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Las revueltas árabes en tiempos de transición digital. Mitos y realidades

La llamada «primavera árabe» ha inspirado numerosos análisis sobre los efectos de las redes sociales en la constitución de movimientos de protesta antidictatoriales, especialmente marcados por nuevas generaciones de nativos digitales. Expresiones como «revolución Facebook» abundan hoy en la prensa. Sin embargo, detrás de conceptos abarcativos como «mundo árabe», se despliegan realidades políticas, económicas y sociológicas muy diferentes. Además, las redes sociales –con impactos muy variables según los países– conviven hoy con cadenas como Al-Jazeera, lo que genera un nuevo «ecosistema mediático» que contribuyó a construir y difundir el gran relato colectivo de la revolución democrática árabe.

Las revueltas árabes en tiempos de transición digital. Mitos y realidades

Creo que Facebook no fue necesario ni suficiente para que cualquiera de estos eventos ocurriera.

Mark Zuckerberg, creador de Facebook, sobre los eventos A veces sucede que los nombres resultan engañosos o que simplemente no ayudan a comprender las cosas. Tal es el caso de lo que nos hemos acostumbrado a llamar «primavera árabe», que en rigor comenzó en Túnez hacia diciembre de 2010 y que, particularmente en Siria, también en Yemen y tal vez pronto en otros lugares, ha continuado en el corazón del verano y después. Por supuesto, la expresión no debe ser tomada literalmente y hace referencia a otro periodo histórico, el de la «primavera de los pueblos» de 1848, cuando una serie de revoluciones sacudió –y en algunos pocos casos derrocó– a unos 50 regímenes, sobre todo en Europa pero también en otras partes del mundo. ¿Es oportuna una comparación como esta, teniendo en cuenta la suerte que corrieron las revoluciones europeas del pasado?

Los historiadores juzgarán algún día su pertinencia, pero establecerla desde el presente, mientras los acontecimientos están lejos de habernos proporcionado todas sus enseñanzas, equivale a considerar como comprobadas dos series de hechos que merecen sin embargo un examen más profundo: en primer lugar, la naturaleza «revolucionaria» de los levantamientos, una cuestión que aún no ha sido zanjada, ni siquiera en los dos países que vieron la caída del régimen existente, ya que tanto en Túnez como en Egipto aún cabe interrogarse respecto de la naturaleza real del poder, en principio transitorio, que administra la situación actual1. En segundo lugar, la semejanza de las múltiples protestas que afectan a sociedades geográfica y, más aún, económicamente muy diferentes, desde Túnez y Libia en el Magreb hasta Siria en el llamado Creciente Fértil2, pasando por Egipto y sus 80 millones de habitantes, y también por el rico emirato de Bahrein y la pobre república de Yemen en la Península Arábiga… Pero hay más: la expresión «primavera árabe» ha sido hoy consagrada por el uso, cuando la idea de una especificidad regional parecía completamente pasada de moda o incluso proscripta de los discursos periodísticos y académicos, en favor de otros términos como «mundo islámico» o «Gran Oriente Medio». Con esta denominación, parece tomarse nota del hecho de que las protestas populares, que tienen muchos rasgos en común –el rechazo de regímenes en decadencia, la naturaleza esencialmente pacífica de los movimientos, la edad de los manifestantes y su situación social y económica, etc.–, están también reunidas por su localización en la zona por lo común llamada «mundo árabe».

