Tema central

Las revueltas árabes en tiempos de transición digital. Mitos y realidades

La llamada «primavera árabe» ha inspirado numerosos análisis sobre los efectos de las redes sociales en la constitución de movimientos de protesta antidictatoriales, especialmente marcados por nuevas generaciones de nativos digitales. Expresiones como «revolución Facebook» abundan hoy en la prensa. Sin embargo, detrás de conceptos abarcativos como «mundo árabe», se despliegan realidades políticas, económicas y sociológicas muy diferentes. Además, las redes sociales –con impactos muy variables según los países– conviven hoy con cadenas como Al-Jazeera, lo que genera un nuevo «ecosistema mediático» que contribuyó a construir y difundir el gran relato colectivo de la revolución democrática árabe.

Las revueltas árabes en tiempos de transición digital. Mitos y realidades

Creo que Facebook no fue necesario ni suficiente para que cualquiera de estos eventos ocurriera.

Mark Zuckerberg, creador de Facebook, sobre los eventos A veces sucede que los nombres resultan engañosos o que simplemente no ayudan a comprender las cosas. Tal es el caso de lo que nos hemos acostumbrado a llamar «primavera árabe», que en rigor comenzó en Túnez hacia diciembre de 2010 y que, particularmente en Siria, también en Yemen y tal vez pronto en otros lugares, ha continuado en el corazón del verano y después. Por supuesto, la expresión no debe ser tomada literalmente y hace referencia a otro periodo histórico, el de la «primavera de los pueblos» de 1848, cuando una serie de revoluciones sacudió –y en algunos pocos casos derrocó– a unos 50 regímenes, sobre todo en Europa pero también en otras partes del mundo. ¿Es oportuna una comparación como esta, teniendo en cuenta la suerte que corrieron las revoluciones europeas del pasado?

Los historiadores juzgarán algún día su pertinencia, pero establecerla desde el presente, mientras los acontecimientos están lejos de habernos proporcionado todas sus enseñanzas, equivale a considerar como comprobadas dos series de hechos que merecen sin embargo un examen más profundo: en primer lugar, la naturaleza «revolucionaria» de los levantamientos, una cuestión que aún no ha sido zanjada, ni siquiera en los dos países que vieron la caída del régimen existente, ya que tanto en Túnez como en Egipto aún cabe interrogarse respecto de la naturaleza real del poder, en principio transitorio, que administra la situación actual1. En segundo lugar, la semejanza de las múltiples protestas que afectan a sociedades geográfica y, más aún, económicamente muy diferentes, desde Túnez y Libia en el Magreb hasta Siria en el llamado Creciente Fértil2, pasando por Egipto y sus 80 millones de habitantes, y también por el rico emirato de Bahrein y la pobre república de Yemen en la Península Arábiga… Pero hay más: la expresión «primavera árabe» ha sido hoy consagrada por el uso, cuando la idea de una especificidad regional parecía completamente pasada de moda o incluso proscripta de los discursos periodísticos y académicos, en favor de otros términos como «mundo islámico» o «Gran Oriente Medio». Con esta denominación, parece tomarse nota del hecho de que las protestas populares, que tienen muchos rasgos en común –el rechazo de regímenes en decadencia, la naturaleza esencialmente pacífica de los movimientos, la edad de los manifestantes y su situación social y económica, etc.–, están también reunidas por su localización en la zona por lo común llamada «mundo árabe».

No obstante, las manifestaciones que agitan al mundo árabe tienen también otro punto en común, al que el nombre que se les da no hace referencia; a saber, que se caracterizan por formas de movilización y de acción que otorgan un lugar muy importante a las últimas tecnologías de la información y de la comunicación. Este aspecto se ha vuelto incluso tan dominante que prácticamente todo comentario sobre la «primavera árabe» implica que la palabra «revolución» esté acompañada de términos como «Facebook» o «Twitter». Más que su «carácter árabe», en definitiva el acontecimiento parece constituirlo el hecho de que estas «revoluciones 2.0» inaugurarían una nueva era en la cual el uso de las redes sociales da una dimensión inédita a la política. Desde el derrocamiento del presidente tunecino Ben Ali, y más aún después de la caída del régimen de Hosni Mubarak en Egipto, son incontables ya los artículos que giran en torno de este tema de moda, aunque a menudo se basan más en algunas imágenes rápidas o en ciertas intuiciones que en datos concretos. Sin embargo, la convergencia de un número tal de comentarios sobre este aspecto de las rebeliones árabes no puede ignorarse, y hasta es posible alegrarse de constatar, después de años de negaciones condescendientes3, semejantes señales de interés por las consecuencias sociales y políticas de la revolución de la información en el mundo árabe4. Sin embargo, no hay solo ventajas en el hecho de pasar brutalmente de la doxa del desierto digital árabe a la posición contraria, que hace de ahora en más de la primavera árabe el signo precursor de las revoluciones del tercer milenio.

