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La ruta de Evo Morales

El artículo repasa los diferentes componentes de la personalidad política de Evo Morales y se detiene en un momento esencial de su trayectoria: la decisión de transformar el movimiento social de cultivadores de coca en un partido político que participe del juego institucional. En Bolivia, contra lo que sostienen las teorías más difundidas, esta decisión fue consecuencia de la cerrazón del sistema político y no de su apertura. El salto a la política era la única opción posible para poner en práctica demandas largamente respaldadas. Hoy, el Movimiento al Socialismo es una fuerza amplia y heterogénea que ocupa casi todo el campo político y que, si combina acciones que fortalezcan al Estado, redistribuyan la riqueza y respeten la legalidad democrática, puede fácilmente convertirse en hegemónica.

La ruta de Evo Morales

Domingo, primer día de abril de 2007. El centro de convenciones en las afueras de la ciudad de La Paz luce rodeado de vehículos oficiales con sirena y vidrios oscuros. Todos descansan aquella mañana, menos el gobierno. El presidente, que dirige la reunión, aprovecha cualquier hora libre para seguir empujando sus cambios. En un solo año ya casi ha cumplido la mayor parte de sus promesas. Evo es una locomotora febril. ¿Será que corona sus desvelos con la hegemonía de su partido?

Los taxistas que dirigen sus motores hacia el centro de la ciudad sonríen. Desde hace más de un año las horas de trabajo de algunos funcionarios públicos han cambiado radicalmente. Las luces del Palacio de Gobierno aparecen encendidas antes de la salida del sol y sus ocupantes deben llegar al alba a sus escritorios.

Evo Morales, el campesino que hoy timonea el Estado boliviano, ha impuesto su rutina de agricultor. Al cumplirse el primer año de gestión, su ministro de la Presidencia le pidió públicamente que descanse, porque a ese ritmo su salud corre peligro. La noche de Año Nuevo, cuando la mayoría de los ciudadanos se acicalaba para celebrar el cambio de calendario, Evo ordenó una reunión de gabinete. Los ministros pasaron las fiestas aprobando decretos. Salieron de Palacio a las dos de la madrugada, a dormir o quizás a tratar de engranar en alguna fiesta ya enrumbada hacia el amanecer.

Los cuatro elementos de la conciencia de Evo Morales

¿Qué hay en la conciencia de este hombre de origen humilde, el primer indígena boliviano que gana una elección de manera aplastante y ejerce el poder político desde la cúspide? La primera parte de este artículo está dedicada a responder a esta pregunta, como parte de un intento por actualizar el análisis a más de un año de la llegada de Evo Morales al gobierno.

La única escuela del actual presidente fue el sindicalismo campesino o, más exactamente, aquel construido por los productores de la hoja de coca de la región tropical del departamento de Cochabamba, en el centro de Bolivia. Evo Morales conduce desde los años 90 a este sector, que hizo su primera aparición electoral en 1995, cuando consiguió 3% de los votos en el ámbito nacional y 15% en el departamental.

Recluido en esa plataforma local, con certeza hubiera pasado desapercibido de no haber contado con un antagonista tan poderoso como el gobierno de Estados Unidos. Desde 1989, Washington cambió sus prioridades bélicas. El comunismo se había desplomado y quedaba el narcotráfico como adversario alternativo, por lo menos transitoriamente. No es casual, por ejemplo, que la invasión a Panamá se haya impulsado bajo esta bandera, más policial que política. Evo pasó rápidamente a integrar la lista de enemigos globales de la Casa Blanca, lo que constituye una de las explicaciones básicas de su vertiginoso crecimiento como líder político.

La coca, entonces, está en el origen de casi todo. La fortuna política de Morales estuvo siempre ligada al arbusto. En ese entonces, ninguno de los segmentos dispersos de la izquierda boliviana, salvo el suyo, tenía opciones reales de conquistar semejante visibilidad. El contexto estaba marcado por la erradicación de las plantaciones de coca en el Chapare, uno de los lineamentos de la política exterior estadounidense hacia América Latina, convalidada por el Estado boliviano, que en 1988 aprobó la Ley 1.008, una declaración de guerra que definió el criterio con que serían juzgadas las acciones gubernamentales. A partir de ese año, cuatro presidentes bolivianos fueron evaluados por los estadounidenses a partir de su desempeño en la llamada «lucha contra las drogas».

