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Literatura y mercado: algunas reflexiones desde América Latina

La denominada «literatura light» deja salir sin trabas las políticas mercantiles de los conglomerados editoriales transnacionales. Por tal razón, no solo constituye un lugar privilegiado a la hora de considerar los significados, las prácticas y las formaciones que exhibe la narrativa latinoamericana en sus articulaciones locales y globales, sino que también ejerce una fuerte interrogación por los campos culturales que administran con diversos fines el concepto y el valor de la literatura, en un mundo donde el mercado capitalista avanza en su expansión e intensificación.

Literatura y mercado: algunas reflexiones desde América Latina

El mercado podría definirse, fundamentalmente, como un conjunto de operaciones de intercambio que afectan a un determinado sector de bienes, tanto materiales como inmateriales. Su afectación produce una alteración o mudanza en la cualidad de las cosas, a tal grado que resulta absurdo imitar cualquier naturaleza con justo derecho o propiedad. Más aún, el mercado luce interminable y extensivo desde el justo momento en que opera a razón de una coincidencia entre el intercambio de bienes y la vida… y la franca retirada de términos y límites absolutos es lo que vuelve formidable al mercado puesto que ejerce, paradójicamente, una abstracción hacia lo común, es decir, una totalidad capaz de rehuir todo tipo de límites y clausuras. De allí su eficacia al enlazarse con el deseo humano, pues su mediación acentúa la noción de lo propio (y la propiedad) como una instancia natural, al tiempo que se naturaliza a sí mismo dentro de las más variadas estructuras sociohistóricas. Si bien el mercado no es perfecto, la imaginación humana pareciera no alcanzar sus potencialidades a la hora de superarlo en su irregular flexión sobre la vida. Este límite en la facultad imaginativa se lee, muchas veces, como una estructura inevitable de los procesos históricos, a tal punto que la no perfectibilidad del intercambio mercantil se debe, para la mayor parte de los economistas liberales, a equívocos políticos, pues los fines de la política, como bien lo dice Julia Kristeva, pueden ser… corruptibles1. Justo en medio del mercado, podemos resucitar o inscribir teorías, estrategias y acciones que se precisan políticas: como afirma Fredric Jameson, se trata de pensar una cultura de oposición, radicalmente negativa, frente a una cultura postmoderna afirmativa limitada a reproducir el sistema2. Pero en los últimos tiempos no resulta nada fácil anclar la negatividad en la cultura, pues la capacidad de apropiación del mercado excede –es decir, va más allá de lo justo y lo razonable– intencionalidades y políticas puras. El ancho y vasto campo de la cultura –de la historia, de lo humano, de la estética– se encuentra minado por las políticas de expropiación que agencia el mercado y, por lo tanto, el avance para una cultura negativa, más que inseguro, debe ser contenido, con moderación y templanza.

El intercambio que convoca el mercado excede, con creces, un simple movimiento entre las clases sociales. Hoy, el mercado, en sus múltiples reconversiones sígnicas y materiales, convoca también desplazamientos que in/forman un cambio de lugar dentro del espacio social capaz de alterar los límites y las formas del derecho individual y colectivo de apropiación3 en aras, sí, de un representación otra del mundo y de la vida. Y muchas veces la política (o más precisamente, la hegemonía política) constituye la condición de posibilidad de tales desplazamientos y formalizaciones. Hoy, pocos advierten que es en todo el espectro de la vida donde la política adquiere sus sentidos y, también, sus posibilidades. De allí la siempre renovada vigencia de una interrogante: ¿cuáles son los recortes políticamente significativos de la experiencia contemporánea? Esta simple pregunta no puede menos que definirse desde cruzadas y, en ocasiones, contrapuestas fuerzas históricas: a ella o, mejor aún, a su respuesta recurren, indefectiblemente, y con diversos fines, tanto el mercado como el Estado, tanto las artes como las ciencias, tanto la ideología como el misticismo.