Los límites del ciberactivismo árabe

No es necesario ser un especialista en el mundo árabe para constatar ­–basándose en un desarrollo real de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación en el conjunto de la región– la persistencia de disparidades muy pronunciadas entre los distintos países, incluidos aquellos en los que existen hoy importantes movimientos sociales. Si bien es cierto que en la región se produjo un salto en el número de usuarios de internet de 2,5 millones en 2000 a aproximadamente 60 millones en la actualidad5, los porcentajes varían considerablemente de un país a otro; por ejemplo, de más de 75% de la población en Emiratos Árabes Unidos a solo 1% en Somalia.

Tal disparidad no pasó completamente inadvertida, y ciertos análisis apuntan a la necesidad de una especie de umbral mínimo de difusión de nuevas técnicas. A semejanza de las muy estimulantes teorías de un demógrafo como Emmanuel Todd6, que propone una correlación entre transición demográfica, nivel de alfabetización y modernización, las transformaciones sociales y políticas se encontrarían también en relación con un nivel mínimo de «aculturación digital», nivel alcanzado precisamente por países como Egipto y Túnez (alrededor de 33% y 21% de usuarios de internet sobre el total de la población, respectivamente). Pese a ser útil, este matiz no es muy significativo en el caso yemení, donde a pesar de una penetración muy escasa de las nuevas tecnologías (1,6% de usuarios de internet) en una población aún muy poco alfabetizada (alrededor de 50%), se observa la importancia y la tenacidad de movilizaciones que también adoptan toda la gama de la protesta política digital (incluidas las mujeres que visten el niqab, singularidad que no ha dejado de intrigar a los observadores extranjeros, acostumbrados a considerar el uso de las tecnologías modernas como casi necesariamente acompañado de códigos de comportamiento occidentales).

Algunos pensaron entonces en reemplazar una lectura algo mecanicista de las consecuencias del desarrollo de las nuevas tecnologías por un análisis más cualitativo y se interesaron en particular por las prácticas relativas a tal o cual segmento del paisaje digital, comenzando por las redes sociales, que serían la verdadera clave de las actuales convulsiones políticas. De hecho, estas redes registraron, en particular desde 2005, un crecimiento tanto más espectacular cuanto que acompañó la aceleración de lo que se puede llamar la «transición digital» (digital transition7) de la mayoría de las sociedades árabes, que pasaron sin etapa preliminar o casi sin ella a la edad de la web 2.0. En este sentido, se ha adjudicado a Facebook –cuyos usuarios árabes, 10 millones, se habían vuelto a partir de mayo de 2010 más numerosos que los lectores de la prensa diaria– un papel determinante en la caída de los regímenes existentes en Egipto, y más aún quizá en Túnez8. En este último país en particular, las autoridades, preocupadas por excluir de la red todo esbozo de debate político, favorecieron su difusión antes de darse cuenta, demasiado tarde ya para prohibirlo, de que podía ser también un potente instrumento de socialización política… Sería un error considerable reducir el dominio de las redes sociales a lo que imaginó Mark Zuckerberg. En el campo político, un sitio donde se comparten videos como YouTube desempeñó un papel considerable para la difusión de cierta información en el caso tunecino y más aún en Siria, así como los micromensajes de Twitter contribuyeron al éxito de las manifestaciones en las calles de El Cairo. Por otra parte, las redes sociales pueden también estar muy presentes incluso sin que se observen repercusiones políticas en el sentido estricto del término. Raramente mencionada, una de las aplicaciones más utilizadas por la juventud árabe es sin duda el sitio MySpace, principal soporte de difusión de música más o menos alternativa, con verdaderas repercusiones políticas cuando la canción del rapero tunecino El General se convirtió en el canto de adhesión a la protesta de toda la juventud contestataria del país.

