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Las relaciones entre las esferas política y económica. ¿Hacia el fin de los particularismos colombianos?

En Colombia, las esferas política y económica se han relacionado según patrones que se alejan bastante de los registrados en otros países de la región. Las reformas de los 90 modificaron esta situación y generaron nuevas dinámicas. Tras revisar su impacto, el artículo analiza dos temas: los peligros de captura del Estado por parte de intereses privados a través de un creciente sector económico intermedio, y el clientelismo, cuyo peso parece cada vez más problemático. En la conclusión se alerta sobre el riesgo de que se borren las fronteras entre lo público y lo privado y, por lo tanto, entre política y economía.

Las relaciones entre las esferas política y económica. ¿Hacia el fin de los particularismos colombianos?

Históricamente, en Colombia las esferas política y económica se han relacionado según patrones complejos y singulares, que se alejan bastante de los modelos vigentes en la región. Al menos esto es lo que se desprende de la manera en que la historiografía de América Latina ha planteado el tema, subrayando las interdependencias entre los dos planos, aunque según modalidades diversas en función de las épocas y las perspectivas.

En este artículo mostraremos que Colombia nunca se ajustó bien al esquema regional, ya que ha seguido una trayectoria muy particular. Para ello, comenzaremos con un breve recorrido histórico a lo largo del siglo XX y argumentaremos que las reformas introducidas al principio de los 90, tanto en el sistema político como en el económico, suscitaron nuevas dinámicas que parecen apuntar en una dirección distinta. Estas nuevas tendencias nos obligan a revisar la perspectiva sobre la relación entre política y economía y centrarnos en problemas que Colombia comparte hoy con la mayoría de los países de América Latina. En este orden de ideas, desarrollaremos dos temas: por una parte, los peligros de captura del Estado por intereses privados a través del desarrollo de un creciente sector económico intermedio, manejado por el sector privado, pero estrechamente dependiente de decisiones políticas; y, por otra, el clientelismo, cuyo peso parece cada vez más problemático.

Los particularismos colombianos

La tradición marxista ha insistido en la subordinación de la política a los procesos económicos, postulando que los intereses económicos dominantes limitaban cualquier alcance reformista desde la política y, más aún, que daban el tono de toda la vida política. Esta idea adquirió una gran popularidad mucho más allá de los círculos marxistas, y sigue teniendo una gran influencia, a menudo implícita. El periodo que va de 1870 a 1930 es, a grandes rasgos, el que ha dado mayor credibilidad a esta perspectiva. El auge del sistema agroexportador en América Latina consolidó, en esta etapa, una elite económica que nucleaba a empresarios del sector agrícola, minero, financiero y de infraestructura de transporte, con una influencia desproporcionada sobre sistemas políticos débiles y con bases electorales muy estrechas. En los casos que Fernando H. Cardoso y Enzo Faletto llamaron «economías de enclave», este modelo llegó al extremo1.

No obstante, la crisis de 1929 hizo tambalear este sistema y permitió un desborde de expresión de todo tipo de insatisfacciones en la esfera política. De este modo, esta adquirió poco a poco una importancia y una autonomía nuevas a través de los movimientos nacional-populares, que los marxistas tuvieron que explicar mediante analogías con el bonapartismo, como una etapa de equilibrio de fuerzas entre clases todavía en formación, que permitía al Estado asumir temporalmente un papel de árbitro entre intereses económicos mediante políticas intervencionistas y bastante autoritarias2. Pero esta vez fueron los economistas liberales y monetaristas quienes impusieron su interpretación de esta nueva época, invirtiendo el postulado marxista. Según ellos, entre 1930 y 1980 la política subordinó a la esfera económica a través de un Estado tan omnipotente como ineficaz, que dominaba un sistema económico corporatista3. Las luchas de intereses entre distintos grupos económicos transformaron al Estado en un repartidor de rentas, lo que condujo directamente a las crisis de la deuda y la hiperinflación de los 80. De hecho, para esos economistas, las reformas recomendadas a los países latinoamericanos en el marco del famoso Consenso de Washington tenían precisamente entre sus objetivos la separación de las esferas política y económica. La limitación del papel del Estado en materia económica debía permitir un mejor funcionamiento del sistema económico, bajo la brújula única del sistema de incentivos proporcionado por el mercado. Por su parte, el sistema político funcionaría tanto mejor en la medida en que se libraba de la presión de los intereses económicos que tramitaba anteriormente.

De este modo, tanto los marxistas como los monetaristas estarían de acuerdo en que la interpenetración de los sistemas económico y político ha sido un rasgo importante (y nefasto) de la historia latinoamericana. El caso de Colombia evidencia importantes matices.

Por lo que concierne al siglo XIX y el principio del XX, el historiador inglés Malcolm Deas, agudo observador de la sociedad colombiana, hizo notar en muchos de sus escritos que las elites económicas y políticas del país se diferenciaban claramente, y que además tenían relaciones limitadas, en las cuales afloraba fácilmente la desconfianza recíproca4. Esto se debe a que Colombia, contrariamente a muchos de sus vecinos, no logró insertarse con éxito en el sistema agroexportador característico del periodo 1870-1930. Su principal producto de exportación, el café, solo alcanzará a cumplir realmente este papel en la década de 1920. Antes de eso, la economía colombiana no experimentó los booms característicos de la región y registró un desarrollo lento, con un mercado muy estrecho y afectado por las dificultades de comunicación entre las regiones.En resumen, Colombia era un país muy pobre, incluso dentro del contexto regional. Esto no solo dificultó la aparición de una elite económica nacional potente, sino que además limitó drásticamente el desarrollo del Estado. Aunque durante la época conocida como la Regeneración (1886-1899) se pretendió crear un Estado centralista y fuerte bajo la dirección del Partido Conservador, los recursos públicos siguieron siendo demasiado escasos para que esta ambición se tradujera en un papel muy activo en el desarrollo del país.

En consecuencia, las elites políticas y económicas se desempeñaron en esferas relativamente separadas. Las primeras estaban constituidas por intelectuales, literatos, abogados, periodistas y, ocasionalmente, militares improvisados durante las múltiples fases de guerra civil. Aunque solían tener intereses económicos en tanto terratenientes y comerciantes, en su mayoría no podían ser considerados hombres ricos. Los pocos que sí se enriquecían en las escasas actividades que lo permitían solían ser hombres de provincia, con un nivel de educación muy inferior. El principal contacto con la política para estos últimos se daba a través de los conflictos civiles, que se traducían en empréstitos forzados, reclutamiento de trabajadores rurales, dificultades en el comercio, saqueos y robos, etc. Por ello, no resulta nada extraño que miraran la política con cierta hostilidad e hicieran todo lo posible para mantenerla a distancia.

  • 1. Dependencia y desarrollo en América Latina, Siglo xxi, Madrid, 1969.
  • 2. V., por ejemplo, Francisco Weffort: «El populismo en la política brasileña» [1967] en María Moira Mackinnon y Alberto Petrone: Populismo y neopopulismo en América Latina, Eudeba, Buenos Aires, 1998, pp. 135-152.
  • 3. Estas ideas son desarrolladas en Rudiger Dornbusch y Sebastian Edwards: Macroeconomía del populismo en la América Latina [1991], fce, México, df, 1992.
  • 4. Del poder y la gramática, Taurus, Bogotá, 2006.