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Love Estar System

Love Estar System

El uruguayo José Driussi, escritor, sofista y payador perseguido, recuerda en El Coleccionista, frente a Parque Rivadavia, el día en que se integró al sistema pero, más que nada, da algunas de sus razones para vivir desintegrado y luego ya se va al pasto al arremeter contra glorias literarias argentinas vivas y muertas. Y dice, más o menos así, el uruguayo, un tipo bárbaro:

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Fue hace diez años. Me llamó una de las primeras pasantes que tuvo el suplemento Nadar para preguntarme si yo alguna vez había tenido o sentido miedo o había visto algún equeco y este me había provocado aunque sea un sentimiento contradictorio u oscuro, una combinación de sorpresa e inquietud, la piba hablaba bien, y yo le escuché la pregunta y dije, bueno, qué sorpresa, qué honor que me llamés, qué sé yo, mirá, dejame pensar, le tiré que pienso que sí, mientras pensaba bien qué le iba a decir y entonces para ganar un poco de tiempo le pregunté que a qué venía esto, en qué andaban, le pregunté eso, en qué andan, che, que es una pregunta muy macanuda para hacer, que recomiendo hacer, como de alguien así que está lejos de la cosa, aunque nadie está lejos de la cosa, pero que puede ser al mismo tiempo complaciente, condescendiente, ¿no?, en qué andan, linda pregunta, de tía, en qué andan ustedes, los sobrinos, y buen, ella, la pasante, ahí me contó que se trataba de una ocurrencia del Tonto Paz, que se colgó, así dijo ella, se ve que es jerga de la droga, y tuvo la idea de dibujar un equeco, esos monstruitos enanos y de barro a los que les ponen un faso en la boca, con la cara de Borges, la idea final era hacer una nota con el título: «Yo sentí el horror de los equecos».

Tonto era y es bastante conocido en el ambiente porque es muy mariquita, entonces se hace ver con su performance homo, y usa camisas gastadas de YPF y ese estilo personal es su estilo artístico, toda la combinatoria pop warholiana, las asociaciones inesperadas e hizo en ese momento, ya diez años, qué lo tiró, ese dibujo o ese fotoshop y se lo mandó por mail a los editores a las cuatro de la mañana, bien en su estilo, así de impulsos cortos, hago y mando, de no corrijo un porongo, como sale, sale, todo esto me contó la pasante, y los infelices flashearon, flashearon, con la ocurrencia, y yo que, hasta entonces, no tenía nada que ver, cero relación con ese mundo, lo pensé un segundo más, le pregunté a la piba de qué instituto era pasante, me dijo que del de Aliverti, y me parece que vi la oportunidad para colar, y entonces le dije a la piba que le mandaba un mail, de paso me quedaba con el mail de ella, y pensaba un toque más la respuesta, y buen, me senté en la compu y escribí el asunto: «yooooooooo, yo, sentí el horror de los equecos», que me pareció una buena línea falsamente automática y cool, como bien descontracturada, en la que se alargan las vocales, para esconder todo lo posible el cálculo que se está haciendo, porque yo, hacía rato, ratazo que me quería probar en el sidieguismo de los suplementos culturales, al menos por un fin de semana de conseguir rebote, de te leí y me dijeron en la Plaza Armenia, a El Coleccionista ya no venía nadie, y porque quería estacionar a la sombra al cuadro político moral, ¿no?, liberando a los demás, a ustedes, en ese acto, de la terrible constancia de no ser como yo, para, simplemente, echarme al sol y hacer rentar mi oficio como uno más, como piden en las terapias: uno más.

