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Las ambivalencias de la democracia. El dinero contra la soberanía popular

Hoy nadie duda de que Estados Unidos es una democracia consolidada y que, no sin necesidad de grandes luchas, las mayorías nacionales fueron incorporándose al sistema político. De hecho, sigue siendo un modelo de articulación entre emocracia y liberalismo, dos términos siempre en tensión. El poder del dinero y del lobbying, junto con las restricciones que aún se mantienen sobre los pobres y los nuevos inmigrantes, dejan en evidencia las contradicciones que persisten entre el gobierno del pueblo y el gobierno de las corporaciones.

Las ambivalencias de la democracia. El dinero contra la soberanía popular

Cualquier día de la semana es posible encontrar en The New York Times noticias sobre niños latinos temerosos de presentarse a sus escuelas y mujeres embarazadas aterradas por la amenaza de ser deportadas al momento de acudir a los hospitales de Alabama, tras la aprobación de una de las más represivas leyes antiinmigrantes1. O titulares como este: «Protestas en contra de Wall Street se multiplican en ciudades grandes y pequeñas»2.

Ambos hechos, relatados en una misma portada, pueden leerse como síntomas de las ambivalencias de la democracia estadounidense, actualmente tensionada por la influencia de los capitales financieros en sus instituciones públicas y por la exclusión de buena parte de la población de la vida política estatal. Sin duda, el sistema que ha sido por mucho tiempo el catón contra el cual se mide y sopesa la conducta de los gobiernos del mundo es un modelo imperfecto y contradictorio, y su estado actual es producto de constantes oleadas de conflicto y cambio, avances y retrocesos no muy diferentes de los que ha vivido buena parte de las naciones del mundo.

Alexander Keyssar, autor de The Right to Vote. The Contested History of Democracy in the United States [Derecho a voto. La controvertida historia de la democracia en Estados Unidos] y profesor de Historia y Política Social de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard, advierte que

la democracia estadounidense tiene instituciones democráticas en pleno funcionamiento. Y como resultado, la gente sí tiene influencia en quienes gobiernan y existe una protección significativa de sus derechos. Sin embargo, también se da el caso de que algunas de nuestras instituciones son menos efectivas de lo que debieran; instituciones que se han vuelto menos democráticas o que fueron creadas en una era diferente, cuando nuestros estándares de lo que constituía una democracia eran distintos.3

Keyssar menciona como ejemplo el funcionamiento del Senado en el ámbito federal, en el que cada estado, sin importar su tamaño, tiene igual número de representantes. «Un principio democrático ampliamente aceptado desde el siglo XX es el de ‘una persona, un voto’. Pero esa no es la manera en que funciona el Senado en EEUU. Si nos ceñimos a ese parámetro, el Senado, que es una institución poderosa, no es democrático en absoluto», afirma4.

La explicación es histórica. El Senado fue creado hacia fines del siglo XVIII en la convención que diseñó la Constitución. Cincuenta y cinco delegados de los entonces 12 estados constituidos debatieron durante meses sobre la forma que tendría el gobierno federal. Una de las preocupaciones centrales fue determinar qué tipo de representación se adoptaría para elegir a los miembros del Congreso. «Como es fácil imaginar –señala Keyssar–, los estados más poblados querían representación proporcional y los pequeños querían que todos tuvieran igual número de congresistas sin importar su tamaño.» Como en otras latitudes, «el acuerdo que se logró fue que la Cámara de Diputados se elegiría con un sistema proporcional a la población y que en el Senado cada estado tendría igual representatividad»5. Además, se le puso cerrojo al mecanismo, estableciendo que cualquier cambio a este modelo debía ser aprobado unánimemente por todos los estados. Hoy en el Senado –y más en general en el Congreso– se ha sedimentado una elite política –y económica– que logra perpetuarse en el poder elección tras elección: según un análisis realizado a partir de datos de 2009 por el Center for Responsive Politics, del total de los 534 miembros de la Cámara de Representantes y del Senado, la mitad son millonarios, lo que los coloca dentro del 1% más rico de los estadounidenses. La riqueza media de un diputado en 2009 se elevaba a US$ 765.000 mientras que la riqueza media de un senador en 2009 era aproximadamente de US$ 2,38 millones6. No menos de 55 miembros del Congreso han acumulado una riqueza media estimada en más de US$ 10 millones en 2009, según el Centro.

