Tema central

México: el crepúsculo del PRD

Las referencias a la crisis del Partido de la Revolución Democrática (PRD) son un lugar común entre la opinión pública y, al mismo tiempo, conforman un rompecabezas para el análisis político. En los últimos años, este partido-movimiento que surgió de las entrañas del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y en 2006 quedó a las puertas de colocar en la Presidencia a Andrés Manuel López Obrador sufrió profundas mutaciones. Las multitudinarias protestas antifraude contribuyeron a ampliar su base popular, pero hoy el prd se enfrenta a un «empate catastrófico» entre la Nueva Izquierda y el obradorismo, y este último tiende a proyectarse cada vez más hacia fuera del partido.

México: el crepúsculo del PRD

Bajo el rubro del sentido común, la crisis del Partido de la Revolución Democrática (PRD) se manifiesta desde hace años como sentencia, acompañada de sentimientos de regocijo, indiferencia, resentimiento, rabia o lamentación. Ampliamente aceptada, esta idea general aparece y reaparece con fuerza cada vez que, dentro de este partido, emergen contrastes y divisiones entre grupos y facciones, cuando algún resultado electoral cuantifica un retroceso, una inconsistencia política resalta una pérdida de identidad opositora o un escándalo revela lagunas éticas y vicios morales propios. Al margen de la circunstancialidad singular y particular, esta sentencia adquiere un carácter general y permanente por extensión de la multicitada crisis de los partidos políticos o de la política en general, otra convención discursiva asentada mediáticamente en la opinión pública, detrás de la cual proliferan sesudas interpretaciones politológicas y sociológicas, así como críticas «movimientistas» y «sociedadcivilistas», izquierdistas o ultraliberales. Por otra parte, en un sentido particular, la crisis del PRD se traduce y se confunde con la pretendida crisis de la izquierda, atribuyéndose al PRD la representación de este sector político o simplemente operándose una generalización y una simplificación por lo menos cuestionable.

Si la idea de crisis remite a una patología y proyecta la idea de enfermedad y la posibilidad de la muerte, la muchas veces anunciada y siempre postergada muerte del PRD como institución política obliga a preguntarse si la enfermedad no se convirtió en un estado crónico y, por ende, en una forma de vida, un proceso en el cual lo patológico se traslapa con lo fisiológico, o si realmente es el anuncio de la muerte o un sinónimo de agonía. La primera hipótesis parece pertinente para entender la trayectoria del PRD desde su fundación en 1989 hasta 2006. La coyuntura actual, entre 2006 y 2011, plantea otro desafío interpretativo que puede ser atendido acudiendo a la idea de crisis como acontecimiento histórico, es decir, del fin de un ciclo de vida ligado al papel histórico del PRD, a las razones de su nacimiento y de su arraigo. En este sentido, en los últimos años, el PRD como proyecto histórico, como movimiento político, parece haber muerto, más allá de que sobreviva un instituto político con este nombre.

Dimensiones de la crisis

A la par de los altibajos electorales, las divisiones internas, los desaciertos de sus gobiernos locales y las contradicciones de su conducta política, la manifestación más sobresaliente y contundente de la crisis del PRD radica en la percepción negativa socialmente generalizada que se fue plasmando en los imaginarios y las representaciones sociales. En la construcción de una imagen perversa del PRD, junto con las experiencias y percepciones directas de los ciudadanos, no podemos dejar de señalar el papel que cumplieron los medios de comunicación de masas –en su gran mayoría adversos a esta institución partidaria–, en tanto fomentaron y garantizaron la formación, la difusión y la generalización de esta apreciación a lo largo de los años. Al mismo tiempo, al margen del agigantamiento mediático, es revelador y sintomático que la idea de crisis del o en el PRD sea reconocida por sus mismos integrantes y simpatizantes, a tal punto que el último congreso partidario –en diciembre de 2009– fue considerado de «refundación», lo cual expresa un nítido rechazo hacia el estado presente del partido, un deseo de volver a empezar que alude a un pasado virtuoso y se proyecta hacia un futuro purificador. Esto confirma que el «reflejo» externo, aun en su distorsión mediática, corresponde a un fenómeno interno: un conjunto de tensiones y contradicciones que se sintetizan en la forma y el diagnóstico de la crisis.

