Opinión

La ruptura de un sueño

Las elecciones chilenas evidenciaron la existencia de una amplia gama de votantes progresistas y de izquierda. Sebastián Piñera, el candidato de la derecha, no obtuvo los apoyos que esperaba. La segunda vuelta electoral podría abrir la posibilidad de un nuevo gobierno liderado por el progresista Alejandro Guillier. Lo central será la actitud del Frente Amplio, la fuerza emergente de la izquierda que creció con un discurso contra las élites políticas y empresariales del país.

La ruptura de un sueño

El resultado de las eleciones presidenciales del 19 de noviembre sorprendió a Chile. Sin embargo, si es analizado friamente, es fácil percatarse de que se trata de una reorganización del sistema de partidos en el país. Frente a situaciones como las que se viven en otros países, sobre todo en Europa y Estados Unidos que ven surgir líderes como Donald Trump, o asisten al crecimiento de partidos de extrema derecha y a crisis migratorias importantes, lo que sucede en Chile debe ser tomado con calma.

Una de las principales tesis enarboladas por la derecha –y que se pretendió dominante en el país hasta la elección presidencial— estaba basada en la idea de que Chile contaba con una clase media emergente preocupada por sí misma, con valores capitalistas competitivos, muy emprendedora y cuya identidad se realizaba en el consumo. Por lo tanto, según este sector, sus parámetros de éxito estaban en el empresariado. En definitiva, la tesis era que avanzábamos hacia la sociedad posmoderna. El diagnóstico derechista no era la crisis de un modelo de desarrollo que incrementaba la desigualdad y el abuso. Tampoco la aspiración de seguir ensanchando las libertades individuales y políticas. Se daban por muertos los «grandes sueños colectivos» cuyas «fantasías ideológicas» operaban más como amenazas al despliegue de la individualidad. Para esos intelectuales, el segundo gobierno de Bachelet estaba destruyendo al país y a sus habitantes emprendedores. Esta ensoñación o idea-fuerza que sostuvo la campaña del ex presidente Piñera, el empresario exitoso y hábil, se hizo trizas la noche del 19 de noviembre al obtener un escuálido 36% de los votos, habiendo pretendido llegar al 46% o más.

Una fracción más tradicional y religiosa de esa derecha diagnosticó un Chile en crisis moral y ajeno a su tradición histórica. Reclamó la necesidad de ratificar a la familia tradicional y heterosexual como núcleo fundador de la sociedad, impugnando la «ideología de género». Además, enarboló como patriótico el legado de Pinochet y sus agentes de seguridad, prometiendo medidas de clemencia a su prisión. Finalmente, apuntó a la focalización de políticas sociales, cerrando la puerta al reconocimiento de derechos sociales universales y se mostró partidaria de mantener la ley de migraciones de 1975. Esta derecha, representada por José Antonio Kast, ex miembro de la Unión Democráta Independiente, se encuentra aliada a militares en retiro, evangélicos y católicos conservadores. Ese espacio político mostró consistencia discursiva buscando posicionarse en el modelo restaurador del orden y la autoridad tradicional, obteniendo un 8% de los votos de forma sorpresiva. Esto le permite pensar en un nuevo partido.

Si se analiza la votación de la alianza Chile Vamos que sostiene a Piñera, las cosas tendieron a moverse hacia el partido menos dogmático de la alianza. Se trata de Renovación Nacional, que obtuvo 36 diputados. Mientras tanto, el nuevo partido de la derecha liberal Evolución Política (EVOPOLI) obtuvo seis. La UDI retrocedió a 31, siendo el partido de derecha más golpeado por los escándalos de corrupción. Hoy tiene abiertas diversas tensiones sobre su orientación política.

En otras palabras Piñera quedó en una debilitada posición para la segunda vuelta del 17 de diciembre. El Chile soñado por sus diagnósticos y encuestas no es el que viven las mayorías sino solo el de las cinco comunas más ricas donde obtuvo una aplastante victoria. Pero también ha incidido su ausencia de ideas. Es como si la derecha sufriera su propio «fin de la historia», pues no tiene más recetas que una política de crecimiento económico que solo se concibe liberalizando y ampliando mercados e incrementando el extractivismo con una fuerza laboral de bajo costo. Las últimas reacciones del espacio derechista muestran un giro pragmático hacia el neopopulismo. Ahora parecen sumarse a la propuesta de gratuidad en la educación superior («según vaya la economía»). Afirman que reconocen que la educación es un derecho pero su programa está pensado para restaurar el co pago de los padres en la educación.

Desde el campo de fuerzas progresistas y de izquierda del país, la gran sorpresa fue el resultado que alcanzó la candidata del Frente Amplio (FA), Beatriz Sánchez. Consiguió el 20,2% de los votos y su lista parlamentaria llegó a los 20 diputados (tenía 3) y un senador, quedando a 2% de pasar a la segunda vuelta. Este bloque presentó un programa de transformaciones radicales que pasan por elevar el impuesto a los «súper ricos», terminar con el sistema de capitalización individual de las pensiones (AFP), condonar la deuda de los estudiantes universitarios, y fortalecer el sistema público de salud, entre otras medidas. El Frente Amplio quedó con cuatro liderazgos nacionales importantes para la consolidación de su proyecto: los diputados Giorgio Jackson, Gabriel Boric, el alcalde de Valparaíso Jorge Sharp y la ex candidata Beatriz Sánchez, que obtuvo un 4 % más que la lista parlamentaria, quedando como potencial presidenta del bloque. El respaldo obtenido responde a que esta fuerza supo diagnosticar lo que ocurre con parte importante de la población que piensa que las desigualdades y abusos son injustos, que la élite política progresista no pudo o no los convocó a resolver esta situación y, por tanto, su construcción de lealtades políticas se está realizando con una nueva generación de dirigentes políticos. Por ello su caudal electoral no solo es producto de su oferta programática, también lo es por el desencanto de las viejas representaciones políticas mezcladas en escándalos de financiamiento electoral por empresas, carencia de convicciones y de proyectos con «sueños compartidos».

