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La ruta de Evo Morales

El artículo repasa los diferentes componentes de la personalidad política de Evo Morales y se detiene en un momento esencial de su trayectoria: la decisión de transformar el movimiento social de cultivadores de coca en un partido político que participe del juego institucional. En Bolivia, contra lo que sostienen las teorías más difundidas, esta decisión fue consecuencia de la cerrazón del sistema político y no de su apertura. El salto a la política era la única opción posible para poner en práctica demandas largamente respaldadas. Hoy, el Movimiento al Socialismo es una fuerza amplia y heterogénea que ocupa casi todo el campo político y que, si combina acciones que fortalezcan al Estado, redistribuyan la riqueza y respeten la legalidad democrática, puede fácilmente convertirse en hegemónica.

La ruta de Evo Morales

Domingo, primer día de abril de 2007. El centro de convenciones en las afueras de la ciudad de La Paz luce rodeado de vehículos oficiales con sirena y vidrios oscuros. Todos descansan aquella mañana, menos el gobierno. El presidente, que dirige la reunión, aprovecha cualquier hora libre para seguir empujando sus cambios. En un solo año ya casi ha cumplido la mayor parte de sus promesas. Evo es una locomotora febril. ¿Será que corona sus desvelos con la hegemonía de su partido?

Los taxistas que dirigen sus motores hacia el centro de la ciudad sonríen. Desde hace más de un año las horas de trabajo de algunos funcionarios públicos han cambiado radicalmente. Las luces del Palacio de Gobierno aparecen encendidas antes de la salida del sol y sus ocupantes deben llegar al alba a sus escritorios.

Evo Morales, el campesino que hoy timonea el Estado boliviano, ha impuesto su rutina de agricultor. Al cumplirse el primer año de gestión, su ministro de la Presidencia le pidió públicamente que descanse, porque a ese ritmo su salud corre peligro. La noche de Año Nuevo, cuando la mayoría de los ciudadanos se acicalaba para celebrar el cambio de calendario, Evo ordenó una reunión de gabinete. Los ministros pasaron las fiestas aprobando decretos. Salieron de Palacio a las dos de la madrugada, a dormir o quizás a tratar de engranar en alguna fiesta ya enrumbada hacia el amanecer.

Los cuatro elementos de la conciencia de Evo Morales

¿Qué hay en la conciencia de este hombre de origen humilde, el primer indígena boliviano que gana una elección de manera aplastante y ejerce el poder político desde la cúspide? La primera parte de este artículo está dedicada a responder a esta pregunta, como parte de un intento por actualizar el análisis a más de un año de la llegada de Evo Morales al gobierno.

La única escuela del actual presidente fue el sindicalismo campesino o, más exactamente, aquel construido por los productores de la hoja de coca de la región tropical del departamento de Cochabamba, en el centro de Bolivia. Evo Morales conduce desde los años 90 a este sector, que hizo su primera aparición electoral en 1995, cuando consiguió 3% de los votos en el ámbito nacional y 15% en el departamental.

Recluido en esa plataforma local, con certeza hubiera pasado desapercibido de no haber contado con un antagonista tan poderoso como el gobierno de Estados Unidos. Desde 1989, Washington cambió sus prioridades bélicas. El comunismo se había desplomado y quedaba el narcotráfico como adversario alternativo, por lo menos transitoriamente. No es casual, por ejemplo, que la invasión a Panamá se haya impulsado bajo esta bandera, más policial que política. Evo pasó rápidamente a integrar la lista de enemigos globales de la Casa Blanca, lo que constituye una de las explicaciones básicas de su vertiginoso crecimiento como líder político.

