Ensayo

Memoria del futuro Sobre la melancolía de izquierda

El marxismo funcionó durante mucho tiempo como vehículo de una memoria de clase y de las luchas emancipatorias. Para ello periodizó la modernidad como una sucesión de revoluciones: una línea recta unía 1789 con 1917, pasando por 1848 y la Comuna de París. Pero se trataba en verdad de una memoria teleológica, una memoria para el futuro. Esa visión se plasmó en varias obras de arte analizadas en este artículo, que forma parte del libro Mélancolie de gauche (melancolía de izquierda), de Enzo Traverso. Se trata de producciones que transformaban la esperanza mesiánica en incitaciones a la acción revolucionaria.

Memoria del futuro / Sobre la melancolía de izquierda

El marxismo nació y se construyó históricamente como una teoría tendiente a interpretar el mundo y, a la vez, como un proyecto de transformación revolucionaria del mundo. La memoria vehiculizada por el marxismo estaba indisociablemente ligada a ese proyecto. Así, una vez cercenada su dimensión utópica, el marxismo dejó de actuar como vector de transmisión de una memoria de clase, de las luchas emancipadoras y de las revoluciones. En efecto, no cabe duda alguna de que la utopía es el tropismo secreto de la visión marxista de la historia. En El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, la memoria se evoca como «la tradición de todas las generaciones muertas» que «oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos». La revolución moderna dirigida contra el capitalismo –continúa Marx– «no puede sacar su poesía del pasado [sino] solamente del porvenir». Debe «dejar que los muertos entierren a sus muertos» y deshacerse de las «reminiscencias de la historia universal» (que habían cegado a sus ancestros) para poder proyectarse hacia el futuro. La historiografía marxista estuvo siempre caracterizada por una fuerte tentación teleológica. Postulaba el comunismo como telos, como finalidad de la historia, y esta visión engendraba una periodización de la modernidad cuyas etapas estaban marcadas por la memoria de las revoluciones. Una línea recta unía 1789 con 1917, pasando por las revoluciones de 1848 y la Comuna de París. Después de Octubre, el proceso se tornaba mundial y la curva ascendente se dividía en varias líneas que pasaban por Europa (la Resistencia en 1945, 1968, Portugal en 1974), América Latina (Cuba en 1958-1959) y Asia (China en 1949 y Vietnam en 1975). Fue así como, en la década de 1920, Albert Mathiez describía a los bolcheviques como los herederos de los jacobinos; como en las décadas siguientes León Trotski e Isaac Deutscher analizaban el estalinismo según el modelo de Termidor y del bonapartismo; como en 1968 los actores de Mayo pensaban haber vivido un «desafío general», del mismo orden que las revueltas de julio de 1917 en Petrogrado antes de la Revolución de Octubre; como en 1971 el historiador Adolfo Gilly describía la Comuna de Morelos, en el México zapatista de 1915, a la luz de la Revolución Rusa, etc.Eric Hobsbawm resumió bien este profundo núcleo de la memoria marxista recordando las palabras de un sindicalista británico que, en los años 1930, se dirigía a un conservador de esta manera: «Su clase representa el pasado, mi clase representa el futuro». Historiografía y memoria estaban pues entrelazadas, se alimentaban recíprocamente. La memoria apuntaba al futuro, era una memoria para el futuro que anunciaba los combates por venir. Desde luego, el recuerdo de las revoluciones no se limitaba al momento de júbilo de la emancipación vivida como acción colectiva, ya que incluía también la tragedia de sus derrotas. Durante las jornadas más oscuras de la guerra civil en Rusia, cuando el poder soviético estaba amenazado y la revolución parecía condenada, el fantasma de la Comuna de París acosaba a los bolcheviques. Un triunfo del Ejército Blanco habría conducido a la masacre, exactamente como sucedió durante la «semana sangrienta» de mayo de 1871, pero a una escala incomparablemente mayor. Una dictadura militar de los blancos –escribió Víctor Serge en sus memorias– se presentaba como la salida más probable, lo que significaba, para los bolcheviques, que serían todos «ahorcados o fusilados». Pero lejos de sembrar el desánimo y la desmovilización, esta conciencia aguda del peligro no hacía más que «galvanizar el espíritu de resistencia». A largo plazo, la historia les daría la razón: «Nosotros, los rojos, a pesar del hambre, los errores –e incluso los crímenes– avanzamos hacia la ciudad futura».

La iconografía socialista y comunista ilustró durante un siglo esta visión teleológica de la historia. Sus imágenes se grabaron en la memoria de varias generaciones de militantes –de obreros a intelectuales– hasta modelar su imaginario. Actuaron como «referencias subliminales» o «centinelas fantasmales del pensamiento», según la feliz expresión de Raphael Samuel, cuyo análisis puede resultar tan importante como la exégesis de los textos. El cuarto estado (1900) de Giuseppe Pellizza da Volpedo, uno de los más célebres cuadros inspirados en el socialismo anterior a la Gran Guerra, describe el avance de las clases trabajadoras hacia un futuro luminoso: su marcha emancipadora los aleja de las tinieblas, bien visibles en un segundo plano, allí donde comenzó su camino (figura 1).

El cuarto estado es una perfecta ilustración pictórica de la estrategia socialista descripta por Friedrich Engels poco antes de su muerte, en su prefacio –tan célebre como controvertido– a una reedición de 1895 del ensayo de Marx Las luchas de clases en Francia. Tras haber señalado un desplazamiento del centro de gravedad del movimiento socialista europeo de Francia –el lugar de las revoluciones del siglo xix– hacia Alemania, el país donde la socialdemocracia lograba avances electorales impresionantes (de 100.000 votos en 1871 a dos millones en 1890), Engels tomaba nota de una radical reorientación estratégica. El tiempo de los combates callejeros y las barricadas había pasado. La «rebelión a la vieja usanza» se había vuelto obsoleta al lado del «gran ejército único, el ejército internacional de los socialistas, que avanza incontenible y crece día por día en número, en organización, en disciplina, en claridad de visión y en seguridad de vencer». El socialismo era ineluctable, y todo esfuerzo por acelerar su llegada era inútil, cuando no peligroso: «Aun cuando este poderoso ejército del proletariado no haya alcanzado todavía su objetivo y, lejos de lograr la victoria con un solo gran golpe, deba avanzar lentamente de posición en posición en un combate duro, tenaz, eso demuestra de manera concluyente que era imposible conquistar la transformación social mediante un simple ataque sorpresa». Este crecimiento lento pero inexorable de la socialdemocracia alemana se desarrollaba a sus ojos «tan tranquilamente como un proceso de la naturaleza».