Que no es ser uno menos, eso se dice mucho también en las grupales, y colar, venía con el beneficio aparejado de una publicidad personal que, cada tanto, mal no me venía, porque no puedo esperar demasiado al futuro para comer hoy, viste cómo funciona eso, lo hijo de puta que se pone el hambre; podía y puedo esperar para el reconocimiento, pero no para los fideos, y me da bronca y más bronca me daba antes, tener que pelearla tanto y que no se viera la gambeta larga que yo hice todos estos años para invadir cerebros, viste, sin ceder jamás, excepto ese día, sin ceder jamás a las plataformas de lanzamiento más obvias, porque yo entiendo, y me parece tremendamente lógico esto que voy a decir, que si uno tiene ideales o desafíos estéticos a la hora de escribir, los tiene o los tiene que tener a la hora de todo lo demás, bah, no lo digo en el sentido de tener que, sino como automatismo: si uno no escribe algo porque le parece una boludez, no hace algo que también le parece una boludez; no cede a la boludez, la resiste, como resiste un cliché, si no no es vida, y especialmente me refiero al campo de la promoción del propio trabajo, porque es como la última línea, es el último paratexto de lo que uno hace, pero…, pero…, pará, pepe, pepe, pará, papá: si la vida del uruguayo Driussi, lindo tipo y de hermosa pija (y cómo me gusta hablar en tercera, por dios), era pelar, digamos pelar, todos los días para que no lo coman los piojos, cada tanto, cada taaaanto, me convenía, le convenía al Uruguayo, un poco, entregarse a la maquinaria.

Por eso, entré en la variante, para que la vida sea lo que parece, uruguayo, y le detallé a la piba de Nadar una anécdota falsa que funcionaba bien con la ocurrencia medio mogólica que habían tenido y fue así, ¿quieren que les cuente? ¡Se arrojó a la fuente de la ensalada recién preparada! No, nada que ver. Fue así: que había luz de veladores verdes de biblioteca en el Sheraton de La Paz…, y clavemos los puntos suspensivos ahí atrás, como se los clavé a ella, antes de darle las demás circunstancias, que éramos tres hombres en muscus, Roberto Juguet E. de Chile, Santiago Mamona de Colombia, y yo, en el Piano Bar del primer subsuelo tomando caipirinhas y que, de repente, mientras ellos jugaban a los sinónimos y los antónimos y hacían haikus con las palabras tomadas del menú se nos aparecieron dos bolivianos fumando y con vinchas, y sentimos, los tres, el horror de los equecos. Eso fue todo. Una boludez fenomenal. Por suerte, ni Roberto ni Santiago habían sido contactados por el Nadar para esa nota porque estaban en un congreso de literatura surcoreana en Surcorea, donde casualmente se encontraba otro colaborador de Nadar que se sabe acostar con los dos, aún hoy (así estamos), y entonces, coligieron en la redacción del suple que ya tenían bastante Nadar encima los muchachos como para molestarlos más todavía, considerando además que Surcorea es lo suficientemente lejos como para que hasta un correo electrónico recibido allá, desde acá, se interprete como una invasión, un abuso. Valiéndome de eso, de que habían sido contactados –y estuve bien porque le pregunté a la pasante si los habían llamado, porque me parecían ideales para esto–, los aproveché, como personajes. Aunque en caso de que se enteraran yo hubiera dicho que era un chiste de escritor, si se molestaban, y ya fue, y quién sabe me podría haber hecho amigo de ellos en serio y salir a comer en Buenos Aires, ir a un bodegón, cuando vinieran, ir a los talleres de literatura y boxeo del Banco de Galicia en la Villa de Retiro, o ir yo mismo a un Festival de Lit en Zapallar o Medellín, donde hay tanta buena vibra, ajajaj, y lo que pasó, posta, es que los del Nadar quedaron chochos, porque si bien no era exactamente lo que estaban buscando, ellos querían, como dije, equecos, equecos, equecos, que uno se asustara en su anécdota por equecos, hechos y derechos, como se hacen siempre notas muy importantes, muy importantes en los medios, dobles páginas, incluso, sobre fobia a los mimos o pánico a los payasos, muy importante siempre la asociación inesperada, ¿no es cierto?, el núcleo ideológico del tontismo, querían miedo puro a los equecos…, claro, naturalmente por qué razón los equecos darían susto, por ninguna, pero buen, querían aprovechar la idea del tapista talentoso que tienen, que es gay, como ya sugerimos, ajajaj, y que les dio un hijo a dos mujeres gays ¡bien!, con quienes tuvo un chico porque les dio el tarrito, y del bebé aún no se sabe nada, pero sin duda los argentinos tienen que esperar cosas sorprendentes, bueno, y la idea era jugar con el poema de Borges de los espejos, que es bien popular, lo recitan en las radios hace muchos años, y ese es un déficit que les saltaba siempre en los focus groups a los del Nadar, cuando podían pagar estudios de mercado, que le hablan al microclima nada más, muchachos, así les decía el consultor, me contó después la pasante, porque un día fuimos a comer, pero ellos, Santi y Robert, eran, son, serán amigos, amigos, amigos de los del Nadar, mientras vivan, y los redactores tienen todas sus fotos y sus libros dedicados y son re amigos, bah, por lo que el hecho de que no fueran equecos, equecos, sino la representación ebria de los equecos me lo súper agradecieron igual, me dijeron que soy un fenómeno, que los salvé, en fin, todo esto en boca de la pasante, qué podía decir, se ve que andaban necesitando un periodismo no denso, no grave, no de alta cultura, no de homenaje o aniversario de la muerte de Soriano y, entonces, resolvieron la densidad, haciendo el camino a la no densidad, creando, alentando asociaciones inesperadas, graciosas, con chispa pop, apoyados por Tonto Paz que nació para eso y fue alentado cada día de su vida a mezclar figuritas.

