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Los imperativos de una nueva época

Los desencuentros entre Chile y Bolivia a raíz del reclamo marítimo de este último país se explican en buena medida por las diferentes estrategias internacionales desplegadas históricamente. Chile se consolidó como una economía insular, aislada de sus vecinos, mientras que Bolivia estuvo condicionada por su falta de cohesión social y geográfica, lo cual dificultó las posibilidades de desarrollar una política internacional estable. El artículo sostiene que, pese a las diferencias del pasado, la región en disputa revela una importante interacción comercial y demográfica entre ambos países que podría constituir la base para una solución creativa al problema.

Los imperativos de una nueva época

Los desencuentros entre Chile y Bolivia a raíz del reclamo marítimo de este último país se explican en buena medida por las diferentes estrategias internacionales desplegadas históricamente. Chile se consolidó como una economía insular, aislada de sus vecinos, mientras que Bolivia estuvo condicionada por su falta de cohesión social y geográfica, lo cual dificultó las posibilidades de desarrollar una política internacional estable. El artículo sostiene que, pese a las diferencias del pasado, la región en disputa revela una importante interacción comercial y demográfica entre ambos países que podría constituir la base para una solución creativa al problema.

La presencia de Ricardo Lagos en Bolivia en enero de 2006, por invitación de Evo Morales, y la posterior presencia del presidente boliviano en la asunción de Michelle Bachelet confirman que las relaciones bilaterales entre estos dos países han ingresado en un nuevo periodo. Más allá del voluntarismo de los actores o del optimismo con que se suelen presentar estos acontecimientos, los signos de aproximación demuestran que la región se encuentra ante el imperativo de una nueva época. Las causas profundas del acercamiento derivan del contexto de la globalización, de la universalización del libre comercio, de las dinámicas demográficas y del rumbo que han tomado el desarrollo fronterizo y la interdependencia chileno-boliviana en la microrregión de la costa pacífica atacameña. Estos cambios prometen a mediano plazo el restablecimiento de las relaciones diplomáticas que fueron rotas en 1978, y no se pueden entender si no se hace mención al estilo con el cual cada uno de los países construyó su política exterior. Una caracterización histórica de este tipo también permitirá entender mejor las transformaciones y adaptaciones que ambas naciones intentan realizar para adecuarse al nuevo contexto regional y mundial.

El estilo de la diplomacia chilena

La diplomacia chilena es una de las de mayor continuidad, profesionalismo y rigor estratégico de América Latina. Como parte de esta estrategia de inserción internacional, Chile ha desarrollado un aislacionismo voluntario en las relaciones con sus vecinos y en la conformación de bloques regionales, lo cual le ha permitido construir alianzas extracontinentales y consolidar vínculos de privilegio con las potencias occidentales. La participación chilena en la Guerra de las Malvinas revela la forma en que este país supo sacar ventajas de su práctica aislacionista.

Esta actitud, que puede considerarse una diplomacia individualista, responde a las condiciones del aislamiento estructural de Chile, país confinado por sus rígidas fronteras geográficas: de un lado, la Cordillera de los Andes, que lo separa y diferencia claramente de Argentina y, del otro lado, el desierto de Atacama, un vacío demográfico hasta bien entrado elsiglo XX, que sirvió para reafirmar la separación con Perú y Bolivia y fortaleció así el carácter «insular» chileno. El tercer rasgo significativo de su política exterior es que ha sido fundada en el supuesto de la amenaza externa. Chile es uno de los países de América del Sur que dedica mayor porcentaje de su PIB a los gastos de defensa sobre la base de una serie de sospechas y beligerancias que obstaculizaron la integración y el desarrollo de la región norteña, donde sus intereses confluyen con los de Bolivia y Perú. En ese sentido, es necesario recordar el cinturón de minas explosivas que Chile mantuvo en sus zonas limítrofes, implementado como acción preventiva hacia sus vecinos, no tanto para prevenir una incursión militar boliviana (ilusoria de todos modos) sino para impedir un eventual ingreso de la «subversión» o la expansión de la inestabilidad política producto de las crisis de Bolivia y Perú en los 70 y 80. Pero este dispositivo diplomático está hoy en plena mutación. El comportamiento aislacionista y los razonamientos de defensa militares del siglo XX parecen readecuarse y repensarse de cara al porvenir. Chile, favorecido por la estabilidad de su institucionalidad democrática y después de haber logrado consolidar su inserción en la economía mundial, busca pasar a una etapa diferente en su política internacional. El objetivo es que esta nueva orientación le permita, entre otras cosas, constituirse en una «plataforma de negocios» en el ámbito regional. Evidentemente, el esfuerzo está orientado a garantizar la sostenibilidad de su crecimiento económico ysu bienestar colectivo. Para estos fines, entonces, resulta insoslayable mejorar la forma de relacionarse con sus vecinos, especialmente con Bolivia. En cuanto a su inserción en el orden mundial, Chile responde claramente a lo que Pierre Veltz ha denominado la «economía de archipiélago»: ha sabido sacar ventaja de la desterritorialización de los capitales y las finanzas y participa de los múltiples sistemas reticulares en los que se asientan las relaciones internacionales al inicio del siglo XXI. El 60% de la economía chilena está basado en la inversión extranjera, que no solamente se ha volcado a la producción primaria, sino también a la industria y la transformación tecnológica. Esa inversión se complementa con una activa diplomacia comercial orientada a crear redes y vínculos estratégicos. Bolivia, desde 1993, está incluida en el programa chileno de «alianzas comerciales estratégicas». En cuanto al nuevo escenario que presentan las regiones del norte de Chile y su interacción con Bolivia, hay que remarcar ciertos indicadores interesantes. En primer lugar, Tarapacá y Antofagasta se han desarrollado en función del comercio exterior andino. Incluso desde el punto de vista demográfico, que analizaremos luego, la influencia boliviana es importante en el desarrollo del norte chileno, una situación impensable antes de las reformas neoliberales implementadas luego de la caída del gobierno de Salvador Allende.

Pero además Chile tiene mucho interés en mejorar sus vínculos con Bolivia, que se presenta como la vía de conexión más directa con Brasil y que posee la segunda reserva energética sudamericana (y, por lo tanto, es potencialmente capaz de proveerle el gas necesario para garantizar el curso ascendente de su desarrollo industrial y de su consumo interno). Bolivia es, también, una fuente de recursos primarios susceptibles de ser transformados en Chile, como en el caso de los productos agrícolas tropicales o las materias primas mineras.