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Maldiciones que amenazan la democracia

Los países ricos en recursos naturales, cuya economía se sustenta prioritariamente en la extracción y exportación, encuentran mayores dificultades para desarrollarse: bajo crecimiento, mucha pobreza y altos niveles de desigualdad son algunos de los problemas que los afectan. Pero además de estar menos desarrollados, estos países suelen tener Estados paternalistas y clientelares en el marco de sociedades poco democráticas. El artículo analiza la maldición de los recursos naturales y sus efectos económicos y políticos y sostiene que la salida pasa por una estrategia integral que permita superar el extractivismo.

Maldiciones que amenazan la democracia

Toda la historia del petróleo está repleta de criminalidad, corrupción, del crudo ejercicio del poder y lo peor del capitalismo de frontera. Michael J. Watts

Atrapados por una doble maldición

Aunque resulte a primera vista poco creíble, la evidencia reciente y muchas experiencias acumuladas permiten afirmar que la pobreza está relacionada con la existencia de una significativa riqueza en recursos naturales. Esto permite sostener que los países ricos en recursos naturales, cuya economía se sustenta prioritariamente en su extracción y exportación, encuentran mayores dificultades para desarrollarse. Sobre todo, parecen estar condenados al subdesarrollo aquellos que disponen de una sustancial dotación de uno o unos pocos productos primarios.

Estos países estarían atrapados en una lógica perversa conocida en la literatura especializada como la «paradoja de la abundancia» o la «maldición de los recursos naturales». En este contexto, incluso hay quienes han asumido esta maldición (casi) como un fatalismo tropical1: el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en varios de sus reportes anuales y estudios técnicos, defiende

un determinismo geográfico del desarrollo: los países más ricos en recursos naturales y más cercanos al Ecuador [a la línea ecuatorial] están condenados a ser más atrasados y pobres (…) Asoma un fatalismo tropical, donde las naciones ecuatoriales parecen destinadas a la pobreza (…) A juicio del BID, cuanto más rico sea un país en recursos naturales, más lento será su desarrollo y mayores sus desigualdades internas.2

Frente a este determinismo geográfico y ecológico, no quedaría otra opción que la resignación. Sin embargo, el BID nos ofrece una salida. Esa salida –como sintetiza Eduardo Gudynas– es el mercado y acentuar todavía más las reformas neoliberales. No hay duda de que la audacia, con grandes dosis de ignorancia y una bien programada amnesia, va de la mano de la prepotencia.

Con algunas excepciones que confirman la regla, como los países del Sudeste asiático, desde el BID y sus alrededores se ha configurado una maldición aún más perversa que la de los recursos naturales abundantes. Se trata de una maldición ideológica con la que se quiere asegurar el cumplimiento de las políticas económicas mercadocéntricas. Los defensores de la fe neoliberal pretenden enraizar aquella ideología depredadora del ser humano y de la naturaleza, que se difunde desde los centros del poder; una ideología que ha hecho del consumo su objetivo final; del mercado, el único instrumento regulador de las relaciones socioeconómicas; y de la explotación y dominación, su razón de ser.

Sin embargo, vale decirlo desde el inicio, esta doble maldición de los recursos naturales y la maldición ideológica sí pueden ser superadas; no son inevitables.

Algunos entretelones de la maldición de la abundancia

El punto de partida radica, en gran medida, en la forma en que se extraen y se aprovechan esos recursos, así como en la manera en que se distribuyen sus frutos3. Esto ha conducido a una generalización de la pobreza, ha dado paso a crisis económicas recurrentes, al tiempo que ha consolidado mentalidades «rentistas». Todo esto profundiza la débil y escasa institucionalidad democrática, alienta la corrupción y deteriora el medio ambiente. Lo expuesto se complica con las prácticas clientelares y patrimonialistas desplegadas, que contribuyen a frenar la construcción de ciudadanía.

