Tribuna global

La policía como objeto de estudio Entrevista con Didier Fassin

La policía como objeto de estudio / Entrevista con Didier Fassin

Entre 2005 y 2007, el antropólogo y sociólogo francés Didier Fassin pasó 15 meses patrullando los suburbios de París. Varias veces por semana, acompañó a la Brigada Anticriminalidad en sus recorridos por los barrios populares de la capital francesa, donde la mayor parte de los habitantes son inmigrantes o hijos de inmigrantes. Los resultados de esa investigación etnográfica están reunidos en La fuerza del orden. Una etnografía del accionar policial en las periferias urbanas (Siglo XXI, Buenos Aires, 2016).

Cuando se le pregunta por las particularidades de su reciente objeto de investigación, Fassin dice haber tratado a los policías como a cualquier otro grupo de los que estudió, si bien admite que una diferencia central es el poder que tienen sobre la población. El método utilizado, la etnografía, es lo que según él permitiría generalizar verticalmente, identificando mecanismos, procesos y lógicas que pueden encontrarse en cualquier lugar. Por eso considera que sus hallazgos son válidos también para nuestras latitudes. El argumento central de Fassin –profesor de Ciencias Sociales en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton y Director de Estudios en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París– hace tambalear nuestro sentido común sobre la función de las fuerzas de seguridad: no se trata de mantener el orden público sino de sostener y reproducir el orden social con sus desigualdades. Cree que su aporte desde las ciencias sociales ha sido contribuir al reconocimiento de la violencia policial y la discriminación que se ejercen sobre ciertos grupos poblacionales. Aunque el panorama parezca poco alentador, asoma un atisbo de esperanza cuando señala que una herramienta para la pacificación es la reducción de la distancia social mediante el reclutamiento de agentes que provengan de lugares similares a aquellos en los que tendrán que trabajar.

¿Qué desafíos presentó para usted trabajar con un objeto de estudio como las fuerzas de seguridad? ¿Qué similitudes y diferencias encontró respecto de otras investigaciones antropológicas o sociológicas que haya emprendido?

En términos de investigación, las fuerzas de seguridad tienen dos características importantes. En primer lugar, la criminología es un campo de estudios muy consolidado dentro de las ciencias sociales, lo que significa que hay numerosos académicos que han estado trabajando sobre la policía por décadas y han desarrollado un conocimiento experto, pero también han tejido redes y afinidades. En segundo lugar, las fuerzas de seguridad han sido estudiadas ampliamente sobre todo mediante análisis cuantitativos, cuestionarios y entrevistas, pero no mediante trabajos de campo en profundidad, al menos no hasta hace poco. Mi investigación se contrapone a estos dos aspectos. No soy criminólogo, y nunca antes de la investigación realizada para el libro La fuerza del orden había trabajado sobre la policía. Además, allí utilicé el método etnográfico, es decir, la presencia durante

largos periodos y la observación del trabajo cotidiano. sto signiicó dedicar tiempo a estudiar las dimensiones legales, institucionales e históricas del accionar de la policía en Francia y el resto del mundo, pero también habilitó una mirada más desprejuiciada sobre esta actividad y me permitió asombrarme y preguntarme acerca de cuestiones que eran evidentes para los criminólogos.

En cierto modo, traté a los policías como a cualquier otro grupo de los que había estudiado anteriormente, ya sean inmigrantes indocumentados en Francia, campesinos indígenas en Ecuador o pacientes con sida en Sudáfrica. Sin embargo, una diferencia a señalar es que tienen poder sobre la población –por delegación del monopolio del uso legítimo de la fuerza, como lo dice Max Weber– y a menudo abusaban de él, lo que me ponía en la situación delicada de ser testigo de cosas que me causaban rechazo pero frente a las cuales no podía reaccionar. Describí mi relación con la policía como una combinación de complicidad –ya que, después de todo, estaba con ellos cuando hostigaban a las minorías– y duplicidad –ya que me reservaba mis opiniones–. Esa fue la única forma de llevar adelante mi investigación durante 15 meses en un periodo convulsionado1. Pero no logré engañar a los policías: sabían que no era uno de ellos y respetaron mi diferencia. Por mi parte, traté de ser leal con ellos por la confianza que me demostraron. De hecho, cuando comencé a escribir el libro, me debatía en un conflicto entre lealtades: hacia los policías que habían aceptado mi presencia entre ellos todo ese tiempo; hacia mi profesión e institución, dado que es importante preservar la autonomía intelectual y el rol social de las ciencias sociales; y, fundamentalmente, hacia la gente sobre la cual la policía ejercía su poder en forma abusiva y discriminatoria.

¿Qué habilita o permite una mirada que se distancia de la idea de «cultura policial»?

Si bien no es posible pensar como un policía, el hecho de pasar día y noche en una patrulla con varios equipos de las brigadas anticriminalidad y de las fuerzas de seguridad regulares por un periodo largo permite al menos observar cómo piensan a través de lo que dicen y cómo actúan. A pesar de que los agentes que acompañé tenían algunas características comunes entre sí y similares a las que otros describieron en otras partes del mundo, evité hablar de cultura, que es una forma de reificar esas similitudes. Preferí analizar situaciones e interacciones para entender los procesos y mecanismos que dan lugar a la violencia o la discriminación.

También presté atención a las justificaciones que los policías usaban para dar cuenta de sus actos desviados o perturbadores. Más que juzgarlos o denunciarlos, traté de comprender cómo dan cuenta de la agresividad y la arbitrariedad hacia el público con el que interactúan. En particular, pude identificar que lo que la mayoría de la gente, incluido yo, considera actos de violencia y discriminación para ellos era simplemente un castigo. Se daban a sí mismos y a los demás dos razones para eso: la gente no los quiere, lo que justifica su hostilidad, y los jueces son demasiado indulgentes, lo que justifica que ocupen su lugar. Ambas afirmaciones son falsas, dado que la popularidad de la policía entre la población permanece relativamente alta y el sistema judicial se ha vuelto más severoen las últimas décadas, pero servían para legitimar sus desviaciones. Humillar, insultar o pegarle a alguien en la calle, desde su perspectiva, eran formas de hacer justicia.

  • 1.

    El recorte temporal corresponde al periodo que transcurrió entre las revueltas de octubre de 2005, luego de la muerte de dos adolescentes refugiados en una subestación eléctrica para escapar de los policías que los perseguían en Clichy-sous-Bois, y las de noviembre de 2007, tras la muerte de dos jóvenes en motocicleta atropellados por un patrullero en Villiers-le-Bel.