Evo Morales se fue haciendo importante a partir de este imperativo. Al asedio de las tropas de erradicadores, al respaldo financiero otorgado por Washington y a la creciente militarización del proceso, los cultivadores contrapusieron conductas organizativas que les permitieron actuar cohesionados. En 1994 sorprendieron con una caminata hacia La Paz que, además de contar con huestes numerosas, evadió cuanto control encontró en los caminos y logró llegar a la sede de gobierno transitando senderos solo registrados en la memoria de la gente del campo. Los cocaleros estuvieron durante más de una década literalmente solos contra el mundo. Entre 1985 y 2000 fueron prácticamente el único foco de resistencia, una especie de bolsón disidente en medio de un universo de relativo consenso en torno de la necesidad de avanzar hacia una sociedad moderna de mercado. Por eso muchos historiadores consideran que el espacio dejado por el proletariado minero fue cubierto, en parte, por los agricultores del Chapare, aunque, hay que decirlo, con una capacidad de acción más reducida. Primer elemento entonces en la conciencia de Evo Morales: el antiimperialismo.

El 4 de enero de 1998, H.C.F. Mansilla, uno de los más claros pensadores del momento, decía lo siguiente: «El movimiento cocalero solo representa sus intereses parciales, no tiene ninguna incumbencia en el resto del país» (Presencia). El analista no erraba, se limitaba a exponer el aislamiento de un segmento social que iniciaba sus primeras escaramuzas electorales. Lo que se subestimaba era la capacidad de una fuerza local, enfrentada a otra global de inmenso poder, para ganar visibilidad en una lucha que generaba atractivos mundiales. Evo Morales fue un líder internacional muchos años antes de contar con respaldos sólidos en Bolivia. Su antiimperialismo le permitió ganar aliados en Europa, Oriente Medio y América Latina antes que en su país. Evo aprendió muy pronto a aquilatar el valor de los contactos externos y tuvo la inteligencia para internacionalizar la lucha en defensa de la hoja de coca en momentos en que su país le daba la espalda. Éste es el segundo componente en su conciencia: su mirada planetaria.

Circunscrito en su país a un puñado de provincias, Evo estrechó muy pronto las manos de líderes como Fidel Castro, Mohammed ben Bella o Muammar al-Gaddafi. Acorralado en Bolivia, varias veces perseguido y arrestado por la policía, denostado como principal aliado del narcotráfico, el líder cocalero ingresó en una tercera fase, típica de quien se encuentra con escasas opciones para proseguir exitosamente una lucha: transformar su movimiento social en una fuerza electoral. En 1995, las organizaciones sindicales campesinas afines a Morales decidieron organizar un partido político que bautizaron como Asamblea por la Soberanía de los Pueblos (ASP). Vanos fueron sus esfuerzos por obtener una personería jurídica propia. Llevaron firmas suficientes a la Corte Nacional Electoral, pero fracasaron repetidamente en el trámite. Finalmente, optaron por «alquilar» una sigla, la de Izquierda Unida (IU) primero y después la del Movimiento al Socialismo (MAS). Se trataba de cascarones legales, nombres de partidos reconocidos en el pasado pero que carecían de una base electoral renovada. Los cocaleros utilizaron estos sellos legales para obtener sus primeros cargos públicos. Fue en 1995, cuando dieron su primera mini sorpresa en las urnas al quedarse con todas las alcaldías de la zona del Chapare. Aquellos diez serían sus primeros alcaldes; hoy cuentan con más de cien.

Éste es entonces el tercer ingrediente en la conciencia de Evo Morales: la probada utilidad de las elecciones. A diferencia de lo que generalmente sucedía con la izquierda, el líder cocalero se benefició de ellas y demostró que un movimiento marginal puede salir del asedio cuando va ocupando gradualmente el Estado, aunque sea desde sus espacios periféricos. De pronto, la lucha en defensa de la coca quedaba reforzada por estructuras institucionales y fuentes estables de recursos: alcaldes, concejales, vehículos, salarios y obras para beneficiar a los seguidores o para seducir a quienes todavía no lo eran. Con todo ello, el MAS adquirió los primeros rasgos de un aparato político solvente. El movimiento seguiría incrementando su base electoral. En 1997 se instaló su primera brigada parlamentaria, un reflejo de los logros municipales, y Evo se convirtió en el diputado más votado de Bolivia. En los siguientes cinco años de oposición, desde el Parlamento y las calles, se fue forjando una amalgama novedosa. Lo que se obtenía en las luchas diarias de los sindicatos contribuía a potenciar a los candidatos elegidos en asambleas sindicales. Del mismo modo, las instituciones, tomadas pacíficamente desde las urnas, se ponían al servicio de la disidencia callejera. Las invocaciones desesperadas para que el MAS dejara de jugar a dos manos son una expresión clara de la eficacia de dicha maniobra. Los dos comportamientos se complementaban y muy pronto empezaron a marcar la agenda política.