Rebasando el plano de las representaciones sociales y abrevando en los escasos estudios especializados sobre el PRD, el análisis sociopolítico de su crisis resulta, por distintas razones, escurridizo y resbaloso1. Por el hecho de ser un proceso en curso y por la ambigüedad conceptual propia de la noción, la crisis acaba siendo un fenómeno difícil de caracterizar y periodizar en el contexto de la historia de este partido.

Una posible aproximación puede arrancar justamente de la problemática apertura semántica del concepto de crisis y del consenso sobre la necesidad de una refundación como extremo recurso de salvación. En este sentido, descifrar las tensiones que recorren el PRD implica interrogarse sobre su naturaleza en relación con las distintas acepciones de la noción de crisis entendida como alteración de un equilibrio, una tensión transformadora, potencialmente destructora y, en última instancia, el aviso de una posible muerte. Por otra parte, la refundación alude a un renacimiento, un retorno a la inocencia perdida, un deseo que expresa tanto la vuelta al pasado como un proyecto de futuro, ambos afincados en un malestar en relación con el presente. Si asumimos que la crisis es un fenómeno que emerge, que no es constitutivo de la normalidad, su carácter extraordinario nos obliga a contrastar un momento de equilibrio con la perturbación del orden, la salud con la enfermedad2. Ubicar el nacimiento de la crisis como patología puede permitir distinguir el momento en que adquirió carácter fisiológico y se volvió ordinaria y por lo tanto consustancial a la existencia misma del partido.

Los rasgos originarios

Los orígenes nos proporcionarán un punto de partida desde el cual evaluar la profundidad de una transformación que acabó siendo definida como involución y crisis. Una crisis, como toda transformación, puede medirse en términos comparativos, en relación con una situación inicial, con un estado originario.

El PRD nació de una crisis política, de la crisis de otro partido que era el alter ego del Estado. En otros términos, una crisis estatal, una grieta del pacto de dominación, parió al PRD. Como es sabido, entre 1986 y 1988 el desprendimiento de la Corriente Democrática del Partido Revolucionario Institucional (PRI), encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, suscitó la simpatía de importantes sectores populares y de organizaciones de la llamada «izquierda social» y confluyó con la izquierda comunista agrupada en el Partido Mexicano Socialista (PMS), una parte del trotskista Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y otras formaciones políticas menores sin registro electoral. De esta convergencia sociopolítica surgió la campaña electoral opositora más importante, hasta ese entonces, de la historia del país, centrada en la demanda democrática pero condimentada con reivindicaciones nacional-populares en pleno ascenso del neoliberalismo, todavía encubierto bajo el tecnicismo de «ajuste estructural». El recurso extremo al fraude electoral dejó en evidencia que la magnitud de este fenómeno de disidencia política y oposición social desbordó el aparato de control político priísta. La movilización popular y ciudadana fue el factor disruptivo que hizo «caer el sistema» y forzó las rutinas de reproducción institucional. Frente a la disyuntiva entre el enfrentamiento y el reflujo, desde las cabezas dirigentes surgió la idea de la institucionalización del movimiento: la fundación del PRD como instrumento político de disputa hegemónica3.

En la bisagra entre movimiento y partido, el PRD nació ostentando rasgos identitarios específicos que lo caracterizaban y lo distinguían. El nuevo partido surgió de la fusión entre culturas políticas distintas, de padre nacional-popular y de madre socialista, aunque el apellido materno no figuró en el acta de nacimiento y quedó solamente en la memoria de un sector de sus dirigentes y militantes. La colocación a la izquierda del espectro político, la ambigüedad ideológica típica de la época y la oportunidad política desplazaron la necesidad de adjetivar con claridad el nuevo partido, en el cual aparecían, según el ángulo y las circunstancias y no sin contradicciones y tensiones, rasgos nacional-populares, progresistas, socialdemócratas, plebeyos, clasemedieros, demócratas y populistas. En todo caso, al margen de las definiciones ideológicas o clasistas, el PRD sintetizaba y proyectaba una cultura política de oposición, de crítica y de protesta, y un ideario socializante y democratizante.

