Opinión

La ¿soledad? de Uribe

En Colombia hay dos fortísimas razones para que la presidencia sea conservadora y ambas son estructurales o permanentes. La primera es que desde hace grosso modo 50 años a los que son de izquierda en Colombia los matan. La segunda es la de que un país con una guerrilla y un narco-tráfico armado hasta los dientes no elige presidentes de izquierda que pudieran sentir dudas, compasión, remordimiento o simplemente no fueran tan convincentes para movilizar el país contra la insurrección, y a los que el Ejército no respetara lo suficiente.

La ¿soledad? de Uribe

Las elecciones presidenciales y legislativas que se han celebrado en el último año en América Latina parecen dibujar una tendencia. Aunque hay que hablar de dos izquierdas en vez de una, el bloque de presidentes formalmente de esta última inclinación global empequeñece al de los que resisten a la derecha. Dentro de lo que Europa considera una izquierda homologable están los presidentes Lula en Brasil, Tabaré Vázquez en Uruguay, Oscar Arias en Costa Rica, Michelle Bachelet en Chile, Alan García en Perú, y con características propias e indefinibles pero siempre formalmente en ese grupo, Néstor Kirchner en Argentina; la otra izquierda, la impredecible y nacionalizadora, es la que forman Castro en Cuba, Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia. Y en ese panorama, izquierda grande o izquierda chica, el que parece tan perdido como caperucita roja en el bosque es el francamente derechista Álvaro Uribe, reelegido en mayo pasado para un segundo mandato como presidente de Colombia.

La teoría general sería la de que las desgracias que el neoliberalismo en su versión más globalizadora ha arrimado sobre América Latina están produciendo un movimiento de péndulo, que ahora lleva a soluciones social demócratas o aparentemente más radicales como en Bolivia con la nacionalización del gas, a guisa de remedio al aumento vertiginoso de la pobreza en todo el continente. Pero, aunque es un factor que no debe desestimarse, mas bien parece que habría que examinar caso por caso para tratar de explicar por qué unos caen a la izquierda y otros a la derecha, y en Colombia hay dos fortísimas razones para que la presidencia sea conservadora y ambas son estructurales o permanentes. La primera es que desde hace grosso modo 50 años a los que son de izquierda en Colombia los matan. Lo hicieron con el Bogotazo, el 9 de abril de 1948 con el asesinato de Gaitán y no han parado desde entonces a través de la Violencia, la narco-guerrilla, la Unión Patriótica, los paramilitares y el colombiano armado en general. La segunda es la de que un país con una guerrilla y un narco-tráfico armado hasta los dientes no elige presidentes de izquierda que pudieran sentir dudas, compasión, remordimiento o simplemente no fueran tan convincentes para movilizar el país contra la insurrección, y a los que el Ejército no respetara lo suficiente. Es cierto que Colombia lleva una pila de presidentes de derechas (todos los de su historia) y eso no ha servido para acabar con la guerrilla, pero la razón es otra: ni remotamente ha hecho Colombia el esfuerzo económico ni sobre todo humano para derrotar a las feroces FARC en su feudo de la montaña.

Colombia, por tanto, estará como mínimo por algún tiempo todavía fuera de la ley del péndulo o alternancia y más aún ajena a vendavales de izquierda que afecten al ejercicio del poder. ¿Significa eso que la Colombia de Uribe está hoy aislada en América Latina? Nada menos seguro que eso. Por supuesto que si Chávez pudiera desestabilizar Colombia convirtiéndola en una nueva Bolivia, lo haría, pero establecido que eso no puede ser por las razones antedichas, lo mejor que le puede pasar a los países limítrofes más o menos de izquierda es que el país tenga un presidente, quizá fuerte en el interior, pero débil exteriormente, sin correligionarios que le permitan tener otra política que la de llevarse bien con todo el mundo. Chávez y Uribe se entienden francamente bien, eso no es un secreto para nadie, y no sólo porque ambos tienen un temperamento en algunos extremos coincidente: el ramalazo autoritario (que en el venezolano es huracán más que corriente de aire), la incontinencia con la prensa o con quienes les llevan la contraria, sino porque el colombiano, siendo un aliado tan dilecto de Washington, es también un factor de moderación regional. Mientras Washington pueda contar con Uribe, el absceso Chávez no puede ser tan grave, no todo está perdido, y Estados Unidos mantiene un importante punto de apoyo en el Caribe Sur.

Por todo ello, Uribe no vive en ninguna particular soledad; muy diferentemente, cumple una función para el sosiego generalizado. Otra cosa sería que de verdad pusiera fin a la guerrilla y tuviera que presidir una Colombia normalizada, en la que las izquierdas y las derechas gozaran en principio de oportunidades similares. Sólo entonces sabríamos si el péndulo y la marea ideológica se aplican o no a la meseta de Cundinamarca.

* Miguel Angel Bastenier es Subdirector de Relaciones Internacionales del diario El País de España, donde trabaja desde 1982. Profesor de la maestría de Reporterismo y Géneros Periodísticos en la Escuela de Periodismo del diario español. Escribe para diferentes diarios de Europa (Libération, Le Monde, The European, Le Point, Le Soir, The Irish Times) y en la mayoría de los periódicos más importantes de América Latina: El Espectador y Semana (Colombia), Folha de Sao Paulo (Brasil), Público (México), Búsqueda (Uruguay). Publicó el libro Israel y Palestina: la casa de la guerra (2002), El Blanco Movil (2001) y La guerra de siempre (1999).

Pie de página