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Literatura y mercado: algunas reflexiones desde América Latina

La denominada «literatura light» deja salir sin trabas las políticas mercantiles de los conglomerados editoriales transnacionales. Por tal razón, no solo constituye un lugar privilegiado a la hora de considerar los significados, las prácticas y las formaciones que exhibe la narrativa latinoamericana en sus articulaciones locales y globales, sino que también ejerce una fuerte interrogación por los campos culturales que administran con diversos fines el concepto y el valor de la literatura, en un mundo donde el mercado capitalista avanza en su expansión e intensificación.

Literatura y mercado: algunas reflexiones desde América Latina

El mercado podría definirse, fundamentalmente, como un conjunto de operaciones de intercambio que afectan a un determinado sector de bienes, tanto materiales como inmateriales. Su afectación produce una alteración o mudanza en la cualidad de las cosas, a tal grado que resulta absurdo imitar cualquier naturaleza con justo derecho o propiedad. Más aún, el mercado luce interminable y extensivo desde el justo momento en que opera a razón de una coincidencia entre el intercambio de bienes y la vida… y la franca retirada de términos y límites absolutos es lo que vuelve formidable al mercado puesto que ejerce, paradójicamente, una abstracción hacia lo común, es decir, una totalidad capaz de rehuir todo tipo de límites y clausuras. De allí su eficacia al enlazarse con el deseo humano, pues su mediación acentúa la noción de lo propio (y la propiedad) como una instancia natural, al tiempo que se naturaliza a sí mismo dentro de las más variadas estructuras sociohistóricas. Si bien el mercado no es perfecto, la imaginación humana pareciera no alcanzar sus potencialidades a la hora de superarlo en su irregular flexión sobre la vida. Este límite en la facultad imaginativa se lee, muchas veces, como una estructura inevitable de los procesos históricos, a tal punto que la no perfectibilidad del intercambio mercantil se debe, para la mayor parte de los economistas liberales, a equívocos políticos, pues los fines de la política, como bien lo dice Julia Kristeva, pueden ser… corruptibles1. Justo en medio del mercado, podemos resucitar o inscribir teorías, estrategias y acciones que se precisan políticas: como afirma Fredric Jameson, se trata de pensar una cultura de oposición, radicalmente negativa, frente a una cultura postmoderna afirmativa limitada a reproducir el sistema2. Pero en los últimos tiempos no resulta nada fácil anclar la negatividad en la cultura, pues la capacidad de apropiación del mercado excede –es decir, va más allá de lo justo y lo razonable– intencionalidades y políticas puras. El ancho y vasto campo de la cultura –de la historia, de lo humano, de la estética– se encuentra minado por las políticas de expropiación que agencia el mercado y, por lo tanto, el avance para una cultura negativa, más que inseguro, debe ser contenido, con moderación y templanza.

El intercambio que convoca el mercado excede, con creces, un simple movimiento entre las clases sociales. Hoy, el mercado, en sus múltiples reconversiones sígnicas y materiales, convoca también desplazamientos que in/forman un cambio de lugar dentro del espacio social capaz de alterar los límites y las formas del derecho individual y colectivo de apropiación3 en aras, sí, de un representación otra del mundo y de la vida. Y muchas veces la política (o más precisamente, la hegemonía política) constituye la condición de posibilidad de tales desplazamientos y formalizaciones. Hoy, pocos advierten que es en todo el espectro de la vida donde la política adquiere sus sentidos y, también, sus posibilidades. De allí la siempre renovada vigencia de una interrogante: ¿cuáles son los recortes políticamente significativos de la experiencia contemporánea? Esta simple pregunta no puede menos que definirse desde cruzadas y, en ocasiones, contrapuestas fuerzas históricas: a ella o, mejor aún, a su respuesta recurren, indefectiblemente, y con diversos fines, tanto el mercado como el Estado, tanto las artes como las ciencias, tanto la ideología como el misticismo.

Dentro de este amplio contexto, pretendidamente global, los objetos estéticos y culturales no pueden excluir cualquier relación. Justo en el tránsito por la Nación, el Estado, el mercado y la política, se abre todo un conjunto de prácticas, experiencias y significados que, indefectiblemente, dialogan con una producción cultural anclada en las formalizaciones empresariales con pretensiones globales, si bien los términos de estos diálogos aún no resultan del todo claros para la mirada crítica de las ciencias humanas. «¿Cuánta ignorancia de la existencia profunda de las culturas está en el fondo de la leche descremada, baja en calorías, deshidratada y sin sabor?», nos pregunta Laura Esquivel en Íntimas suculencias (1998). La interrogante no resulta en modo alguno gratuita, si consideramos que la entrada y circulación de múltiples productos culturales gracias a los procesos de migración global del capital no puede menos que generar rupturas y cambios socioculturales en la vida de todos los días: Esquivel plantea, desde aquí, un desplazamiento ocupado en inscribir una carencia, una falta de conocimiento histórico en la construcción identitaria. Pero no considero que se pueda recortar exclusivamente el intercambio mercantil a una forma de ruptura, residuo o pérdida cultural. No podemos olvidar que el mercado no logra consumirse en la mera alienación o en la expropiación y reconversión de significados históricos, también constituye un espacio capaz de erigir nuevas relaciones –de comunicación y de solidaridad, diría Arendt4– tras la formación de un reservorio (incluso alternativo) de bienes simbólicos y culturales.