En el plano proyectual, la identidad perredista creció sobre dos piernas. Junto con la cuestión democrática, bandera fundamental y fundacional plasmada en el nombre mismo del partido, a lo largo del gobierno de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) fue forjándose una identidad antineoliberal –ya esbozada en la campaña de 1988– desde el caudal de las reivindicaciones populares surgidas de los agravios provocados por los despojos y las depredaciones privatizadoras. A la dimensión proactiva de la democratización se sumó la dimensión reactiva antisalinista, es decir, el antineoliberalismo mexicano, para completar el mapa genético, la X y la Y del ADN perredista.

De ellas, se desprendía un programa orientado a promover una serie de reformas centradas en la redistribución del poder, decisional y económico, una firme apuesta a la democratización formal en contra de los manejos legales e ilegales priístas, una vaga idea de democracia participativa, una dosis de anti-imperialismo negociador y una decidida voluntad de recuperar el papel arbitral y equilibrador del Estado como pilar de un programa de desarrollo social. En los planos táctico y estratégico, para operar la revolución democrática y las reformas socioeconómicas, el PRD proponía un conjunto de apuestas que combinaban la conquista de espacios institucionales de representación por vía electoral con la ampliación de la participación por medio de la organización popular y la movilización social. Las apuestas del partido se trifurcaban entre –en orden de importancia– campañas electorales, oposición parlamentaria y protesta social.

En su seno, el PRD se caracterizaba por una vida interna que giraba en torno de las relaciones y las tensiones entre tres polos: el líder, los grupos dirigentes y los militantes. Parte importante de las dinámicas decisionales, en la óptica del consenso, se dirimían –a grandes rasgos– según la lógica de los dos tercios: cuando convergían líder y militantes, a los grupos dirigentes solo les quedaba sumarse o irse; cuando se aliaban líder y grupos dirigentes, los militantes seguían o se retiraban; del mismo modo, cuando grupos dirigentes y militantes convenían, el líder tenía que aceptar, sumarse y hacerse portavoz de la voluntad mayoritaria. Por otra parte, como segunda regla fundamental ligada al principio de unidad, las recurrentes divisiones internas de los grupos dirigentes eran resueltas por la autoridad política y moral del líder. Y finalmente, como tercer nivel de funcionamiento interno ligado al principio de dirección, el líder orientaba los equilibrios internos apoyándose en una u otra parte de los grupos dirigentes.

Un equilibrio precario –afincado en una ética militante ligada a un ideario emancipatorio y a la síntesis concreta encarnada en la figura carismática de Cárdenas– daba forma al PRD y estabilizaba las contradicciones consustanciales a la formación de un partido que pretendía reunir a la izquierda mexicana.

La crisis como proceso (1989-2006)

Entre 1989 y 2006, en medio del torbellino de acontecimientos de la historia de México, la trayectoria del PRD puede visualizarse como un claroscuro a la luz de las ambiciones, las esperanzas y las expectativas de los orígenes4. La crisis aparecerá entonces, en el proceso de emergencia y agudización de las contradicciones originarias, como una trenza de líneas de tensión.

Los semblantes de la crisis se pueden observar, a grandes rasgos, en una serie de pasajes y de tendencias. La aparente virtud del pluralismo de corrientes dio paso a un creciente corporativismo de las llamadas «tribus», que a su vez dio lugar a una serie de eventos y prácticas degenerativas: repartición cuantitativa de espacios de poder, enfrentamientos sistemáticos, elecciones internas fraudulentas, clientelismo y cooptación en la relación con organizaciones sociales, corrupción, etc. La pureza opositora se manchó de componendas parlamentarias y de cuestionables gestiones en gobiernos y cogobiernos locales. La ambigüedad ideológica derivó en el vaciamiento de ideales; valen como ejemplos la definición de izquierda sin adjetivos que apareció desde 1997 en los documentos partidarios y la propuesta de izquierda moderna avanzada por la corriente de Nueva Izquierda como non plus ultra de la vaguedad doctrinaria –aun cuando no dejaba de evocar las tendencias renovadoras de la socialdemocracia europea, en particular las que han sido llamadas social-liberales– para destacar la difuminación de las fronteras ideológicas y la pérdida de un anclaje programático propio. Las contradicciones táctico-estratégicas tendieron a resolverse a favor del electoralismo, dejando huérfanos a los movimientos sociales que no aceptaron renunciar a su autonomía relativa por la lógica del intercambio clientelar, el lobbying o la transmutación partidaria de sus organizaciones, con la consecuente desmovilización. El equilibrio inestable entre caudillo, grupos dirigentes y militantes se simplificó desplazando en primera instancia al tercer sector, y finalmente el primero, en favor de la «corrientocracia». Quedaron los grupos dirigentes, ya no simples delegados sino esencia misma del partido, como accionistas de una sociedad anónima, organizados tribalmente, agazapados en los edificios públicos, los puestos y las funciones. Desaparecidos los antídotos de abajo y de arriba, se desbordó la burocratización y, en última instancia y como consecuencia, el dominio de la corriente más dedicada al cultivo del aparato: Nueva Izquierda5.

