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La Venezuela de Hugo Chávez: rentismo, populismo y democracia

Venezuela es un país rentista, en el sentido de que su principal recurso, el petróleo, genera un ingreso que no tiene contrapartida productiva. Aunque en un comienzo la renta petrolera viabilizó el programa democrático, el colapso del modelo rentista a fines de los 70 se tradujo también en una crisis de la democracia. Sobre esta crisis se montó Hugo Chávez, quien una vez en el poder no solo no corrigió, sino que exacerbó, los rasgos más negativos de este diseño económico, y les sumó un manejo del poder populista que, lejos de mejorar, ha deteriorado la calidad de la democracia en Venezuela.

La Venezuela de Hugo Chávez: rentismo, populismo y democracia

La opción rentística: única opción

Venezuela es un país rentista. Y lo es si atendemos al hecho de que su principal recurso, el petróleo, considerablemente responsable de su dinámica social, le genera un ingreso que no tiene contrapartida productiva; vale decir, no es resultado del esfuerzo de factores de producción como el trabajo y el capital, sino de la condición de propietario de la tierra que ejerce el Estado en nombre de la nación. De allí que la renta petrolera, que no se produce sino que se captura, pueda identificarse como una transferencia unilateral de recursos desde el mercado internacional de hidrocarburos hacia la economía nacional, tal como han sostenido estudiosos del tema como Asdrúbal Baptista, Bernard Mommer y Raúl Espinasa. Y es que, ante la incapacidad de asumir las tareas, tanto técnicas como gerenciales, que la explotación petrolera le exigía, la única opción posible para el país era el camino rentista, el mismo que ha transitado desde las primeras décadas del siglo XX hasta hoy. Sobre este sustrato histórico se armó una matriz ideológica sustanciada por diferentes visiones (económica, política, académica, cultural), que percibió el petróleo solo como dispensador de renta1. Por más que en algunos de los planes nacionales formulados a través del tiempo se haya anunciado la idea de deshacer o atenuar nuestra sujeción al preciado mineral, este ha persistido en marcar la pauta del comportamiento económico nacional, reforzando, cada vez más, su carácter rentístico. Esto puede explicarse mejor si atendemos al hecho de que ese camino rentístico fue trazándose cada vez mejor a partir del diseño de un aparato jurídico sobre el cual se edificó un entramado institucional originado en el derecho regaliano heredado de la Corona, según el cual el Estado es el amo de las minas que yacen en el subsuelo.

Si se tiene en cuenta que, como ha indicado Douglas North, «las instituciones son las reglas del juego en una sociedad», que «estructuran incentivos en el intercambio humano» afectando el «desempeño de la economía»2, puede inferirse que Venezuela institucionalizó unas «reglas del juego» que comprometieron su quehacer económico en la dirección rentística. Luis Zambrano Sequín pone el énfasis en la esfera de las instituciones, de modo que –sostiene– «no es la existencia de rentas extraordinarias lo importante, sino cómo las rentas son generadas y distribuidas a través de los arreglos institucionales»3. En Venezuela, argumenta, a partir de la nacionalización del petróleo en 1975, el Estado pasó a controlar directamente las industrias básicas y se convirtió en actor primordial en todas las áreas fundamentales de la economía. La fragilidad de nuestras instituciones políticas y económicas, así como la estructura de incentivos que de ellas se derivan, potenciaron aún más las tendencias estatizantes y centralizadoras, y esto alcanzó su extremo con el gobierno de Hugo Chávez.

El petroestado, el programa político democrático y su crisis

Particularmente para el liderazgo político, la importancia del «oro negro» ha sido crucial. Así, la renta petrolera fue de suma importancia en la implementación del programa que Rómulo Betancourt y el partido Acción Democrática (AD) desplegaron en lo que se conoció como el Trienio (1945-1948), valiéndose de un discurso incluyente y la necesidad de construir una sociedad democrática. Ese discurso, elaborado sobre todo por Betancourt, prometía la redención del pueblo y la puesta a su servicio de la riqueza petrolera, arrebatada por la «avidez» de las compañías extranjeras4. La reforma de la Ley de Hidrocarburos de 1943, mediante la cual la nación multiplicó fabulosamente sus ingresos por concepto de renta, permitió al gobierno ampliar el gasto social. Con ello se concretaban los arreglos de la Constitución de 1947, la primera en consagrar un Estado de corte social en Venezuela5 y dar sustancia institucional a un tipo de gobierno rotulado como radicalmente populista6.