Yo pienso, si me preguntan, que hace solo falta una revolución cultural, como la de los chinos, viste, que te claven el gorro blanco en la cabeza, y los trabajadores empiecen a tirarte cosas, o que alguien con autoridad, tipo Estela Carlotto, un día, diga, es un tonto, Paz, porque ella puede ser víctima de asociaciones en cualquier momento, y que se constituya un nuevo lugar común que acabe con su trabajo, que lo haga un parásito del concejo deliberante o de lugares así, que la revolución cultural lo convierta en basura, en una vergüenza impresentable; claro, hay que hacerla. En el sentido de que es difícil. Hoy una revolución depende más que nada de una casualidad, pero nunca de un esfuerzo racional y sostenido y este trabajo que venimos haciendo desde hace añares desde la elite más consciente del ambiente cultural que es darles patadas en los tobillos a los giles y seguir con la frente alta caminando por el centro del camino, es un trabajo que se pretende como ejemplar, ¿no?, ejemplar, en el sentido de una acción netamente política y creadora de un modo de comportarse que se pueda generalizar, porque si todos fueran como ellos, ¿qué sería esto?, un mundo de chicos haciéndose notar en asuntos que tienen que ver con el significante de cosas que son importantes por su significado. Si todos fueran del partido del significante, mmm. Nos tenemos que preguntar por las razones de la #derrotacultural.

Buen, después del agradecimiento de ellos, les respondí emocionado que: no, yo les agradezco a vos, a full, y espero realmente haberles dado a entender con abrazo!, de cierre, ajajaj, que cuentan conmigo, eh, y que les regalé mi destino, que serían estos muchachos, de ahí en más, el jurado de mi trabajo. Me di cuenta, en ese momento, como se da cuenta el pibe Kevin de Los años felices, remember canal 9, lunes, de que transferir poder sobre uno a otro es muy placentero y que por eso funciona el síndrome de Estocolmo, porque es quitarse de encima el peso de cada decisión, porque renunciar a la soberanía personal nos alivia para enfrentar todo lo inevitable: salir de vez en cuando de la cama, el envejecimiento, la obesidad, y que seamos artistas, pongamoslé, no cambia nada. Son otras pilchas, nomás. Y abundé, eh, les pedí perdón por si los incomodaba mi gratitud, les dije, «bah, les digo gracias, no sé por qué» y es que yo estaba practicando un personaje, alguien bien abnegado en la condescendencia, un sobreadaptado, como esas primeras generaciones de ricos, pero me dijeron: naaaa, todo bien, bro, viste cómo hablan, y así me aseguré, entonces, una mención en el Nadar que, finalmente, como el tema creció, así habla la pasante, se convirtió en la tapa. Y ya todo era a la distancia hace diez años, y no tenían tiempo ni ahí para entrevistarme, la pasante y todos los otros pasantes estaban en nota, así hablaba la pasante, así que les mandé un párrafo porque lo que me pidieron concretamente es que escribiera un parrafito y así, yo, fue que sentí el horror de los equecos en la cuarta columna abajo, en la página 5.

