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La ruptura epistemológica de Marx Más allá de la «buena» y la «mala» economía política

Revisitar la obra de Marx permite interpretar la historia del pensamiento económico reciente y reflexionar acerca de las condiciones sociales, políticas y culturales en que se desenvuelve la economía política en la actualidad. Una mayor atención a la ruptura epistemológica de Marx con respecto a los «clásicos» puede contribuir a revertir la creciente insularidad de la economía política en el campo de las ciencias sociales y a fortalecer su capacidad crítica.

La ruptura epistemológica de Marx / Más allá de la «buena» y la «mala» economía política

Nuestra metafísica se encuentra integrada en nuestra técnica; el peligro radica en el hecho de que, en cuanto logramos dominar de manera acabada esa técnica, terminemos siendo dominados por ella.Piero Sraffa (1927)1

La autoconciencia podría representar la forma más alta de conocimiento científico.Jack Amariglio (1987)2

¿Cómo evaluar el estado actual del debate económico a la luz de la obra de Karl Marx? ¿Cuál sería, desde la perspectiva de Marx, el estatus epistemológico de las discusiones entre economistas de raíz «ortodoxa» y «heterodoxa» en las últimas décadas? En este artículo nos proponemos aportar algunas claves para responder estas preguntas y pensar en el futuro de la economía política en términos de su potencial crítico y emancipatorio.

La ruptura epistemológica de Marx

Lo primero que hay que subrayar, antes de intentar alguna respuesta a estas preguntas, es la profunda discontinuidad que existió entre el pensamiento económico de los llamados economistas clásicos (fundamentalmente, Adam Smith y David Ricardo) y el de Marx. Como sugiere Étienne Balibar, la obra de Marx, en particular El capital, constituye una ruptura epistemológica respecto de los economistas clásicos, no su perfeccionamiento o culminación3. Esta aclaración es importante porque existe cierta tendencia entre los economistas, especialmente en el campo ortodoxo, a identificar a Marx como uno más, quizás el último, de los economistas clásicos.

¿En qué consiste esa ruptura? De manera sintética, en lo que hoy denominaríamos una «desnaturalización» del discurso económico. La economía política clásica presentaba la sociedad capitalista moderna como una organización racional, emanada de lo que Adam Smith identificó como la «propensión natural» de la especie humana al intercambio. Esa propensión natural, mediada por el mercado, no solo redundaba en una organización racional de la reproducción social. Propiciaba, desde el punto de vista de los clásicos, un orden naturalmente justo, derivado de un mecanismo impersonal, el mercado, en el que el interés individual y el afán de competencia impedían la consolidación de privilegios sociales (a diferencia, por ejemplo, de la era feudal).

Lo interesante desde un punto de vista cognitivo es que esa representación de la sociedad asumía la forma de una deducción analítica. Emulando (ya entonces) a las ciencias naturales, la economía política clásica procuraba descomponer los fenómenos sociales en sus elementos más simples y evidentes, para luego deducirlos aplicando ciertas reglas o regularidades que eventualmente fueran pasibles de formalización matemática. En relación con esa representación naturalizante y con su derivación individualista (encarnada, entre otras, en la conocida metáfora de Robinson Crusoe) se plantea la ruptura epistemológica de Marx. En contraposición a este tipo de representación y a las explicaciones apoyadas en leyes naturales o en una conformación atomística de la sociedad, Marx subrayaría la dimensión histórica y relacional de la existencia humana. No existía, para Marx, semejante cosa como el «interés individual», dado que todo tipo de interés privado se explica y construye en términos sociales, relacionales. Solo en este marco analítico se entiende, entre otros conceptos, la importancia de su diferenciación entre trabajo abstracto y trabajo concreto. Porque solo bajo relaciones de producción capitalistas el proceso de abstracción del trabajo humano al que alude Marx, que encontraría su máxima expresión en la automatización fabril (situación en la que el esfuerzo del trabajador individual queda despojado de toda especificidad), es un proceso de abstracción real (es decir, no mental ni individual) que se genera en el marco de las relaciones sociales de producción.