Los cruces del mundo de internet y la política ¿generan necesariamente una apertura a una mayor libertad? Tal es la imagen que traza una larga tradición filosófica a veces inquieta pero más a menudo fascinada por los poderes prometeicos de la técnica. Una actitud que, en el caso de lo digital, se ve reforzada por la historia particular de la red de redes, nacida menos en los laboratorios del Ejército estadounidense, como quiere la leyenda, que en los campus norteamericanos de la contracultura libertaria de los años 709. Sin embargo, al optimismo de reflexiones de prospectivistas que, como Howard Rheingold10, no dudaron en predecir el advenimiento de «comunidades virtuales» organizadas en «muchedumbres inteligentes», lo sucedieron observaciones más moderadas sobre los usos de las tecnologías de la información y de la comunicación por parte de todos los actores políticos, incluidos los regímenes autoritarios11. La llegada de la «primavera árabe» coincidió incluso en el tiempo con la publicación de los análisis francamente pesimistas del investigador bielorruso Evgeny Morozov12, cuyas tesis sobre los efectos perversos de la extensión al parecer ilimitada de las redes digitales, pese a las apariencias, no se ven refutadas del todo por lo que acaba de pasar en algunos países del mundo árabe.

Después del entusiasmo de los primeros instantes, emergió en efecto una imagen más matizada, que se separa poco a poco del potencial liberador de las nuevas tecnologías. En el caso de Siria, se constata que, si bien el régimen existente es considerado uno de los más criticables de la región en el plano de las libertades, en febrero pasado ha dado nuevamente a los habitantes del país acceso a aplicaciones como Facebook, Twitter o incluso Skype. Coincidiendo con las primeras manifestaciones, esta decisión no puede interpretarse como señal de un súbito interés del poder sirio por la satisfacción de los internautas sino, por el contrario, como la marca de una estrategia destinada a controlar mejor el conflicto ofreciendo un espacio de expresión en redes estrechamente vigiladas13.

De la misma manera, los insistentes elogios de la actual secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton, reclamando exactamente en el mismo momento una libertad total de las comunicaciones en internet, pueden ser entendidos como la manifestación de una «diplomacia pública 2.0» que utiliza, en especial a través de las redes sociales, estrategias de influencia adaptadas al contexto comunicacional contemporáneo14. Esta sospecha parece confirmada por las revelaciones, a veces tardías, sobre el papel desempeñado en los acontecimientos por algunas grandes empresas estadounidenses de la economía digital, que eligieron romper con la neutralidad tradicional del business as usual para apoyar a los militantes egipcios contra el régimen del presidente Mubarak. En particular, estas empresas contribuyeron a reforzar su anonimato frente a la ciberpolicía egipcia y les proporcionaron, gracias a una cooperación entre Google y Twitter, una infraestructura de comunicación paralela después del cierre de los canales regulares15.

Con todo… las redes sociales

No todo está claro entonces en la red16, y es de temer que durante los próximos años asistamos al progreso de una gestión especializada de la comunicación política en internet, al tiempo que se atacarán varios de los principios sobre los cuales se estableció la red mundial, empezando por la neutralidad, la libertad total de los flujos y la igualdad de todos respecto de las circulaciones, y por la ausencia de filtros o archivos que permiten la vigilancia de los usuarios…

Desde ese ángulo, es cierto que la «primavera árabe» ofrece algunas enseñanzas, pero estas son bastante amargas en la medida en que parece claro que un régimen autoritario como el de Siria, por ejemplo, supo aprender rápidamente de los errores cometidos por los servicios de represión en Túnez o Egipto: más que cerrar por completo la red, limita al máximo las conexiones haciendo imposible para la mayoría de los usuarios ver imágenes y, a fortiori, ponerlas en línea; más que prohibir las aplicaciones «peligrosas», moviliza al «ejército electrónico» de su propios fieles para que intervengan en la red y defiendan su punto de la vista, sin dejar de arrogarse el derecho a atrapar a opositores imprudentes… Más allá de la actualidad, en realidad toda la historia del activismo político árabe en internet pone de manifiesto que los espacios de libertad abiertos por los avances técnicos y explotados de inmediato por los «ratones» militantes son rápida e inexorablemente vueltos a cerrar por los «gatos» de los servicios especializados de represión (entre los cuales, por lo demás, se observa la creación de respuestas en función de las nuevas necesidades, es decir, cuando el poder toma conciencia de las nuevas amenazas contra su estabilidad).