Por su parte, el resultado electoral de la Fuerza de la Mayoría que presentó a Alejandro Guillier como candidato fue del 22,6% de los votos. Esta alianza del sector progresista del actual gobierno (Partido Socialista, Partido por la Democracia, Partido Radical, Partido Comunista) no tuvo un muy buen desempeño electoral. Su propuesta, inicialmente ambigua, solo en la recta final se logró asociar más claramente al impulso transformador del gobierno de Bachelet y propuso medidas más ancladas a los temas de interés del electorado, a la par que el candidato iba mostrando mayor liderazgo. En fuerza parlamentaria el desempeño fue dispar, siendo positivo para el Partido Socialista pero no para el Partido por la Democracia, que bajó de 14 a 8 diputados. A esta alianza le pesaron las disputas cupulares por la definición del candidato, el traslado de la representación del electorado de izquierda hacia el Frente Amplio y la crisis de representación que vive la Nueva Mayoría. A pesar de ello, consiguió su objetivo principal de llevar a su candidato presidencial a la segunda vuelta.

La Democracia Cristiana apostó sus cartas al camino propio argumentando que las reformas del gobierno eran desprolijas o inadecuadas. Este diagnóstico, compartido con los viejos líderes de la Concertación fue explicitado en 2016 por el ex presidente Lagos. «La desconfianza ciudadana está poniendo en entredicho la legitimidad del sistema político. Hace falta un gran reencuentro nacional que restaure el prestigio de la política y la credibilidad de las instituciones»— había sostenido el ex mandatario. Las posiciones más restauracionistas desarrolladas en el contexto de un gobierno que impulsaba reformas bajo la oposición frontal del lobby empresarial, de la derecha y de un sector de la coalición de gobierno, fue el que partió las aguas. Lagos, que aspiraba a ser candidato a presidente, fue derrotado en su propio espacio progresista. Ante su ausencia, los conservadores de la Democracia Cristiana decidieron lanzar a Carolina Goic con un discurso sobre la ética, la identidad partidaria en el centro político, de reformas bien hechas, y muy crítico con el Partido Comunista. El resultado fue catastrófico. Obtuvo solo un 6% de los votos y la peor representación parlamentaria desde 1989. En los senadores el triunfo fue de los críticos con el camino adoptado –ubicados en el centroizquierda del partido—. Esta votación reflejó un electorado de la Democracia Cristiana que no quería la restauración de la Concertación.

Por su parte el ex candidato presidencial Enríquez Ominami (que en su primera elección presidencial del 2009 alcanzó el 20% y luego en el 2013 bajó a un 10%) obtuvo solo el 5%, quedando con una sola diputada. Su estrategia futura es incierta.

Las conclusiones aún son provisorias. Sin embargo, es posible afirmar que en el electorado hay una amplia mayoría –aunque diversa y dividida partidariamente– que expresa posiciones de izquierda y progresistas. Esto resulta clave pues la ofensiva ideológica, intelectual y mediática por construir un país conservador e individualista, contrario a las reformas democratizadoras y estructurales, ha sido derrotada en las mentes de la población. El país no es el paraíso del consumidor neoliberal.

La idea de continuar la crítica y la transformación del modelo extractivista de alta concentración de ingresos y profundizador de las desigualdades sociales, territoriales y de acceso a derechos sociales, es un camino fértil para articular una mayoría organizada y diversa que se exprese electoralmente.

La decadencia de las élites políticas, empresariales, religiosas y militares es un dato de la elección. Ningún candidato al Senado, vinculado a la aprobada Ley de pesca (que favoreció a los grupos económicos contra los pescadores y la fauna marina) salió reelecto, al igual que aquellos que fueron criticados por frenar las reformas tributaria y educacional. Esto evidencia que hay una oportunidad política y cultural de construir un imaginario compartido basado en criterios y valores de solidaridad, que puede ser expresado por nuevos liderazgos políticos durante las próximas décadas. El hecho de que Alejandro Guillier no provenga de la tradición concertacionista que gestionó el modelo ni cuente con una trayectoria partidista relevante, puede contribuir a ello. Asimismo, también Beatriz Sánchez que recién ingresa en la arena de las luchas políticas y aparece sin compromisos con la gestión de la Concertación, puede formar parte de ese nuevo grupo de políticos que apuntalen una perspectiva renovada para Chile. Desde esta similitud se puede vislumbrar que Guillier está más cerca de ella que de la vieja generación de políticos de la Concertación.

Finalmente, la que se lleva también un triunfo en la coyuntura es la presidenta Bachelet, cuya tesis es que Chile necesita reformas estructurales para responder a la dinámica económica mundial con competitividad, generando un tipo de crecimiento no depredador que se sostiene en la idea del desarrollo para todos. La elección no medía su popularidad pero definía si la población quería darle continuidad a las reformas. Si hay una derrota en la segunda vuelta, tendrá más que ver con la incompetencia las fuerzas políticas del 56% del electorado para evitar la regresión de Piñera y darle continuidad al proceso.

Nadie puede asegurar quién será el ganador de la segunda vuelta pero es claro es que se vive un proceso de reordenamiento del sistema de partidos políticos como el que tuvo lugar en 1989. Esta vez puede ser un proceso más inestable y prolongado. En este contexto aplicar la máxima de «golpear juntos y marchar separados» puede determinar un resultado electoral que será trascendente.

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