Dentro de este amplio contexto, pretendidamente global, los objetos estéticos y culturales no pueden excluir cualquier relación. Justo en el tránsito por la Nación, el Estado, el mercado y la política, se abre todo un conjunto de prácticas, experiencias y significados que, indefectiblemente, dialogan con una producción cultural anclada en las formalizaciones empresariales con pretensiones globales, si bien los términos de estos diálogos aún no resultan del todo claros para la mirada crítica de las ciencias humanas. «¿Cuánta ignorancia de la existencia profunda de las culturas está en el fondo de la leche descremada, baja en calorías, deshidratada y sin sabor?», nos pregunta Laura Esquivel en Íntimas suculencias (1998). La interrogante no resulta en modo alguno gratuita, si consideramos que la entrada y circulación de múltiples productos culturales gracias a los procesos de migración global del capital no puede menos que generar rupturas y cambios socioculturales en la vida de todos los días: Esquivel plantea, desde aquí, un desplazamiento ocupado en inscribir una carencia, una falta de conocimiento histórico en la construcción identitaria. Pero no considero que se pueda recortar exclusivamente el intercambio mercantil a una forma de ruptura, residuo o pérdida cultural. No podemos olvidar que el mercado no logra consumirse en la mera alienación o en la expropiación y reconversión de significados históricos, también constituye un espacio capaz de erigir nuevas relaciones –de comunicación y de solidaridad, diría Arendt4– tras la formación de un reservorio (incluso alternativo) de bienes simbólicos y culturales.

Nuevamente, dentro de estas condiciones de existencia, el diversificado corpus de la literatura latinoamericana en el cambio del siglo no puede obviar que la entrada en la escala global del mercado implica una inquietante asimetría en los órdenes de la producción, la circulación y la recepción. Se trata de una multiplicación de prácticas y significados que, sin embargo, logra trascender la total captura de los medios de reproducción y distribución que agencian los conglomerados editoriales transnacionales e, incluso, las instituciones educativas, sociales y estatales que administran su valor. Cualquiera de estas instancias o, mejor aún, la cooperación o la exclusión entre ellas, ha erigido históricamente una definición de la literatura y, por lo tanto, de sus formas de inscripción social y cultural en la vida contemporánea.La denominada «literatura light» no resulta en modo alguno indiferente a políticas mercantilistas de la industria editorial transnacional y, por tal razón, constituye un lugar privilegiado a la hora de considerar los significados, las prácticas y las formaciones que exhibe la narrativa latinoamericana en sus articulaciones locales y globales. Y la literatura light me parece contradictoria si pensamos que se trata de una literatura que, como diría Esquivel, se encuentra «des-literaturizada», es decir, una literatura que tiene menos literatura, privada en buena medida de su sustancia… y en tanto mercancía jerarquiza un consumo al margen de cualquier efecto nocivo, pues su casi inmaterialidad sirve a un control del yo (y del cuerpo) cuyo placer se entroniza, justo, en el límite: aquí alcanza con propiedad –no podía ser de otra manera– su definición. A pesar de este resguardo liminal, la categorización de la «literatura light» deja salir sin trabas el desencuentro de las instituciones sociales que administran y legitiman el concepto y el valor de la literatura; por lo tanto, erige una franca interrogación por la histórica formación discursiva del concepto. Según las definiciones que ofrecen diccionarios como el Webster, el significante light remite a un maridaje de significados especialmente sugerentes. Significados que giran alrededor tanto del acto de producción de lo considerado light –fácil de producir, industria o maquinaria de productos insignificantes–; como de la especificidad misma del producto/objeto –ligero, digerible, casi inmaterial o inexistente–; su alcance semántico –superficial–; el grado de responsabilidad involucrado –poco serio–; las relaciones de delimitación recíproca que explicitan una «norma» –menor en relación con el peso, la cantidad y la fuerza usuales–; y, no podía faltar, el juicio valorativo que se desprende de su recepción –de poca importancia–. Pero en el interior de esta cadena semántica surge al punto la pregunta sobre los fines ulteriores de la literatura en relación con la vasta morada de lo social. Cuando leo Mal de amores, El libro de las emociones, Afrodita o No se lo digas a nadie, surge una pregunta inevitable: cuál es la recepción, y, más allá, cuál la concretización histórica del sentido que inscriben estas ficciones, esta literatura light. En medio de la irregular flexión que define la literatura dentro de los esquemas de producción y reproducción cultural, surge al punto, de manera prístina me atrevería a adjetivar, una relación de continuidad «entre las formas sensibles de producción artística y las formas sensibles según las cuales los sentimientos y pensamientos de aquellos y aquellas que las reciben resultan afectados»5. Se trata entonces del retorno dialógico de las mediaciones ética y pedagógica como formas ocupadas en garantizar la eficacia del arte y la literatura, siempre tras un lector anclado, por lo demás, en mitos subjetivos, es decir, en el deseo de sistemas esenciales y originarios.En El libro de las emociones, Laura Esquivel nos dice «Conócete a ti mismo», apelando a la máxima délfica de los griegos que, según dice, invita al «verdadero crecimiento»6. Pero la escritora mexicana también revela el mecanismo de este ansiado e histórico deseo: «Uno siempre busca repetir una experiencia a través de las imágenes y las palabras»7, y esa experiencia se consume en la emoción como fuente del proceso de subjetivación al inscribir un diálogo efectivo –por ético– con el otro: con las emociones podemos, según Esquivel, «descubrir cuáles son las esperanzas, los sueños, los ‘quieros’ y los ‘puedos’ de las personas que nos rodean, ampliando con esto nuestra capacidad de comprensión y de aceptación de los demás»8.