Bajo esta misma premisa, en lugar de asumir la existencia del capitalismo como un dato inconmovible, o de interpretar sus leyes de movimiento como leyes «naturales», inalterables, Marx apuntaba a identificar las propias condiciones de posibilidad de una ciencia sobre el capitalismo, como era el caso de la economía política clásica, incluyendo el registro histórico de las categorías que se desarrollaban en su interior. De allí que él mismo concibiera su obra como una crítica de la economía política. En ese sentido, la ruptura de Marx no fue solo ontológica –al plantear, a contrapelo del iusnaturalismo de la época, una ontología social–, sino epistemológica, al preguntarse por las propias condiciones de inteligibilidad de la realidad socioeconómica en cada periodo histórico, y en particular en el capitalismo. Es, entre otros sentidos, en su afán por desnaturalizar el discurso económico de su época, y por reconstruir las condiciones de inteligibilidad del conocimiento acerca de lo económico, que Marx puede aportar elementos para analizar críticamente las condiciones de producción y uso del conocimiento acerca de lo económico en el periodo actual.

La «buena» y la «mala» economía política

Según se desprende del propio racconto de Marx, a lo largo del siglo xix tiende a «vulgarizarse» el pensamiento económico clásico, que encuentra su punto de mayor esplendor en la obra de David Ricardo, comienza a perder sistematicidad con los aportes de Jean Baptiste Say, Thomas Malthus y Frédéric Bastiat, caracterizados por una creciente abstracción metodológica y un mayor sesgo ideológico, y culmina con la llamada revolución marginalista de la década de 1870. A partir de ese momento, en paralelo con el despliegue de la «primera globalización» capitalista (1870-1914), la tendencia a la vulgarización no hizo más que acentuarse, sentando las bases para una creciente tecnificación de la economía como disciplina. Dos hitos en la historia del pensamiento económico ilustran con bastante claridad las secuelas de ese proceso de paulatina vulgarización (es decir, de creciente abstracción e ideologización), que, como veremos, no se detendría hasta la Gran Depresión de la década de 1930, para volver a cobrar fuerza hacia fines del siglo xx y mantenerse hasta nuestros días. Primero, como si se tratara de una ironía de la historia, en el año de la muerte de Marx (1883), Carl Menger publica sus Investigaciones sobre el método de las ciencias sociales y de la economía política en particular. Este libro desató la llamada «disputa por el método» (Methodenstreit) entre los economistas de Europa central, una controversia epistemológica en la que la Escuela Austríaca propinó un golpe fulminante a la Escuela Histórica Alemana y que cimentó la victoria del método hipotético-deductivo por sobre el de la experiencia histórica. A partir de entonces, los economistas que no respetaran el método hipotético-deductivo serían desterrados de «la profesión», y alojados, entre otros destinos posibles (y «subalternos»), en la sociología, como ocurrió con Max Weber.

Segundo, en 1890 Alfred Marshall publicó sus Principios de economía, que para muchos representa el primer «manual de economía» moderno. Más allá de los pruritos personales de Marshall (quien en su fuero íntimo no habría sido tan proclive al uso de la modelización matemática), los Principios imponen definitivamente lo que podríamos denominar, tomando prestada una de las categorías centrales de la sociología de Pierre Bourdieu, el habitus axiomático que caracteriza el ejercicio práctico de la economía política desde entonces. No es casual que, a partir de ese momento, la disciplina tendiera a renegar de su nombre original, economía política (political economy), para rebautizarse como economía (economics), a secas.