Sin embargo, mientras estas tendencias tomaban vuelo, en particular entre 1997 y 2006, en el PRD permanecieron activas varias de las virtudes originarias. El partido no dejó de vincularse y de promover movilizaciones de protesta, hizo propias las causas de diversos movimientos sociales, conservó un discurso opositor que denunciaba sistemáticamente la deriva neoliberal y la persistencia del autoritarismo en México, impulsó algunas políticas progresistas y redistributivas cuando ocupó gobiernos locales (en particular en el Distrito Federal), promovió la politización de sus militantes y de vastos sectores de la ciudadanía y estimuló la formación y el recambio de liderazgos locales y nacionales.

El arrastre del sentido profundo del PRD como partido-movimiento de izquierda no desapareció del todo frente a las tendencias institucionalizantes que lo asimilaban a la lógica conservadora de una casta política autorreferente. Sin embargo, con el tiempo avanzó un proceso de desdibujamiento y desperfilamiento que conducía a una paulatina homogeneización en la forma de concebir y practicar la política como campo reservado a los profesionales. Todo ello, al margen de que los referentes sociales y las políticas públicas del PRD difícilmente pudieran confundirse con el neoliberalismo clasista del Partido Acción Nacional (PAN), si bien desde que pasaron a ser oposición leal en 2000 resulta siempre más difícil distinguirlos del renovado discurso interclasista del PRI.

La crisis fue deslizándose entre altas y bajas de la movilización social, entre avances y retrocesos electorales, entre momentos de exitoso reformismo en la administración de la capital y un gran número de experiencias de gobiernos locales en las que el reformismo fue imperceptible, cuando no francamente inexistente; entre la emergencia de nuevos liderazgos y la desaparición de viejos, combativas campañas de denuncia antineoliberal y antiautoritaria y cómplices silencios o alineadas votaciones parlamentarias.

Mientras disminuían los militantes, aumentaban los dirigentes y los funcionarios en los gobiernos y parlamentos locales y por medio de una transfusión permanente desde la constante hemorragia priísta, la cual evidenciaba una sorprendente compatibilidad sanguínea. A partir de 1999, la hipertrofia burocrática llevó a virulentos enfrentamientos internos que, más que dar cuenta de un áspero pero franco debate político, manifestaban una disputa por el poder en la cual las facciones recurrían a prácticas clientelares y fraudulentas que contrastaban en forma estridente con el nombre mismo del partido. En medio de la tormenta suscitada por la disputa interna, con el ascenso de la figura de López Obrador, la sombra de un nuevo caudillo estableció una breve tregua y, al mismo tiempo, reconfiguró el escenario del conflicto. La coyuntura electoral de 2006 fue un punto de inflexión, un parteaguas de la historia del PRD en sintonía con la historia nacional. En una primera etapa, propició una convergencia, una unificación circunstancial en torno de la candidatura de López Obrador, considerada como una oportunidad histórica de alcanzar el objetivo de la «toma del poder», la revancha del 88. Al mismo tiempo, las denuncias de un nuevo fraude electoral y la posterior movilización abrieron la caja de Pandora de las contradicciones acumuladas. En un primer momento y a primera vista, la respuesta de los perredistas fue unánime en denunciar las irregularidades y sostener la protesta. Sin embargo, las formas de las movilizaciones y el estilo del liderazgo de López Obrador provocaron una reacción y un distanciamiento por parte de algunos sectores del PRD y algunos intelectuales –en general expresiones de la moderación institucionalista de las fracciones progresistas de la clase media mexicana–, pero sobre todo marcaron una fractura con Nueva Izquierda, la corriente más importante e influyente del partido.

Se empezó entonces a vislumbrar el pasaje de la crisis como proceso de desgaste y forma de existencia a la crisis como acontecimiento, como implosión del PRD.