Desde 2000, en Bolivia, un partido que no contara con seguidores movilizados en las calles ya adolecía de una especie de cojera. Así, lejos de restringirse a la acción electoral, el MAS la incorporó a su repertorio de lucha. Estamos ante el cuarto y último componente de la conciencia de Evo Morales: la legalidad, aunque indispensable, no es suficiente. Cuando las limitaciones institucionales se hacían palpables, el movimiento activaba sus resortes extraparlamentarios para presionar y hacer avanzar la maquinaria estatal que aún le resultaba ajena. En esa dialéctica, el MAS se fue convirtiendo en un actor insustituible ya que contaba con una fuerza adicional más allá de su poder electoral.

Mientras el MAS acumulaba fuerzas y se preparaba para conquistar el poder mediante el voto, la experiencia de Hugo Chávez en Venezuela parecía alentar un desenlace favorable. Lo inesperado fue que Evo Morales fuera capaz de repetir tan rápido la hazaña del militar caribeño. Y es que el sistema político boliviano, conformado por cinco partidos esenciales, ya estaba al borde del colapso. El derrumbe benefició a Evo, quien en 2002 consiguió 20% de los votos y se ubicó a escasa distancia del ganador. Después, el desplome de los partidos tradicionales despejó sorpresivamente su llegada al Palacio. Hoy, en Bolivia, el MAS no solo es el partido político más grande de la historia (después del Movimiento Nacionalista Revolucionario –MNR– en los años 50 y 60), sino que además es la única organización con alcance nacional y una estructura organizativa medianamente sólida. Hoy es algo más que un partido mayoritario. No solo ha ganado las dos últimas elecciones nacionales (la presidencial y la constituyente) con más de 50% de los sufragios, sino que ha visto esfumarse a sus posibles contendores, que carecen de un liderazgo equiparable al de Evo Morales. Más aún, a diferencia del viejo MNR, donde cuatro caudillos estuvieron a punto de despedazar el partido en 1964, en el MAS no hay una sola figura capaz de disputarle el liderazgo al presidente.El MAS no es solo el partido mayoritario, sino también el partido dominante, y está en camino de convertirse en el partido hegemónico. ¿Qué implica ello? Que no solo puede reproducir su mayoría en varias ocasiones sucesivas, sino que es capaz de ordenar los paradigmas discursivos e ideológicos que organizan la política nacional. Ser hegemónico implica no solo tener un respaldo permanente y victorioso, sino poseer la capacidad de definir cuál es el discurso válido por el cual un líder político puede hacerse audible ante la ciudadanía.

En tal sentido, el MAS parece estar en condiciones de abrazar una amplia variedad de posiciones políticas. Al contrario de lo que se dice, en Bolivia no hay un sistema político polarizado, porque no se perciben dos polos con similar poder de convocatoria. Lo que tenemos es un partido inmenso que ocupa casi todo el centro y gran parte de la izquierda. Lo que queda fuera de su irradiación ideológica es un grupo reducido de derecha y otro, aún más pequeño, de ultraizquierda. En un solo haz, el partido de gobierno abarca el sentimiento nacionalista, la corriente proindígena que lo complementa y los ideales de un nuevo orden que promete prosperidad a partir de la edificación de un Estado redistribuidor.

Hasta aquí hemos reflexionado sobre la conciencia individual del presidente y sus proyecciones hegemónicas. Evidentemente, sus opciones para copar el ámbito político boliviano no solo por un periodo, sino por toda una época, son altas. ¿Cuán altas? Eso es lo que queremos averiguar y para ello retomamos la teoría más pertinente acerca de los movimientos sociales.

