Crónica

Nómades y cazadores. Tesoros alimentarios en una montaña de basura

Entre la «comida-chatarra» de las grandes cadenas de comida rápida y la búsqueda de alimentos en los basurales del Gran Buenos Aires, en Argentina, pueden trazarse varias líneas de conexión que ponen en primer plano la desigualdad, el consumismo de esta época y los efectos de la alimentación industrial. McDonald’s es solo el emergente más visible de un sistema ligado a la expansión de los centros comerciales (shoppings) como espacio de consumo y sociabilidad, a los nuevos muros de la ciudad y a la pervivencia de lugares invisibilizados donde los marginados se dedican a reciclar residuos y a extraer de allí sus propios alimentos, «robándoselos» a las empresas de procesamiento de basura.

Nómades y cazadores. Tesoros alimentarios en una montaña de basura

Juan y Tomás entran a Unicenter y salen corriendo para perderse en la multitud. Llevan recorridos sus 11 años de vida en colegios privados y salidas de días libres a lugares como este: un shopping lleno de gente y objetos que algún día van a poder comprar con su propio dinero. Son puro deseo, atravesados por la ferocidad del marketing infantil que surgió en los años 50, se fortaleció en los años 80 y despuntó hace apenas 15 años cuando los chicos empezaron a pasar un promedio de 25 horas por semana frente a la televisión y tuvieron acceso ininterrumpido a internet y a toda la propaganda no convencional que pueda imaginarse.

Llevan 100 pesos en el bolsillo, que esperan estirar con los vales de McDonald’s que les dieron a la salida del colegio para promocionar la nueva hamburguesa «italiana» a solo 22 pesos. Antes de enfrentar la cola demorada del local, ubicado en la esquina más transitada de ese patio de comidas en el que entran 1.800 personas sentadas, recorren negocios de ropa para los adolescentes que sueñan ser: miran zapatillas, remeras, cadenas. Uno de ellos –rubio, ojos transparentes, dientes blancos poco crecidos, cuerpo delgado y tenso– lleva una calavera plateada colgada de la muñeca y esconde la cruz de plata del bautismo bajo la remera porque no sabe si va bien con la actitud que quiere tener. El otro –morocho, el cuerpo blando y blanco, más inseguro, o más tranquilo, igual de alto– camina dejándose llevar por su amigo. Cada tanto toca su celular para ver si suena: la única regla de la salida es que no olviden que la madre de Tomás los espera en la entrada de los cines y que si el celular suena, ellos tienen que atender. «En ciudades que se fracturan y se desintegran, este refugio antiatómico es perfectamente adecuado al tono de una época», escribió en los años 90 la ensayista Beatriz Sarlo para describir los shoppings: artefactos perfectamente adecuados a la hipótesis del nomadismo contemporáneo.

Unicenter está enclavado en el conurbano bonaerense: un suburbio inmenso y latinoamericano en extremo, el corazón más poblado de Argentina, con muros que separan mansiones de villas miseria y que dejan en la frontera de la nada a los barrios de clase media amenazados de desaparición. Cuando se inauguró el shopping, todo era un poco más tranquilo. Los años 80 llegaban a su fin y la mole de cemento se erigía como el primer mall de un país que llegaría a tener 111 en los 20 años siguientes. Hay quienes aseguran que su creador, Horst Paulmann (un alemán asentado en Chile, dueño del holding Cencosud), todavía espera armar algún día alrededor de Unicenter una ciudad cerrada de compras y entretenimiento. Pero entre su antojo y su dinero se interpone un vecino que trunca el proyecto porque desde hace décadas se rehúsa a vender su casa. Entonces, de este modo se desarrolla el lugar: 240.000 metros cuadrados, tres pisos, luz blanca de 9 a 22, temperatura a 24 grados, 300 tiendas, 18 cines, un hipermercado, varias oficinas, cuatro entradas y un estacionamiento para 6.500 autos que circunda el predio, ascendiendo hasta una terraza que cuenta en su haber con varios suicidios, ingresos de grupos comando que terminaron vaciando joyerías y enfrentamientos entre narcos colombianos que dejaron charcos de sangre a las seis de la tarde. Ninguno de estos episodios, sin embargo, mermó la clientela.