Resulta curioso, por no decir paradójico, que la reconstitución de un tiempo petrificado –idílico– por parte de muchos lectores (y, sumo, de algunos autores) sea, en el fondo, una estructura repetitiva y placentera y, afortunadamente para el polo productivo del mercado, masiva, por no decir universal. No se trata entonces de una reevaluación y recomposición identitaria e histórica desde lo que la literatura erige por sí misma, sino de una repetición narcisista que se mira y admira una y otra vez y en la que el lector no logra superar su propia individualidad. En la literatura light el lector «solo puede extraer lo que este ya tenía dentro de sí, es decir, no se abre a lo que la literatura es capaz de hacer en él por el hecho de ser en su totalidad precisamente lo que es»9.

El enriquecimiento mundano y espiritual que el lector espera de la literatura puede ser alcanzado y convertido inmediatamente en experiencia significante, pero también en moneda falsa, por el tráfico mercantil de las ilusiones y emociones dentro de la cultura contemporánea. La literatura light, entonces, forma parte de un discurso destinado a la búsqueda de soluciones efectivas, perfectas y radicales tras el logro de la felicidad individual, pero cuya incidencia social no puede menos que alcanzar configuraciones sociales y políticas, en especial una cuestionable inscripción en los movimientos políticos identitarios de las últimas décadas. Esta literatura reafirma, como bien lo demuestran Mal de amores, Íntimas suculencias o El libro de las emociones, justo lo que pretende denunciar: la mercantilización globalizada de las identidades y las emociones ocupada en subsumir y desestabilizar inscripciones políticas identitarias que se presentan como puras, incontaminadas y certeras en sus diversas inscripciones sociales. Esta paradójica valorización mercantil en la autoconstrucción política del yo le ofrece al lector el cumplimiento de otro deseo: retornar, sin mayores obstáculos, como «Sujeto de la Historia»10, justo cuando esta gramática light de categorizar la literatura captura y se apropia abiertamente de la carga simbólica de la literatura moderna occidental y, más allá, de la modernidad histórica. Presenciamos, en conjunto, un simulacro de identidad –del sujeto, de la literatura y de la cultura moderna–, capaz de exhibir, irónicamente, su valor posthistórico al participar en los reordenamientos y entrecruzamientos temporales y discursivos regulados por la sintaxis de la mercadotecnia empresarial globalizada. De este modo, repito, la literatura de las emociones sería la literatura: esta es entonces la autoridad social que erigen y con la que se identifican millones de lectores en el mundo.