El salto a la política: miradas desde la teoría

Durante más de una década, entre 1971 y 1985, los partidos de izquierda buscaron controlar al movimiento campesino colocando a sus militantes al frente de su dirección. Antes lo habían hecho con éxito los nacionalistas revolucionarios. Sin embargo, en 1985 la izquierda boliviana perdió credibilidad: tras llegar al gobierno, provocó uno de los procesos inflacionarios más acelerados de la historia de la economía mundial. Surgió entonces un vacío en las organizaciones sindicales agrarias, que fue aprovechado por varios dirigentes campesinos con formación de izquierda, pero que habían roto sus vínculos con los partidos. Fueron ellos quienes empezaron a construir una alternativa política propia, que les permitiera controlar directamente los recursos del poder y romper con la idea de que los partidos políticos se sirven de los campesinos solo para ganar sus votos.

Liberados de las presiones partidarias, los congresos campesinos de los 90 aprobaron la idea de forjar un «instrumento político», denominación que ya expresa con claridad su objetivo: ingresar en el terreno electoral de manera corporativa y obtener la mayor cantidad posible de espacios parlamentarios para ponerlos en función de las luchas sindicales. El procedimiento consistía en inscribir un partido cumpliendo con los requisitos exigidos por la Corte Electoral y presentar listas de candidatos elegidos en las asambleas comunales. El día de la elección los campesinos ya tendrían su opción definida y solo les quedaría legalizar su representación.

¿Qué ventajas obtuvo el movimiento campesino con su incursión electoral? En principio, logró el control sobre los presupuestos municipales, lo que le permitió realizar obras comunales y ampliar su prestigio, además de disponer de recursos que utilizó como base logística para la protesta. En segundo término, consiguió la inmunidad parlamentaria para sus principales dirigentes que, al ser congresistas, no podían ser arrestados por la policía. Finalmente, amplió la difusión de sus demandas ante la prensa y en los círculos oficiales.

Un ingrediente importante en el camino electoral del MAS fue la aplicación, a partir de los comicios de 1997, de un nuevo sistema electoral basado en circunscripciones uninominales para definir a la mitad de los legisladores. Este mecanismo, por el cual cada zona elige un solo congresista, favoreció la localización del voto en base a identidades particulares y permitió que Evo Morales, candidato de uno de los distritos del Chapare, se convirtiera en el parlamentario más votado del país.

A esta altura ya podemos distinguir un rasgo excepcional de la realidad boliviana, la borrosa frontera entre movimiento social y partido político, sobre el que se ha teorizado muy poco. Diarmuid Maguire (1995) señala que hoy existe una tendencia hacia una «separación cada vez mayor entre el mundo autónomo de los movimientos de protesta y las instituciones políticas». La misma idea es reafirmada por Alberto Melucci (1985), quien observa a los movimientos sociales en el marco de «redes sumergidas» que, cuando salen a la luz, lo hacen solo para desafiar a las autoridades. Sin embargo en Bolivia ha ocurrido lo contrario: los movimientos sociales han emergido para copar las estructuras del Estado e incluso para reemplazar a las autoridades.

Desde la teoría, una primera aproximación al tema indica que los movimientos sociales y los partidos políticos ejercen funciones similares. La principal de ellas es la mediación entre la sociedad y el Estado. Giovanni Sartori (1994) ha desglosado esta función de mediación en tres actividades: la expresión pública de las demandas, su canalización hacia el sistema político y la representación de los ciudadanos ante el Estado. La definición se ajusta perfectamente a los movimientos sociales. La diferencia radicaría en que éstos realizan las mismas tareas, pero sin tener el control de los canales institucionales. Se trata, de acuerdo con esta teoría, de una especie de división del trabajo: los movimientos sociales reivindican ciertas demandas, que eventualmente son adoptadas y llevadas a las instancias correspondientes por los partidos políticos. Así lo señalan Craig Jenkins y Bert Klandermans (1995). La transformación de un movimiento social en un partido, como en el caso del MAS, implica que amplíe sus funciones, empiece a prescindir de los partidos ya constituidos y enfrente él mismo esa labor.

La otra diferencia notable es la dimensión gubernamental de los partidos, cuyos objetivos, si bien pueden coincidir en muchos sentidos con los de los movimientos sociales, finalmente consisten en lograr votos, llegar al gobierno y determinar las políticas públicas (Maguire). En tal sentido, los partidos son mediadores más completos, ya que pueden garantizar que las demandas sociales se hagan realidad. Dicho de otra manera, los movimientos sociales no acceden directamente al poder, sino que se limitan a influir en él. Autores como Doug McAdam (1999) y James Rule (1988) coinciden con esta afirmación.