Mi mail fue muy cuidado, muy buena puntuación, quise dar buena impresión, y les conté que yo estaba en La Paz haciendo ríserch para un próximo opus y que, buen, llegaron esos copados de Roberto y Santiago que justo estaban en una feria de libros independientes que se hace desde hace veinte años cada cuatro meses a charlar conmigo, así, de buena onda, como son dados los latinos, a conocer gente, a chusmear, a interiorizarse sobre todo lo que es la movida de los escritores porteños, tanto sea en el Malba, como en el Filba, como en el Viejo Hotel Ostende, donde se hacen clínicas de escritura, a preguntarme por sus amigos porteños, y los equecos ingresaron con dos prostitutas blancas de piel lechosa y pecas y se apoyaron sobre la barra, humeando, acomodándose la vincha, y yo pensé o dije, ay qué horror, y sentí el horror por los equecos, mientras sacaba de mi mochilín los Carilina para que Santi y Robert lloren y lloren por la fealdad humana, que hace bien. Y así, contando estas cosas, conseguí seducirlos, volverlos rehenes de mis peores sentimientos, de mi triste encanto, de mi #derrotacultural, porque les encomié la ideota que tuvieron, para figurar, transé con el sistema, y les aseguré yo también el papel de comentaristas permanentes de lo que hacen los demás, los dejé a salvo, sin cuestionarlos con mi intervención, con mi mínima aparición en el mail, porque ellos no se autocuestionan ni de coté, son felices con el mundo, felices consigo mismos, entusiasmados. Son, además de todo, los escritores que no escriben. Hacen el amor del resguardo que se preserva de la aventura y la vanguardia donde todo duele mucho más. Y más, si sos cagón. Y como la esperanza de que los muchachos de los suplementos, del Nadar, se pregunten cosas que tengan alguna gravitación moral está agotada: digo, el poder, la muerte, el paso del tiempo les chupa un huevo blanco, entrerriano, de Concordia, y salvo, salvo, que esos temas aparezcan publicados en revistas norteamericanas expresados, dichos, por algún personaje de la farándula de Hollywood por el que se baboseen, Kirk Douglas, pongamoslé, y que lo confiese, así como en una toma directa en el grabador que le pone la enfermera en la terapia intensiva, ahí sí, pero si no, no. La agenda la organizan con equecos, mimos, payasos y si no muertitos. Por ejemplo: River Phoenix. A la esperanza de que mis contemporáneos a cargo de la industria de la cultura y la decoración de la vida moderna tengan media idea yo ya la tengo cagada a palos, arrumbada, como dicen los escritores, arrellanada, como dicen los periodistas que escriben, en un canasto de mimbre donde guardo los bóxers deportivos, y es por todo lo dicho, por todo esto recién dicho, que me retiré enseguida a seguir retirado. Salió publicado, me dijeron te leí y me comentaron y fue. Así que yo cuando me visto y finalmente me visto para lo que soy, un gil que escribe porque es la habilidad que desarrollé y no porque me guste exactamente, y me pongo los zoquetes que van entre las zapatillas y mis piecitos para estar liviano, no apretado, suelto de tobillos, juguetón, deportivo, sensible, me visto sabiendo que hoy también será para nada útil, para nada socialmente productivo porque a los mediadores entre mi trabajo y las masas les chupa un huevo el sentido trascendente de lo que hacen ellos y de lo que hacen los demás. Así es, lo digo: el estar system de las letras.