A lo largo de la última década, se ve así de un extremo al otro del mundo árabe la evolución de la represión policial, que se ha concentrado durante los primeros años en dificultar lo más posible el acceso a varios sitios web, luego se ha dirigido contra los blogs hostigando sin piedad a sus autores y, finalmente, se ha dedicado a las redes sociales, a las que a veces puede prohibir y a veces utilizar para recoger datos sobre los militantes de la revuelta. Sin embargo, aunque las múltiples técnicas de control o de represión pueden progresar de manera incesante, guardan por definición un tiempo de retraso respecto de las innovaciones de las que los militantes se apoderan rápidamente, cualesquiera sean sus opiniones y sus ideologías. Se puede considerar así que la caída de los regímenes tunecino y egipcio corresponde a una especie de «ventana de oportunidad» a través de la cual la protesta, mediante la novedad de sus formas de movilización, pudo llevarse a cabo. Sin embargo, y de manera mucho más decisiva, los recientes desarrollos son fundamentalmente consecuencia del crecimiento de una verdadera «cultura de la red», llamada a extenderse cada vez más en el seno de la juventud árabe.

Habituada a las técnicas digitales, esta se ha acostumbrado a navegar en las redes, buscar allí respuestas a sus preguntas y establecer intercambios con otros internautas para encontrar una solución a sus problemas. En cierta forma, internet, a través de sus múltiples aplicaciones, ya no es solo un «lugar» donde esta juventud puede encontrar información, eventualmente política; es en realidad mucho más que eso, es de hecho el lugar de la política, aquel donde a menudo, a falta de alternativa, de posibilidades más materiales de intercambio, se construye a pesar de todo un espacio público alternativo. Por supuesto que los regímenes existentes no pueden esperar lograr el control sobre la circulación de estos flujos inmateriales. Además de las realidades financieras y administrativas que dificultan cualquier cierre prolongado de la red (en Egipto, las pérdidas diarias se evaluaron en US$ 18 millones17), la verdadera dificultad en la actualidad consiste en suprimir no una palabra política sino toda palabra, ya que es el principio mismo del debate, de la consulta, lo que está cargado de consecuencias y, en vista de eso, prohibir el acceso a la red ya no tiene sentido.

Ciertamente, entre los argumentos desarrollados para poner de relieve el limitado papel desempeñado por los ciberactivistas árabes, se puede destacar el hecho de que las autoridades tunecinas y egipcias eligieron, en un determinado momento, cerrar casi por completo las redes de comunicación sin que se haya modificado el curso de las cosas. Pero, frente a ello, se constata que en otros regímenes, como los de Yemen, Bahrein y Siria, se tomó la misma decisión, al parecer con mejores resultados para su perduración. Por supuesto, hacer de las redes sociales el alfa y omega de las luchas políticas, hablando por ejemplo de «revolución Facebook», equivale a confundir los medios y los fines y, sobre todo, a atribuirle a lo que no es más que un soporte de comunicación poderes que no posee, aun considerando que la expresión no tiene sino un valor metafórico y que busca más bien indicar la existencia de un clima general, incluso de cierta movilización popular, posible gracias a los nuevos medios de comunicación. Teniendo en cuenta esto, resulta mejor reconocer una influencia igualmente determinante de otros medios, empezando por la televisión.

La mayoría de los testimonios sobre los acontecimientos que han marcado la actualidad del mundo árabe insisten, por lo demás, en el considerable rol desempeñado por las cadenas satelitales de la región, sobre todo Al-Jazeera. Por su cobertura de los hechos cada vez más abiertamente comprometida con los movimientos de protesta (con la excepción de Bahrein, por razones de proximidad geográfica y política), se puede imaginar que, con un público que reúne por lo regular varias decenas de millones de televidentes, la más célebre de las cadenas árabes ofreció una contribución mucho más decisiva a las rebeliones populares árabes que la de las redes sociales en internet. Estas, en el mejor de los casos, solo reúnen a algunos centenares de millares de usuarios, en general reclutados en categorías sociales más bien favorecidas y en teoría menos sensibles que el resto de la población a los llamados al cambio político.