La literatura light constituye, entre otras cosas, un síntoma no solo capaz de interrogar el sentido de la experiencia en los últimos tiempos, sino también de otorgarle un significado certero, central y unívoco justo cuando posibilita una reafirmación esencial del Yo por medio de la apropiación de categorías que se desean igualmente esenciales y efectivas: la Identidad, la Historia, la Política y la Modernidad, sin importar –muchas veces– que estas puedan definirse como un producto más del mercado. Esta particular y polarizada operación cultural revela una experiencia que, hoy, se revela fracturada, incapaz muchas veces de erigir (auto)conocimiento. Lo anterior jerarquiza cualquier tipo de fábula identitaria en el mercado de las ilusiones que proveen tanto la globalización capitalista como los populismos estatales de cualquier índole, por tan solo nombrar dos variantes finiseculares que en modo alguno son indiferentes a la literatura y a las artes en su relación con la sociedad. Como vemos, esta incesante búsqueda de la esencia del yo se encuentra muchas veces despojada de historicismo y de toda acción política justo cuando se encuentra rendida ante simulacros –supuestamente emancipatorios– fabricados por la mercadotecnia empresarial en su avanzada global.

Pero Laura Esquivel no duda en preguntar:

¿A qué gobierno le puede interesar que un soldado sienta compasión por el enemigo al que tiene que aniquilar? ¿Que piense en el dolor que va a provocar en la esposa y los hijos de ese hombre al momento de matarlo? ¿O a qué inversionista le agradaría que una anciana se negara a vender su casa ubicada en un área altamente comercial porque en ella nacieron sus hijos y nietos? (…) ¿A quién importan los ríos, las casas, los árboles, los monumentos históricos, los campesinos, los pobres cuando está de por medio el desarrollo económico? ¿Cuál es el valor que tienen en el mercado las emociones? Ninguno. Y tal parece que a muchos les encantaría acabar de plano con ellas para que no interfieran en sus proyectos de desarrollo (…) Pero a las emociones no se les puede vender tan fácilmente.11

Y sí que se pueden, como bien lo materializa su propio libro, su propia «literatura»: un modelo de seducción altamente rentable, desde el mismo momento en que el yo –y sus emociones, es decir, sus inscripciones políticas– constituyen el nuevo objeto de consumo de múltiples redes industriales, desde la cosmética hasta la editorial. El libro de las emociones o Afrodita o Íntimas suculencias desean «pensar lo político atravesado por el placer, el humor y los artificios de la seducción»12, lo que, más allá de su legitimidad, concluye en una explícita reproducción de las directrices mercantiles de interpelación y reconocimiento del sujeto contemporáneo desde diversos registros significantes de representación e intervención literaria: la transgresión espectacularizada, la memoria (intra)histórica de personajes periféricos o subalternos13; patrones colectivos de percepción y significación del discurso amoroso; el autocontrol y la autoestima como formas de alcanzar la felicidad; el saber terapéutico del New Age; las apropiaciones de lo popular… pero en El libro de las emociones, como en el grueso de la literatura light, esta zona de contacto y diálogo logra una nivelación del significado justo cuando inscribe una relación con la representación sin mediación alguna, instantánea y expedita: de este modo, cuerpos y sentimientos organizan una «intervención individual» y aportan una «teleología»14 ocupada en hacer de la literatura un medio y no un fin.