La coca, entonces, está en el origen de casi todo. La fortuna política de Morales estuvo siempre ligada al arbusto. En ese entonces, ninguno de los segmentos dispersos de la izquierda boliviana, salvo el suyo, tenía opciones reales de conquistar semejante visibilidad. El contexto estaba marcado por la erradicación de las plantaciones de coca en el Chapare, uno de los lineamentos de la política exterior estadounidense hacia América Latina, convalidada por el Estado boliviano, que en 1988 aprobó la Ley 1.008, una declaración de guerra que definió el criterio con que serían juzgadas las acciones gubernamentales. A partir de ese año, cuatro presidentes bolivianos fueron evaluados por los estadounidenses a partir de su desempeño en la llamada «lucha contra las drogas».

Evo Morales se fue haciendo importante a partir de este imperativo. Al asedio de las tropas de erradicadores, al respaldo financiero otorgado por Washington y a la creciente militarización del proceso, los cultivadores contrapusieron conductas organizativas que les permitieron actuar cohesionados. En 1994 sorprendieron con una caminata hacia La Paz que, además de contar con huestes numerosas, evadió cuanto control encontró en los caminos y logró llegar a la sede de gobierno transitando senderos solo registrados en la memoria de la gente del campo. Los cocaleros estuvieron durante más de una década literalmente solos contra el mundo. Entre 1985 y 2000 fueron prácticamente el único foco de resistencia, una especie de bolsón disidente en medio de un universo de relativo consenso en torno de la necesidad de avanzar hacia una sociedad moderna de mercado. Por eso muchos historiadores consideran que el espacio dejado por el proletariado minero fue cubierto, en parte, por los agricultores del Chapare, aunque, hay que decirlo, con una capacidad de acción más reducida. Primer elemento entonces en la conciencia de Evo Morales: el antiimperialismo.

El 4 de enero de 1998, H.C.F. Mansilla, uno de los más claros pensadores del momento, decía lo siguiente: «El movimiento cocalero solo representa sus intereses parciales, no tiene ninguna incumbencia en el resto del país» (Presencia). El analista no erraba, se limitaba a exponer el aislamiento de un segmento social que iniciaba sus primeras escaramuzas electorales. Lo que se subestimaba era la capacidad de una fuerza local, enfrentada a otra global de inmenso poder, para ganar visibilidad en una lucha que generaba atractivos mundiales. Evo Morales fue un líder internacional muchos años antes de contar con respaldos sólidos en Bolivia. Su antiimperialismo le permitió ganar aliados en Europa, Oriente Medio y América Latina antes que en su país. Evo aprendió muy pronto a aquilatar el valor de los contactos externos y tuvo la inteligencia para internacionalizar la lucha en defensa de la hoja de coca en momentos en que su país le daba la espalda. Éste es el segundo componente en su conciencia: su mirada planetaria.

Circunscrito en su país a un puñado de provincias, Evo estrechó muy pronto las manos de líderes como Fidel Castro, Mohammed ben Bella o Muammar al-Gaddafi. Acorralado en Bolivia, varias veces perseguido y arrestado por la policía, denostado como principal aliado del narcotráfico, el líder cocalero ingresó en una tercera fase, típica de quien se encuentra con escasas opciones para proseguir exitosamente una lucha: transformar su movimiento social en una fuerza electoral. En 1995, las organizaciones sindicales campesinas afines a Morales decidieron organizar un partido político que bautizaron como Asamblea por la Soberanía de los Pueblos (ASP). Vanos fueron sus esfuerzos por obtener una personería jurídica propia. Llevaron firmas suficientes a la Corte Nacional Electoral, pero fracasaron repetidamente en el trámite. Finalmente, optaron por «alquilar» una sigla, la de Izquierda Unida (IU) primero y después la del Movimiento al Socialismo (MAS). Se trataba de cascarones legales, nombres de partidos reconocidos en el pasado pero que carecían de una base electoral renovada. Los cocaleros utilizaron estos sellos legales para obtener sus primeros cargos públicos. Fue en 1995, cuando dieron su primera mini sorpresa en las urnas al quedarse con todas las alcaldías de la zona del Chapare. Aquellos diez serían sus primeros alcaldes; hoy cuentan con más de cien.