En adelante, el discurso político se irá adecuando a la idea de que el petróleo y los recursos que se obtienen de él les corresponden por derecho a los venezolanos, en virtud de que es el «cuerpo natural de la nación» –la tierra– el que lo provee7. El paréntesis de seis años de la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez (1952-1958) no diluyó esta noción. Por el contrario, la reinauguración del sistema democrático tras la caída de aquel régimen encontró en el rentismo su más sólido cimiento. El «sistema populista de conciliación de elites»8, sobre el cual se asienta la renacida democracia, se hace viable gracias a la posibilidad de trasvasar recursos desde el Estado hacia los distintos actores sociales que conforman el pacto, sin necesidad de que ninguno de ellos sacrificara recursos propios. Venezuela, como indica Terry Lynn Karl9, ingresó en su historia moderna como un petroestado cuya capacidad para fabricar acuerdos y hacer valer las decisiones colectivas reposa en buena medida en la suerte del mercado petrolero internacional, así como en su destreza para negociar con los consorcios extranjeros y distribuir sus beneficios. La democracia consensuada del Pacto de Punto Fijo (1958) fue resultado, más allá de la voluntad política de los diferentes actores, de la disposición de un abundante flujo de renta petrolera. A diferencia de lo que ocurre en otros países latinoamericanos donde el Estado debe recurrir a exacciones a la sociedad a fin de obtener sus recursos, en Venezuela esto no ha sido tan importante, pues el Estado no redistribuye sino que distribuye directamente los ingresos que captura en el mercado internacional10. El Estado no vive de la sociedad sino que es la sociedad la que vive del Estado. En condiciones como estas, mientras haya renta que distribuir, el populismo será menos costoso que en otras sociedades.

El concepto de petroestado fue acuñado en referencia a una serie de países que, a pesar de los ingentes recursos que obtienen en virtud de sus exportaciones petroleras, presentan un precario desarrollo socioeconómico. Así, el periodo de gobierno de Carlos Andrés Pérez (1973-1978) desembocó en el colapso del «modelo petrolero rentista» a partir de dos elementos: el primero es la pérdida de dinamismo de las exportaciones, al tiempo que, paradójicamente, crecían los ingresos gracias al boom mundial de los precios del petróleo de los 70; el segundo es la crisis de la «siembra del petróleo»11, es decir, la incapacidad de sostener el proceso manufacturero ante la extraordinaria abundancia de renta, lo cual distraía los recursos hacia actividades terciarias conectadas con el consumo y no con la producción12. Este síndrome, conocido clásicamente como «enfermedad holandesa», alude a la relación inversamente proporcional entre mayores ingresos petroleros y crecimiento económico, que se evidenció en Venezuela desde fines de los 70, una vez cubierta la fase sustitutiva de bienes de consumo final.

  • 1. N. Arenas: Las visiones del petróleo, Serie Temas para la Discusión No 3, Cendes, Caracas, 1999.
  • 2. Instituciones, cambio institucional y desempeño económico, Fondo de Cultura Económica, México, df, 1993.
  • 3. Discurso de incorporación como individuo de número a la Academia Nacional de la Historia, Caracas, 24/3/2010.
  • 4. R. Betancourt: Venezuela, política y petróleo, Senderos, Caracas, 1969.
  • 5. Trino Márquez: El Estado social en Venezuela, Congreso de la República, Caracas, 1992.
  • 6. Steve Ellner: «El apogeo del populismo radical en Venezuela» en Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales vol. 3 No 1, 1-3/1997, pp. 77-100.
  • 7. Diego Urbaneja: «Reflexiones sobre la renta, la naturaleza y el pueblo» en Banco Central de Venezuela (bcv): Venezuela en Oxford. 25 años de la Cátedra Andrés Bello en el St. Antony’s College de la Universidad de Oxford, bcv, Caracas, 1999, pp. 269-286. La renta, sin embargo, es una categoría totalmente extraña al capitalismo, y el desarrollo de este sistema va aparejado a su disminución; de allí que «el ingreso petrolero carece de legitimidad en la ética capitalista», como apunta Héctor Silva Michelena (El pensamiento económico venezolano en el siglo xx, Fundación Para la Cultura Urbana, Caracas, 2006, pp. 45-46). Una manera de dotar de legitimidad a la renta, no obstante, fue su distribución popular. El populismo de alguna manera se enlaza entonces con la necesidad de justificar la captura de renta internacional por parte del Estado.
  • 8. Juan Carlos Rey: El futuro de la democracia en Venezuela, idea, Caracas,1988.
  • 9. The Paradox of Plenty, University of California Press, Los Ángeles, 1997.
  • 10. Como ha indicado Baptista, «esa preeminencia [del Estado] (…) impide naturalmente la existencia de ciudadanos (…) que se saben aptos y dotados para exigir y demandar por el elemental hecho de que sobre sus hombros se apoya la vida material del Estado. En su lugar, más bien, toman cuerpo formas de vasallaje y dominio que no pueden ocultar su franco anacronismo». A. Baptista: «El Estado y el capitalismo rentístico», Conferencia José Gil Fortoul, Academia Nacional de la Historia, Caracas, 2005, pp. 25-26.
  • 11. «Sembrar el petróleo» fue una expresión acuñada por Arturo Uslar Pietri a mediados de los años 30 para llamar la atención sobre la necesidad de emplear los recursos derivados de la exportación de petróleo en la estructuración de una economía no petrolera basada prioritariamente en la actividad agrícola e industrial.
  • 12. B. Mommer y R. Espinasa: «La política petrolera venezolana en el largo plazo» en Cuadernos del Cendes No 15-16, 9-1990/4-1991, pp. 25-49.