Por esa misma razón, los movimientos sociales suelen encontrar límites más severos en el contenido de sus discursos y peticiones, que son fragmentados y específicos, a diferencia de los de los partidos, que incluyen «verdades» totalizadoras para casi todas las necesidades de la población. Mientras que los movimientos sociales se ocupan de uno o dos aspectos de la agenda pública, los partidos tienden a abarcar todos los temas posibles para ampliar su capacidad de representación.En ambos casos, según Maguire, se ponen en juego recursos organizacionales, culturales, relacionados con las bases de apoyo y políticos. Si un movimiento social posee los tres primeros, si solo le falta acceder a los mecanismos políticos para ejecutar sus ideas, entonces es probable que se convierta en un partido. Maguire asegura que esto ocurre en países donde los obstáculos para ingresar en la carrera electoral son pequeños. Éste sería el caso de Bolivia, donde con 50.000 firmas y la presentación de unas pocas formalidades puede inscribirse una entidad electoral. Tenemos aquí una primera pista para analizar la transformación del movimiento de Evo Morales en un partido político.

Maguire también considera que, dado que un partido se dinamiza solo cuando hay elecciones, en tanto un movimiento social requiere de mayores esfuerzos para existir a través de las acciones masivas, los primeros suelen ser más duraderos. Esta afirmación plantea entonces la pregunta acerca de si la conversión responde a la necesidad de generar una permanencia en el tiempo. Ésta podría también ser otra pista de análisis.

La oportunidad

¿Cuáles son, entonces, las condiciones que permiten que un movimiento social se transforme en un partido político? Maguire adelanta una respuesta: esto ocurre cuando el sistema político contempla esta estrategia como una opción favorable, de bajo costo y alto rendimiento, para alcanzar sus fines. Entramos entonces de lleno en la teoría de las oportunidades políticas. Sidney Tarrow (1999) señala que el acceso a la participación es un incentivo para la acción colectiva. En efecto, un sistema abierto invita a la incorporación, porque reduce sus costos y eleva sus posibles ganancias. Como ya señalamos, este elemento se encontraba formalmente presente en el caso de los campesinos bolivianos. Sin embargo, otros incentivos señalados por el autor, como la existencia de aliados influyentes y el enfrentamiento con elites divididas e inestables, estaban lejos de comprobarse. Veamos.

Si bien el movimiento campesino alcanzó fácilmente las 50.000 firmas necesarias para su reconocimiento como partido, éste le fue negado por la Corte Electoral, que adujo dobles registros. El problema se solucionó apelando a una sigla ya reconocida. Al rechazo de la Corte se sumó la resistencia de las elites. Dado que la vanguardia campesina está compuesta por el sector más luchador, el de los cultivadores de coca, puede afirmarse que, salvo algunas organizaciones no gubernamentales europeas, ningún sector importante dentro de las elites respaldó al MAS. Estigmatizado por las políticas antidrogas, el partido de Evo Morales no solo no aprovechó la división de las elites, sino que consiguió unificarlas.

Estos datos nos permiten sacar conclusiones interesantes con respecto a la teoría de Tarrow. En el caso de Bolivia, no había una división de las elites ni se produjeron alineamientos inestables en el poder que pudieran ser aprovechados por los movimientos sociales. El MAS no contaba con aliados influyentes que lo respaldaran. Ello, sin embargo, no impidió que irrumpiera en el escenario. Al contrario, lo alentó a hacer uso de la única oportunidad que le quedaba: acceder al poder político. Estamos, entonces, ante un primer esquema de explicación para la conversión de los movimientos sociales en partidos políticos. A la condición fundamental de poder sortear los obstáculos del sistema electoral, se agrega otra: la ausencia de oportunidades para la movilización. En efecto, la imposibilidad de negociar con el gobierno un cambio en la política de erradicación de la coca, por tratarse de un elemento central en la geopolítica estadounidense, obligó a los productores a recurrir a la senda electoral. Otros sindicatos con mejores posibilidades de negociación, con aliados dentro de las elites, hubiesen quedado satisfechos con poder influir en las políticas públicas, con lo que el salto hacia la arena política seguramente no se hubiera producido.

En ese sentido, en el caso de Bolivia la conversión de movimientos sociales en partidos políticos no se daría por una apertura del sistema de participación, como se sostiene en muchos análisis, sino más bien por su cerrazón. En otras palabras, se elige esta opción porque el sistema social no ofrece otras alternativas de negociación y porque las elites se han mantenido unidas para bloquear cualquier concesión por parte del Estado. Esta constatación permitiría matizar el esquema de Tarrow: a veces no son tan importantes las oportunidades como la falta de ellas.

