Opinión

Los peligros de la guerra asimétrica

En las últimas décadas ha ganado notoriedad un nuevo concepto para describir el choque entre fuerzas regulares e insurgentes. Se trata de la llamada «guerra asimétrica», en la que se miden bandos con fuerzas muy dispares. El ejemplo más reciente de este tipo de conflicto son las operaciones desarrolladas por Israel en la Franja de Gaza durante el mes de enero. Es claro que, dado el carácter mortífero del conflicto armado, cada parte buscará la máxima superioridad o asimetría. A fin de cuentas, no se trata de un torneo de diversión medieval.

Los peligros de la guerra asimétrica

Hasta la Primera Guerra Mundial, 90% de las víctimas de enfrentamientos bélicos eran militares y 10% eran civiles. A partir del siguiente gran conflicto mundial, la proporción fue la inversa: 10% eran uniformados y el resto, civiles. El dramático cambio se debió al fin de los campos de batalla: en forma creciente, las ciudades se convirtieron en blancos de bombardeos masivos y los combates se libraron mayoritariamente dentro de las propias urbes.

En las últimas décadas ha ganado notoriedad un nuevo concepto para describir el choque entre fuerzas regulares e insurgentes. Se trata de la llamada «guerra asimétrica», en la que se miden bandos con fuerzas muy dispares. El ejemplo más reciente de este tipo de conflicto son las operaciones desarrolladas por Israel en la Franja de Gaza durante el mes de enero. Es claro que, dado el carácter mortífero del conflicto armado, cada parte buscará la máxima superioridad o asimetría. A fin de cuentas, no se trata de un torneo de diversión medieval.

Ocurre, como en Iraq y Afganistán, que Estados Unidos tiene tal poder que su enemigo no puede confrontarlo en su terreno, y este recurre entonces a las tácticas que se describen como asimétricas. Quizá sería más exacto hablar de «guerra desigual» pero, claro, no suena bien para los más fuertes. Y es la desigualdad, la incapacidad de un bando débil frente a uno de fuerzas abrumadoras, lo que obliga al primero a desarrollar y refinar los métodos de combate clandestinos.

Los ejércitos regulares tienen gran aversión a participar en este tipo de conflictos; a fin de cuentas, están preparados para combatir a fuerzas similares a los suyas. A los militares les disgustan las tareas policiales. Sus poderes de fuego y entrenamiento no están orientados a perseguir bandas guerrilleras o a insurgentes dispersos entre la población civil. El empleo de un poder de fuego devastador conduce, en forma inevitable, a grandes pérdidas de vidas inocentes. El altísimo número de menores muertos en la Franja de Gaza es la prueba de que no está garantizado que las armas inteligentes, es decir aquellas que son dirigidas a un blanco por rayos láser u otros sistemas, discriminen entre combatientes y civiles. Lo que ocurrió, en parte, se debe a que los generales israelíes fijaron como una de las prioridades proteger la vida de sus efectivos. El éxito de la campaña, de cara a la opinión pública de su país, pasaba por incurrir en el menor número posible de caídos. En consecuencia, velar por la población en los frentes de combate altamente poblados fue un objetivo secundario. En caso de ser atacados, los soldados israelíes tenían órdenes de abrir fuego, aun si ello implicaba un gran riesgo de alcanzar a inocentes. Este es un criterio que suelen aplicar todos los ejércitos.

En las guerras de contrainsurgencia libradas en Vietnam y Centroamérica, EEUU acuñó la doctrina de ganar las «mentes y los corazones» de la población ya que, en última instancia, constituyen el campo en que se resuelve la pugna. Es la ciudadanía de los países en conflicto la que definirá quién es el vencedor. En las guerras asimétricas, para la victoria en el largo plazo no basta un poder de fuego superior. El elemento político, que es el dominante, termina por inclinar la balanza a favor del que tiene de su parte ese esquivo y crucial factor que es la legitimidad.

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