Una vez pasadas las puertas de vidrio, entre el arrullo de gente anónima que tiene y espera lo mismo, Unicenter dibuja una experiencia de incuestionable seguridad. Sin que nadie los note, los sigilosos guardias logran espantar a los grupos de chicos marginales que se cuelan para usar gratis cosas por las que otros pagan: la PlayStation 4 que tiene en exposición la cadena de electrónicos Garbarino, por ejemplo. Aunque una tercera parte del país no esté invitada a entrar, a Unicenter lo visita cada año una cifra que coincide con la cantidad de habitantes de Argentina: 40 millones, que desembolsan por año cerca de 5.000 millones de pesos (unos 500 millones de dólares), según datos de la empresa.

Juan y Tomás son parte de esa generación que no tiene que acostumbrarse a esto sino a todo lo demás. La industria afirma que en la actualidad un chico como ellos reconoció los arcos dorados de McDonald’s antes de reconocer su propio nombre, y seguramente así fue. Porteños ambos, nacieron en 2002 en el fragor del consumo descompuesto, en un país que había estallado y donde más de la mitad de las personas no tenía trabajo. Fueron al jardín de infantes en 2004, cuando la situación empezaba a recuperarse. Y desde entonces reciben un único mensaje: que todo va bien si se mantiene en marcha la maquinita de consumo. Si hay patios de comida desbordantes. O Cajita Feliz para todos.

Es imposible que lo sepan, pero cuando ellos empezaban el jardín, el barbudo y fogoso líder de los desocupados Raúl Castells se empeñaba en arremeter contra los locales de McDonald’s para pedirles comida. El pobre merece su Cajita Feliz, decía. Pasaron diez años y los pobres nunca llegaron a tener su combo como algo cotidiano (comer en McDonald’s en Argentina es una salida cara), pero sí fueron nutridos como nunca antes con grasas, hidratos de carbono, azúcares baratos y soja.

En los últimos años, mientras la inflación crecía descontrolada, la brecha en el menú de los argentinos se amplió. Con el objetivo de detener la corrida, el gobierno cerró acuerdos con marcas y supermercados para establecer precios de productos hiperprocesados y una canasta básica que no incorpora prácticamente ningún alimento fresco como parte de la dieta. En ese contexto, el país llegó a tener un modelo en el que comer una manzana puede resultar más caro que comer un alfajor. Es una idea de seguridad alimentaria que generó serios problemas: hoy Argentina es el país de América Latina con mayor porcentaje de niños menores de cinco años obesos y con sobrepeso. La diabetes es una epidemia. El colesterol golpea a edades cada vez más tempranas, y particularmente a los más pobres. «Argentina se volvió un país de pobres gordos y ricos flacos», resumió en un libro la antropóloga especialista en alimentación Patricia Aguirre.Ni Juan ni Tomás son gordos. Sus familias no se vieron nunca envueltas en protestas sociales pero tienen la inquietud de vivir en este país corriéndoles por el cuerpo. Cuando ellos se cansan de dar vueltas por el shopping, se apretujan para defender su lugar en la fila del local atestado. Frente a la caja de McDonald’s piden el combo que tanto les promocionaron: una hamburguesa desproporcionada para sus estómagos, papas fritas y Coca-Cola, todo –por supuesto– en tamaño grande. Con solo cinco pesos de vuelto, se sientan a una mesa sucia que los arrincona contra ese mar de gente que no deja de sentarse, pararse, abrir y cerrar cajitas. Frente a sí tienen más calorías de las que deberían metabolizar en el día, pero están dispuestos a enfrentarse a su íntima contienda. Más que una hamburguesa, entre sus dedos aprietan algo parecido a la lujuria, a la desmesura, al poder. «Poder». Esa palabra, impresa en un rojo rabioso, decora la caja que contenía la felicidad en forma de hamburguesa.