Lo cierto es que la gran disponibilidad de recursos naturales que caracteriza a las economías primario-exportadoras, particularmente si se trata de minerales o petróleo, tiende a distorsionar la estructura económica y la asignación de los factores productivos; redistribuye regresivamente el ingreso y concentra la riqueza en pocas manos. Esta situación se agudiza por una serie de procesos endógenos de carácter «patológico» que acompañan a la abundancia de estos recursos naturales.

La posibilidad de acceder a elevadas rentas hidrocarburíferas o mineras es uno de los mayores alicientes para mantener y apoyar este tipo de actividades primario-exportadoras, con todas sus secuelas. Los gobiernos, presionados por las urgencias cotidianas, más aún en época de crisis, buscan ampliar sus ingresos forzando las actividades extractivas. A través de este esfuerzo esperan poder atender muchas de las largamente postergadas demandas sociales y, por cierto, consolidarse en el poder recurriendo a prácticas clientelares e inclusive autoritarias.

Como afirma Fernando Coronil, en este tipo de economías aflora un «Estado mágico», con capacidad de desplegar «la cultura del milagro»4. Gracias al petróleo o a la minería, es decir a los cuantiosos ingresos que producen las exportaciones de estos recursos, en tanto estos ingresos facilitan el financiamiento de proyectos y obras, muchas veces los gobernantes se asumen como los portadores de la voluntad colectiva y tratan de acelerar el salto hacia la ansiada modernidad.

Sin embargo, esa modernidad resulta esquiva. La realidad de una economía primario-exportadora, es decir exportadora de naturaleza, se refleja en un escaso interés por invertir en el mercado interno; y el tamaño de este último está restringido no por el número reducido de los habitantes de un país, sino porque son pocas las personas con real capacidad de compra. Esto redunda en una limitada integración entre el sector exportador y la producción nacional. No existen los incentivos que permitan desarrollar y diversificar la producción interna, vinculándola a los procesos exportadores, que a su vez deberían transformar los recursos naturales en bienes con mayor valor interno de retorno.

En concreto, no se dio, ni se da, un encadenamiento que pueda potenciar nuevas líneas productivas desde este tipo de actividades extractivistas. Es muy limitado el desarrollo de conglomerados productivos para el mercado interno, así como para ampliar y mejorar la calidad de la oferta exportable. Tampoco se ha generado una mejor distribución del ingreso, ni los necesarios ingresos fiscales; requisitos indispensables para consolidar los mercados internos y la misma democracia, respectivamente. Y no solo eso: esta modalidad de acumulación orientada en extremo hacia afuera fortalece un esquema cultural dependiente del exterior, que minimiza o margina las culturas y las potencialidades locales.

  • 1. Son varios los tratadistas que construyeron, desde varias ópticas, este «fatalismo tropical». Entre otros podemos mencionar a Michel Gabin, Michel L. Ross, Jeffrey Sachs, Ricardo Hausmann, Roberto Rigobon e Ivar Kolstad.
  • 2. Eduardo Gudynas: «La ecología política del giro biocéntrico en la nueva Constitución del Ecuador» en Revista de Estudios Sociales No 32, 2009.
  • 3. Ver el valioso aporte de Jürgen Schuldt: ¿Somos pobres porque somos ricos? Recursos naturales, tecnología y globalización, Fondo Editorial del Congreso del Perú, Lima, 2005. También se puede consultar J. Schuldt y Alberto Acosta: «Petróleo, rentismo y subdesarrollo: ¿una maldición sin solución?» en Nueva Sociedad No 204, 7-8/2006, disponible en www.nuso.org/upload/articulos/3366_1.pdf, así como A. Acosta: La maldición de la abundancia, cep / Swissaid / Abya-Yala, Quito, 2009.
  • 4. El Estado mágico. Naturaleza, dinero y modernidad en Venezuela, Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico de la Universidad Central de Venezuela / Nueva Sociedad, Caracas, 2002. Este autor aborda la realidad venezolana desde el gobierno del general Juan Vicente Gómez hasta antes del gobierno del coronel Hugo Chávez Frías.