En este proceso de «vulgarización», Marx había identificado una suerte de gradiente entre lo que podríamos denominar una «buena» y una «mala» economía política (parafraseando a Milton Friedman, quien más tarde sostendría que «no [había] economía heterodoxa, solo buena y mala economía»). Marx asociaba la «buena» economía política fundamentalmente a la obra de Ricardo, aunque también a la de varios de sus ilustres antecesores, como Adam Smith, William Petty y David Hume; y la «mala» economía política a la economía «vulgar», que se desarrolló a partir de la década de 1830, inicialmente como expresión de lo que algunos trabajos señalan como una «crisis interna» de la teoría del valor trabajo, y luego en el marco de un nuevo esquema conceptual apoyado en el supuesto de escasez y el principio de utilidad marginal decreciente, lo que en términos coloquiales suele definirse como una teoría «subjetiva» del valor. Como sugiere Henryk Grossman, la «buena» economía política reflejaba un momento histórico particular, en el que recién comenzaban a emerger la estratificación social y las instituciones del capitalismo moderno y el antagonismo entre el capital y el trabajo asalariado resultaba aún incipiente. De hecho, las diatribas de los clásicos no se dirigían contra el proletariado industrial, que en la práctica aún no planteaba un desafío de relevancia para la burguesía, sino más bien contra los resabios del antiguo régimen feudal. Esas circunstancias históricas, en particular la incipiencia y relativa debilidad del proletariado, refrendaron cierta candidez de los autores de la época y habilitaron un retrato descarnado de las contradicciones internas del sistema capitalista, como quedaría reflejado, por ejemplo, en el famoso prefacio de los de Ricardo (1817), que identificaba la distribución del ingreso entre las «tres clases de la comunidad» como «el principal problema de la economía política».

La «mala» economía política, que emergió poco tiempo después, reflejaría las prevenciones de un periodo histórico diferente: el de una burguesía victoriosa pero conservadora que debía sobrellevar las tensiones propias del desarrollo capitalista como las que atravesaban buena parte del continente europeo tras las revueltas de 1848. En esta etapa se sentaron las bases para un nuevo andamiaje teórico que, al asignar un papel equivalente al trabajo y al capital como fuentes de valor, contribuiría a erradicar cualquier vestigio de conflictividad asociada a la teoría del valor trabajo, a remover del centro de la escena el problema de la distribución (y, por supuesto, de la explotación) y a caracterizar el capitalismo como un sistema social no solo racional, sino también armonioso. En definitiva, a pesar de las limitaciones que identificó Marx, incluyendo su tendencia a la naturalización, la «buena» economía política de autores como Smith y Ricardo logró representar con bastante precisión los elementos constitutivos de la sociedad capitalista moderna y dejó entrever algunas de sus contradicciones más importantes. Creemos que esta distinción entre una «buena» y una «mala» economía política puede contribuir a interpretar la historia del pensamiento económico posterior hasta nuestros días.

El siglo xx y después

La creciente vulgarización a la que hizo referencia Marx se profundizaría en las décadas que siguieron a su muerte y se interrumpiría recién durante la crisis de la década de 1930, con la irrupción de John Maynard Keynes y sus discípulos. Esa irrupción (que, por supuesto, no es ajena a la Gran Depresión ni a la presencia de la Unión Soviética) inicia una tradición que bien podría asimilarse a la «buena» economía política de los primeros clásicos, tanto por sus virtudes como por algunas de sus limitaciones. Por un lado, la obra de Keynes constituye una importante discontinuidad con respecto al paradigma neoclásico. En un plano ontológico, Keynes y los economistas y las economistas de la Escuela de Cambridge que contribuyó a crear rechazaron el reduccionismo que había llevado a la Escuela Neoclásica a concebir los fenómenos sociales en términos atomísticos y, a partir de ello, a explicar el funcionamiento del sistema económico por medio del análisis y la agregación del comportamiento de agentes individuales. En lugar de investigar sistemas económicos por medio de modelos cerrados, abstractos y basados en el método axiomático, a partir de Keynes la economía política vuelve a concebir sistemas abiertos en los que el comportamiento de los actores económicos se sitúa en un determinado contexto social. Joan Robinson, una de las autoras más influyentes de la Escuela de Cambridge, se referiría a las «reglas del juego» en su intento por articular el efecto de las instituciones, el conflicto social y las disputas ideológicas en su análisis de la realidad económica y social.