La represión fue parte importante de este proceso. Al verse agredido, el MAS alcanzó una cohesión impensable. El manejo policial de la crisis, leído según las claves aportadas por Donatella Della Porta (1999), fue un factor importante para garantizar su consolidación: mientras más recrudeció la represión, mayor fue la necesidad de pegar el salto hacia la política.

La movilización de recursos

Revisemos ahora cómo puede mejorarse nuestro análisis bajo la luz de la teoría de la movilización de recursos. En principio, la existencia de los movimientos sociales en Bolivia se debe al hecho de que se postularon como los continuadores de una tradición comunal de origen andino. Maguire diría que éste es un típico recurso cultural, porque se asienta en la capacidad de representar valores que forman parte de una creencia generalizada (Smelser). Es lo que ocurre con el MAS: la enunciación legítima descansa en la defensa de la hoja de coca como parte sustancial de la cultura andina por sus condiciones medicinales y religiosas. El otro pilar de su discurso es el repudio a los planes de erradicación del arbusto y a la represión violenta. Al haber sido un asunto de interés estratégico de EEUU, la confrontación se tornó más clara y les permitió a los campesinos enarbolar un discurso antiimperialista y vinculado con un nacionalismo indígena. El MAS, entonces, puso en movimiento los valores tradicionales de la cultura indígena regional: ésos son sus recursos culturales.

En el mismo sentido, pero desde otro enfoque, Bruce Fireman y William Gamson (1979) buscan explicar el surgimiento de los movimientos sociales desde un punto de vista que no sea meramente utilitarista, enfatizando elementos subjetivos que constituyen la base de la pertenencia de una persona a un grupo, como el lazo de amistad o parentesco, el estilo de vida, las relaciones subordinadas al liderazgo o el hecho de compartir una situación sin salida. El caso del MAS confirma la pertinencia de estas afirmaciones. En efecto, el nexo fundacional entre los militantes del MAS, además del estilo de vida campesino, parece ser un sentido fuerte de solidaridad, derivada del hecho de estar rodeados por un cerco represivo organizado por los factores de poder, lo que los llevó a una cohesión extraordinaria.

Esto nos muestra cuán certeras son las críticas de Myra Marx Ferree (1994) a las tendencias teóricas que reducen las motivaciones humanas a meros cálculos racionales orientados a un balance óptimo de costos y beneficios. Si en el MAS hubiera primado solo un comportamiento estratégico, el camino más sencillo hubiese sido aceptar las ofertas de los otros partidos para sumarse a sus filas a cambio de influir en las políticas públicas. Sin embargo, el principio de autonomía de los sindicatos fue más fuerte que aquella conducta «racional» ya que, como afirma Marx Ferree, «a mayor riesgo de la situación, más dependen los actores de las reglas sociales y de la promoción de la confianza». Esta racionalidad valorativa y estos compromisos morales deben ser incluidos en el análisis.

En cuanto a otros recursos, como las bases de apoyo o los instrumentos organizacionales, elementos muy relacionados entre sí, la experiencia del MAS también marca una diferencia con las teorías clásicas. Lejos de los planteos tradicionales sobre la acción colectiva (Kornhauser), quienes participaron en la formación del movimiento social cocalero no eran individuos aislados o desarraigados. Su inserción en asociaciones de diverso tipo –deportivas, vecinales, gremiales o culturales– permitió su rápida movilización. En ese sentido, el MAS empleó todo el aparato sindical campesino que lo había incubado, recurriendo así a una tradición y a una experiencia organizativa de varias décadas. Cada dirigente sindical de base era un activista electoral y cada asamblea o ampliado, un impulso al instrumento político. Así, el sindicato solo había extendido sus funciones, para lo cual no requería crear nuevas estructuras de organización. A diferencia de los demás partidos políticos, el MAS nació al amparo de un tejido organizacional ya constituido. Eso explica la rapidez con que se propagó.

Siguiendo con el tema de los recursos, agreguemos a los culturales y organizacionales un elemento que resulta de mucha importancia: como sostienen John McCarthy y Mayer Zald (1977), los movimientos sociales también se relacionan con actores externos a su propia organización para alcanzar sus fines. En el caso de las estructuras políticas, Anthony Giddens (1995) afirma que habilitan, como cuando permiten la participación de los movimientos sociales, pero también constriñen. En ese sentido, cada nuevo miembro del sistema de partidos no solo lo modifica al participar, sino que también es transformado por el contexto que «invade». Al adaptarse a los requisitos parlamentarios y gubernamentales, el MAS podría estar desviándose de su objetivo original.

