Ensayo

La trampa de la nostalgia. La seducción del orden mafioso y el Estado imaginario en México

La perspectiva de que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) vuelva al poder se articula con un fenómeno más general en la sociedad mexicana actual: la nostalgia por las décadas en que este partido hegemónico dirigió los destinos del país. Esta sensación más o menos difusa está vinculada al desencanto por las promesas incumplidas de la nueva era iniciada en 2000, después de la histórica derrota del partido que gobernó México durante 70 años. Hoy el narcotráfico, la erosión del viejo sistema de bienestar (y cooptación) y el desorden más general en el armado institucional activan una serie de peligrosos mitos e ilusiones acerca de un pasado tan añorado como irreal.

La trampa de la nostalgia. La seducción del orden mafioso y el Estado imaginario en México

¿P or qué una gran parte de la ciudadanía sigue votando al incombustible Partido Revolucionario Institucional (PRI), a pesar de que diversos diagnósticos muestran que se ha instalado una profunda percepción sobre la descomposición estructural del país, que se rechaza una forma de gobernar basada en la apropiación y captura de las instituciones y se admite –aunque de manera un tanto «cínica» quizás– que la corrupción es un componente central del ejercicio de la autoridad en los gobiernos priístas (aunque no exclusivo de ellos)? ¿Cómo entender que, pese a que la sociedad identifica cada vez con mayor claridad que el estilo de hacer política y la forma de hacer gobierno priístas reproducen el atraso del país y bloquean la posibilidad de un mayor bienestar, el PRI tenga capacidad de renovar su arraigo societal y obtener apoyo en las urnas? ¿Acaso esto se explica porque el PRI tiene por momentos (y no son pocos) mayor presencia en la sociedad que el propio Estado, así como mayor capacidad de penetración a través de instituciones informales particularistas y de mecanismos distributivos de integración controlada?

No se trata de un tema sencillo y en buena medida entraña una especie de misterio político-cultural de la mexicanidad. Toda una gama de disciplinas ha intentado proveer explicaciones de diverso talante al fenómeno. Desde la mirada de antropólogos y estudiosos de la cultura política, todos los mexicanos tienen un «chip priísta»; para otros, 70 años en el poder arraigaron profundamente en la cultura pública y son difíciles de desandar en los pocos años de alternancia. Para una corriente politológica que se inspira en los argumentos clásicos de Daniel Cosío Villegas y su ensayo sobre la crisis de México, la ausencia de proyecto país y la inefectividad de los gobiernos del Partido Acción Nacional (PAN) han sido algunas de las fuentes de la nostalgia por el pasado. En este relato, también la propia izquierda habría abonado a la añoranza del antiguo régimen al reproducir prácticas políticas semejantes y formas de gobernar no siempre democráticas ni efectivas en términos de bienestar social. Para los más optimistas, el PRI aprendió las lecciones de su derrota y ha impulsado una renovación de su estrategia, y al parecer no lo ha hecho tan mal. Si bien cada una de estas aproximaciones puede tener una dosis de verdad y de sustento en la realidad, también es cierto que todas ellas resultan simplistas para entender los «misterios» del orden político y de la sociedad que lo sustenta.

Lo que debe señalarse con mayor claridad es que la posibilidad de volver a construir la maquinaria y dotarla de legitimidad y, por cierto, de recursos para su funcionamiento, es un mito que podría conducir a un ciclo de conflictividad social, inestabilidad institucional y violencia política, sin capacidad real de contención y procesamiento democrático. Dicho de otra forma: la posibilidad de construir un orden político democrático con capacidad distributiva y de inclusión social está en las antípodas del regreso al pasado reciente y de las ilusiones de la restauración autoritaria. El proyecto que se está construyendo mediante un discurso que apela a un pasado de eficacia y orden carece de sustento, y el esquema de regresión implica riesgos concretos para la paz social y la prosperidad pública del país.

Por ello, tal vez una mirada desencantada no sea un mal antídoto frente a la perplejidad de nuestro tiempo. Pero no un desencanto deprimido ni esquivo, sino responsable, que asuma de manera realista que cualquier posibilidad de salida de la «crisis mexicana» deberá ser una tarea colectiva que no puede sostenerse en los pilares que legitimaron los arreglos informales de la gobernabilidad del antiguo régimen. De hecho, la trampa de la nostalgia por el pasado tiene mucho que ver con cierto aggiornamiento de la fantasía en un orden político que ya no tendría capacidad real de producir legitimidad como antaño y que implicaría un enorme riesgo para la estabilidad política y la vida democrática del país.

Un buen comienzo sería comentar críticamente una de las mayores fantasías del periodo posrevolucionario (al menos a partir de 1930). Me refiero a la seducción del «orden estatal», que supuestamente habrían configurado las elites políticas revolucionarias y que pervivió por décadas. La clase política que se constituyó en aquel tiempo fue bastante eficaz en la construcción de la «fantasía estatista» y en la expansión de la «vida pública estatal» hacia diversos ámbitos de la sociedad, pero no es menos cierto que la autonomía de la lógica estatal nunca fue dominante y su enraizamiento social fue bastante parcial y fragmentado.

La seducción confundió a más de uno, pero en realidad México nunca ha tenido propiamente un orden estatal de talante hobbesiano. Si bien la etapa posrevolucionaria derivó en un ordenamiento político que gozó de alta estabilidad e institucionalización, su estructura y despliegue se asemeja más a un arreglo de creatividad maquiaveliana que a un Leviatán con poder infraestructural. La estructura social y la moralidad pública de las elites –y habría que decirlo también, de los ciudadanos– no permitían mucho más.

Para decirlo en pocas palabras: el Estado mexicano nunca se ha sometido a la ley, al menos no como lo estima la perspectiva liberal o republicana. Tampoco ha sido capaz de hacer cumplir la ley a lo largo de todo el territorio y a través de todo el sistema de estratificación social. Contra las lecturas difundidas por ciertos imaginarios antiestatales, lo cierto es que nunca ha contado con agencias y fuerzas de coerción eficaces, la capacidad de cobrar impuestos es bastante limitada y la fiscalidad siempre ha dependido más de la buena mano de la naturaleza y de los recursos naturales que de la fuerza para eliminar resistencias y evasiones. El funcionamiento de las burocracias, pese al extendido aparato administrativo, siempre ha dependido más de lealtades personales y de los circuitos particularistas que de un espíritu de nobleza de Estado basado en el servicio civil y el ascenso meritocrático.