Por otro lado, al igual que la «buena» economía política clásica, muchos de los exponentes de la corriente keynesiana, a pesar de su buena predisposición hacia el análisis contextualizado, tendieron a asumir la sociedad capitalista moderna como un trasfondo universal, inmodificable. Esta postura tendría consecuencias importantes, tanto en la aplicación concreta de sus investigaciones (por ejemplo, a la hora de enunciar medidas de política económica) como en la praxis política y social de sus integrantes. Porque a pesar de su apertura ontológica y de su mayor permeabilidad histórica, la tendencia a la naturalización del sistema económico planteaba el riesgo de atribuir a las recomendaciones emanadas de sus investigaciones el mismo estatus objetivo, la misma pretensión de validez universal, que la corriente neoclásica presuponía en las suyas. De esta manera, la estabilización económica, la eliminación del desempleo, el cambio tecnológico o la reducción de la desigualdad, por citar algunas cuestiones recurrentes, podían ser concebidos más como problemas técnicos que como problemas de la sociedad. Y si el problema era técnico, la transformación de las instituciones (políticas, económicas, sociales) necesaria para su superación no requería en medida alguna a la «población» –especialmente si se trata de las clases subalternas– ni suponía ninguna interpelación al sentido de ninguna práctica social, sino que podía concretarse de manera directa, sin mayores mediaciones, a través del convencimiento de la clase dirigente. En ese marco cobran sentido los Ensayos de persuasión de Keynes y la imagen más actual, aunque menos glamorosa, del economista que habla al oído del policy maker4.

Este sesgo tecnocrático –que como vemos no constituye un monopolio de la escuela ortodoxa–, al subestimar la dinámica del conflicto social y de las propias relaciones de producción a lo largo del ciclo económico, dificultaría la interpretación de los efectos de ciertas políticas económicas aplicadas, por ejemplo, durante la segunda posguerra, como las que apuntaban a la consecución del pleno empleo. Marx ya había advertido en su teoría sobre el ejército industrial de reserva acerca de la imposibilidad del alcanzar el pleno empleo, o de sostenerlo de manera perdurable, bajo condiciones de producción capitalista. Esa teoría, a diferencia de todas las teorías sobre el mercado de trabajo anteriores y posteriores a Marx, establecía que tanto la demanda de fuerza de trabajo, derivada de las decisiones de producción e inversión, como la oferta de fuerza de trabajo, derivada de las decisiones tecnológicas, dependían, en última instancia, del capital. Fue un economista polaco, Michał Kalecki, contemporáneo de Keynes, quien tempranamente y con gran lucidez expuso ese aspecto voluntarista del keynesianismo de posguerra. En su famoso artículo titulado «Aspectos políticos del pleno empleo», de 1943, Kalecki advertía que el objetivo de plena ocupación que se proponían las políticas keynesianas redundaría en mayores, no menores, tensiones sociales, producto de una mayor actitud reivindicativa de los trabajadores, que no enfrentarían el dispositivo de disciplinamiento habitual (el riesgo de quedar desocupados). Esa mayor determinación proletaria no solo reduciría los márgenes de ganancia empresarios, sino que, según Kalecki, podía socavar la supremacía de clase de la burguesía. En ese marco, el frente patronal podría propiciar una política contractiva que, aun a costa de sus ganancias de corto plazo, redundara en un aumento del desempleo que restituyera su «autoridad» y preponderancia social. La clarividencia de Kalecki se pondría de manifiesto hacia fines de la década de 1960, con la crisis del fordismo.