Además, es muy difícil desafiar el statu quo. La mayoría de los senadores (se eligen cada seis años) y diputados (se renuevan cada dos años) que se postulan a una reelección consiguen su objetivo, pues, como ha demostrado la ciencia política, las ventajas del parlamentario elegido (incumbent) sobre quien lo desafía (challenger) son numerosas, y entre ellas se cuenta la preeminencia que tiene el primero en la recaudación de fondos para sus campañas7. Existen diversas maneras de explicar por qué la incumbency advantage ha crecido progresivamente en todos los niveles de elecciones estadounidenses y también hay discrepancias sobre su importancia política real (algunos estudios sugieren que las políticas que implementan incumbents y challengers no varían demasiado), pero nadie niega la ventaja predominante de los ya elegidos sobre los que intentan incorporarse a puestos de elección popular8.

Marshall Ganz, arquitecto del modelo de organización de bases que contribuyó a la elección de Barack Obama en 2008 y profesor en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard, concuerda con Keyssar en que para entender las ambivalencias de la democracia estadounidense hay que remitirse a la historia. «Sus instituciones políticas se formaron en el esfuerzo de construir un país unitario y libre, aceptando al mismo tiempo un sistema económico basado en la esclavitud. Esta es una contradicción fundamental que está en el origen de la política estadounidense.»9

Pecado original

En The Right to Vote, Keyssar relata que en el periodo en que se diseñaron las instituciones políticas en EEUU, tras el triunfo en la Guerra de Independencia frente a Inglaterra, los delegados estaduales estaban preocupados por zanjar la cuestión racial. Aunque los delegados abrazaron los principios igualitarios que inspiraron el fin de las monarquías en Europa para crear su Constitución, el temor a compartir el poder político con esclavos, mujeres y comerciantes los llevó a establecer un sistema electoral que consideró el voto como un privilegio más que como un derecho. Por eso, en un comienzo, solo fue otorgado a hombres blancos que pudieran demostrar la posesión de tierras. Cada estado tuvo autonomía para crear sus reglas electorales, pero, en general, fueron excluidos del derecho a sufragio los esclavos, los negros libres, las mujeres, además de católicos, judíos, indígenas y extranjeros. Para excluir a quienes no poseyeran propiedad, se argumentó que los pobres carecían de voluntad propia, pues podrían ser manipulados por sus amos o por quienes les dieran dinero. Simultáneamente, se usaba otro argumento –contradictorio con el primero– y quizás más revelador: «Los pobres (…) no deben votar porque amenazarían los intereses de propiedad. Esto es, como si tuvieran demasiada voluntad. Si los hombres carentes de propiedad pudieran votar, reflexionaba el juicioso conservador John Adams, ‘se produciría una revolución inmediata’»10.

  • 1. Alejandra Matus: periodista. Es máster en Administración Pública por la Universidad de Harvard.Palabras claves: democracia, derechos civiles, lobbying, Barack Obama, Estados Unidos.. «Alabama’s Shame», editorial, en The New York Times, 3/10/2011.
  • 2. Erik Eckholm y Timothy Williams: «Anti-Wall Street Protests Spreading to Cities Large and Small» en The New York Times, 3/10/2011.
  • 3. Alexander Keyssar, entrevista realizada por la autora, 22 de agosto de 2011.
  • 4. Ibíd.
  • 5. Ibíd.
  • 6. Center for Responsive Politics: «Congressional Members’ Personal Wealth Expands Despite Sour National Economy» en OpenSecrets.org, www.opensecrets.org/news/2010/11/congressional-members-personal-weal.html, 17/11/2010.
  • 7. Robert S. Erikson: «The Advantage of Incumbency in Congressional Elections» en Polity vol. 3 No 3, 1971, pp. 395-405; David R. Mayhew: «Congressional Elections: The Case of the Vanishing Marginals» en Polity vol. 6 Nº 3, primavera de 1974, pp. 295-317.
  • 8. Para mayores referencias, v. R.S. Erikson: ob. cit.; Gary W. Cox y Scott Morgenstern: «The Increasing Advantage of Incumbency in the us States» en Legislative Studies Quarterly vol. 18 No 4, 11/1993, pp. 495-514.
  • 9. Marshall Ganz, entrevista realizada por la autora, 25 de agosto de 2011.
  • 10. A. Keyssar: The Right to Vote. The Contested History of Democracy in the United States, Basic Books, Nueva York, 2000, p. 11.