Esto, sin embargo, no sucedió en los pasos iniciales del MAS. Los actores externos no fueron más allá del papel de asesores, lo cual tiene una explicación muy sencilla: el partido campesino emergió como reacción al supuesto uso de los agricultores como simple «escalera política» por las fuerzas tradicionales y, por lo tanto, decidió enviar representantes «genuinos» al sistema político. Sobre la base de un consenso valorativo muy fuerte, el MAS definió como uno de sus rasgos de identidad la prescindencia de sectores externos. Sin embargo, la situación cambió radicalmente a partir del triunfo presidencial de Evo Morales. Sectores sociales e intelectuales ajenos al sindicalismo campesino, cuyo representante más visible es el actual vicepresidente, Álvaro García Linera, forman parte de la nueva militancia del MAS. Estos debates en torno del rol de los nuevos integrantes del MAS fortalecen la idea de que la conversión de los movimientos sociales en partidos políticos llevaría a una rápida institucionalización. Y, según McAdam (1999), el uso de tácticas institucionalizadas y la definición de metas ordenadas contribuyen a que un movimiento social reduzca su carácter opositor, al tiempo que atenúa su impacto y su arraigo social. En otras palabras, mientras más concesiones haga al sistema político, más se alejará de sus metas originales. Éste sería, de acuerdo con esta teoría, el precio a pagar por un ingreso al universo de las normas. Al mismo tiempo, la supervivencia del movimiento social dependerá de la posibilidad de mantener y utilizar exitosamente la nueva influencia política. Esto puede derivar en la necesidad de garantizar un flujo constante de recursos, lo que a su vez puede hacer que la organización se oligarquice. En síntesis, así como el movimiento social alcanza a transformar las normas y las instituciones vigentes, también es capaz de sufrir cambios profundos al ingresar en el sistema político.

En el caso del MAS, dado que los sindicatos campesinos tienen una estructura orgánica efectiva y antigua, y en vista de que fueron ellos los que decidieron formalmente crear un partido, su presencia se mantuvo como la fuerza dominante. Los sindicatos realmente subordinaron la actividad parlamentaria y municipal a sus objetivos sectoriales, aunque parece difícil que lo puedan seguir haciendo una vez que el MAS accedió al gobierno nacional.

Conclusiones

Hasta aquí hemos conjugado las teorías de los movimientos sociales con un caso particular extraído de la realidad boliviana, en el que las fronteras que distinguen a la sociedad civil de la sociedad política se tornan difusas. La exploración transcurrió como un contrapunto entre las afirmaciones teóricas y lo ocurrido en Bolivia, lo que nos ha permitido esbozar un modelo de explicación general que debería servirnos, ahora sí, para anticipar si el MAS se transformará o no en un partido hegemónico.

Los pilares de este modelo son los siguientes:

1. Cuando un movimiento social decide competir con los partidos políticos por el voto ciudadano pueden darse dos opciones: el movimiento social se transforma en un partido y construye un brazo partidario que actúa bajo su control; o el movimiento social pacta con un partido ya existente a fin de otorgarle los votos de sus adherentes, a cambio de medidas que los favorezcan. En Bolivia ha ocurrido lo primero.

2. Si el movimiento social diluye lentamente sus estructuras en el partido político que ha fundado, tiende a sacrificar la representación de su sector a cambio de una adaptación gradual a las exigencias internas del sistema político. Ello implica la inclusión de operadores externos en sus listas de candidatos, carentes de representatividad en el movimiento social, pero provistos de ciertas habilidades necesarias en el terreno político. Esta opción lleva a que el partido tienda a romper con cualquier tipo de control de las organizaciones de base y empiece a definir sus metas con autonomía. Aunque el movimiento social todavía se sienta representado por el partido, es evidente que la separación va alejando gradualmente a ambos sectores. Si esta identificación se sostiene, en general es gracias a la acción de un líder carismático que relaciona al partido con el movimiento, porque goza de la credibilidad de ambos.

3. En el caso de Bolivia, el MAS ha intentado sistemáticamente mantener el nexo entre los movimientos sociales y el partido en el gobierno. Para ello ha incluido a dirigentes sociales en el gabinete ministerial, en los escaños parlamentarios, en su bancada en la Asamblea Constituyente y en los municipios. Al mismo tiempo, organiza reuniones periódicas con los sindicatos para que éstos evalúen las labores de las autoridades. El gobierno se plantea a sí mismo como una creación de los movimientos sociales.