Es precisamente a partir de entonces (circa 1970) cuando la «buena» economía política de la segunda posguerra emprende cierta deriva, no diríamos vulgarizante, pero sí, quizás, naturalizante. Esta tendencia puede explicarse, entre otros factores, por el afianzamiento de la academia estadounidense en el campo de la economía durante la segunda posguerra, y en ese marco, por la consolidación del habitus axiomático como canon indiscutido para el ejercicio de la profesión. Un habitus que, en las convulsionadas décadas de 1970 y 1980, pudo haber tomado a buena parte de la heterodoxia, no solo aquella asociada a los autores de extracción keynesiana, epistemológicamente «a la defensiva». En cualquier caso, y con independencia de cuáles fueran los motivos últimos, lo que se advierte hacia fines de la década de 1960 y se mantiene prácticamente hasta nuestros días, es una tendencia paradojal en la que varias escuelas del pensamiento heterodoxo (la «buena» economía política) parecieran asimilar los modos naturalizantes propios de la ortodoxia, y con él su habitus axiomático, en tanto distintas vertientes del pensamiento ortodoxo incorporan cierta inclinación por el abordaje institucional, propio de la heterodoxia.

Por un lado, algunos integrantes de la economía heterodoxa profundizan su crítica formal de la teoría ortodoxa, pero dejando a un lado la posibilidad de analizar el contexto de validez histórica de sus proposiciones, limitando su potencial crítico y adscribiendo de manera involuntaria a ciertos presupuestos tecnocráticos. Las inconsistencias internas, lógicas y conceptuales reveladas por parte de la economía heterodoxa en el paradigma neoclásico han sido formidables, en muchos casos demoledoras. Lo que queremos remarcar es que ese avance se produjo a costa de cierta dificultad para historizar el ejercicio de la disciplina, tanto en relación con la posibilidad de identificar de manera más sistemática la transitoriedad de los procesos económicos analizados, como de las condiciones de producción y utilización del propio conocimiento sobre esos procesos y de su impacto en las prácticas sociales. Quizás sea por esto que el crecimiento y la sofisticación de la economía heterodoxa de las últimas décadas no hayan mellado la hegemonía de la corriente ortodoxa, que en la práctica se ha fortalecido.

Por otro lado, la teoría neoclásica comienza a introducir algunos elementos históricos en sus análisis y a encuadrarlos política e institucionalmente. Un buen ejemplo de esta tendencia es la llamada Nueva Economía Política (New Political Economy), una vertiente que surge en la década de 1970 y se consolida en la de 1980. Mancur Olson, James Buchanan y Anne Krueger son algunos de sus exponentes más conocidos. Equipados con la teoría de la acción racional, estos autores se propusieron discutir las condiciones de posibilidad del capitalismo de posguerra, un capitalismo en el que, como afirmaría Krueger, las «restricciones que impone el gobierno sobre la actividad económica constituyen un hecho generalizado de la vida cotidiana»5. La Nueva Economía Política acepta la existencia de «fallas del mercado» que justifican la intervención estatal en la economía, pero subraya que esa intervención conlleva un riesgo aún mayor: el de las «fallas del Estado». Conservadora en el plano político-ideológico, inmersa en el habitus axiomático, la postura de estos autores y autoras marcó un giro interesante y extremadamente útil para el neoconservadurismo emergente –la construcción de una teoría de la imposibilidad de una intervención estatal eficiente y equitativa– y conformaría la justificación académica ideal de los programas de ajuste estructural de la década de 1990.

