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«No me arriesgo a predecir el futuro de Cuba». Entrevista de Pablo Stefanoni

«No me arriesgo a predecir el futuro de Cuba». Entrevista de Pablo Stefanoni

El hombre que amaba a los perros1 –una novela sobre Ramón Mercader, quien asesinó a León Trotsky en México– marcó un antes y un después en la trayectoria literaria de Leonardo Padura, conocido hasta entonces por su serie de libros policiales protagonizados por Mario Conde. El impacto fue inmediato, pero la circulación de boca en boca amplió su lectura a un abanico de diferentes generaciones e ideologías políticas. Se trata de un libro que habla de las mayores utopías del siglo XX: la Revolución Rusa, la Guerra Civil Española y la Revolución Cubana, y de sus devenires trágicos, en una combinación de perversiones, derrotas y desvaríos. El hecho de que un libro así pudiera publicarse en Cuba –es más, esta obra fue decisiva para que Padura obtuviera el año pasado el Premio Nacional de Literatura– da cuenta de los cambios que transita la isla. Esta entrevista es una versión abreviada del diálogo público desarrollado en la Feria del Libro de Buenos Aires en abril de 2013, en el que Padura participó invitado por la editorial Tusquets, la Fundación El Libro y NUEVA SOCIEDAD. En las líneas que siguen, el escritor repasa la construcción de su libro, así como la nueva realidad cubana, marcada por un conjunto de reformas cuyo final, como él mismo señala, es a prueba de pronósticos fáciles. No solo han perdido quienes apostaron a que la utopía cubana daría a luz una sociedad nueva y mejor; también, quienes se apresuraron a augurar su caída.

¿Qué llevó a un autor cubano a escribir un libro como El hombre que amaba a los perros, en un país en el cual la figura de Trotsky era desconocida, estaba fuera de los medios y de los textos oficiales? Y más aún la figura de Mercader, que, aunque vivió en Cuba varios años, era un personaje clandestino, que empleaba un nombre falso y que nadie sabía que estaba ahí.

Uno nunca sabe de dónde salen realmente las ideas de las novelas que escribe. Por lo menos, yo no lo sé. A veces aparecen en los lugares más insospechados, como una chispa. Por ejemplo, yo tengo una novela que aquí ha circulado muy poco, que se llama La novela de mi vida, que de alguna forma es el antecedente de El hombre que amaba a los perros porque hago toda una investigación histórica para poder escribirla. Y esa novela surgió simplemente de la lectura de una línea de una carta de un poeta cubano de principios del siglo XIX, José María Heredia, un poeta muy importante de la literatura cubana e hispanoamericana. En una carta que él le escribe a su tío desde el destierro –había estado ligado a un movimiento independentista–, le dice: «¿Cuándo acabará la novela de mi vida para que empiece su realidad?». Leyendo esa frase me di cuenta de que el propio José María Heredia consideraba que su vida era una novela. Y entonces pensé: ¿cómo es posible que no exista la novela de la vida de Heredia? Y a partir de ahí fue que decidí escribir ese libro. En el caso de El hombre..., creo que los orígenes fueron un poquito más complicados. Pienso que muchas veces el desconocimiento obligatorio induce la curiosidad, y la curiosidad nos lleva a tratar de conocer. Y fue lo que me pasó con el caso de Trotsky. En la época en la que estudiaba en la universidad y empezaba a hacer algunos trabajos como periodista en revistas culturales y en un periódico cubano, la figura de Trotsky no existía. Era la misma política que se había seguido en la Unión Soviética, donde Trotsky había desaparecido incluso de las fotos históricas en las que todo el mundo sabía que aparecía este personaje que había tenido una importancia crucial en la revolución de octubre. Y entonces dije: quiero saber por qué este personaje es tan terriblemente malo. Y fui a la Biblioteca Nacional a ver qué literatura había sobre él y encontré que existía uno de los dos tomos de su biografía, Mi vida, bastante maltratado, y dos libros publicados en la URSS por una editorial que se llamaba Progreso, que publicaba libros en lenguas extranjeras. Uno de ellos se llama Trotsky el traidor y el otro Trotsky el renegado. Era muy clara la posición que podía existir respecto de la figura de Trotsky. Bueno, este traidor y renegado, que tuvo una importancia histórica tan grande, merece que uno trate de saber algo de él. Pero ¿de dónde sacar ese conocimiento?

La primera vez que estuve en México, en el año 1989, le pedí a un amigo que me llevara a la casa donde Trotsky había vivido, en Coyoacán, y donde había sido asesinado. Ya la casa en ese momento era el Museo del Derecho de Asilo. Y llegué a un sitio prácticamente abandonado, polvoriento, con esos muros enormes que levantaron para que Trotsky se protegiera de un asesino que él sabía que Stalin le iba a mandar en algún momento y que finalmente fueron inútiles, porque el asesino entró a esa casa de una forma expedita, de una manera increíble. Y sentí una gran conmoción al ver aquel lugar tan remoto, tan protegido, tan abandonado. Varios años después, también de manera fortuita, supe que Ramón Mercader había vivido cuatro años en Cuba y había muerto allí. Eso también fue una especie de conmoción, porque perfectamente, como cualquier otra persona, yo pude haberme cruzado en alguna calle de La Habana con él. Y si eso hubiera ocurrido, incluso si esa persona me hubiese dicho su nombre, yo hubiese seguido lo más campante, porque no tenía la menor idea de quién era Ramón Mercader. Y tal vez me hubiera fijado, como le pasa al personaje de la novela, en sus dos perros. Después fui conociendo algunos textos sobre los Procesos de Moscú, sobre la colectivización en la época de Stalin. Sobre todo porque empezaron a publicarse determinados documentos que estaban en los archivos soviéticos a partir de la desintegración de la URSS. Recuerdo que una de las primeras nociones sobre Trotsky, todavía muy pálida, me llega en una publicación soviética de la época de la Perestroika. Había dos revistas que circulaban en Cuba: una se llamaba Novedades de Moscú y la otra, Sputnik. Eran parte del movimiento de la glásnost que se estaba desarrollando en la URSS, y fueron incluso prohibidas en Cuba, porque decían, entre otras cosas, que había existido un personaje llamado León Trotsky.

  • 1. Pablo Stefanoni: jefe de redacción de Nueva Sociedad.Palabras claves: estalinismo, socialismo, utopía, El hombre que amaba a los perros, León Trotsky, Ramón Mercader, Cuba.. Tusquets, Barcelona, 2009.