Tema central

La política de los muchos

¿Puede pensarse un elemento común a las diversas manifestaciones que, a lo largo y ancho del planeta, vienen dibujando un mapa de protestas en la última década? ¿Cuándo superan verdaderamente las luchas los límites dinámicos impuestos por este nuevo poder que Michel Foucault denominó neoliberalismo? ¿Alcanzan tales apariciones multitudinarias a prefigurar elementos constituyentes de una teoría política no neoliberal? El artículo nombra esta heterogénea forma de aparición pública como «política de los muchos», en la medida en que son fenómenos que desbordan la individualización neoliberal, abren la pregunta por las subjetividades políticas en juego y visibilizan elementos concretos para la crítica del capitalismo en su fase neoextractiva.

La política de los muchos

Cuando a fines de los años 70 Michel Foucault propuso desplazar la mirada desde la centralidad histórica del Estado soberano hacia el gobierno de las conductas, instauró las condiciones para pensar una original dinámica política que, desde entonces, no hizo más que desarrollarse. Los rasgos característicos de las sociedades de «seguridad» o de «gubernamentalidad» actuales se resumen en los siguientes puntos: el medio, y no la persona, es el objeto del poder; el poder opera y extrae saberes a partir de mediaciones destinadas a optimizar todo tipo de intercambio (economía política); el control social debe ser tal que cada quien experimente su propia libertad de elegir dentro de los marcos que le imponen sus circunstancias; la forma dominante de la existencia es la forma-empresa, es decir: todos devenimos empresarios de nosotros mismos y nuestra vida se valoriza en tanto nos producimos como capital humano; las intervenciones del Estado se complejizan y perduran en tanto que este se gubernamentaliza; conductas y contraconductas (es decir, la aceptación de las libertades predeterminadas, o bien la creación de nuevas libertades) no se distinguen a priori, y las luchas no devienen biopolíticas hasta que no superan verdaderamente los límites dinámicos impuestos por este nuevo poder que Foucault denomina, acertadamente, neoliberalismo.

Nuestra hipótesis será entonces que la «política de los muchos» designa los fenómenos de desborde propios de las contraconductas en escenarios y coyunturas políticas muy diversos. Sean la llamada «primavera árabe», Parque Gezi, Plaza Tahrir, Occupy Wall Street, 15-M o las movidas como el #YoSoy132 en México, los estudiantes chilenos, las manifestaciones alrededor del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (Tipnis) en Bolivia o el movimiento urbano de varias ciudades de Brasil, se trata de fenómenos que cuestionan con cierta efectividad los marcos de la gubernamentalidad y que, en algunos casos, alcanzan a prefigurar elementos constituyentes de una teoría política no neoliberal. E incluso en las sociedades que, como la argentina o la boliviana, han combatido eficazmente contra las políticas neoliberales de los años 90, deslegitimando los núcleos centrales de lo que se conoció como el Consenso de Washington, las contraconductas siguen hoy lidiando efectivamente con una gubernamentalidad de tipo neoliberal desde una agenda de temas muy concreta: la propiedad de la tierra, la cuestión del trabajo, el endeudamiento popular, etc., todos aspectos de lo que puede denominarse como una nueva «fase desposesiva o extractiva» del capitalismo contemporáneo.

Se trata de proponer un marco interpretativo común para pensar comunicaciones políticas entre fenómenos que se desarrollan en contextos complejos, y muy diferentes entre sí, en los cuales sin embargo hay que contar con la irrupción de la política de los muchos. Nos proponemos en este texto pensar esas diferencias de contextos y una temporalización de los ciclos, enfatizando en particular en la coyuntura sudamericana, sin perder de vista el hilo rojo en común de esas manifestaciones.

Taxonomía

La presencia de movilizaciones de gran impacto, sostenidas y dispersas a lo largo y a lo ancho del planeta, incitan las expectativas sobre un nuevo tipo de internacionalismo. La singularidad de cada una, sin embargo, despierta la tentación de confinarlas en sus contextos nacionales. Es justamente la exasperación de esa contradicción lo que vuelve como desafío para pensar la relación entre su universalismo –cuando ya no viene dado por una teoría revolucionaria y una herramienta organizativa en común– y su singularidad, si se entiende esta palabra como lo contrario de un particularismo difícil de traducir.

Quedamos obligados así a un ejercicio de taxonomía mínima, un intento de descripción capaz de producir una cierta imagen de la rebelión. Por un lado, están las revueltas que pusieron en crisis la legitimidad política del neoliberalismo en América Latina. Por otro, las protestas europeas surgidas desde 2008, emergentes con la crisis ahora llamada «global», en tanto rebeliones contra la austeridad como forma de gestión política de la crisis. De alguna manera, ambos ciclos se pueden inscribir en la misma secuencia, incluso produciendo una suerte de «descentramiento» o «provincialización» de Europa1, en la que América Latina queda en posición de anticipar un tipo de escenario. Por su parte, los levantamientos de Oriente Medio y el norte de África no solo aleccionan sobre los regímenes corruptos y antidemocráticos, sino que formulan una crítica concreta a la tríada de la democracia formal entendida en términos de lo que Alain Badiou llama «negociación-representación-elección».

Se puede construir otra secuencia con una suerte de segunda ola o nuevo ciclo en América Latina, constituido por las protestas y luchas que se dan ya en la temporada de los llamados «gobiernos progresistas». En Bolivia, las resistencias frente a la decisión del gobierno de construir una ruta que cruzaría el Tipnis han convocado una secuencia de protestas y movilizaciones que, según Silvia Rivera Cusicanqui, portan una novedad indisimulable: «la convergencia de indígenas con una diversidad de agrupaciones ecologistas, activistas culturales, feministas e indianistas, además de un nutrido bloque de organizaciones y grupos anarquistas»2. Confluye una militancia que acude a las redes sociales pero que, en la medida en que no es puramente virtual-comunicativa, también se siente interpelada en términos de sus propios modos de vida.

A su manera, el Movimiento Pase Libre, expandido a muchas ciudades de Brasil, impacta también sobre los modos de vida urbana porque reclama un tipo de uso y derecho a la ciudad que no puede agotarse ni confinarse en el consumo y el endeudamiento popular propuesto como modelo de progreso e inclusión por las políticas estatales. Como destaca Peter Pal Pelbart, lo que pasó fue posible porque «la imaginación política se destrabó y produjo un corte en el tiempo político», y ese espacio no se llena ni completa con ninguna pregunta de tipo policial: ¿quiénes son los manifestantes?, ¿qué quieren? Sin embargo, de estos movimientos se desprende un modo de crítica concreta a una forma con la que se promociona el modo de vida encuadrado por una segmentación de los espacios y los consumos, que también se expresa en los rolezinhos, esas performances de apropiación que mostraron la provocación de los jóvenes de las periferias en la escena impoluta de los shoppings3.