Y hay otras intermediaciones, terribles, las editoriales y sus chicas de prensa. Suele pasar, por ejemplo, que ante el lanzamiento de un libro, las jefas de prensa comienzan un ritual de malhumor con el autor. Que bien podría ser al revés, el creativo malhumorado con la burócrata, pero no, ella tiene malhumor con el autor o autora, antes que pase nada, de arranque, como un seteo por default, y otra cosa que podría ser al revés que sería funcionar al derecho si el mundo anduviera bien y es que la chica de prensa no esté fastidiada sino feliz por estar promoviendo el esfuerzo creativo ajeno, algo que está bien según todas las religiones, un esfuerzo que además se consagra a un producto cultural, no es la cajita feliz, lo cual está doblemente bien visto por las religiones, pero lo encaran con un humor de mierda, aunque con una excusa fenomenal para no hacer bien el trabajo: que hay muchos autores y que todos piden lo mismo. Pedir lo mismo es salir en los suplementos, en los medios, en canal siete. Y ciertamente, solo una minoría es tan pelotuda como para querer salir en el programa de Orlando Barone para aumentar de doscientos a doscientos veinte su venta comiéndose el inmenso garrón de dar una versión pasteurizada del trabajo ante alguien que hace un esfuerzo demencial por ocultar su desinterés radical y su no lectura de las cosas, con todo el énfasis de producción y de acentos puesto en cumplir con los auspiciantes que le permiten sostener la garcha que hace. Es muy difícil ser la chica de prensa en un país con sectores medios tan movedizos donde el otro cree tener que estar en otro lado. Donde todo el mundo siente que merece más, que lo cagaron. Si yo escribo pero soy jefe de prensa y lidio con escritores, la vida claramente me cagó por no saltar en la cadena hacia adelante y quedarme atrás en la retaguardia del arte. En las editoriales, de todos modos, tienen unos modales contrafóbicos para soportar el malhumor sin que los autores se den cuenta y que es tramitarlos con sorna, mencionarlos siempre como el autor de aquí o el autor de allá. Un gaste que es fenomenal. Y el autor que no va nunca a la editorial, porque los libros no se escriben en las editoriales, el día que va, es porque está por salir el libro y le hacen una rotation por las distintas oficinas donde la gente ya está preparada para saludar al autor. Y todos siguen al pie de la letra lo que dicen los tristes contratos: de aquí en adelante el autor.No sé, es un poco hartante el tema… Porque el que escribe quiere mostrar lo que hace, la ambición, si se es más o menos ateo, no es algo malo, no implica competir con dios ni dar por la vida más de lo que es, sino amar la propia condición vital temporal y desafiarla a sus límites. Que un escritor ambicione escribir, escribir mucho y escribir bien, y que ambicionando eso, ambicione ser leído no lo juzgo mal, y que el sistema sea tan pavo, Nadar, las editoriales, evidentemente obliga a la gente a cosas terribles. Pienso en Jaimito Cohen, pobre, que sale a la calle vestido todos los santos días con prendas Adidas para hacerse notar y ya todos saben que es el escritor que usa Adidas. Uhm. Cohen, hecho bolita, pensó: me vestiré de Adidas, ese será mi chiste de escritor. Puede que haya pasiones más grandes, pero, buen, él optó por esa. Tiene una sola vida y le regala su percha a una corporación que se enriquece con barcos factorías. Para muchas personas sensibles, sería una idiotez, una frivolidad; para él, sin embargo, es una fiesta. Es que ser un escritor no comporta que se borre la debilidad emocional que puede tener un hombre o la presencia de cuadros psicopatológicos. No sé por qué se aisló Salinger, pero como maniobra de marketing personal suena demasiado sacrificada, tantos años evitando hasta el más mínimo acoso, no sé. Supongo que no estaba cómodo con lo que era y se ahorraba con el aislamiento a los testigos de su infelicidad que, en su fama, se multiplicarían año a año. Aunque como forma de promocionarse me parece más práctica, más rica para el propio trabajo artístico que estar preso durante treinta años de un mismo recorte en el bigote para no ser olvidado. Pienso también, pero no estoy seguro, que creer que todo lo que hace un escritor se corresponde uno a uno con una estrategia de autor, es olvidarse de que un escritor suele ser un hombre inteligente, alguien que ha hecho cierto esfuerzo por no ser un esclavo del sistema y que no va a cambiarlo por otra forma de esclavitud como deberse al reconocimiento y a la fama y hacerlo todo por eso. Puede ser, pero no estoy muy seguro de eso.