La crisis como acontecimiento (2006-2011)

Dos modalidades caracterizan la vida interna del PRD entre 2006 y 2011: la amenaza de ruptura (expulsión-escisión según el punto de vista) y la tregua por necesidad de conveniencia. Ambas pueden ser vistas como hipótesis antitéticas o tendencias complementarias, caras de la misma medalla. El tema de fondo es la exterioridad o interioridad del obradorismo en el PRD. Esta misma cuestión, en otro nivel de análisis, marca la línea divisoria entre la vida y la muerte del PRD como proyecto y movimiento histórico.

La ruptura se configura desde la abierta disputa entre obradoristas y antiobradoristas que estalló en 2007, a partir de los deslindes por parte del grupo mayoritario dentro del PRD –Nueva Izquierda, encabezada por Jesús Ortega–, frente a las orientaciones políticas y la creciente autonomía de López Obrador y sus seguidores.

Desde la legalización del fraude electoral, la postura de López Obrador y sus colaboradores marcó un distanciamiento frente al sistema político y el conjunto de instituciones públicas y promovió la organización de un movimiento político que rebasó ampliamente el perímetro y la influencia del PRD. El ex-candidato presidencial reforzó las relaciones con otros partidos que habían participado en la coalición en 2006 (Partido del Trabajo y Convergencia), denunció las mafias políticas y económicas y, fundamentalmente, asumió la centralidad del recurso a la movilización popular como antídoto a una institucionalización del PRD que tendía a la complicidad con una serie de poderes, públicos y privados, caracterizados como ilegítimos y criminales.

La demostración empírica de la capacidad de convocatoria y de consenso popular que sostenía –aun en la derrota electoral– a López Obrador le confería el carácter de actor político en sí y para sí, al margen del padrinazgo del partido. La movilización reiterada e intensa de sus seguidores cristalizó en la formación de un movimiento sociopolítico cuyos grados de organización fueron creciendo a lo largo del ciclo de luchas que se iniciaron con la defensa del voto y derivaron en un torbellino que alcanzó dimensiones históricas, y siguieron con las movilizaciones contra la privatización del petróleo, en defensa de la economía popular, en la campaña para la elección delegacional en Iztapalapa y, finalmente, en el apoyo al Sindicato Mexicano de Electricistas6.

La postura de Nueva Izquierda, legítimamente preocupada por la emergencia del obradorismo al margen del PRD, empezó a deslindarse y a explicitar una postura política que le diera visibilidad y le abriera un margen de maniobra. Las antinomias planteadas por Nueva Izquierda pueden visualizarse en la opción por la institucionalidad frente a la protesta, las elecciones frente a las movilizaciones, la moderación frente al radicalismo, las alianzas políticas frente a la polarización social, la socialdemocracia frente al populismo. Nueva Izquierda se atrincheró en el PRD y, aprovechando un paciente trabajo de ramificación burocrática comenzado en los años 90, mostró un arraigo interno que compensaba el peso de la influencia social del obradorismo. Las elecciones internas para la renovación de los órganos directivos evidenciaron un empate catastrófico entre el candidato del obradorismo, Alejandro Encinas, y el recurrente candidato de Nueva Izquierda, Jesús Ortega. Frente a los vicios de un proceso impugnado por ambas partes, la resolución legal se prolongó hasta la jurisdicción electoral federal, que terminó por sancionar la victoria de Ortega.

La misma lógica rigió el cambio de dirección nacional de 2011, cuando –para evitar la ruptura– se generó un acuerdo de repartición del poder entre Nueva Izquierda (que mantuvo la presidencia del partido en la persona de Jesús Zambrano) y una parte del obradorismo (que obtuvo la Secretaría General en la figura polémica de Dolores Padierna).

Paradójicamente, estos acontecimientos despejaron el tablero, asentaron los equilibrios internos y permitieron a ambas facciones establecer las condiciones de una tregua en la cual Nueva Izquierda retuvo el control del partido pero dejó sobrevivir al sector obradorista, evitando una separación que perjudicaría a ambas partes. El obradorismo, apostando aún a consolidarse como fuerza política independiente, optó por mantener abierto el campo para alianzas lo más amplias posibles de cara al proceso electoral de 2012, evitando tener una competencia progresista que le restaría votos. Nueva Izquierda, por el momento, considera que la cercanía distante con el obradorismo le permite maniobrar sin arriesgar demasiado y le recorta a su vez un espacio político entre la negociación sistémica y la oposición política, reservándose así evaluar pragmáticamente los escenarios conforme estos se van constituyendo.