Esta particular gramática de la lectura –muy distanciada de esos lectores que formaron el «pueblo» de América Latina, al decir de Julio Cortázar en los años del boom latinoamericano– erige una zona de contactos, reconversiones y desplazamientos: la jerarquización del editor como un agente de definición del concepto de lo literario, la espectacularización del autor en franco detrimento de la literatura, sin olvidar la literaturización de las celebridades del espectáculo, el imperio del diseño gráfico y de la imagen en la estetización del libro, los nuevos criterios mediáticos de la promoción de la lectura (incluso desde las instancias estatales), por ejemplo, les sirven a las políticas de rentabilidad económica y la potencialidad de la venta para, y desde allí, operar un otro espacio de representación y definición de la literatura en el mundo social. Dice Josefina Ludmer, en este sentido:

Hoy todo lo cultural (y literario) es económico y todo lo económico es cultural (y literario). Estamos ante el fin de una era en que la literatura tuvo una lógica interna y el poder de definirse y regirse ‘por sus propias leyes’ e instituciones –la crítica, la enseñanza, las academias, el periodismo– que debatían públicamente su función, su valor y su sentido. Es el fin de la autorreferencialidad de la literatura.15

Ya no es posible entonces una definición exacta, fija y clara de la literatura y, por lo tanto, surge al punto la borradura de su diferencia constitutiva tras una confusa superficie al margen de cualquier jerarquía.

Pero la gradación global de la literatura latinoamericana que agencian las editoriales transnacionales no cubre la total dimensión de un corpus subcontinental que se define, entre otras cosas, por la diversidad y la dificultad: para muchos autores, pequeñas editoriales y libreros independientes –todos en buena medida al margen de las políticas y los circuitos establecidos por los grupos editoriales–, la literatura se define por medio de cualquier tipo de contrariedades que impiden alcanzar prontamente a los lectores. Y el recorte avanza, incluso, desde los mismos conglomerados justo cuando sus mercados nacionales deben resguardar su rentabilidad económica en la regulación, por no decir en el límite, de su capacidad de oferta en relación con una demanda definida y ajustada: de allí la casi inexistente visibilización/circulación de los corpus literarios de cada uno de los países en el resto del subcontinente16. Este posicionamiento doble –local/global– no solo recorta la máxima eficiencia de la inversión mercantil, también, y en su reverso, una política de representación e interpretación de la literatura capaz de alcanzar otros espacios sociales: el sistema educativo en sus varias escalas, el desarrollo de las formas de comunicación virtual, las instituciones culturales estatales y sus planes de alfabetización y promoción de la lectura, sin olvidar el comportamiento lector. Este avance, en ocasiones irregular y equívoco, pero sin duda sostenido, demanda una atención crítica desde el mismo momento en que el mercado se erige en una autoridad capaz de otorgarnos una otra dimensión de la literatura decidida a anular o desplazar las aristas de su valor estético e histórico.

El significativo avance dentro de los aparatos editoriales de la denominada literatura light no solo establece una otra correlación con el lector; también inscribe otra perspectiva de comprensión –estética, política, afectiva y cognitiva– de la literatura, capaz de movilizar otra concepción categorial de la misma, más cercana a las sensibilidades culturales que inscriben las históricas reconversiones de la cultura y la comunicación de masas. La literatura light, en conjunto, traza los alcances de los cambios en los efectos de la representación y su relación funcional con los actos de apropiación, al materializar una vía que liga el mercado con las políticas de identidad, con las políticas de representación estética y, más allá, con el concepto de literatura.

Tanto la crítica literaria marxista como los estudios culturales tienen razón al señalar que el arte y la literatura moderna occidental redujeron sus historias a un asunto de tradición y ruptura, evolución y revolución, imitación e innovación siempre tras una metafísica sustraída de la Historia correlativa a la estructuración de la conciencia de la clase burguesa. En efecto, otra política de interpretación de la Historia evidenció tramas aún más complejas, y no gratuitamente en las últimas décadas del siglo pasado las políticas de identidad fracturaron perspectivas tradicionales y hegemónicas dentro del campo sociocultural. Pero creo que el surgimiento del relativismo cultural, si bien legítimo, ha desalojado, de múltiples maneras, el valor histórico que aún posee la tradición literaria de la modernidad occidental, cualquiera que sea… Lo que resta de ese valor de lo nuevo en la idolatría moderna ya ni siquiera es el kitsch, el retorno crítico o paródico del pasado en el presente, sino la franca mercantilización de una literatura que, muchas veces bajo la pretendida reafirmación política de la identidad, desaloja lo político y la historia y, en esa justa medida, la vida. Este es tan solo uno de los múltiples resultados que convocan las fuerzas transnacionales del mercado editorial y algunas intervenciones de los movimientos progresistas de identidad cuando deciden democratizar la literatura al servicio de fines políticos, sin apuntalar la relación del discurso literario con la dimensión simbólica del mundo social. Resulta claro entonces que, hoy, poner el pie en la identidad es, de algún modo, pisar el maleable terreno del mercado.

