner a los liberales ante el hecho consumado. El orador del ala izquierda debía plantear los reclamos desde la tribuna y proponer a los convocados que los aprobaran. De este modo, el 12 de junio debían ser propuestos al movimiento dos programas compatibles entre sí: el manifiesto político de las fuerzas democráticas y el paquete social de reclamos.

Finalmente aceptó leer los reclamos Udaltsov, a quien el Comité de Organización le garantizó la intervención ante miles de manifestantes. Udaltsov anunció primero una parte de los reclamos políticos (apartándose del proyecto liberal) y preguntó a los manifestantes si estaban de acuerdo. La respuesta fue un sonoro «¡sí!». Luego anunció los reclamos sociales, de manera bastante «libre» respecto a la formulación del programa. Además, y por confiar solo en su memoria, Udaltsov omitió el punto ecológico. Como sea, el «paquete social» también fue aprobado por una amplia mayoría de los reunidos. El siguiente orador, el líder liberal Borís Nemtsov, siguió el mismo procedimiento con el manifiesto político, cuyo contenido iba dirigido contra el presidente Putin. Pero lo más interesante en la intervención de Nemtsov no fue eso, sino la parte de su discurso en la que se refirió a los reclamos socioeconómicos. ¿Por qué había de oponerse a eso de antemano, provocar la división, desacreditar el ala liberal del movimiento negándose a incluir los reclamos sociales en el manifiesto?

Es probable que los liberales dudaran acerca de si en verdad les convenía apropiarse de la temática social planteada por la izquierda. En el futuro, Nemtsov le prestaría más atención en su propaganda, más que nada desde el punto de vista de la crítica a la corrupción. Pero en junio de 2012 los medios de comunicación liberales omitieron de hecho la aceptación de los reclamos sociales en la plaza. Y eso hizo que la abrumadora mayoría de la gente que conocía el movimiento opositor por los programas de televisión y de radio liberales mantuviera su convicción de que el movimiento de protesta estaba alejado de las necesidades del pueblo y expresaba los intereses del reducido círculo de la población moscovita.

Es cierto que en Moscú y San Petersburgo se conserva una subcultura –consolidada por las represiones– capaz de organizar acciones de protesta masivas, como sucedió en los días inmediatos al dictamen del juicio contra el abogado y bloguero Alekséi Navalni en julio de 2013, condenado por malversación de fondos en un fallo considerado político. Lo mismo ocurrió en el juicio por los hechos de la plaza Bolótnaia en febrero de 2014. Pero ya en el otoño de 2012 la iniciativa había quedado en manos de las autoridades. Estas comprendieron la situación mejor que los líderes de la oposición. El entorno de Putin entendió que la amenaza no la representaban los liberales, sino la síntesis de ideas democráticas, sociales y nacionales surgida en el movimiento de protesta.

La primera respuesta fue la represión contra la izquierda democrática (juicio contra Udaltsov y Leonid Razvozzháiev5 y arresto de activistas del Frente de Izquierda incluso en manifestaciones autorizadas de las fuerzas democráticas) y contra los nacionaldemócratas. Los demócratas de izquierda y liberaldemócratas, como los seguidores de Navalny, terminaron entre los juzgados en los «procesos de la Bolótnaia» junto con activistas sin una clara orientación ideológica.

La segunda respuesta del poder fue el lanzamiento de una campaña nacionalista teñida de xenofobia. El apogeo de este proceso fue la campaña chovinista ligada a la anexión de Crimea en 2014, que provocó el reagrupamiento de las fuerzas sociales y prácticamente puso fin a ese movimiento de protesta nacido en diciembre de 2011.

En el periodo de reflujo de las protestas en 2013 (todavía seguían pero cada vez con menos gente, con menos energía, y con mayor presión represiva de parte de las autoridades6), quienes participamos de ellas hemos discutido mucho sobre las lecciones del auge del movimiento democrático. Las lecciones son las siguientes: el movimiento democrático sin claras reivindicaciones sociales se queda aislado y el movimiento de masas evoluciona hacia el nacionalismo (y como lo demuestran los acontecimientos en Ucrania, lleva a un derramamiento de sangre sin sentido). Para el triunfo de los trabajadores sobre la elite dominante, las fuerzas democráticas necesitan un programa constructivo y comprensible basado en algunos principios claros:

– poder popular: autogestión, más órganos de coordinación compuestos por representantes delegados, más democracia electrónica;– socialización: si el Estado no cumple en ciertas esferas, sus responsabilidades deben ser pasadas no al business sino a las asociaciones autogestionarias de los ciudadanos;– igualdad social: el poder y los recursos deben ser transferidos de «arriba» a las capas medias, llevando a las capas bajas al nivel de aquellas;– gestión transparente: los poderes de los funcionarios y administradores deben ser minimizados y muy bien definidos.– libertad de información en todas las esferas, a excepción de la vida privada y los secretos militares (esto no incluye la violación de derechos humanos por los militares).

Este es solo un mapa de ruta del movimiento democrático para el cambio que tanto necesita Rusia, y el resto del mundo. Y es la lección principal del movimiento de protesta de 2011-2014.

  • 1. Navalny militó en el partido social-liberal Yábloko («Manzana») hasta 2007. Utiliza su popular blog para organizar reclamos en gran escala de los ciudadanos frente a los problemas de Rusia, principalmente relacionados con la corrupción. En 2012 encabezó el Partido Alianza Popular. Desde 2013 fue procesado por la justicia penal varias veces con diferentes pretextos y desde 2014 está bajo arresto. Suele referirse al partido Rusia Unida, de Putin, como el «partido de estafadores y ladrones».
  • 2. En ese momento Medvédev actuaba como una suerte de delfín de Putin, quien a su vez ocupaba el cargo de primer ministro para sortear la imposibilidad de una nueva reelección directa. Presidió la Federación de Rusia entre 2008 y 2012, cuando Putin regresó a la Presidencia [N. del E.].
  • 3. Udaltsov comenzó su carrera política como un estalinista en el grupo Rusia Laboral y fue el líder de Vanguardia de la Juventud Comunista, pero en 2008 pasó a integrar el Frente de Izquierda (una alianza de diferentes tendencias) y rápidamente se convirtió en su líder más conocido. Si bien el Frente de Izquierda no participó en la campaña electoral, tampoco se pronunció en contra de los contactos de Udaltsov y sus otros líderes con el pcfr o con los liberales. El prestigio de Udaltsov proviene en parte de su conducta personal, ya que pasó por varias huelgas de hambre en protesta contra sus arrestos. La campaña de protesta de 2011 comenzó con él en la cárcel por haber participado en manifestaciones no autorizadas.
  • 4. Hay que tener en cuenta que en la actualidad Moscú es una de las ciudades más caras del mundo [N. del E.].
  • 5. Activista del Frente de Izquierda acusado por la justicia de organizar desórdenes masivos, junto con Udaltsov, «financiado por un político de Georgia». Escapó a Kiev y trató de recibir asilo político en Ucrania, pero en octubre de 2012 fue secuestrado y apareció en la cárcel en Rusia. En julio de 2014 fue condenado con Udaltsov, en el mismo proceso, a cuatro años y medio de prisión.
  • 6. El 24 de febrero de 2014, día en que se pronunció el juez por el caso de los desórdenes del 6 de mayo y los enjuiciados fueron condenados a cuatro años y medio de prisión, en Moscú fueron arrestados más de 600 manifestantes que protestaban de manera pacífica.