Sin embargo, la tregua surgida del empate catastrófico se sostiene por la necesidad de conveniencia y en función de cálculos que no resuelven la contradicción de fondo. La exterioridad creciente del obradorismo respecto al PRD constituye de hecho una escisión y una fractura política que modifica el carácter esencial del partido.

La imposible refundación

Más allá de lo nominal, el PRD como partido histórico desapareció en la medida en que dejó de ser lo que fue: la expresión política de un movimiento popular centrado en un proyecto de democratización radical y de alternativa antineoliberal. El obradorismo retomó estas problemáticas, volvió a darles forma y contenido popular y las ubicó –aunque sea temporalmente– a las orillas del sistema político. Dicho de otra manera, el Movimiento para la Revolución Democrática dejó de ser el sustrato sociopolítico del PRD, que persiste como instituto electoral y, por ende, defiende intereses que solo eventualmente pueden coincidir con los del movimiento.

En efecto, el PRD se mantiene como un instituto político electoral que puede ser parte de un movimiento de oposición antineoliberal o simplemente operar como ala izquierda de un sistema político fincado en la defensa de la institucionalidad vigente y, tendencialmente, como promotor de la implementación de políticas de amortiguamiento del neoliberalismo, es decir, un proyecto de renovación conservadora. Ambas perspectivas no resuelven el problema de su crisis histórica, de su desarraigo del terreno profundo de los anhelos y las luchas populares. Ya sea el ala institucional de un movimiento de transformación o el ala reformista de una alianza conservadora, su esencia histórica se perdió en el proceso y su crisis de identidad es irreversible.

En ese sentido, el pretendido Congreso de Refundación no pudo ser tal; fue a lo sumo de «renovación», fundamentalmente verbal, visto que esta palabra aparece compulsivamente en los acuerdos generados. Estos se componen de un conjunto de reformas a los documentos básicos: declaración de principios, estatutos, programa, línea política7.

El tono que prevaleció en la Declaración del Congreso es sintomático. Se refiere al «reencuentro con la sociedad», admitiendo el desencuentro; evoca la congruencia entre «nuestro decir y nuestro actuar», reconociendo un desfase en rubros como «una ética intachable, combatiendo el patrimonialismo, nepotismo, individualismo y corrupción»; invoca la «tolerancia en el tratamiento de nuestras diferencias», revelando la existencia de comportamientos opuestos.

En cuanto a la Línea política, el PRD explicita que está sumergido en «la crisis más grave que jamás haya vivido», lo cual es una afirmación de suma trascendencia en la medida en que ofrece una definición interna de la crisis, como un acontecimiento recurrente de mayor o menor intensidad. Declara el PRD que «nuestro reto inmediato es reconstruir la unidad, recuperar la credibili­dad perdida y la confianza», estableciendo dos criterios fundamentales que marcan el costo de la crisis.

En la Línea política aparece otro dato sintomático de la lógica que rige el PRD. Al enumerar las acciones que permitirían recuperar la confianza y la credibilidad en relación con los procesos electorales de 2010, 2011 y 2012, la lista muestra una jerarquía que sitúa en último lugar la relación con la sociedad, mientras que antepone una serie de prioridades típicamente partidocéntricas, expresión de una lógica de aparato: «Nos prepararemos para concretar: a) Pacto de unidad; b) Organi­zación seccional; c) Alianzas amplias y plu­rales con partidos afines; d) Difusión de las acciones de buen gobierno; e) Excelentes candidatos; f) Posicionamiento mediático del PRD y g) Acercamiento a la sociedad».

Un último aspecto revelador aparece en la afirmación según la cual «[e]l PRD necesita una renovación política y organizativa radical que le permi­ta transmitir con claridad su propuesta po­lítica y diferenciarla con claridad de las del PRI y el PAN». Se transluce uno de los elementos más profundos de la crisis: la homologación, la conversión del PRD en una pieza relativamente no diferenciable de un sistema político fundado en la división del mercado político y del trabajo institucional.