4. Si, por el contrario, el movimiento social establece desde el principio una separación funcional clara con el partido que ha gestado, la tendencia hacia una institucionalización complementaria se fortalece. Si las estructuras orgánicas del movimiento social adquieren desde el inicio un papel muy definido en relación con su brazo partidario, éste no podrá alcanzar la autonomía y se mantendrá subordinado a los fines originales. La designación de candidatos en asambleas sindicales –y no en un círculo selecto de dirigentes– parece marcar una diferencia muy clara en este sentido. Cuando esto ocurre, los representantes elegidos y enviados al sistema político podrían adquirir un compromiso más firme con sus electores y participarían más activamente de la cristalización de sus demandas.

5. En ambos casos, el contacto de los movimientos sociales con la política formal e institucionalizada produce un cambio de doble vía: el sistema político se «contagia» de los recién llegados y, por cálculo estratégico, tiende a adoptar, o a absorber, aunque sea solo superficialmente, sus demandas. Por otro lado, los movimientos sociales también tienden a acoplarse, parcial o completamente, a las exigencias partidarias y pagan un precio por su incorporación. Esto hace que dentro del movimiento social convivan resabios del pasado beligerante y antiestatal con núcleos nuevos que encarnan las necesidades del presente y pueden ser los primeros indicios de la oligarquización del conjunto. La pugna entre ambas fuerzas –como sucede hoy en el MAS– terminará definiendo el futuro del movimiento social.

6. En Bolivia se verificó la idea de Maguire de que los movimientos sociales tienden a convertirse en partidos políticos cuando las barreras para la participación electoral son pequeñas. Adicionalmente, puede decirse, también para el caso boliviano, que este fenómeno, es decir, la conversión de los movimientos sociales en partidos, no es atribuible a una división de las elites, a la inestabilidad en las coaliciones de gobierno o a la vinculación de los movimientos sociales con aliados influyentes, como enumera Tarrow. Al contrario, es justamente la ausencia de estos componentes lo que llevó a que los movimientos sociales se vieran obligados a escoger la única oportunidad accesible: su ingreso a la lucha electoral. Quizás de haber habido, por ejemplo, una división de las elites, con el consiguiente desprendimiento de algunos de sus miembros en calidad de aliados de los movimientos sociales, sus demandas hubiesen sido resueltas, al menos parcialmente, y no se hubiera producido la transformación en un partido político. En síntesis, el salto a la arena electoral es un recurso extremo de los sectores excluidos, que deciden ampliar su influencia prescindiendo de las mediaciones existentes y creando una nueva.

7. Aunque en Bolivia los movimientos sociales no pudieron aprovechar una división de las elites, porque éstas estaban claramente unidas en su contra, el salto exitoso a la vida política generó una fisura en ellas y posibilitó su derrota en 2005 y 2006. Estaría consolidándose ahora una nueva elite, de origen indígena y popular, orientada a gobernar el país durante los próximos años.

8. Finalmente, puede decirse que la conversión de los movimientos sociales en partidos revela las restricciones del sistema de oportunidades políticas de Bolivia, ya que los sindicatos se ven obligados a competir electoralmente para canalizar sus demandas. Sin embargo, esto genera una pregunta: el copamiento del Estado por parte de los movimientos sindicales ¿no hará que dejen vacante su antiguo rol de catalizadores de demandas sociales insatisfechas? En ese caso, la tendencia hacia la cooptación o la oligarquización podría hacerse presente. La alternativa a ello es sin duda la hegemonía, es decir, la consolidación de una alianza duradera entre sociedad y Estado, lo cual vendría a ser un rasgo inédito en su larga historia de distanciamientos y refriegas.

9. En tal sentido, el MAS está en condiciones de reordenar por completo el universo político boliviano en la medida en que mantenga su actual rol de fuerza nacional articuladora de diversas tendencias étnicas y regionales. Hasta ahora, cuando combina acciones que fortalecen el Estado, redistribuyen la riqueza y respetan la legalidad democrática, su pulsión hegemónica se consolida. En esta perspectiva, todo indica que el MAS producirá muchos cambios en el país, pero sin apartarse demasiado de las pautas institucionales, desde donde ha surgido como movimiento social y partido político casi al mismo tiempo.

Bibliografía

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