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Las dos almas de la izquierda reformista argentina

Desde la irrupción del peronismo en 1945, la izquierda reformista argentina vive en permanente división: por un lado, un sector que reivindica el rol histórico de Juan Perón y asume una postura «nacional-popular»; por otro, un grupo más cercano a los paradigmas de la socialdemocracia. Esta división, que recorre el último medio siglo, se reactualiza hoy, en tiempos de Kirchner. El artículo sostiene que la heterogeneidad de la izquierda argentina, mayor que la que existe en países como Uruguay o Brasil, no debería ser solo motivo de disputas y enfrentamientos. Podría ser también una oportunidad para fomentar un diálogo fecundo entre ambas tendencias, pues la alternativa política al proceso de reformas iniciado en Argentina no es un gobierno de izquierda mejor, sino el retorno de un neoliberalismo apenas disfrazado.

Las dos almas de la izquierda reformista argentina

El debate político latinoamericano suele caracterizarse por una llamativa sincronía. En los años 60, los problemas del desarrollo y la dependencia ocupaban el centro de la escena. Era el tiempo en que la Revolución Cubana estremecía las prudentes estrategias de los partidos comunistas «oficiales» y activaba la insurgencia armada. Como reacción frente a esto, Estados Unidos procuraba elaborar una respuesta activa, bajo la inspiración de la teoría de la modernización, expuesta por Walt Whitman Rostow en su muy difundido folleto Las etapas del crecimiento económico: la Alianza para el Progreso, lanzada por John F. Kennedy, fue el producto político regional emblemático de la época. El tablero de la discusión intelectual y la lucha política quedaba claramente dividido entre reformistas y revolucionarios.

El golpe militar contra el gobierno de la Unidad Popular en Chile definió la década siguiente como el tiempo de las dictaduras militares, directa o indirectamente sostenidas por EEUU. La periodización es relativa y se construye sobre la base de acontecimientos, como el chileno, cargados de valor simbólico: conviene recordar que Brasil ya vivía en un régimen autoritario desde 1964 y Paraguay, desde 1954, mientras que Argentina había sufrido una dictadura militar entre 1966 y 1973 y volvería a soportar un golpe de Estado en 1976.

La siguiente década, la de 1980, estuvo signada por el clima de las «transiciones democráticas» e impregnada por los nuevos aires de la centralidad de la democracia y las reformas institucionales. La literatura politológica del periodo está saturada por las protestas institucionalistas sobre el efecto deletéreo del presidencialismo en la historia democrática. La exploración de nuevos diseños institucionales capaces de asegurar estabilidad sustituyó a la problemática del desarrollo y la dependencia como eje de los debates.

Con la crisis de finales de esa década, entramos en la era de las reformas «estructurales», eufemismo de moda en aquellos tiempos para hacer referencia a los procesos de apertura indiscriminada, liberalización y privatización, ejecutados según la normativa del Consenso de Washington. En buena parte de la literatura académico-política de esos años (sin exceptuar a muchos estudiosos de inspiración progresista), la preocupación principal estaba centrada en cómo administrar políticamente las demandas «reformistas» neoliberales, que se consideraban un proceso necesario e ineluctable.

Idéntica sincronía recorre hoy la discusión sobre el «giro a la izquierda» de la región. Y como en todos los demás casos, el debate suele estar invadido por aspiraciones de generalización que corren el riesgo de borrar las especificidades nacionales y subregionales. Sin embargo, y aun con esas especificidades, el paisaje regional tiene rasgos comunes: el regreso del Estado y de la política al centro de una escena antes ideológicamente ocupada por la lógica del mercado y del individuo calculador de costos y beneficios personales; la centralidad de la agenda de la igualdad y la lucha contra la pobreza; la emergencia de nuevos actores sociales y nuevas prácticas políticas; la crisis –fuertemente desigual entre los diferentes países– de los partidos políticos tradicionales y el desarrollo de una nueva oleada de movilización y conflictividad social parecen ser algunos de esos rasgos. Cierta interpretación, muy en boga entre analistas, comunicadores y actores políticos, clasifica a los nuevos y no tan nuevos gobiernos de la región según su pertenencia a dos «tipos ideales»: gobiernos populistas, por un lado, y socialdemócratas o de izquierda moderada (o «moderna», según algunos), por otro. La tipología es adoptada, aunque obviamente con juicios de valor simétricamente antagónicos, por las derechas noventistas y por las izquierdas de la Guerra Fría. Los gobiernos de Chile, Uruguay y Brasil (con reticencias en este último caso) son presentados como pragmáticos y realistas en sus programas económicos, abiertos al mundo, respetuosos de la institucionalidad y partidarios de un acercamiento inteligente a EEUU. Por su parte, los de Venezuela, Bolivia y Ecuador son descriptos como gobiernos «populistas», en la acepción que de este discutido término hace el Departamento de Estado norteamericano; es decir, gobiernos paternalistas y autoritarios en lo interior, confrontativos en lo exterior y poco respetuosos de la institucionalidad democrática.

Esa clasificación merece ser puesta en cuestión. Aunque parezca curioso, la tipología niega tanto lo que tienen en común los procesos políticos de esos países, como lo que los diferencia en el terreno histórico concreto. Lo que tienen en común lo ha puesto de relieve, recientemente y con mucha precisión, el latinoamericanista francés Alain Rouquié: en su conjunto, dice, el giro político en la región significa la apertura de un fuerte capítulo social de los procesos democráticos que hoy abarcan a casi la totalidad de América Latina. En todos los casos –incluida la exitosa transición chilena– estamos ante la demanda de un compromiso incumplido de la democracia, el de la justicia social. El recetario único de los organismos internacionales de crédito durante la década de 1990, que diera en llamarse «Consenso de Washington», luce agotado, y no en términos teóricos o técnicos sino en la pública evidencia de que nuestra región es la más desigual del mundo, y que esa desigualdad creció dramáticamente en la época de las «reformas estructurales».

Resulta interesante el intento de comprender los dilemas de la izquierda democrática en América Latina en el contexto de una reflexión realizada a propósito de la experiencia progresista en Europa. En su artículo «La izquierda después de la ‘tercera vía’», Ernst Hillebrand habla del fin de un ciclo político-ideológico, el del proyecto «centrista y tecnocrático» de la «tercera vía» (o el «nuevo centro», como se lo llamó en Alemania). En este rico análisis se incluyen aspectos de extraordinario interés, como la crisis de la relación entre las fuerzas de la centroizquierda con sus electorados tradicionales de los sectores más humildes de la población, el fracaso de una visión simplista sobre el agotamiento de los Estados-nación en el curso de la globalización –lo que conllevó a la subestimación de los sentimientos nacionales– y el acomodamiento de las izquierdas al discurso economicista del neoliberalismo. La centroizquierda europea, parece ser la conclusión, no ilusiona ni entusiasma a las fuerzas sociales que se ven afectadas por los nuevos problemas demográficos, culturales, sociales y ambientales desatados en los últimos años.