Otro ejemplo interesante es el de la Nueva Economía Institucional (New Institutional Economics), que cobra relevancia hacia fines de la década de 1990, con Daron Acemoglu y James Robinson entre sus principales referentes. Esta vertiente asocia directamente la prosperidad económica de los distintos países a la existencia de buenas o malas instituciones, que Acemoglu convenientemente define, respectivamente, como instituciones «inclusivas» o «extractivas». Para estos autores la forma en que las sociedades se organizan –fundamentalmente, si son respetuosas de la propiedad privada, si garantizan una separación de poderes efectiva y si posibilitan el correcto funcionamiento de una – lo que determina, en última instancia, su desempeño económico. Con este nuevo énfasis, la economía ortodoxa produce un giro sutil pero muy efectivo, al dejar de hablar prioritariamente de política económica y centrarse en las instituciones. No casualmente, el punto de inflexión se produjo luego de la crisis financiera del Este asiático en 1997, que tras una seguidilla de episodios similares (Rusia, 1998; Brasil, 1999; Turquía, 2000 y Argentina, 2001) amenazó con socavar la legitimidad de las reformas neoliberales de la época. El cambio de eje –de las políticas a las instituciones– supuso un fenomenal acto de indulgencia histórico: las inconsistencias que se habían puesto de manifiesto en esas crisis dejaban de ser el producto de políticas erradas, apresuradas o indiscriminadas (de apertura, desregulación y privatización) y pasaban a obedecer a la falta de adecuación de las instituciones encargadas de llevarlas a cabo y administrarlas. Así como la Nueva Economía Política había contribuido a legitimar los programas de ajuste estructural, la Nueva Economía Institucional absolvería a sus responsables.

El desafío de la historicidad

En una conferencia que dictó en 2002, Immanuel Wallerstein señalaba: «La construcción social de las distintas disciplinas científicas, heredada del siglo xix, ha perdido vigencia y constituye hoy en día un obstáculo importante para un trabajo intelectual serio»6. Dentro de las ciencias sociales, la economía política es con seguridad la disciplina que más ha exacerbado esta división y falta de intercambio entre distintos campos disciplinares, con lo que propició (muchas veces vanagloriándose de ello) su virtual aislamiento7. Este aislamiento es un subproducto directo de lo que aquí hemos llamado una «mala» economía política, pero afectó en mayor o menor medida también a la «buena».

A raíz de la última crisis financiera internacional, que entre otras cosas trajo aparejada una mayor influencia de la lógica de las finanzas en la economía y en la sociedad –cuando desde distintos lugares se vaticinaba, evocando el «doble movimiento» de Karl Polanyi, alguna forma de intervención estatal compensadora–, cobró cierta vitalidad el diálogo entre las distintas ciencias sociales, desde la economía política y la sociología hasta la antropología y la filosofía política. ¿Cómo podía ser que, ante la evidencia de semejante fracaso sistémico como el que se puso de manifiesto con la llamada Gran Recesión de 2008-2009, la corriente principal del pensamiento económico, la economía ortodoxa, saliera indemne (o, incluso, fortalecida, como sugiere Philip Mirowski8)?

No se trata solamente de una nueva propensión «interdisciplinaria», sino también de una incitación más profunda a una reflexividad crítica que, al indagar acerca de las condiciones de posibilidad y reproducción del capitalismo contemporáneo, se permitió –entre otras insolencias– poner en tensión y discutir el contorno mismo de las disciplinas sociales como se practican en los claustros académicos en la actualidad. En esta línea de trabajo existen antecedentes notables en la historia del pensamiento económico. Comenzando por casa, tanto el estructuralismo latinoamericano, con su «método histórico-estructural», como la Escuela de la Dependencia, abrigaron la idea de un enfoque integral, que destacara la naturaleza social y política de los problemas del desarrollo latinoamericano y evitara así las explicaciones a partir de factores «puramente económicos»9. Otros ejemplos notables, originados en el mundo desarrollado, son la Escuela Francesa de la Regulación, de raíz marxista, y su pariente norteamericana, la Teoría de la Estructura Social de Acumulación, con su fuerte impronta institucionalista. En ambos casos el análisis económico resultaba indisociable de las condiciones de posibilidad sociales, políticas y jurídicas. Y no puede dejar de señalarse la mencionada tradición de Cambridge en Inglaterra, cuyas principales referencias, desde Piero Sraffa hasta Nicholas Kaldor, eran plenamente conscientes de lo que, para abreviar, podríamos llamar el «desafío de la historicidad».