Qué sé yo, si le tengo que llenar un formulario a la fundación García Márquez para ver si yo ligo un premio, una moneda, antes de ponerme a llenarlo, ya me agarré conjuntivitis, porque es frustrante antes de que acontezca la frustración, te piden la rendición a la máquina burocrática, porque perfectamente podrían ellos hacer el rastreo de lo que se publica en el mundo de habla hispana, ¿no?, es un corpus acotado, acotable, y se libera a los autores de la rendición incondicional, porque le piden a alguien creativo que se someta a un momento administrativo para obtener recompensa por su creatividad, se le pide, o sea, que no sea él, que se suspenda de sí, no sé: lo normal es que Gabo esté muerto ya, pero no, se resiste, y se entiende, quién carajo se quiere ir: están las tardecitas de verano, el rumor del mar, y si tenés la guita del tipo, menos que menos; pero en el mismo sentido de la extensión del ideal estético, el tipo, el premio nobel, podría captar que queda como el orto que baje tanta línea sobre cómo se hace un relato; no digas cómo se hace un relato, Gabriel, no seas soberbio, hermano; a mí, si en el formulario me preguntan dónde te ves dentro de diez años, dónde o cómo se imagina usted dentro de diez años, yo respondería en capital letters VISITANDO LA TUMBA DE GGM, entonces todo mal con la fundación, todo mal con el Nadar; however, otros miles de pibes, muy buenos pibes la mayoría les llenan la ficha, pero buen, no sé qué quieren obtener de eso, el pegoteo con Gabo, los certificados, las acreditaciones, los logros; no es menos cierto, que se pueden mostrar en la casa, siempre hay hermanos con los que se desarrolló una vida competitiva o amigos con los que se pelea el medallero en las veinte manzanas de buenos aires que cuentan, y qué bronca me da la cosa del viejo que consagra al joven. Yo, prefiero el viejo que se consagra al joven. Y lo primero va para Grupo Márquez pero puede ir para Fogwill, eh. Nuestro finado más reciente. Toda esa cosa de la generosidad de la que se habla en relación con él por su apoyo a los más jóvenes, que les leía sus libros y eso, y se los comentaba, que aparece como si la generosidad no fuera una posibilidad del ser humano, una bastante usual, y no una práctica inusual y apenas higiénica del artista, yo esa generosidad de nuestro muerto más reciente, te la discuto a muerte, porque Fogwill alentaba y promovía, como un nazi del rendimiento literario, a un montón de gente talentosa –y eso no se puede negar ni se quiere negar– pero lo hacía como un head hunter demente que descubría a los que expresaban su verdad literaria, su manera de ordenar las oraciones y que en su no generosidad didáctica solo iba a depender de su arbitrio. La generosidad se confunde así con el armado de una secta.

Mi posición es: que la gambeta que hay que hacer es larga pero que garpa más. Más que una salida aspiracional y arribista para no ser pobre o no parecer pobre que en este estadio del capitalismo es más o menos lo mismo, el arte, debe ser una entrada a la vida, ajajaj, a la revolución. Si la revolución en serio no se puede hacer, la cosa de la reforma agraria, eh, y todo eso, hagamoslá en la mentira que hacemos, en la fantasía, porque es gratis y porque da coraje. Hagamoslá. Basta de chupar mimos, de homenajes a River Phoenix, muchachos, basta de cálculos con formularios, con becas, con estadías para escribir en Berlín, o un cursito con Márquez, bah, si te toca de rebote, usala, pero cagalos, viste. Cagalos. Hay que hacer la guerrilla de una. Entrar y salir, enfermarlos. ¿Pero este es amigo o no? Que se lo pregunten, que se pongan paranoicos. Pero no puede ser que los patrones no tengan ninguna duda sobre eso. Tienen que dudar de tu amor. Y además porque esto tiene una recompensa extra que suma para el campo específico de la creación estética, y es que en el viaje de enfermarlos aparecen unas variaciones de la lengua que son nuevas y aparece lo inesperado, pero no como consecuencia de la asociación de lo instituido, de lo conocido, de lo pop, sino el surgimiento de lo que aún no existe. Se obtiene renta literaria de la virtud política.