En el fin del siglo XX, la no equivalencia entre las políticas de representación e interpretación de la literatura que agencian los autores, los conglomerados editoriales, las instituciones académicas y sociales, el periodismo cultural y una masa de lectores altamente heterogénea, cuestiona cualquier esencia de lo literario, pero, a su vez, posibilita la permanencia y transformación del concepto. Si bien la posibilidad de renovación del lenguaje recae en el escepticismo debido a la estandarización discursiva –los lenguajes de la postmodernidad son universales, dice Jameson–17, y también por la proliferación de códigos escriturales en las nuevas tecnologías de la comunicación, es posible, como bien lo sostiene Horacio González, que «el límite de la postmodernidad literaria sea el concepto mismo de literatura, que la postmodernidad no suprime»18.

La conquista epistemológica y política de la diferencia cultural por parte de la racionalidad postmoderna acentúa y, por lo tanto, extiende los fines políticos a la ética, a la cultura, a la literatura, al arte... pero tal redistribución discursiva –que es, también, un ejercicio de poder– exige en modo alguno una sobredeterminación de la estética y la literatura por la política, aun cuando las demandas en este sentido se hayan acentuado en las últimas décadas. Más bien requiere una fuerte interrogación sobre la estética –en tanto concepto y práctica cultural– dentro de la estetización/espectacularización generalizada del mundo que agencia el mercado global en sus diversos registros de inscripción y, también, dentro de la esfera pública, considerando sus diversos actores. Pero tiene razón Jameson19 cuando apunta que no resulta fácil sostener un retorno puro a lo estético, lo político o lo social vistos ahora como formalizaciones radicalmente negativas, «frente a una cultura postmoderna afirmativa limitada a reproducir el sistema». Se trata, como dice Jameson, de un «síntoma dudoso y regresivo»20, cuyo significado histórico se ha de buscar en la totalidad de las formaciones sociales y culturales21, sin menoscabar la diferenciación discursiva/constitutiva de lo real.

Más allá de las asimetrías en los órdenes de la producción, la distribución, el consumo y la reproducción cultural que trazan la literatura y el mercado en el mundo social contemporáneo, no creo que las posibilidades de la literatura y la cultura in extenso se recorten de manera exacta sobre la expansión e intensificación mercantil en sus diversas fases. Mientras el arte y la política constituyan fenómenos del mundo público22 –sin duda un valor por resguardar, una esfera por defender–, la propiedad de la cultura se encontrará en franca e irremediable disputa.