El fenómeno de reflexión interdisciplinaria (o transdiciplinaria) al que hicimos referencia es todavía incipiente, pero ya ha comenzado a interpelar las vigas maestras del proceso social y económico actual, y lo hace recuperando distintos elementos de la crítica de la economía política, que tienen importantes puntos de contacto con la obra de Marx: desde la reflexión acerca de los efectos de la revolución tecnológica en curso en los regímenes de bienestar a la ruptura epistemológica que supuso la emergencia de la economía feminista; de la constatación de una cada vez mayor población excedente a escala global, y su relación con la teoría del ejército industrial de reserva –imprescindible, entre otras cosas, para entender las crisis migratorias de este siglo–, a la lógica de la financiarización y su superposición con las crisis de sobreproducción; por no mencionar las inconmensurables contradicciones ambientales del desarrollo capitalista.

Es difícil imaginar que el campo de lo que aquí hemos llamado la «buena» economía política –que la hay y mucha– pueda abordar estas cuestiones sin al menos revisitar la obra de Marx, no solo para desafiar su creciente insularidad y dialogar con otras perspectivas analíticas y teóricas: también, y sobre todo, para comprender y desarrollar las categorías que le permitirían una mayor reflexión sobre sí misma, sobre las condiciones sociales y políticas en que se genera y utiliza el propio saber; un saber que, para parafrasear a Marx, no se produce en condiciones que hayamos escogido.

  • 1.

    «Sraffa Papers», Catalogue d3/12/4, ítems 14-17, cit. en Pier Luigi Porta: «Piero Sraffa’s Early Views on Classical Political Economy» en Cambridge Journal of Economics vol. 36 No 6, 2012 (traducción de M.A. y R.L.).

  • 2.

    J. Amariglio: «Marxism against Economic Science: Althusser’s Legacy» en Research in Political Economy vol. 10, 1987 (traducción de M.A. y R.L.).

  • 3.

    E. Balibar: «The Notion of Class Politics in Marx» en Rethinking Marxism vol. 1 No 2, 1988.

  • 4.

    La referencia «al» economista y «al» policy maker (en ambos casos una referencia masculina) pretende reflejar la experiencia histórica aún en buena medida vigente, y no convalidar un estereotipo de género.

  • 5.

    A.O. Krueger: «The Political Economy of the Rent-Seeking Society» en The American Economic Review vol. 64 No 3, 6/1974.

  • 6.

    I. Wallerstein: «Anthropology, Sociology, and Other Dubious Disciplines» en Current Anthropology vol. 44 No 4, 2003 (traducción de M.A. y R.L.).

  • 7.

    Un estudio reciente ilustra esta creciente «insularidad» de la economía a partir del recuento de las referencias bibliográficas dentro de la propia disciplina: mientras 81% de las citas de los artículos de economía se refieren a otros artículos de economía, solo 52% lo hacen en el caso de la sociología, 53% en antropología y 59% en ciencia política. Marion Fourcade, Étienne Ollion y Yann Algan: «The Superiority of Economists» en Journal of Economic Perspectives, 2015.

  • 8.

    P. Mirowski: Never Let a Serious Crisis Go to Waste: How Neoliberalism Survived the Financial Meltdown, Verso, Londres-Nueva York, 2013.

  • 9.

    Según Fernando H. Cardoso y Enzo Faletto, «el desarrollo es, en sí mismo, un proceso social; aun los aspectos puramente económicos transparentan la trama de relaciones sociales subyacentes». F.H. Cardoso y E. Faletto: Dependencia y desarrollo en América Latina. Ensayo de interpretación sociológica, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 1969.