Sin embargo, no es necesariamente pertinente contraponer vis à vis los flujos de internet y las ondas satelitales. Por el contrario, la dinámica de las movilizaciones quizá se perciba mejor si se interpretan las variaciones de la opinión colocándolas en el seno de un paisaje mediático completamente reconstruido desde la revolución digital al final del siglo XX. Esto comenzó con el lanzamiento de periódicos panárabes como Al-Hayat y Al-Sharq al-Awsat en la década de 1980, luego se prolongó con la creación de cadenas satelitales como el Middle East Broadcasting Centre (MBC) desde principios de los años 90 (luego aparecieron varios centenares), y la última ola de innovaciones tuvo lugar durante la década siguiente, con el surgimiento de innumerables sitios de información en línea, retransmitidos a su vez, gracias al desarrollo de la red 2.0, por los blogs y luego por las redes sociales. Un nuevo «ecosistema mediático» árabe se estableció así durante el último cuarto de siglo, y es la existencia de este contexto de recepción, sin distinción de canales mediáticos, la que permitió la constitución del «gran relato colectivo» de la primavera árabe.

A pesar de todo, se podría discutir esto debido a que las redes sociales y los otros nuevos canales de comunicación de este tipo son frecuentados esencialmente por la generación de los «nativos digitales» (digital natives). Pero en esta región del mundo, donde la juventud es especialmente numerosa (la edad promedio ronda los 21 años, contra 37,7 años en Europa, por ejemplo), son los niños del baby boom árabe de los años 80 quienes, llegados a la edad adulta, engrosan hoy los batallones de la revuelta árabe. Si su paisaje mental en general, y su imaginario político en particular, son el fruto de las transformaciones sociales y políticas de las últimas décadas –con el fracaso de los metarrelatos18 propuestos por la utopía nacionalista o islamista–, no es menos cierto que su repertorio de acción es en gran medida inédito (y es esta, por otro lado, una de las razones de su éxito ante aparatos de represión que aún no habían puesto al día, literalmente hablando, sus programas informáticos). En este sentido, no es errado afirmar que la red de redes, con sus modalidades de expresión especialmente flexibles y fuertemente «liberadas» del formalismo lingüístico de las generaciones anteriores, se convirtió sin duda en el lugar donde se elabora el «espíritu de la época», incluso en su dimensión contestataria... El dinamismo de la web árabe da abundante testimonio de ello, en tanto se ha vuelto, a través de sus redes, sus sitios y sus foros de discusión, el principal laboratorio de una joven creación que inventa una modernidad híbrida y desacomplejada19.

Para apreciar el rol que la red pudo desempeñar en los conflictos políticos, es preciso en definitiva distanciarse de una concepción estrechamente instrumental de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación y esforzarse en adoptar un enfoque que podríamos denominar «comportamental»20. Al igual que las teorías desarrollistas de tiempo atrás, la mayoría de los análisis se limitan a una concepción de los nuevos medios de comunicación en términos de impacto: después de haberse mostrado ciegos a las transformaciones en curso, bajo el pretexto de que los datos cuantitativos no eran suficientes, estos pretenden hoy renovar, a propósito de las tecnologías digitales, las falsas predicciones del pasado, cuando el desarrollo de los medios masivos de comunicación, empezando por la televisión, debería haber bastado por sí solo para modernizar a los sujetos (inevitablemente pasivos) de las sociedades tradicionales... Por el contrario, es necesario ir más allá de las meras cifras y estadísticas21 para atender a la capacidad de los protagonistas para integrar los recursos de las nuevas técnicas, que incluso reformulan en función de sus propias necesidades (por ejemplo, haciendo de una red social estudiantil como Facebook una herramienta de movilización política, o transformando un servicio de micromensajería del tipo de Twitter en un arma de lucha urbana). Si alguna enseñanza puede extraerse de los acontecimientos actuales en la región, esta se refiere a la apropiación de estas nuevas tecnologías por parte de una juventud árabe que ha efectuado su «transición digital». Por supuesto, las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación «no hacen» –o, en todo caso, no hacen ellas solas– las revoluciones. No obstante, al igual que las revoluciones europeas de antaño, que se alimentaron de la nueva cultura impresa en general y de las tesis de los filósofos del Iluminismo en particular, parece que la primavera árabe ha florecido sobre el manto fértil de la nueva cultura digital22.