No obstante, las manifestaciones que agitan al mundo árabe tienen también otro punto en común, al que el nombre que se les da no hace referencia; a saber, que se caracterizan por formas de movilización y de acción que otorgan un lugar muy importante a las últimas tecnologías de la información y de la comunicación. Este aspecto se ha vuelto incluso tan dominante que prácticamente todo comentario sobre la «primavera árabe» implica que la palabra «revolución» esté acompañada de términos como «Facebook» o «Twitter». Más que su «carácter árabe», en definitiva el acontecimiento parece constituirlo el hecho de que estas «revoluciones 2.0» inaugurarían una nueva era en la cual el uso de las redes sociales da una dimensión inédita a la política. Desde el derrocamiento del presidente tunecino Ben Ali, y más aún después de la caída del régimen de Hosni Mubarak en Egipto, son incontables ya los artículos que giran en torno de este tema de moda, aunque a menudo se basan más en algunas imágenes rápidas o en ciertas intuiciones que en datos concretos. Sin embargo, la convergencia de un número tal de comentarios sobre este aspecto de las rebeliones árabes no puede ignorarse, y hasta es posible alegrarse de constatar, después de años de negaciones condescendientes3, semejantes señales de interés por las consecuencias sociales y políticas de la revolución de la información en el mundo árabe4. Sin embargo, no hay solo ventajas en el hecho de pasar brutalmente de la doxa del desierto digital árabe a la posición contraria, que hace de ahora en más de la primavera árabe el signo precursor de las revoluciones del tercer milenio.

Los límites del ciberactivismo árabe

No es necesario ser un especialista en el mundo árabe para constatar ­–basándose en un desarrollo real de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación en el conjunto de la región– la persistencia de disparidades muy pronunciadas entre los distintos países, incluidos aquellos en los que existen hoy importantes movimientos sociales. Si bien es cierto que en la región se produjo un salto en el número de usuarios de internet de 2,5 millones en 2000 a aproximadamente 60 millones en la actualidad5, los porcentajes varían considerablemente de un país a otro; por ejemplo, de más de 75% de la población en Emiratos Árabes Unidos a solo 1% en Somalia.

Tal disparidad no pasó completamente inadvertida, y ciertos análisis apuntan a la necesidad de una especie de umbral mínimo de difusión de nuevas técnicas. A semejanza de las muy estimulantes teorías de un demógrafo como Emmanuel Todd6, que propone una correlación entre transición demográfica, nivel de alfabetización y modernización, las transformaciones sociales y políticas se encontrarían también en relación con un nivel mínimo de «aculturación digital», nivel alcanzado precisamente por países como Egipto y Túnez (alrededor de 33% y 21% de usuarios de internet sobre el total de la población, respectivamente). Pese a ser útil, este matiz no es muy significativo en el caso yemení, donde a pesar de una penetración muy escasa de las nuevas tecnologías (1,6% de usuarios de internet) en una población aún muy poco alfabetizada (alrededor de 50%), se observa la importancia y la tenacidad de movilizaciones que también adoptan toda la gama de la protesta política digital (incluidas las mujeres que visten el niqab, singularidad que no ha dejado de intrigar a los observadores extranjeros, acostumbrados a considerar el uso de las tecnologías modernas como casi necesariamente acompañado de códigos de comportamiento occidentales).

  • 1. Mientras se editaba este artículo, Muamar Gadafi era desplazado del poder en Libia [N. del E.].
  • 2. También denominado «Media Luna Fértil».
  • 3. Grey E. Burkhart y Susan Older: «The Information Revolution in the Middle East and North Africa», mr-1653, Rand Foundation, 2003, disponible en www.rand.org/pubs/monograph_reports/2005/mr1653.pdf.
  • 4. Y. Gonzalez-Quijano: «La révolution de l’information aura-t-elle lieu? Les enjeux des nouvelles technologies de l’information et de la communication dans le monde arabe» en Politique Étrangère, 1-3/2002, www.ifri.org/files/politique_etrangere/PE_1_02_Gonzalez_Quijano.pdf.
  • 5. «Arabic Speaking Internet Users Statistics: Internet User Statistics and Population Stats for the Countries and Regions with Arab Speaking Internet Users» en Internet World Stats, www.internetworldstats.com/stats19.htm.
  • 6. E. Todd y Youssef Courbage: Le rendez-vous des civilisations, Seuil, París, 2007.