Sin menospreciar su relevancia puntual, cabe señalar que las del Congreso de Refundación son reformas de ordinaria administración, típicas de todo congreso partidario, que no justifican el adjetivo «refundador» con el cual se manejó el encuentro ni pueden legitimar la proclamada renovación. En particular, sobre el tema espinoso de las corrientes, las reformas que obligan al registro y establecen un Consejo Consultivo de ellas tienden a una mayor reglamentación que, por una parte, hace más transparente la existencia de cada corriente y acota sus actividades, mientras que, por otra parte, sanciona su papel y su centralidad en la vida del partido.

El conjunto de reformas muestra la imposibilidad de impulsar un proceso de refundación y la dificultad de la renovación en medio de un empate catastrófico entre dos áreas y almas del partido, en el contexto de una escisión ya consumada e irreversible en las bases populares, sus militantes y simpatizantes. Un proceso de refundación hubiera requerido una iniciativa más radical y posiblemente un contexto favorable, ya fuera de crisis estatal o de movilización popular. Paradójicamente, parecería que la tregua entre las dos áreas del partido paralizó la posibilidad de impulsar un proyecto de renovación/refundación que podía surgir solo del reconocimiento explícito de la ruptura.

En el fondo, la única refundación posible hubiera sido la que aceptara la profunda mutación genética del partido, que asumiera su irreversible institucionalización, su plena conversión en agencia electoral, en institución pública estatal. El PRD novoizquierdista ya no alberga la tensión entre partido y movimiento, ya no hay oscilación entre la opción electoral y la protesta social. La presencia en el seno de los órganos directivos de las corrientes vinculadas al obradorismo da cuenta de una disputa abierta en relación con la disyuntiva planteada anteriormente y refleja la voluntad táctica del propio obradorismo de mantener un pie en la institucionalidad, de reunir el mayor número de fuerzas en vistas de los procesos electorales, de limitar la competencia en el campo progresista, de contar con un instrumento electoral y parlamentario. Al mismo tiempo, es evidente la separación política en la medida en que estas mismas corrientes, y aún más López Obrador y sus colaboradores, ya no son parte activa del partido; operan desde una lógica que lo rebasa y solo eventualmente lo incluye en tanto se preste a seguir el camino trazado por el proyecto obradorista.

En este sentido, el futuro del PRD está en manos de Nueva Izquierda, de las decisiones que tome esta corriente: ser el ala institucional del movimiento obradorista, orientado hacia la conquista del poder estatal para impulsar una serie de reformas cuyo alcance queda por definirse, o el ala progresista de un pacto conservador tripartito, basado en la lealtad interna a la clase política, a la repartición del poder institucional y la conservación del orden político y económico existentes.

La muerte histórica y política del PRD

La polémica sobre las alianzas con el PAN en una serie de elecciones locales de 2010 tensó el debate y puso a prueba la tregua. López Obrador y los obradoristas criticaron las alianzas señalando una incongruencia con los principios del partido y el espíritu de conciliación interna del Congreso, pero no rompieron del todo con el PRD. Con las alianzas locales con el PAN, se confirmó la vocación del PRD novoizquierdista, su plena asimilación a las reglas del juego de un sistema político autorreferente, un tripartidismo pensado como oligopolio de la política, orientado a la repartición del poder y la defensa de los intereses de la casta dirigente.

Al mismo tiempo, en el estratégico estado de México –el más poblado del país–, triunfó la línea obradorista y se revirtió la decisión de la alianza con el PAN logrando imponer un candidato cercano a López Obrador: Alejandro Encinas. No obstante, el posterior arreglo –pegado con alfileres– de repartición entre corrientes, que se sancionó en 2011 con la elección de la nueva dirigencia nacional, no modificó el escenario de la agonía del PRD8.

A contrapelo de la plena conversión del PRD al institucionalismo conservador, otro partido ya nació en los hechos. La reunión de los comités que, el 25 de julio de 2010 y el 5 de junio de 2011, llenaron el Zócalo capitalino, y la elaboración del Proyecto Alternativo de Nación, así como la existencia del periódico Regeneración –cuyo título evoca al magonismo9–, son señales inequívocas de la existencia de un nuevo partido10. Gusten o no sus formas y sus contenidos, es el partido del movimiento obradorista que, más temprano que tarde, irá precisando sus contornos y tomará las semblanzas de una organización partidaria formal11.