Bibliografía

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  • 1. J. Kristeva: «Hannah Arendt: política y singularidad» en Concordia No 39, 2001, p. 99.
  • 2. F. Jameson: El posmodernismo y lo visual, Episteme, Valencia, 1997.
  • 3. Enzo del Búfalo: Individuo, mercado y utopía, Monte Ávila, Caracas, 1998.
  • 4. En J. Kristeva: ob. cit.
  • 5. Jacques Rancière: El espectador emancipado, Manantial, Buenos Aires, 2010, p. 55.
  • 6. L. Esquivel: El libro de las emociones, Random House Mondadori, Barcelona, 2005, p. 42.
  • 7. Ibíd., p. 44.
  • 8. Ibíd., p. 41.
  • 9. C.S. Lewis: La experiencia de leer. Un ejercicio de crítica experimental, Alba, Barcelona, 2000, p. 23.
  • 10. Francine Masiello: «La insoportable levedad de la historia: los relatos bestseller de nuestro tiempo» en Revista Iberoamericana No 193, 10-12/2000, pp. 799-814.
  • 11. El libro de las emociones, cit., p. 96, énfasis del autor.
  • 12. Ana María Amar Sánchez: Juegos de seducción y traición. Literatura y cultura de masas, Beatriz Viterbo, Rosario, 2000, p. 197.
  • 13. En el fin del siglo xx, la escenificación de la (intra)historia puede leerse, entre otras posibles lecturas, como la recuperación política de una diferencia cultural. Dice Francine Masiello, con agudeza: «Dentro de este contexto, entonces, no es sorprendente que la forma que domina sea la de la memoria. Así, dándole un cierto toque a la narrativa llana del realismo –que presupone el control de todo exceso o fantasía–, esta práctica de la escritura memorística pretende, ingenuamente, hacer coincidir el fluir de la historia con las propias elecciones subjetivas. Esta forma del género literario presupone que para abordar las tensiones de las zonas de contacto entre memoria y representación no se necesita ninguna información adicional. De este modo, se sitúa un sujeto psicológico dentro del campo de la historia tornándose disponible a todos los lectores. Así, cuerpos y sentimientos organizan la historia y aportan una teleología que enlaza a los individuos y a las familias con las políticas más amplias de la esfera nacional e internacional. Estas prácticas representacionales ejemplifican una tendencia contemporánea de la intervención individual en los fracasos de la historia reciente, un camino de revertir el curso del tiempo, de comprimir los desvíos a través de la pluma, más allá de alertar a los lectores sobre los aspectos de la historia con la cual han estado profundamente familiarizados». F. Masiello: ob. cit., p. 807.
  • 14. F. Masiello: ob. cit., p. 807.
  • 15. J. Ludmer: «Literaturas post-autónomas», diciembre de 2006, disponible en http://linkillo.blogspot.com/2006/12/dicen-que_18.html, fecha de consulta: 25/4/2010.
  • 16. Estas segmentaciones nacionales dificultan la formación de una lengua común subcontinental en la medida en que una colección de tal alcance limita con una no identificación lingüística entre los lectores de los diversos países y, justo allí, el mayor riesgo para el retorno de la inversión.
  • 17. F. Jameson: ob. cit.
  • 18. Citado en Josefina Ludmer: Las culturas de fin de siglo en América Latina, Beatriz Viterbo, Rosario, 1994, p. 21.
  • 19. Ob. cit., pp. 1-20.
  • 20. Ibíd., p. 20.
  • 21. Pero anclar la razón de ser de la política en la cultura no garantiza de antemano una redistribución significante en la representación identitaria de las minorías, precisamente por la diversificada gramática cultural que informa los procesos de producción y circulación del capital en el cambio de siglos. Resulta claro que lo anterior interroga en toda su amplitud y complejidad el campo de posibilidades estratégicas que opera el diálogo entre lo cultural y lo político dentro del espacio de la representación que inscriben no solo lo estético y lo social, sino también el mercado global en sus múltiples asimetrías; lo que no implica, en modo alguno, una reducción de lo político a las representaciones culturales o a las identidades sociales. Michel de Certeau advierte que «[m]antener esta representación cultural es entrar en el juego de una sociedad que ha constituido lo cultural como espectáculo, y que instaura por todas partes los elementos culturales como objetos folclóricos de una comercialización económico-política». Sostiene, además, la necesidad de inscribir una estrategia, pues las decisiones que designa «ponen en crisis una organización de poderes. Poner de manifiesto esta relación es regresar al sistema social a través de un análisis político». Culture in the Plural, The University of Minesotta Press, Minneapolis, 1997, p. 157.
  • 22. Hannah Arendt: «La crisis de la cultura: su significación político y social» [1954] en Entre el pasado y el futuro, Península, Barcelona, 1996, p. 231.