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¿La Unasur y el Mercosur pueden complementarse?

El espacio geográfico sudamericano constituye un subsistema internacional diferenciado. Hoy, la región se encuentra cada vez más interconectada, presenta marcadas diversidades y atraviesa un proceso de fuertes cambios. En este marco, la cuestión de la gobernabilidad adquiere especial significación. El Mercosur y la Unasur constituyen las iniciativas de mayor relevancia a la hora de dotar de institucionalidad al espacio sudamericano. En ambas, Brasil juega un rol clave. El artículo sostiene que, aunque existen todo tipo de problemas, ambos procesos pueden complementarse, de modo de contribuir a generar un entorno de paz y estabilidad política en la región.

¿La Unasur y el Mercosur pueden complementarse?

América del Sur como un espacio regional diferenciado

América del Sur tiene las características de un subsistema político internacional diferenciado. Estas características tienen mucho que ver con la geografía, la vecindad y la historia, y hoy también se relacionan con ciertos recursos compartidos y con la proximidad de sus mercados. De tales semejanzas resulta una agenda de cuestiones dominantes –políticas, económicas y sociales– que reflejan problemas y oportunidades comunes y que muchas veces requieren de respuestas colectivas. En realidad, la idea de que Sudamérica conforma un espacio diferenciado tiene raíces históricas profundas que descansan en razones geográficas. Estas, a su vez, potencian la conexión de las respectivas agendas nacionales, de modo que los efectos de contagio de lo que ocurre en cualquiera de los países sobre el resto suelen ser intensos. Esto, sin embargo, no implica que se trate de un espacio separado de, ni contrapuesto a otros, como el latinoamericano o el hemisférico. Tampoco supone que no existan diferencias dentro del propio espacio sudamericano: por ejemplo, entre las vertientes andina y atlántica, o entre la del Norte, que tiende a insertarse en el Caribe y está más vinculada económicamente a Estados Unidos, y la del Sur, con una mayor tradición de asociación con Europa.

Pero América del Sur constituye un espacio regional que, además de diferenciado, presenta también bordes difusos, ya que en muchos aspectos no puede ser distinguido del espacio más amplio de América Latina y el Caribe. Estas fronteras difusas explican, por lo demás, el papel protagónico que en muchos casos desempeña México en cuestiones relacionadas con el desarrollo político de la región.

Acontecimientos recientes han vuelto a poner de manifiesto la relevancia que tiene para los países sudamericanos su entorno regional –incluso en su dimensión latinoamericana más amplia–, especialmente cuando deben encararse algunos problemas complejos. Esta relevancia se reflejó en la Cumbre del Grupo de Río en Santo Domingo, en marzo de 2008, luego de que el gobierno de Ecuador acusara al de Colombia de atacar un campamento de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en su territorio. Por tratarse del Grupo de Río, el episodio tuvo una dimensión latinoamericana que incluyó un protagonismo significativo de México. La cumbre contribuyó a desmantelar un curso de colisión que, por su alto grado de complejidad y confusión, podría haber escapado en ese momento al control de sus principales protagonistas: Colombia, Ecuador y Venezuela (y, en cierta medida, también Nicaragua).

A partir de estos resultados, el Grupo de Río logró reencontrarse con su función original, que consistía precisamente en ejercer una mediación colectiva en la dilución y, en lo posible, la solución de conflictos que involucran a un conjunto de países de la región y que pueden producir efectos de derrame sobre el resto. Como derivación del Grupo Contadora, el prestigio del Grupo de Río descansa en sus antecedentes en el encauzamiento primero, y la resolución después, de la violencia que dominó a Centroamérica en los 80.La relevancia del espacio sudamericano se reflejó en la cumbre extraordinaria de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur) convocada en Santiago de Chile en septiembre de 2008 para analizar y contribuir a encarar los conflictos internos que han amenazado la democracia en Bolivia, e incluso la unidad interna del país. Si bien es aún muy pronto para apreciar los efectos de la mencionada cumbre en el desarrollo del proceso político boliviano, lo concreto es que la Declaración de La Moneda reflejó la capacidad y la voluntad política de los países sudamericanos para realizar aportes concretos a la solución de problemas que puedan alterar la paz y la estabilidad en la región.

El mensaje de la cumbre de la Unasur en Santiago fue muy claro, en el sentido de que los problemas de la democracia en un país sudamericano conciernen a todos los demás. Esto llevaría a introducir pautas de racionalidad que neutralicen eventuales propensiones a soluciones violentas. Pero además los países sudamericanos lograron transmitir al resto del mundo, con la fuerza de los hechos, la idea de que están preparados y dispuestos a asumir sus responsabilidades colectivas en la región.

El desenlace de los encuentros del Grupo de Río y de la Unasur ha sido, en buena medida, resultado de una diplomacia –a veces silenciosa y otras, no tanto– de alto nivel, realizada antes y durante las cumbres, especialmente por parte de aquellos países con capacidad para incidir en la evolución política de la región. En tal sentido, se abren expectativas acerca de la posibilidad de que la Unasur constituya un ámbito funcional al ejercicio de un liderazgo colectivo en la región.

La institucionalización del espacio geográfico sudamericano

Sin necesidad de remontarse demasiado en la historia, hay que recordar que ya en las primeras décadas del siglo XX se plantearon propuestas orientadas a impulsar la institucionalización del espacio geográfico sudamericano, mediante iniciativas que en general promovían la idea de una «Unión Sudamericana». En aquellos años, la visión se enfocaba especialmente en el sur de la región. Incluso las propuestas originales que condujeron a la constitución de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (Alalc) se referían a los países del sur, en general identificados como del «Cono Sur», que en su versión más amplia incluía a Bolivia y Perú. En alguna medida, la Alalc fue resultado de la visión política del presidente argentino Arturo Frondizi, junto con otros líderes de la región. El interés de México en participar de la iniciativa explica que finalmente la organización creada por el Tratado de Montevideo de 1960, así como el proceso de integración comercial desarrollado en su ámbito, tuvieran un alcance latinoamericano y no solo sudamericano. Lo mismo ocurrió, por cierto, con su transformación posterior, la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi), creada a partir del Tratado de Montevideo de 1980, en cuya elaboración México jugó un papel protagónico (la principal reunión negociadora se realizó en Acapulco y estuvo marcada por el liderazgo mexicano).