La fundación del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), con cuatro millones de afiliados y un pegajoso himno bailable, marca el nacimiento de una nueva fuerza política que será el centro de una alianza electoral para sostener la candidatura de López Obrador en 2012. Los forcejeos preelectorales están en curso, las ambiciones presidenciables del actual jefe de gobierno del DF –Marcelo Ebrard– y su acercamiento a la Nueva Izquierda son movimientos en el tablero del ajedrez político de donde surgirá la coalición que sostendrá la candidatura progresista que enfrentará el proyecto de restauración priísta encabezado por Enrique Peña Nieto.

El surgimiento de un partido-movimiento que relanza el proyecto nacional-popular en México drena la esencia política y el espíritu histórico del PRD. La prolongada crisis del PRD desembocó en su muerte clínica como expresión de un proyecto histórico, aun cuando se prolongue la existencia de un instituto partidario con el mismo nombre y otras características. En este sentido, como contraparte, se terminó también la tan problemática y polémica crisis del PRD porque, con esta mutación genética, se rescinde el vínculo con el pasado. Aunque siga existiendo un PRD en México, ya no será el heredero legítimo del «partido del 6 de julio».

  • 1. Estudios que, por cierto, no llegan a analizar lo ocurrido a partir de 2006. Ver Adriana Borjas Benavente: Partido de la Revolución Democrática. Estructura, organización interna y desempeño público: 1989-2003, Gernika, México, df, 2003, 2 vols.; Víctor Hugo Martínez González: Fisiones y fusiones, divorcios y reconciliaciones: la dirigencia del Partido de la Revolución Democrática (1989-2004), Plaza y Valdés, México, df, 2005; Francisco Reveles Vázquez: Partido de la Revolución Democrática: los problemas de la institucionalización, Gernika, México, df, 2004; Enrique Semo: La búsqueda. 1. La izquierda mexicana en los albores del siglo xxi y 2. La izquierda y el fin del régimen de partido de Estado, Océano, México, df, 2003-2004; Igor Vivero Ávila: Desafiando al sistema. La izquierda política en México. Evolución organizativa, ideológica y electoral del Partido de la Revolución Democrática (1989-2005), Porrúa, México, df, 2006.
  • 2. Sin asumir como inevitable, inexorable y lineal el pasaje entre Estado naciente e institucionalización, no podemos desconocer que la tensión que recorre el ciclo de vida de un movimiento o un partido político se disloca sobre una línea que puede visualizarse a partir de la contraposición entre los rasgos originarios y su transformación en el tiempo, en el asentamiento y la consolidación organizacional.
  • 3. Ver M. Modonesi: La crisis histórica de la izquierda socialista mexicana, Juan Pablos / ucm, México, df, 2003.
  • 4. Ver M. Modonesi: El Partido de la Revolución Democrática, Nostra Ediciones, México, df, 2009.
  • 5. Las corrientes internas del prd son numerosas y, salvo contadas excepciones, cambian con frecuencia de nombre; en general se estructuran en torno de núcleos de lealtad personal, no raras veces con un simple arraigo local. La fuerza de Nueva Izquierda se debe, entre otras cosas, a su proyección nacional y a su estabilidad en el tiempo y en el perímetro de sus integrantes.
  • 6. Ver A.M. López Obrador: La mafia que se adueñó de México… y el 2012, Mondadori, México, df, 2010.
  • 7. prd: «Acuerdos generados en el xii Congreso Refundacional», Oaxtepec, 3 a 6 de diciembre de 2009, mimeo.
  • 8. Ver M. Modonesi: «Los alfileres del prd» en El Universal, 24/3/2011.
  • 9. Corriente anarquista que tuvo un papel relevante en las luchas precursoras de la Revolución Mexicana y que editaba un periódico llamado, precisamente, Regeneración.
  • 10. V. el texto elaborado por un grupo de intelectuales a petición de López Obrador: aavv: Nuevo Proyecto Alternativo de Nación, Grijalbo-Mondadori, México, df, 2010.
  • 11. Sobre algunos aspectos centrales del movimiento obradorista, v. las opiniones de Armando Bartra, uno de los principales artífices del Proyecto Alternativo de Nación en M. Modonesi: «Horizontes de la movilización popular en América Latina y en México. Entrevista con Armando Bartra» en osal No 28, 10/2010, en prensa.