Nuevamente, dentro de estas condiciones de existencia, el diversificado corpus de la literatura latinoamericana en el cambio del siglo no puede obviar que la entrada en la escala global del mercado implica una inquietante asimetría en los órdenes de la producción, la circulación y la recepción. Se trata de una multiplicación de prácticas y significados que, sin embargo, logra trascender la total captura de los medios de reproducción y distribución que agencian los conglomerados editoriales transnacionales e, incluso, las instituciones educativas, sociales y estatales que administran su valor. Cualquiera de estas instancias o, mejor aún, la cooperación o la exclusión entre ellas, ha erigido históricamente una definición de la literatura y, por lo tanto, de sus formas de inscripción social y cultural en la vida contemporánea.La denominada «literatura light» no resulta en modo alguno indiferente a políticas mercantilistas de la industria editorial transnacional y, por tal razón, constituye un lugar privilegiado a la hora de considerar los significados, las prácticas y las formaciones que exhibe la narrativa latinoamericana en sus articulaciones locales y globales. Y la literatura light me parece contradictoria si pensamos que se trata de una literatura que, como diría Esquivel, se encuentra «des-literaturizada», es decir, una literatura que tiene menos literatura, privada en buena medida de su sustancia… y en tanto mercancía jerarquiza un consumo al margen de cualquier efecto nocivo, pues su casi inmaterialidad sirve a un control del yo (y del cuerpo) cuyo placer se entroniza, justo, en el límite: aquí alcanza con propiedad –no podía ser de otra manera– su definición. A pesar de este resguardo liminal, la categorización de la «literatura light» deja salir sin trabas el desencuentro de las instituciones sociales que administran y legitiman el concepto y el valor de la literatura; por lo tanto, erige una franca interrogación por la histórica formación discursiva del concepto. Según las definiciones que ofrecen diccionarios como el Webster, el significante light remite a un maridaje de significados especialmente sugerentes. Significados que giran alrededor tanto del acto de producción de lo considerado light –fácil de producir, industria o maquinaria de productos insignificantes–; como de la especificidad misma del producto/objeto –ligero, digerible, casi inmaterial o inexistente–; su alcance semántico –superficial–; el grado de responsabilidad involucrado –poco serio–; las relaciones de delimitación recíproca que explicitan una «norma» –menor en relación con el peso, la cantidad y la fuerza usuales–; y, no podía faltar, el juicio valorativo que se desprende de su recepción –de poca importancia–. Pero en el interior de esta cadena semántica surge al punto la pregunta sobre los fines ulteriores de la literatura en relación con la vasta morada de lo social. Cuando leo Mal de amores, El libro de las emociones, Afrodita o No se lo digas a nadie, surge una pregunta inevitable: cuál es la recepción, y, más allá, cuál la concretización histórica del sentido que inscriben estas ficciones, esta literatura light. En medio de la irregular flexión que define la literatura dentro de los esquemas de producción y reproducción cultural, surge al punto, de manera prístina me atrevería a adjetivar, una relación de continuidad «entre las formas sensibles de producción artística y las formas sensibles según las cuales los sentimientos y pensamientos de aquellos y aquellas que las reciben resultan afectados»5. Se trata entonces del retorno dialógico de las mediaciones ética y pedagógica como formas ocupadas en garantizar la eficacia del arte y la literatura, siempre tras un lector anclado, por lo demás, en mitos subjetivos, es decir, en el deseo de sistemas esenciales y originarios.En El libro de las emociones, Laura Esquivel nos dice «Conócete a ti mismo», apelando a la máxima délfica de los griegos que, según dice, invita al «verdadero crecimiento»6. Pero la escritora mexicana también revela el mecanismo de este ansiado e histórico deseo: «Uno siempre busca repetir una experiencia a través de las imágenes y las palabras»7, y esa experiencia se consume en la emoción como fuente del proceso de subjetivación al inscribir un diálogo efectivo –por ético– con el otro: con las emociones podemos, según Esquivel, «descubrir cuáles son las esperanzas, los sueños, los ‘quieros’ y los ‘puedos’ de las personas que nos rodean, ampliando con esto nuestra capacidad de comprensión y de aceptación de los demás»8.

  • 1. J. Kristeva: «Hannah Arendt: política y singularidad» en Concordia No 39, 2001, p. 99.
  • 2. F. Jameson: El posmodernismo y lo visual, Episteme, Valencia, 1997.
  • 3. Enzo del Búfalo: Individuo, mercado y utopía, Monte Ávila, Caracas, 1998.
  • 4. En J. Kristeva: ob. cit.
  • 5. Jacques Rancière: El espectador emancipado, Manantial, Buenos Aires, 2010, p. 55.
  • 6. L. Esquivel: El libro de las emociones, Random House Mondadori, Barcelona, 2005, p. 42.
  • 7. Ibíd., p. 44.
  • 8. Ibíd., p. 41.