  • 1. Mientras se editaba este artículo, Muamar Gadafi era desplazado del poder en Libia [N. del E.].
  • 2. También denominado «Media Luna Fértil».
  • 3. Grey E. Burkhart y Susan Older: «The Information Revolution in the Middle East and North Africa», mr-1653, Rand Foundation, 2003, disponible en www.rand.org/pubs/monograph_reports/2005/mr1653.pdf.
  • 4. Y. Gonzalez-Quijano: «La révolution de l’information aura-t-elle lieu? Les enjeux des nouvelles technologies de l’information et de la communication dans le monde arabe» en Politique Étrangère, 1-3/2002, www.ifri.org/files/politique_etrangere/PE_1_02_Gonzalez_Quijano.pdf.
  • 5. «Arabic Speaking Internet Users Statistics: Internet User Statistics and Population Stats for the Countries and Regions with Arab Speaking Internet Users» en Internet World Stats, www.internetworldstats.com/stats19.htm.
  • 6. E. Todd y Youssef Courbage: Le rendez-vous des civilisations, Seuil, París, 2007.
  • 7. En otros términos, la capacidad de interactuar plenamente con un entorno completamente digital. Ver Ian Rowlands et al.: «The Google Generation: Information Behavior of the Researcher of the Future» en Aslib Proceedins vol. 60 No 4, 2008.
  • 8. Carrington Malin: «Facebook Arabic Rising» en Spot On, 8/6/2011, www.spotonpr.com/facebook-arabic-uprising/. V. tb. la infografía propuesta por Fabrice Epelboin para el caso tunecino: «Facebook, la Tunisie et la révolution» en Fhimt.com, 24/4/2011, www.fhimt.com/2011/04/24/infographie-facebook-la-tunisie-et-la-revolution/.
  • 9. Dominique Cardon: La démocratie internet. Promesses et limites, Seuil, París, 2010.
  • 10. The Virtual Community. Homesteading on the Electronic Frontier, Addison Wesley, Boston, 1993, disponible en www.rheingold.com/vc/book/ y Smart Mobs: The Next Social Revolution, Perseus, Cambridge, ma, 2002.
  • 11. Shanthi Kalathil y Taylor C. Boas: Open Networks, Closed Regimes, Carnegie Endowment for International Peace, Washington, dc, 2003.
  • 12. The Net Delusion: The Dark Side of Internet Freedom, Public Affairs, Filadelfia, 2011.
  • 13. «(Warning) Syrian’s Secret Police Main Suspect Behind Man-In-The-Middle Attack against Facebook Users in Syria» en Arab Crunch, 16/5/2011, http://arabcrunch.com/2011/05/warning-syrians-secret-police-main-suspect-behind-man-in-the-middle-attack-against-facebook-users-in-syria.html.
  • 14. François-Bernard Huyghe: «Nouvelle diplomatie publique. De la guerre froide au Web 2.0» en Huyghe.fr, 26/4/2011, www.huyghe.fr/actu_913.htm.
  • 15. Y. Gonzalez-Quijano: «Don’t be evil! Révolutions virtuelles sur un net pas très net» en Culture et politique arabes, 18/4/2011, http://cpa.hypotheses.org/2626.
  • 16. En el original: «Tout n’est donc pas ‘net’ sur le Net»: juego de palabras entre el adjetivo francés net (claro, limpio) y el sustantivo inglés Net (la Red). [N. del T.]
  • 17. Courtney Radsch: «Assessing the Economic Impact of the Egyptian Uprising» en Arab Media & Society No 13, verano de 2011, disponible en www.arabmediasociety.com/?article=778.
  • 18. Jean-François Lyotard: La condition postmoderne. Rapport sur le savoir, Minuit, París, 1979. [Hay edición en español: La condición posmoderna. Informe sobre el saber, varias ediciones.]
  • 19. Andrew Hammond: Popular Culture in the Arab World: Arts, Politics and the Media, American University of Cairo, El Cairo, 2007 y Tarik Sabry: Cultural Encounters in the Arab World. On Media, the Modern and the Everyday, Tauris, Londres, 2010.
  • 20. Clay Shirky: «The Political Power of Social Media» en Foreign Affairs, 1-2/ 2011, disponible en www.gpia.info/files/u1392/Shirky_Political_Poewr_of_Social_Media.pdf.
  • 21. Jon W. Anderson: «Producers and Middle East Internet Technology: Getting Beyond ‘Impacts’» en The Middle East Journal vol. 54 Nº 3, verano de 2000.
  • 22. Y. Gonzalez-Quijano: «Túnez, El Cairo: la revolución árabe y sus orígenes digitales» en awraq. Revista de análisis y pensamiento sobre el mundo árabe e islámico contemporáneo No 3, nueva época, 1/2011, pp. 87-96.